África: virus y hambruna

Sección: Mirador viral

Por Irene Selser

El primer caso de Covid-19 en África se informó el 5 de marzo, un ciudadano de Sudáfrica de 38 años que había estado en Italia. Al 5 de mayo, cuando los muertos en el mundo -menos la Antártida- sumaban unos 256.000 y los contagiados unos 3.650.000 (OMS), el continente africano, 54 países y mil 340 millones de habitantes, tenía 50 mil casos y 1.900 muertos.

Según el Banco Mundial, el tercer continente más grande de la Tierra, coto de expoliación por sus recursos, enfrentaría un “colapso completo” por el cierre de sus economías, 64% rural e informal. Pero una de cada cinco personas en el área subsahariana sufría ya en 2019 otra pandemia, la desnutrición, tras la suma de desastres: inundaciones, sequías, conflictos armados, gobiernos fallidos e incluso plagas de langostas.

En 2014-2016, seis países africanos padecieron la epidemia de Ébola, con una tasa de mortalidad de 90%, la cual causó 11,300 muertos.

De ahí que sobrevivir al Covid-19 es el reto de África cuando, además, 65 millones de niños dejaron de recibir alimentos al no ir a clases.

La ONG británica Oxfam teme que la lucha contra la pobreza en África podría retroceder “hasta 30 años”. Los países más afectados son los más populosos: Argelia, República Democrática del Congo, Egipto, Etiopía, Nigeria, Sudáfrica y Tanzania que suman unos 674 millones de habitantes.

Distinto de Europa o Asia, donde el virus se ensaña con los ancianos, en África casi no los hay: 61% de la población es joven y solo 3.3% tiene más de 65 años. La razón: la esperanza de vida es de las más bajas del planeta: 50.4 años.

El día de los héroes

Dedicado a todo el personal de la salud

Por Elsa López*

Corren hacia la meta.
Vuelan hacia el destino que les ha sido dado.
Sus cabezas al viento brillan bajo la luz.
La ciudad se ha parado a contemplar el paso de sus ligeros pies.
Son ellos. Los atletas.
El pueblo los aclama y persigue sus huellas.
Y ellos vuelan al aire y atraviesan las calles de la ciudad dormida
buscando una esperanza que proclame de nuevo el valor de su lucha.
Su piel es de alabastro bajo la sombra oscura de casas y ventanas
por donde los contemplan los ojos asombrados
de quienes nunca vieron correr así a los hombres.
Solamente a los héroes que decoran sus plazas y sus templos.
Pero son los atletas y el invierno se acerca.
Y ellos miran al cielo y recorren veloces las nubes, las estrellas,
las esquinas de esta ciudad antigua amada de los dioses.
Su plenitud se extiende como un bálsamo por las piedras del suelo.
Sus cabezas de bronce de laurel coronadas, resplandecen al sol.
Son ellos. Los atletas. Los héroes de la calle.
Los que llevan escrita la gloria en la mirada
y en sus pies llevan alas, que Mercurio levanta y las hace veloces.
Son ellos. Los atletas que orgullosos cabalgan a lomos de la vida.

                                           (de El país de mi abanico, libro inédito)

*Elsa López es catedrática y doctora en Filosofía (Guinea Ecuatorial, 1943-). Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, España. Embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera Isla de La Palma ante la UNESCO y Medalla de Oro del gobierno canario, 2016. Fundadora y directora de Ediciones La Palma desde 1989. Premio Nacional de Poesía “José Hierro” (2000). Entre sus libros, traducidos a distintos idiomas, figuran El viento y las adelfas (1973), Cementerio de elefantes (1992) y Últimos poemas de amor (2018). Email: amadaelsa@gmail.com, elsalopez.wordpress.com

Ventana

Por Clara Mercedes Arango*

Antes no miraba por la ventana
hoy como muchos
lo disfruto a cada instante.
Me volví voyerista:
desde mi ventana acompaño
al vendedor de eucalipto que grita en la mañana
al vendedor de juegos de mesa que grita en la tarde
al que pasea el perro e imita su salto.
a todos los espero desde mi ventana.

Y mientras van llegando,
aprovecho mirar
las ventanas abiertas del vecino.
Entro en su espacio, él me mira mirarlo,
no me importa.
Husmeo en su cocina, huele a café
su gato arquea el lomo, me mira,
no le importo.

A mi vecino tampoco.
Él también es voyerista
lo he visto varias veces en mi estudio
hurgando en mis poemas.
Entro en su cuarto, adivino su cotidianidad,
sus pensamientos, sus deseos.
sin dejar de mirarlo, regreso a mí.
Miro a mi interior
y descubro
que tanto él como yo
hacemos el mismo poema.

Huésped

¿Por qué en domingo
tu ausencia
se vuelve insoportable
si has sido siempre
huésped de la casa?

*Clara Mercedes Arango es poeta. Nació en Cúcuta, Colombia, en 196. Es cuentista, crítica literaria, traductora y editora de libros. Ocupa la Coordinación general de la Decanatura Cultural y la colección poética “Un libro por centavos” de la Universidad Externado de Colombia. Email: clara.arango©uexternado.edu.co

Marathón

Por Manuel Quiroga Clérigo*

“Es el tiempo sin fin. Es la mañana eterna. /Es el bosque sin límites.”
Juan Mollá

Hoy desando el pasillo/a mil metros por hora,
eso sí, equipado/de mascarilla y guantes,
bien atento a las normas/ de la vigente alarma.
Primero ando despacio/hasta la librería
donde se encuentran gruesos/volúmenes de antaño,
es decir, diccionarios, /la Divina Comedia,
los poemas de Lope,/todo Somerset Maughan.
Me detengo un segundo/a ordenar las esquinas,
a colocar un libro/que estaba dislocado
y, luego, continúo/el recorrido fácil,
sin apenas peligros,/salvo los picaportes,
la puerta que conduce/al despacho del aire
allí donde se abren/las ventanas al álamo.
Una larga mirada/al castaño que medra,
a los nuevos rosales,/a las prímulas blancas,
a los siete autobuses/que cruzan la avenida,
esos de color verde,/todos sin gente, claro.
Aquí van las flexiones/lastimando la espalda,
un dolor incipiente/en rodillas, riñones.
Se impone de repente,/diez vueltas hasta el fondo,
ordenar un poquito/la mesa tan revuelta,
quitar algo del polvo/de los ordenadores,
recontar las botellas/del vino de Rioja
y mirar los relojes/para cumplir horarios.
Entonces se requiere/el caminar de espalda
para hacer más cuantioso/este rigor atlético
y así volver paciente/como gallina ciega
hasta la nueva meta/de los recibidores.
Eso son muchos pasos,/un mérito tremendo,
incluso misterioso/para hacerlo cegato.
Una leve parada/ante el cuadro de Brujas,
cielo frugal y oscuro/obra de Iglesias Sanz,
enfrente a la codicia/de El Callejón del Beso,
el tiempo transformado/en pleno Guanajuato.
Me rebullo tranquilo/en el espacio breve
y, luego, ya de frente/penetro promisorio
en el salón abierto/a jardines, pianos.
Aquí ya cuenta el tiempo,/el espacio, las flores:
hay que andar bien atento/sin romper algún tiesto,
evitar los jarrones,/tocadiscos, la tele;
hacer las reverencias/a Miró, Laharrague,
detenerse en la alfombra/con árboles y pájaros,
o suspirar atento/ante el cuadro con verde
a la vista del lago/que es obra de Perales,
con La Pedriza enfrente,/completo Guadarrama
y el embalse tan cerca/a mis ojos abiertos;
el plástico horizonte/de Aguado, un anónimo,
o las aguas azules/que llegan de Isla Negra,
y los sofás de cuero,/los anturios, el drago.
Son unos cuantos metros/de movimiento útil
justo hasta la terraza/que nos espera siempre.
Ahí pueden sumarse/los tres o veinte metros,
eso sí, dando vueltas/mientras vuelan las tórtolas,
ojo, sin un reposo/para otear jardines
o espiar si llegan,/como siempre divinas,
las vecinas hermosas/algunas con paraguas.
Dormitorios, cocina/son de otro circuito,
lo mismo que los baños,/trasteros y rincones.
Vuelta a los interiores,/acelerando algo
pues se impone el ascenso/hacia la biblioteca,
quince escalones solo/para subir dos veces
sesenta, con la vuelta,/tras la visita plácida.
Paseo distendido/por los distintos tramos:
aquí la poesía,/la actual, meritoria,
la clásica, ordenada,/la juvenil ansiosa.
Los leeré de nuevo/con la ilusión de siempre,
pero ahora es la historia,/filosofía, revistas,
el minúsculo espacio/de biografías, mapas.
En esta avanzadilla/aparece, ¡oh que grato!,
el sitio esplendoroso/de los mil novelistas,
la obras de teatro,/antiguos manuales,
códigos atrasados,/obras de los museos,
la antropología,/periódicos y comics,
un espacio completo/de letras y milagros.
Son cuatro inserciones/por las estanterías,
bajo Vélux, estuco,/los cuadros de castillos,
¡cuidado con los flexos,/mesas, sillas, armarios!.
Ese sendero lleva,/ahora, a la bajante,
la sucinta escalera/de caracol oscuro.
Se imponen varios pasos/por el salón de nuevo
para ir culminando/la marathón casera,
el cáustico ejercicio/de los días sin barrio
porque ya son los ocho,/se abren los balcones
para aplaudir unidos/a quienes nos protegen.

*Manuel Quiroga Clérico. Poeta español, crítico literario y de cine, narrador y autor dramático. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología y miembro de la Academia Cervantina de Guanajuato, México. Entre sus múltiples obras figuran Homenaje a Neruda (1973), Vigía (1997), Los Jardines Latinos (1998), Los versos imprevistos (2018) y Poemas de la ciudad y de la vida (2019). Email: quirogaclerigom@gmail.com

Tarde de encierro: leyendo Kafka en la orilla

Por Gioconda Belli*

Photo by Polina Zimmerman on Pexels.com

Y aquí estoy. Son las 2:09 pm. Llevo 9 minutos de retraso en mi horario de ponerme a escribir. Pero tengo miedo. Siempre que estoy adentrándome en una novela, allá por la página 25, cuando ya llevo varios días resolviendo la lógica de la historia en mi mente y siento que tengo la claridad necesaria para entrarle a la página en blanco con decisión, el terror me lo impide.

Soy como un perro que da vueltas alrededor de su cola y rehúsa dejar de hacer el tonto. No sé por qué me pasa esto. Así que esta mañana he dado vueltas por las redes, atolondrada con tanto que se dice, se denuncia, se celebra. Realmente cuántos mundos andamos dentro cada uno de nosotros y cómo nos parecemos en nuestras preocupaciones y hasta en nuestras frivolidades.

Ayer terminé de leer una novela rarísima, pero extraordinaria, de uno de mis novelistas preferidos: el japonés, Haruki Murakami. Se llama “Kafka en la orilla”. Este escritor es un domador de la imaginación. La tiene en exceso, pero sabe domarla para que salte y haga piruetas a su antojo. Crea un espacio urbano en ciudades como Tokio, Shizuoka, Nagoya, y hace que sucedan casualidades inverosímiles o fenómenos inexplicables.

Pero la construcción literaria es tan impecable que uno entra en su mundo dándole el beneficio de la credibilidad, por mucho que la incredulidad se revuelva y reclame al lector su lugar. Sus palabras son una corriente poderosa en la que nos hace nadar presa de su desmesurada, pero brillante inventiva Hay un personaje, por ejemplo, que habla con los gatos. A las pocas páginas estamos encantados con lo que dicen éstos.

Otra proeza del autor es hacer del tiempo un cómplice dúctil o crear personajes vivos que tienen fantasmas de sí mismos. Murakami no se inscribe dentro de la corriente del realismo mágico, Nada en su literatura se asemeja a García Márquez, a excepción del deslumbre que nos causa.

Cada año, Murakami se menciona entre los posibles ganadores del Premio Nobel. No creo que él le de mucha importancia. El primer libro suyo que leí, se llama El pájaro que atornilla el día” (The Wind Up Bird Chronicle). Este que les comento reposaba en mis estantes sin leerse desde hace varios años. El encierro me hizo tomarlo ahora.

Debo decir que, en las primeras páginas, sus novelas pueden resultar tan desconcertantes como para que uno la deje y se dedique a otra, pero en este caso, decidí perseverar. Anoche cuando terminé casi a las dos de la mañana, estaba tan conmovida que lágrimas lentas rebalsaron mis ojos.

Me fui a dormir con una emoción profunda que no sabía siquiera como explicarme a mí misma. Era la historia del libro, pero también era el homenaje de mi alma a una obra de arte, un salto en el vacío, una apuesta literaria arriesgada, un knock out con un plumero de palabras exactas.

Durante esta pandemia y el confinamiento, ha quedado claro que, como seres humanos, podemos sobrevivir sin mucho de lo que consumimos. Dentro de la sencillez de las rutinas cotidianas el tiempo se transforma; los nombres de los días se cambian por ayer, hoy y mañana. Y hay una revelación fundamental: la necesidad del arte.

Leer, ver películas, oír música, adentrarnos en el silencio pensativo dentro de nosotros mismos, nos conecta con nuestra humanidad y nos hace percatarnos de que el contacto con la belleza, la creatividad y la imaginación humana son esenciales para esa honda, quieta vocación de felicidad que resiste aún en medio de la adversidad.

*Gioconda Belli es poeta, novelista y activista nicaragüense, autora, entre muchos otros libros multipremiados y traducidos a distintos idiomas, de La mujer habitada, El infinito en la palma de la mano, El país bajo mi piel y Las fiebres de la memoria. El presente artículo fue publicado en el diario Confidencial (https://confidencial.com.ni/tarde-de-encierro-leyendo-kafka-en-la-orilla/, 03-05-20) y reproducido con autorización de la autora.

El poder de la corona

Por Ester Abreu Vieira de Oliveira*

Foto por CDC on Pexels.com

La palabra corona, del latín, raíz del griego korone, tiene varias implicaciones. En su origen designa un círculo, rueda, una guirnalda de flores. Sin embargo, pasó a indicar la corona de los reyes y también el coro de la danza y canto en el teatro, por su disposición circular o en un semicírculo.

En cuanto al significado simbólico, por estar la corona ubicada en la parte superior de la cabeza, remite a la idea de elevación y de iluminación, que se relaciona ya sea con la claridad del saber, ya sea con el brillo procedente de las piedras preciosas que muchas de ellas ostenta(ba)n. De ahí ocurre que, en arquitectura, se llame corona a un ornato en lo alto de un edificio. También, por su uso siempre en una posición elevada, la corona simboliza superioridad, gloria, distinción, victorias valorizando, así, a quien la usa. Pero, paradójicamente, la corona puede simbolizar humildad, pues mientras el cuerpo se curva la cabeza se inclina. 

La forma circular característica de la corona indica perfección y una unión con lo divino, simbolizando una especie de conexión entre lo terrenal y lo celestial, lo humano y lo divino. De ahí que muchos reyes son considerados hijos de Dios. También en una justificación de legitimidad de autoridad monárquica, su derecho de gobernar es derivado de la voluntad divina, y no de cualquier autoridad temporal, ni de la voluntad de sus súbditos. Su poder es supremo.

La corona, incluso, representa la inmortalidad y la preservación de la memoria de alguien que practicó un acto heroico, como recompensa de su hecho. Es una costumbre registrada en la antigua Grecia y en Roma, donde, durante un sacrificio, se coronaba tanto al sacrificado cuanto al sacrificador para aproximarlos a los dioses.

La corona puede ser también un procedimiento dentario, que en su estructura imitará el dente natural. En la astrología la corona es un círculo alrededor de un astro; en la botánica, es el conjunto de apéndices en la corola o base de algunas flores. En la medicina, la palabra sirve para designar el virus de RNA, propenso a sufrir mutación genética, que recuerda la forma de una corona y es causa común de infecciones respiratorias livianas o moderadas. Puede llegar, no obstante, a provocar neumonías graves, con un síndrome respiratorio extremamente agudo. En ese caso, como ocurre en las indicaciones de nombres científicos, el virus recibirá su nombre latino “corona”.

Los coronavirus son conocidos desde mediados de los años de 1960. Pero aquél que generó la pandemia en diciembre de este año y se expande por los diversos países del globo, el Covid-19, reina en el mundo afirmando el significado latino de corona: dominio, superioridad y victorias, como un oxímoron del poder.

Universal, en la simbología circular de un oroboros, entra en la familia durante las medidas de “cuarentena” tomadas por el gobierno, ejerciendo en ella un proceso de alejamiento y acercamiento: estamos juntos en casa, aunque sin abrazos y acercamientos.            

Si, por un lado, las personas buscan estar distanciadas a dos metros del otro, la presencia de los familiares en la residencia los acerca y los lleva a preocuparse con las medidas preventivas recomendadas de higiene (lavar las manos con jabón, cubrir la boca al toser, mantenerse alejada de otras personas) y obedecer a las normas de autoridades de restricciones de viajes, de cuarentenas, de toques de queda, de controles de riesgo en el local de trabajo y de cierres de instalaciones; por otro lado, esta pandemia llevó a una grave ruptura socioeconómica global y a un gran número de fallecimientos e infestaciones que nos recuerdan otras calamidades sociales y económicas, que la Historia nos transmite. Entre ellas la “peste antonina” que se extendió por el mundo romano de 165 a 180 provocando fiebre, erupción cutánea y diarrea, matando a dos mil personas por día. La “peste bubónica” que azotó Europa y se difundió por otros continentes: en el siglo VI, con más de veinticinco millones de muertos y, en el XIV, con cincuenta millones, en Europa y Asia. En el siglo XIX, la pandemia del cólera, por contaminación del agua o alimentos contaminados, llevó a uno millón de muertos y, a finales del XIX y principio del XX, la tuberculosis, enfermedad pulmonar, llevó a óbito a un billón de fallecimientos. La gripe española, que recibió este nombre en virtud de la gran visibilidad que le fue dada por la prensa de España y la muerte del rey Alfonso XIII y que parece tener su origen en los Estados Unidos, llevó a la muerte a más de cincuenta millones de personas de 1918 a 1920 y un fuerte golpe económico. Y ahora con el Covid-19 otra epidemia atemoriza al mundo que soñamos resistente y bello.

Borges en la conclusión de “Avatares de la tortuga”, en Discusión (1932), puede ayudarnos a comprender el momento que el universo vive ahora: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo, pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”.

*Ester Abreu Vieira de Oliveira nació en Muqui, Espíritu Santo, Brasil (1933-) es presidenta de la Academia Espírito-santense de Letras, profesora emérita de la Universidad Federal do Espírito Santo (UFES), con especialidad en teatro, poesía y narrativa de la literatura brasileña e hispánica. Escritora y con una variada gama de publicaciones en traducción, poesía, ensayo, memoria, crónicas y obras de tipo infantil y didáctico, es también doctora en Letras Neolatinas (UFRJ) y pos doctora en Filología Española (UNED, Madrid), entre otros títulos y reconocimientos.

Código de ética

Los profesionales de la información que estamos comprometidos cada domingo desde México con la revista digital Diarios de Covid-19, deseamos tender un puente de comunicación con las lectoras y lectores de todos los países a fin de enfrentar juntos esta letal pandemia, que en su aspecto positivo nos ha unido como humanidad más allá de las fronteras y las diferencias.
Diarios de Covid-19 no es una trinchera partidista sino un espacio para
reconocernos y compartir experiencias desde los distintos ámbitos de la vida
social, política y cultural, cuando esta amenaza sanitaria cuestiona por igual a los Estados, los gobiernos y las sociedades, y pone de manifiesto lo mejor y lo peor de nosotros mismos.
Bienvenidas y bienvenidos, pues, a esta suma de esfuerzos para hacer de Diarios de Covid-19 un espacio de lazos que anticipe el nuevo planeta que es urgente construir, y que incluye el respeto hacia todas las formas de vida que pueblan la Tierra.

Cordialmente,
La Redacción  

¡Hasta siempre Óscar Chávez, hermano del alma!

Por Luis Enrique Mejía Godoy*

Conocí en los años setenta a Óscar Chávez, cantautor mexicano o cantor de oficio, como le gustaba que lo llamaran, cuando realizábamos jornadas de conciertos de solidaridad con Chile y Nicaragua en México, donde había todo un movimiento fuerte de la Nueva Canción latinoamericana. Ya tenía referencias de él por su actuación en la película “Los Caifanes”, de 1967, y por aquellos primeros LP que me llegaron a Costa Rica en 1971 y 1972, “Óscar Chávez canta a América Latina”, Vol. 1 y 2, cuando yo escribía mis primeras canciones sociales.

De ese disco se hicieron emblemáticas canciones “La niña de Guatemala”, poema de José Martí al que él le puso música, “Macondo” (cumbia colombiana), “La flor de la canela” (de Chabuca Granda), “¡Hasta siempre, Comandante Che Guevara!” (de Carlos Puebla), “Maldigo del alto cielo” (de Violeta Parra), y en otros discos sus parodias políticas y canciones recopiladas del folklore mexicano en sus dos discos de “Herencia lírica mexicana” donde aparece la canción “El Charro Ponciano”, “La valona del preso”, “La cucaracha” y “La casita”, y su famosa versión de “La Llorona”, que lo convirtieron en un cantor popular y de música de protesta en los años sesenta.

Cada vez que viajábamos a México en los años ‘80 nos juntábamos con él, en la casa de los amigos mexicanos-argentinos Modesto López y Marta de Cea, en guitarreadas interminables matizadas con ron y tequila con otros grandes y entrañables amigos como Amparo Ochoa, Naldo Labrín, Gabino Palomares, Alfredo Zitarrosa, Delfor Sombra, Caíto, Nahuel y Tania Libertad, entre otros.

Óscar estuvo en los años de 1980 en Nicaragua, creo que en dos ocasiones. Pero siempre, desde México fue un amigo solidario con la revolución nicaragüense y grabó un tango para Sandino titulado “Caballo criollo” (con música de Guz Águila y Germán Bilbao y letra de Fernando Ramírez, y que incluyó en el disco “Nicaragua vencerá”.

En los últimos años, Óscar Chávez rompió récords de conciertos en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, donde cada año con sus viejos amigos del Trío Los Morales y otros artistas llenaba ese emblemático escenario, por donde pasan los más destacados y consagrados artistas de ese país, donde cumplió sus ochenta años de vida y 18 años de realizar este concierto anual para todos sus miles de seguidores.

Óscar cantaba boleros, rancheras, valses, cumbias, guajiras, danzones y tangos, y compartió y tuvo siempre una gran vigencia y fue un gran defensor y promotor de la música antigua y la canción anónima y popular. No tenía pelos en la lengua y siempre fue muy crítico de los gobiernos de turno en México.

Respetado por moros y cristiano, el 20 de marzo de este año Óscar cumplió 85 años, de los cuales le dedicó más de medio siglo a la música, la poesía y la actuación.

Amigo entrañable y solidario con todas las causas justas de la tierra, bohemio irredento, en uno de mis viajes a México me llevó a conocer “el verdadero México nocturno”, como él me dijo y terminamos una madrugada cantando con una guitarra ajena en un antro donde aparecieron algunos de los integrantes de la Sonora Santanera que lo apreciaban mucho, como todos los artistas de México.

La última vez que nos vimos fue durante el Segundo Encuentro de la Red de Escritores por la Tierra en Xalapa, Veracruz, en 2009.

El miércoles, cuando Modesto López nos dio la noticia de que lo habían internado por contagio de coronavirus, me preocupé mucho porque fue un fumador empedernido. Y aunque en la mañana del jueves supuestamente tuvo una mejoría, por la tarde recibí la triste noticia de su partida. Con el corazón en la garganta lo lloré y por mi memoria pasaron como un flashback miles de imágenes de nuestros innumerables encuentros.

Ahora lo imagino vestido de negro, como siempre, con sus largas patillas de Caifán, encontrándose con Ernesto Cardenal y con Luis Eduardo Aute, que también partieron en estos meses, cantando con su voz de barítono y con un estilo único, “Yo soy como el chile verde, Llorona, picante pero sabroso…” o su emblemática canción “Por ti” y me ha dado por llorar como el mar, me he puesto a sollozar como el cielo.

Feliz viaje, querido hermano del alma. Ya nos encontraremos para compartir música, poesía y la amistad inquebrantable de siempre.

*Luis Enrique Mejía Godoy es músico, compositor y cantautor nicaragüense (Somoto, 1945-), uno de los más importantes músicos de Centroamérica y América Latina. Facebook: Luis Enrique Mejía Godoy

El Inicio

Por Beatriz Gómez Tello*

Beatriz Gómez Tello, lectora en encierro de Diarios de Covid-19

Hoy me levanté tarde, estamos a finales de otoño y ya pronto iniciará el invierno. Tengo por costumbre leer las noticias mañaneras.

No llamó demasiado mi atención una nota en la cual decían que en una ciudad china algunas personas presentaban síntomas de una rara enfermedad.

Con las fiestas decembrinas y de fin de año encima uno solo se concreta en organizar de la mejor manera la celebración de estas fechas, que para nosotros son especiales. Pero pasando las festividades, los rumores eran ya casi el pan de cada día, se sabía que un virus extraño estaba mermando la salud de la población en China. Aquí me detengo un poco para aclarar que el nombre de Wuhan todavía no se mencionaba mucho.

Tengo por costumbre viajar a finales de enero a la Riviera Maya, pagué mi viaje y nos fuimos siete días. Como se trata de un lugar que recibe turismo internacional, es lógico que de alguna manera interactúas con personas de todo el mundo: al ir a desayunar, comer, cenar o, incluso, paseando por la ciudad lo mismo te encuentras gente de distinta nacionalidad como asiáticos y europeos, también americanos o gente de diversa nacionalidad.

Nosotros bien felices todavía no tomábamos en cuenta que alguna de estas personas podría estar infectada con el peligroso coronavirus, el Covid-19. Cuando regresamos las noticias ya eran más frecuentes, pero solamente se escuchaba que esto ocurría en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, en donde el gobierno tomó la decisión de encerrar a toda la población más o menos a partir de la tercera semana de marzo. 

A partir de entonces, la Organización Mundial de la Salud empezó a emitir boletines en los que alertaba al mundo que la enfermedad, lejos de aplacarse, se estaba extendiendo a otras partes de China y que incluso ya estaba migrando a otras ciudades asiáticas y de Europa. 

Todavía a principios de marzo, yo, que amo mi Ciudad de México, salía a dar mis paseos por el centro, aunque caminaba con un poco de temor y pronto regresaba a casa. Ya incluso me costaba tomar mi acostumbrado café, por el miedo a infectarme. Cabe mencionar que todavía no había conocimiento de algún caso en México. 

Pasados unos días supimos que algunos turistas que estaban viajando por diferentes países del mundo, regresaron portando el mortal virus. 

También por ese tiempo, la Secretaría de Salud empezó a alertar sobre lo que se nos venía encima, así que, como la mayoría de mis conciudadanos, decidí encerrarme en casa. 

Sé que casi toda la población de México se infectará, aunque muchos no manifestarán síntomas. La verdad es que también muchos morirán o, mejor dicho, moriremos, ¿quién tiene certeza de que vivirá y saldrá airoso de esta pandemia? ¡Nadie! 

El caso es que antes de irnos a acostar por la noche, la mayoría nos preguntamos, “¿despertaré?” y te duermes pensando que todos, jóvenes o viejos, ricos o pobres, tenemos una cita con la muerte y eso, señores, es la terrible realidad que se vive en todo el mundo en la actualidad. 

*Ciudad de México, ex empleada federal pensionada desde hace 16 años, aficionada a la escritura y la creación literaria. Originaria de Atotonilco el Alto Jalisco. e-Mailantaresgreen51@gmail.com

Viaje al origen

Por Abenamar Sánchez*

«Me propuse redactar una cuartilla diaria de fantasía y realidad centrada en el pequeño pueblo donde nací», anota el autor del texto. Foto: Cortesía del autor

No guardo el momento justo en que emprendí el viaje, pero sí la memoria de que partí, no por la puerta ni por la ventana. Era principios de abril, el país había cerrado el mes de marzo con casi treinta defunciones y Chiapas con trece casos de contagios, y en el encierro en Tuxtla Gutiérrez lo que más nos llegaban eran noticias nada alentadoras. Ingrid, Hiromi y Demian estaban con la curiosidad innata de todo niño explorando de nuevo cada rincón de la casa, pero por ratos se quedaban mirando a la calle desde los ventanales.

Una incursión rápida al centro de la ciudad me remitió a la gravedad del caso: de tres o cuatro negocios a los que me asomé, todos tenían anaqueles vacíos, las avenidas y las plazas estaban semidesiertas y algunos edificios públicos ya habían corrido el cerrojo. Afuera me enteré de que la entidad con poco más de cinco millones de habitantes había registrado la primera muerte por el virus.

¿Qué hacemos?, preguntó Silvia algo aterrada apenas volví. Me quiero ir al campo con los niños, dijo. Estaba por responderle que quizá la alternativa para marcharse era un coche propio, porque en las terminales se había vuelto difícil coger el transporte, cuando noté que los niños estaban atentos a la respuesta. Nos iremos, pero antes leamos, resolví y caminé con ellos a la mesita de los libros; optaron por uno de relatos locales y fue la mayor, Ingrid, quien se dispuso a leer para todos. En mi interior luchaba por decidir si marcharía con ellos o me quedaría en la ciudad, porque no en todos los lugares hay acceso a Internet. De irme estaría renunciando al trabajo a distancia que sostengo desde hace poco. En eso estaba cuando oí que mi hija seguía leyendo: su voz era clara, cual música en medio de la nada. Ya sé, me dije.

Nací en una zona montañosa y de mis recuerdos de infancia los que más me gustan son de los momentos que con mis hermanas y padres pasábamos sentados junto a la lumbre de la cocina en temporadas de lluvias, mientras mi bisabuelo nos contaba relatos de dioses y demonios, o de cuando en etapas de estiaje nos colocábamos cada quien con su taburete a la sombra de la marquesina o bajo el antiguo árbol de pimiento para escuchar los mismos cuentos, pero ya con ligeras variaciones. En ocasiones que no contábamos con el bisabuelo, era mi padre quien ocupaba el papel de narrador, aunque al final algunos relatos terminaran sin pies ni cabeza, pero igual nos mostrábamos alegres o aterrados según fuera el caso. Así fui aprendiendo que la lengua que hablo, zoque, la conforman principalmente sonidos de la naturaleza o evocaciones de acción, o que algunas palabras son mera referencia de imagen. De todo eso me acordé con la lectura y deduje que había encontrado un hilo del cual asirme para sobrellevar la cuarentena.

Me propuse redactar una cuartilla diaria de fantasía y realidad centrada en el pequeño pueblo donde nací, y en sus ríos y montañas y leyendas. No recuerdo la hora en que comencé, pero conforme he avanzado me he ido preguntando qué habrá sido de aquellos niños con los que en algunas tardes noches, después de jugar a las canicas, trompos y escondidas, nos acomodábamos en círculo para tratar de asustarnos con los relatos más atroces, que regularmente cobraban fuerza en ciertos hechos inexplicables como la muerte repentina de alguien que habría encontrado la puerta que llevaba al fondo de un cerro encantado. Mi bisabuelo era un hombre convencido de que hay personas que tienen la capacidad de ver en la naturaleza cosas que están vedadas para otras. Recuerdo que así un mediodía un grupo de niños nos metimos al monte, caminamos hasta la orilla de un caudaloso río, nos acercamos a una alta barranca y buscamos sin éxito la puerta de acceso. Nos pasamos días contándonos que habíamos estado muy cerca de aquel mundo mágico. Y ahora que he vuelto cerca de ese lugar, para alcanzar a mi familia que se había adelantado y cuando ya México está en la Fase 3 del Covid-19 con 1.859 defunciones al 30 de abril y siete muertes en Chiapas, noto que hombres y mujeres mantienen la costumbre de sentarse a platicar por las tardes frente a la casa o bajo la sombra de los árboles. Están enterados de la pandemia por el virus que no tiene cura, pero la palabra y la cercanía entre los suyos los mantiene alegres. También caigo en la cuenta que sigo desovillando el hilo que me ha llevado por todo un viaje imaginario.