Canadá en el mundo que viene

La crisis del Covid-19 acentúa las preocupaciones de vieja data referidas al liderazgo mundial de los estadunidenses

Por Yakov Rabkin*

Traducción del francés por Irene Selser

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El desempeño de Washington ha erosionado la confianza en los Estados Unidos. Esta pérdida de confianza se escucha desde la opinión pública y los expertos políticos hasta los economistas e inversionistas, cuando falta ver cómo China y los Estados Unidos podrán remontar los efectos económicos de la pandemia, que ha puesto igualmente en entredicho la globalización a la americana y la política de sanciones económicas.

Las sanciones, un arma a menudo utilizada por los Estados Unidos y sus aliados, pueden no solamente volverse contra estos mismos aliados que pierden los mercados de exportación, sino también fortalecer a los países que dichas sanciones buscan castigar. En una reciente entrevista televisada, Anna Popova, médico jefe de la Federación de Rusia, afirmó que las sanciones habían ayudado a su país a hacer frente a la pandemia. Rusia se volvió así autónoma en numerosos ámbitos que antes dependían de las importaciones occidentales.

Es probable que China, con su poderío industrial y su mercado interno en plena expansión, sabrá fortalecer su posición en el mundo pos pandemia.

El presidente Trump, así como sus virulentos detractores internos coinciden en reconocer que el mundo se ha vuelto “sino-centrado”.

Dominique Strauss-Kahn, ex director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), afirma en el último número de la revista Politique internationale que “China no está en situación de ejercer un liderazgo mundial, pero no es seguro que los Estados Unidos sean todavía capaces de hacerlo”. En The Economist, Kevin Rudd, ex primer ministro australiano, observa que los Estados Unidos abandonaron “el liderazgo mundial” y propone otro multilateralismo en el cual un papel destacado le sea reservado a Canadá. En este contexto, la orientación excesiva hacia los Estados unidos solo puede minar el futuro de nuestro país.

La emancipación política y económica de Canadá no es una idea nueva, pero la llegada del Covid-19 la pone de relieve en la actualidad. La administración estadunidense sigue reduciendo su participación en las organizaciones internacionales y desafiando a sus aliados fieles, entre ellos Canadá, que, si bien no es el único país en sufrir la política de America First, es uno de los más afectados.

¿Es entonces concebible que Canadá se pueda emancipar de su dependencia respecto de los Estados Unidos? ¿Hay precedentes de este tipo? Existe uno muy reciente, y Canadá contribuyó a su creación. Es la historia de desvinculación de Ucrania de Rusia.

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Al momento del desmantelamiento de la Unión Soviética en 1991, Ucrania tenía tantos vínculos con su vecino del Este como Canadá los tiene hoy con su vecino del Sur.

Además, millones de ciudadanos de las dos repúblicas independientes estaban casados entre sí. En menos de tres décadas desde la disolución fatídica de la URSS, esos lazos económicos se debilitaron radicalmente, la integración política y militar se transformó en confrontación, y Ucrania incluso prohibió los vuelos directos entre las ciudades rusas y ucranianas.

Los consejeros políticos y militares canadienses jugaron un rol importante en la reorientación de Ucrania. La viceprimera primera Chrystia Freeland contribuyó personalmente a los esfuerzos dirigidos a colocar a su patria ancestral en la órbita occidental. Centenares de canadienses, funcionarios y voluntarios de diversas ONG, poseen así una experiencia única que podría aprovecharse si se hace sentir la necesidad de reducir la dependencia de Canadá ante los Estados Unidos.

Pero aun a riesgo de ser acusada de hipocresía, Canadá debería actuar de forma diferente de lo que le aconsejó hacer a Ucrania. No habría ninguna razón de antagonizar a su vecino o de provocar las mismas dificultades económicas que las que golpearon a la mayoría de los ucranianos. Pero con el declive del liderazgo estadunidense, Ottawa debería afirmar un mayor grado de independencia frente a Washington. En los últimos años, Canadá supo guardar buenas relaciones con su vecino del Sur sin renunciar a su libertad de acción. Un compromiso más autónomo, tanto con nuestros socios tradicionales como no tradicionales, puede aportarnos ventajas estratégicas y económicas.

El Covid-19 impone un cambio de paradigma, y el mundo ya no será el mismo de antes. Una política liberada y audaz debería anticipar los cambios a fin de fortalecer la posición de Canadá en el mundo pos pandemia.

*Profesor emérito de Historia en la Universidad de Montreal, autor entre otros libros de En el nombre de la Torá, historia de la oposición judía al sionismo (Universidad de Montreal y ed. Planeta, Buenos Aires), y coautor del libro DemodernisationA Future in the Past (Columbia University Press) www.yakovrabkin.ca/english/

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