Tocar/ reflexiones sobre los sentidos y la pandemia

Tocar proviene de la palabra en latín, tangere, que significa el acto de alcanzar algo o alguien. Pero la misma palabra se refiere a la posibilidad de ejercer una influencia sobre las cosas y sobre otros seres. Tocas a alguien y algo te toca, te afecta, deja una huella en tu ser independientemente de si tocó físicamente tu piel. Durante la pandemia, cuando dejamos de poder tocar al otro se irrumpe el vaivén del tangere, nos quedamos solo con la posibilidad de afectar nuestro entorno y a los que queremos, sin poder alcanzarlos. Nos transformamos en el humo que atraviesa el muro de adobe y une las celdas del confinamiento solitario. 

Por Mariana Mora*

Foto: Víctor Ruiz

Pocos meses antes de la pandemia, los periódicos publicaron fotos satelitales tomadas por la NASA que a primera vista parecían registrar la ubicación luminosa de los grandes centros urbanos esparcidos por el sur del continente americano. Pero los puntos de luz carecen del tono frío blanco característico de la concentración eléctrica en las ciudades, por el contrario su tono rojizo se aproxima a las brasas de una fogata. Ciertamente evidencian mundos en llamas, regiones enteras de Amazonas que entre agosto y septiembre de 2019 fueron consumidas por incendios, muchos provocados por ganaderos campesinos buscando ampliar sus potreros de la manera menos costosa para ellos. Los mapas son el registro visual de una exacerbación de prácticas que ya tienen tiempo imprimiendo sus huellas en la selva.

Poco después, desde el auto-aislamiento pandémico en su aldea al lado del Río Doce en el estado de Minas Gerais, el filósofo, escritor y ecologista del pueblo Krenak, Ailton Krenak, publica un ensayo titulado, «Amanhã não está à venda» [El mañana no está a la venta]. Señala que la presencia del virus es una profunda llamada de atención que la madre tierra le hace al hijo cuyos actos están provocando un desbalance tan extremo que desde el espacio son evidentes. Escribe que nos damos cuenta de ello porque el virus no está afectando a todos los seres de la tierra. «El melão-de-são-Caetano continúa creciendo al lado de mi casa. La naturaleza sigue. El virus no mata pájaros, ni osos, ni ningún otro ser, solo a los humanos».  Es a nuestra especie que el virus quiere detener quitando nuestro oxígeno, de la misma forma que la humanidad mediante su acelere mecánico está vaciando al planeta del elemento que hace cientos de millones de años liberaron los estromatolitos, lo que a su vez produjo la atmósfera que desde entonces posibilita la vida terrenal. 

Los efectos que detona el virus espejean las acciones de la humanidad, no sólo a partir de su principal afectación en el cuerpo, la respiración, sino también a partir de una esfera menos evidente, el aislamiento social que evita el contagio. Krenak señala que el confinamiento involuntario que pretende contener el virus no es algo novedoso. Su pueblo ha vivido una distancia forzosa y deshumanizada desde que los blancos llegaron, les arrebataron sus territorios, y los apartaron en una reserva de apenas 4 000 hectáreas. Imponer alejamientos para impedir el contacto entre humanos forma parte de las conquistas prolongadas cuyo andamiaje etiqueta como un peligro para la civilización a pueblos catalogados como más próximos a los animales. «Ahora ese organismo o virus parece estar cansado de la gente, parece que quiere separarse de la gente [y separar a la gente] de la misma forma que la humanidad se quiso separar de la naturaleza». En su ensayo, Krenak señala que la atomización de individuos para evitar la propagación del Covid-19 es tanto un efecto como un reflejo de las profundas rupturas de las relaciones entre seres que provocó que la enfermedad circulara por el mundo humano. 

La pandemia vino a resaltar estas rupturas desde lo más minúsculo de lo cotidiano, en la carencia de abrazos, en la ausencia de todo contacto físico entre las personas, salvo en las pequeñas comunidades rurales que se auto-aislaron y en la reducida esfera de la familia nuclear o de pequeñas agrupaciones de individuos que formaron «burbujas» en centros urbanos. El filósofo insiste que la Madre está siendo amable, no nos está ordenando como humanidad, solo nos está pidiendo un poco de silencio, una pausa para reflexionar sobre el camino emprendido y sus consecuencias colectivas. 

¿Si la pandemia generó la imposibilidad de acercarnos con-el-tacto, con qué tacto reestablecemos los vínculos entre nos?  

* * * 


El escritor francés, Jean Genet filma en 1950 su única película, Un chant d’amour [Una canción de amor] cuya trama se centra en el confinamiento solitario que viven distintos presos varones, incluyendo los que provienen de las colonias francesas en el Magreb y en la región subsahariana del continente africano. En cada celda de la prisión desértica los presos están inmersos en fantasías eróticas mientras acarician sus propios cuerpos. Dos de ellos intentan atravesar un muro casi impenetrable para así trascender la imposibilidad de una expresión amorosa al prójimo. El primero, un hombre argelino frota su cuerpo contra la pared que lo separa del objeto de su deseo, su cachete raspa el adobe, su puño golpea el muro para llamarle la atención al que vive del otro lado. El segundo, un joven francés baila solo, marca los pasos de una canción que solo él es capaz de escuchar. Mantiene los ojos cerrados. Por momentos seduce con las yemas de sus dedos una imagen tatuada en el hombro o extiende su brazo por la ventana en búsqueda de un ramo de flores que su amado tras-celdas lanza desde la suya. Después de numerosos intentos fallidos, ambos logran establecer un vínculo (in)directo por medio de un hoyo minúsculo en el muro. El preso argelino inhala el humo de un cigarro, lo sopla a través del pequeño hueco en el adobe. De su lado, el francés introduce una paja vacía alargada para poderlo recibir. Llena sus pulmones con el aire que hace escasos segundos flotaba en otra boca. Sostiene el humo hasta acostarse en su cama, con lentitud lo exhala y observa sus rastros mientras el aire denso se eleva lentamente por encima de su cuerpo, repasa los contornos de su piel como lo haría un amante. 

A pesar de ser censurado por años debido a su contenido explícito homosexual, Un chant d’amour, nos recuerda que en situaciones extremas la búsqueda de formas de tocar al otro y de dejarnos tocar por el otro ha sido muchas veces la única forma de sobrevivir. Es lo que evita temporalmente la muerte y la hace más tolerable. Quizás el impulso se debe a esa misma porosidad que caracteriza el tacto, extiende lo finito más allá de los límites que marca nuestra propia piel. De hecho, sentir ligeramente la presión de otro ser con el que queremos tener contacto emite señales a un nervio cerebral conocido como vago. Cuando este se activa las ondas cerebrales se relajan, e incluso la frecuencia cardíaca y la presión arterial disminuyen. De esa manera los vínculos que establecemos tienen implicaciones directas sobre cómo las enzimas y las hormonas transitan por nuestros cuerpos. Al mismo tiempo, el conjunto de lo que aparece ser una simple respuesta biológica influye en cómo moldeamos el entorno a partir de los movimientos de nuestros cuerpos. Diluye el entendimiento tantas veces repetido en occidente de que el individuo termina donde acaba nuestra piel y nos lleva a comprender que somos el efecto de las pulsiones afectivas que nos traspasan. 

El verbo tocar expresa la misma multi direccionalidad. Tocar proviene de la palabra en latín, tangere, que significa el acto de alcanzar algo o alguien. Pero la misma palabra se refiere a la posibilidad de ejercer una influencia sobre las cosas y sobre otros seres. Tocas a alguien y algo te toca, te afecta, deja una huella en tu ser independientemente de si tocó físicamente tu piel. Como parte de esta doble posibilidad de afectación, el español tiene una versión del latin tactus, que significa proceder con un sentido de prudencia frente a situaciones delicadas, pero que también se refiere al sentido del tacto. Durante la pandemia, cuando dejamos de poder tocar al otro se irrumpe el vaivén del tangere, nos quedamos sólo con la posibilidad de afectar nuestro entorno y a los que queremos, sin poder alcanzarlos. Nos transformamos en el humo que atraviesa el muro de adobe y une las celdas del confinamiento solitario. 

Al mismo tiempo, toda comunicación afectiva queda flotando en un sinsentido cuando el acto de cuidar se encuentra desarraigado del verbo tocar, cuando compartir la palabra con cariño carece de la posibilidad tangible de pasar los dedos por la piel de la otra persona, sentir su pelo, llevar su cabeza al doblez de tu cuello, entrelazar dedos. Aunque no soy médica y no lo podía salvar del virus que atacó sin piedad el tejido de sus pulmones, quería salir corriendo al hospital para tomar a mi tío Pepe de las manos, permitir que sintiera la sangre que corre por las venas de mis brazos, dejar que ese calor sobre su piel le diera algo de tranquilidad, algo de certeza de que no estaba solo, no lo dejaríamos solo. No encontraba otra forma de decirle lo tanto que lo queremos. Mi único recurso fue una serie de mensajes torpes y escuetos por el WhatsApp. Nuestro hijo, Camilo, que aún está aprendiendo a escribir, enviaba a su abuelo Pepe emojis de corazones y de unicornios envueltos en un arcoíris. Ya nunca lo pudimos volver a tocar, pero su partida nos tocó tanto que las lágrimas escurren por mis cachetes mientras escribo esta frase.

Tuvimos que aprender a expresar los afectos alejados del con-tacto y a comprender que actuar con tacto implica evitarlo. Sin embargo, me sentía congelada por dentro. En la pandemia, durante mucho tiempo mis sueños recurrentes han sido de abrazos. En ellos encuentro a un amigo querido en un restaurante. Me dirijo inmediatamente a su mesa para poder envolverlo en mis brazos. O estoy en un coctel al aire libre justo a la hora del crepúsculo, cuando los tonos anaranjados iluminan los rostros de amigas, a quienes abrazo con singular alegría y unas cuantas carcajadas. Después de este tipo de expresiones de descontrol espontánea siempre me siento profundamente culpable. Hasta mis sueños son invadidos por el pavor de que por una necesidad vital mía pude haber contagiado a alguien. Tal ha sido mi temor que cuando vi a mis papás por primera vez en mucho tiempo pasaron semanas sin que yo me atreviera a siquiera tocarlos, mucho menos abrazarlos. 

Después de una serie de ataques de pánico le pedí a mi vecina Marcela que me acompañara a hacer ejercicios de relajamiento. Cada una abrió la puerta de su departamento que da a dos balcones separados por un cubo interior. A través de los tres metros de aire que nos separaban, Marcela dirigió nuestros estiramientos. Yo la seguía con la disciplina que tiene cualquier persona que quiere escapar de una prisión emocional. Poco a poco sentí mi cuerpo suavizarse por dentro, entró en un deshielo pausado, soltó las cuerdas tensadas. Lloré en parte de alivio pero sobre todo porque en realidad lo que necesitaba era su abrazo. 

Durante los peores meses de confinamiento, una anciana de 96 años le pide con urgencia una cita a un terapeuta porque no sabe cómo comunicarle a sus familiares lo que para ella es indispensable. «Necesito que me vengan a visitar, los necesito tocar». Se queja de que no la entienden, ni le hacen caso. Ellos responden que no la pueden ver porque la están cuidando. Lo que no entienden, insiste ella, es que «con estos cuidados me están matando». 

* * * 


El filosofo coreano, Byung-Chul Han argumenta en su libro, La Salvación de lo bello, que el momento contemporáneo se define por una superficie lisa, sin costuras, ni rasguños. El mundo actual no es el muro de adobe rasposo que el preso argelino intentaba atravesar en la prisión desértica de la colonia francesa. Lo nuestro, argumenta Han, es un mundo sin textura, es la pantalla touchless de un Iphone que usamos para interactuar con los demás. En contraste a las cartas escritas sobre papel que tuvieron que pasar por muchas manos para llegar a su destino, desde el celular no tocamos nada que en cadena haya sido tocado por otra persona. Dejarse tocar desde lo touchless, reduce lo sorpresivo a un ¡wow! carente de profundidad. Para recalcar el punto, Han retoma a Roland Barthes cuando escribe que el tacto es el más secular de los sentidos. En contraste a la magia de la vista, el tacto es terrenal, desmitifica la existencia. El tacto es incapaz de asombrarse. Cuando leo sus palabras no puedo dejar de pensar en el deseo masculinizante que se erotiza frente a lo inaccesible, mientras que el acto de tocar lo vincula a los impulsos de poseer y de dominar. Sin duda, desde esta expresión lo terrenal pierde su esencia mística. 

La pandemia nos ha mostrado un sin número de contraejemplos. En respuesta a una petición colectiva urgente de recuperar el tacto, las enfermeras en el asilo de ancianos Viva Ben en São Paulo, Brasil, diseñaron una «cortina de abrazo», una cobertura lisa hecha de bolsas de plástico que envuelve a las personas. Fue la manera en que Rosa, una señora de 85 años, logró sentir un abrazo por primera vez en cinco meses, en este caso, de su enfermera Adriana. La foto de Mads Nissen, ganador del premio World Press foto 2021, capta el momento del encuentro. El fondo, hecho del mismo tipo de bolsa negra que se utiliza en la cortina inventada, resalta en un primer plano las expresiones de ambas. El cuerpo de Rosa se funde en el de Adriana, mientras que el gesto de la enfermera comunica un cariño explosivo. La magia del encuentro es una respuesta a los argumentos que descansan en la secularización del tacto. ¿Qué puede ser más asombroso que comprobar con un abrazo la existencia? 

El encuentro entre Rosa y Adriana insiste en que a pesar del virus, a pesar de una superficie lisa plastificada, es posible reestablecer el contacto. Al mismo tiempo resalta que aún en pandemia los cuidados no se pueden ejercer alejados del acto de tocar, ni mucho menos desvinculados de los afectos. Por eso Silvia Federici nos recordó décadas atrás de la imposibilidad de mecanizar las actividades del cuidado. El trabajador se puede liberar de la obligación laboral de ensamblar un auto en la fábrica cuando él es reemplazado por un robot, pero un robot no puede atender las necesidades de un enfermo, ni limpiarle la herida a la niña que se raspa su rodilla a la hora del recreo. Millones de niñes pasaron por lo menos un año escolar pandémico frente a la computadora, pero ninguna aplicación puede sustituir la enseñanza de una maestra o de un maestro en el aula. 

Los cuidados fueron un tema que por teléfono conversé a fondo con Vicky, una amiga que vive en las afueras del pueblo de Ocosingo en el estado de Chiapas. La busqué para saber cómo estaban viviendo en las comunidades Tseltales la pandemia. Vicky explicó que durante los tiempos de encierro, «algunas mujeres empezaron a criar pollos y así tenían huevos para repartir y nadie tenía que ir al mercado. Otras regalaban comida para la gente que lo necesitaba. Nos dedicamos a sembrar verduras en el solar de la casa. Así podíamos tener algo de alimentos, sin tener que salir a ningún lugar». Me contó que estas medidas se activaron porque fueron los mecanismos que las comunidades implementaron para protegerse de las acciones de contrainsurgencia del ejército mexicano en su guerra contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) después de 1994. En ese entonces, al igual que ahora, recordaron las abuelas que cuidarse empieza con la salud, con el intercambio recíproco de alimentos tan básicos como el huevo y la tortilla, pero también compartiendo plantas medicinales y curaciones en los baños de temazcal. Esas plantas, esos alimentos, junto con la tierra y sus nutrientes que las dan vida enlazan a las personas independientemente de si el vínculo es directo. Sostienen las conexiones más allá del tacto. 

Por mi parte le compartí que los cuidados tuvieron como nodo central nuestro pequeño territorio casero que fue tomando formas inesperadas tras el ir y venir de nuestros pies. Me di cuenta de tanto movimiento por los cambios de textura y temperaturas que sentía al pasar de la duela de la sala al frío del azulejo del baño, regresar a lo templado del piso de madera de las recámaras para después transitar a lo fresco del cuarto de lavado. Dicha circulación por el espacio reflejaba las tareas sin fin de cocinar, lavar platos, comer, lavar la ropa, tenderla, recoger los juguetes y libros esparcidos por el espacio, cocinar de nuevo, lavar trastes de nuevo, y a momentos sentarse frente a la computadora para intentar cumplir con responsabilidades profesionales. A su vez, el ir y venir en pocos metros cuadrados se extendía a redes densificadas que se interconectaban entre sí. Cruzábamos el pasillo para intercambiar con los vecinos verduras, pan, y a veces algún guiso que nos había salido particularmente bien. Caminábamos kilómetros para entregarle alimentos preparados a amigas cuyos bebés nacieron en pandemia. Se los dejábamos en la entrada de sus casas para así mantener la distancia en el gesto de cercanía. 

Los cuidados en casa integraron a las plantas y a los animales. Compramos lo menos posible en el supermercado para ir a los tianguis de agricultores que venden frutas y verduras cultivadas y cosechadas cerca de la ciudad. Luis Felipe contagió a Camilo del gran amor que le tiene a las plantas, a tal grado que hasta la fecha padre e hijo trabajan juntos en podar, trasplantar y regar todo lo verde que vive con nosotros. También le propuso a algunos amigos que Camilo fuera el niñero de sus perritos. Fue así como NdaA tnoA (1) , Nayo y Cali llegaron a quedarse en casa o a pasear con él por la glorieta. Durante días, una tortolita herida vivió entre las macetas del departamento, engordó tanto que por fin salió volando a instalarse en las ramas de una jacaranda. Hasta un gusanito que llegó a nuestra casa enterrado en la cáscara de una toronja se volvió huésped. Durante meses Camilo decía que seguía viviendo entre la basura orgánica. Lo saludaba por las mañanas y me preguntaba cuándo su amigo gusano se iba a convertir en una mariposa para poder acariciarle sus alas.  

Cuidarnos y cuidar-entre-nos emerge de los hilos que tejen lo cotidiano. Las telarañas, más que una evidencia de acumulación de polvo y de desatención del tiempo, son la vitalidad que habita nuestro entorno. Saberse parte de redes minúsculas, muchas de ellas imperceptibles, que en su conjunto balancean la vida-existencia suavemente en el aire es quizás uno de los principales aprendizajes que me ha otorgado la pandemia. Dado que no podía abrazar a los demás estuve muy consciente de todo lo que sí podía tocar, de lo que me tocaba, de todo lo que llegaba a nuestra casa después de haber pasado por una cadena de tierras, de caminos, de manos y de pies. ¿Es posible que estos gestos de tocar lo que nos cuida y cuidar tocando permiten remendar las heridas que nos ha dejado la pandemia? ¿Podrían ser una forma de acariciar y suavizar todo lo que duele?

* * * 

Lo pregunto porque la pandemia también ha tenido su lado B, todo lo que no queremos tocar y sin embargo nos toca enfrentar.

En medio de los peores momentos del encierro recordé una conversación que tuve hace mucho tiempo con un amigo después de que él navegó en un velero alrededor del mundo. Tras semanas de contemplar en un loop sin fin el mismo horizonte que fundía los tonos de azul del cielo con los del agua marina, él empezó a soñar despierto en altamar. La falta de estímulos externos hizo que sus sentidos se volcaran hacia dentro, que tocara sus paisajes interiores. Por supuesto salieron sus fantasmas y demonios. Pero se encontraba en un barco en medio del Atlántico, no había por dónde escapar, ni como salir nadando a tierra firme. Se tuvo que acostumbrar, acomodar y transitar por esas presencias. 

Algo parecido me sucedió entre las cuatro paredes de nuestro departamento. Temores hasta entonces desconocidos se colaron entre el silencio y el aislamiento social. En su momento, intuía que no había otra opción salvo transitar por la caída libre que implicaba la proliferación del virus, la multiplicación de sus afectaciones y el contagio de la incertidumbre absoluta. ¿Pero qué tocar ante el vacío? ¿Cómo dejarnos caer, tomadas de qué manos, agarradas de qué certezas? Experimenté una sensación de fragilidad que en su momento asociaba con la debilidad, con la duda, con el parálisis. El conjunto de miedos tomaron formas de apariciones que se hacían presentes en los momentos menos oportunos. Eran un estorbo que insistía en entrar por nuestra puerta, me sacaban el mal humor que se expresaba en las intolerancias y reacciones cortantes frente a las peticiones cotidianas de Camilo y Luis Felipe. Por meses fui capaz de evadirlas hasta que me enfrenté con ellas en la obra de la pintora, Magali Lara, «Toda historia de amor es una historia de fantasmas», en la Galería 526 del Seminario de Cultura Mexicana en octubre de este año. 

La obra de Magali me interpela sin que el motivo pase por la palabra, quizás se debe a la invitación que nos hace de entrar en contacto con los paisajes interiores propios, no como espacios fijos de contemplación, sino como esferas desdobladas por las alteraciones que emergen de lo efímero, de lo maleable, y poroso. En una entrevista que le hace Carlos E. Palacios admite que a una edad temprana quiso ser escritora pero, «lo que yo quería decir se llenaba de erratas como síntoma de un cuerpo que no controlaba, o no sabía qué decir. De ahí que las imágenes, o la simple visualidad de esos errores, me proporcionaran un lenguaje». Por lo mismo, admiro en sus obras la textura a partir de los intentos por encima de sus resoluciones, de lo que toma forma a pesar del propósito, de lo que emerge entre los roces que provoca la acaricia al lado de la herida, de lo que el tacto rasguña en los pétalos traslúcidos de la amapola.

Las obras en esa exposición resaltan la presencia fantasmal de todo ello que somos aunque lo hemos perdido, de todo ensayo que se imprime sobre la piel y que posibilita la metamorfosis del cuerpo. Son imágenes que ocupan el espacio sin generarle peso. A momentos flotan, respiran el vacío. Se extienden, invaden y al mismo tiempo seducen. 

En otros momentos se expresan en formas de tonalidades tenues que se aproximan entre sí, generan una ligera presión sobre los contornos de otra forma sin diluirse y sin embargo los puntos de contacto modifican el entorno en su conjunto. 

Con Magali conversamos acerca de esos fantasmas que se asoman en la maternidad, en particular los conflictos que mi generación tiene frente a la imagen aún tan potente de la mujer abnegada. Tan peleadas estamos con ella que asumimos más de lo que somos capaces de soportar – en algunos casos no solo la maternidad elegida, sino el involucramiento compulsivo en la crianza, a la par del cumplimiento de las exigencias profesionales y una vida social plena. Por lo mismo acabamos arropadas de nuevo en la fragilidad que buscábamos escapar. Cuidamos tanto que nos descuidamos y esto se agudizó durante la pandemia. En estos casos los fantasmas se asoman como la presencia sombría de las expectativas depositadas sobre nuestros cuerpos, en lo que pudimos haber sido, pero no fuimos, de lo que fuimos y ya no somos, o lo que no soltamos como aspiración de lo que aún podemos llegar a ser. Nos acompañan no sin voluntad propia. De cierta forma estamos atadas a ellos porque difícilmente sabemos vivir sin su compañía, aunque intuimos que eso nos puede llegar a espantar. Están tan presentes que no nos damos cuenta de su existencia, son imperceptibles porque ocupan nuestro espacio, son las huellas que nos siguen tocando a pesar de los intentos de marcar distancia.

Cuando un carpintero pasó por la entrada de la casa colonial en la que yo vivía en el centro de San Cristóbal, Chiapas él anunció de inmediato, «esta casa está llena de vida». Conocía las leyendas que circulan por el pueblo y por lo mismo di por hecho que se refería a espíritus perdidos y desolados. Pero su comentario no provenía de un sentido esotérico, sino, como buen carpintero, de un sentido estrictamente matérico. 

«Esta casa está hecha de adobe, es un material maravilloso porque cada ladrillo es tierra, y toda tierra contiene material orgánico. Durante mucho tiempo, incluso siglos, aunque el ladrillo se mantenga aparentemente quieto, por dentro se sigue acomodando, se sigue moviendo. Sigue viviendo. Lo mismo ocurre con la madera, se expande con las lluvias, se retrae en épocas secas. La casa tiene un movimiento interno, se sacude, se ajusta. Las casas respiran.» 

Ese día me quedé dormida imaginando mi propia respiración dentro de las inhalaciones y exhalaciones de mi hogar. Me preguntaba si al acompañarnos llegábamos en algún momento a entrar en una especie de sincronía, si llegaríamos a habitar las respiraciones del otro y cómo nos transformaría a lo largo de la noche. ¿Puede la presencia de los fantasmas ser la sombra vital que se aloja en un hogar? ¿En algún momento seré capaz de encontrar una simbiosis con los fantasmas que se asoman, se transforman y me transforman en pandemia? ¿Formarán parte del restablecimiento de los contactos perdidos? 

* * *

Los fantasmas también nos recuerdan, no solo lo que habita en los muros de una casa, sino todo lo que habita por debajo de la superficie y de todo lo que se toca sin que seamos capaces de verlo. Desde hace décadas la bióloga Suzanne Simard empezó a indagar sobre las conexiones que se gestan entre las plantas, los árboles y los hongos en el bosque. Su curiosidad surgió al notar que cuando otras especies de árboles eran talados, morían o se enfermaban las especies de árboles que permanecían, aun cuando tenían más que suficiente luz y agua para sí mismos. Descubrió que bajo la tierra se dan conexiones complejas mediante una telaraña densa tejida por medio de los hilos de los hongos que se fusionan con las raíces de los árboles y las cubren. Forman una red de micorrizas que puede llegar a ser tan extensa que conecta a casi todos los árboles en un bosque. Por medio de esta red se establece un intercambio constante, los hongos le ayudan a los árboles extraer agua, fósforo y nitrógeno, y los árboles le dan azúcares ricos en carbono que generan a través de la fotosíntesis. Los árboles más viejos y que tienen más acceso a luz pasan el carbono que producen a los árboles más jóvenes que habitan en sus sombras. Son intercambios recíprocos que no se reducen al flujo de nutrientes, sino también permiten comunicar peligros, como una plaga, mediante alarmas químicas. Por medio de estas cadenas de contactos se establece un cuidado mutuo que posibilita la vida en su conjunto y rompe con el imaginario establecido por Darwin de la competencia individual entre los árboles. 

Quizás debajo de la tierra del bosque es donde encontramos algunas claves para remedar la tela vital deshilada que, como nos sugiere Ailton Krenak desde su casa al lado del Río Doce, posibilitó la propagación del virus. Quizás los hongos y las plantas son los que nos pueden enseñar a recuperar el impulso de tocar al otro y de dejarnos tocar por el otro como única forma de supervivencia colectiva. Y nos pueden mostrar cómo restablecer el vaivén del tangere para no solo alcanzar, sino afectar todo lo que vive en nuestro entorno. Así es la mística de la simple existencia.

*Profesora investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Doctora en Antropología y Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Stanford.

*Agradecemos a http://campoderelampagos.org/ por la reproducción de este texto, publicado originalmente en el portal el 21 de noviembre de 2021.

Publicado por adrianaesthela

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