Cuerpos simulados con cabeza de amaranto

En una crónica llena de descripciones de olores, sabores, lugares y ambientes, el autor recrea la celebración del Día de Muertos en el municipio de Ocotepec, Morelos, donde se recordó no solo a las personas vecinas de la comunidad sino también a los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Por Ricardo López Villa*

Ofrenda del finado Juan Rosales, apodado “el Canelas”.  Ocotepec, Morelos, 30 de octubre de 2021. Foto: Ricardo L. Villa

Al mismo tiempo en que los aromas a mole, pan de fiesta fresco, ponche cargado de guayaba y copal en el viento que corre asaltan tus sentidos, se está gestando algo grande en cuanto pones un pie debajo de la Ruta 7 que atraviesa la celebración cúspide en el Cerro de los Ocotes. A escasos dos cuartos de hora del centro y capital colonial del estado de Morelos, Cuernavaca, los habitantes de esta comunidad se preparan para la celebración del Día de Muertos.

Es de noche y el sonido de las campanadas de la Iglesia de Santa Cruz se hacen presentes con sus primos, los cohetones, entrando a destiempo, evocando la conglomeración respetuosa de los visitantes, el deleite pispireto de la pupila inocente, que se llena de vida y color al presenciar las ofrendas de los deudos, atentos e impacientes ante la llegada de sus finados, además de las multitudes que los acompañarán en esta tradición sagrada.

Senderos de flores y decoraciones colocados con dulzura y delicadeza indican el camino a los hogares donde se reúnen niñas y comadres, tías y suegras, amigos y primos, madres y hermanos y amantes no correspondidos, para festejar gozosos las vidas que los convocan a seguir luchando, seguir compartiendo, soltar lágrimas por cada recuerdo bello que en la línea insoportable del tiempo parece lejana, pero en los aconteceres del alma revive en instantes.

–Parece hace un rato lo que fue hace unos meses –dijo don Javier, el séptimo hermano de once, sobre el deceso de su hermano Juan, hace poco más de un mes, apodado desde pequeño por su padre “El canelas”, por alguna razón no tan descabellada que se guardó para él, con una sonrisa mesurada.

–Ese cabrón era muy querido, era desmadroso como el solo de joven, pero después ayudó a mucha gente del pueblo y veía a mi madre Chabela que anda por allá en aquella silla, írala –me dijo.

Su cuerpo y espíritu recordaba con sentimiento, mientras su quijada temblorosa no sabe si reír o endurecerse para dar paso al llanto de la memoria insistente de su hermano mayor mientras observo, a su lado derecho, la ofrenda que –montada al detalle– deslumbra el interior de la casa. A la salida ofrecen tamales y café sin distinción, en algunos casos pan de muerto rebanado.

Ocotepec se viste de hospitalidad, cariño y celebración.  Se escuchan a unas calles de distancia distintos grupos de música que hacen lo propio para entrar en calor en una noche que, parece, será fría. Recorro sus calles empedradas donde árboles frondosos de guayaba, vainas, nísperos, aguacates y flores como el tulipán, floripondio, el anís, buganvilla desparraman su belleza decorando algunas casas, habitadas por familias grandes e históricamente resistentes a ocupaciones de empresas depredadoras de lo local dentro del pueblo, para recibir las festividades de Día de Muertos como ha sido la costumbre, durante décadas.

Colas numerosas de visitantes entusiasmados aguardan su turno con la cera en la mano para observar, dentro de las casas, por unos quince o tal vez veinte segundos las «ofrendas nuevas» tradicionales en primerísima fila, como le llaman en Ocotepec a los altares que anuncian las muertes ocurridas en el último año. Los recintos aglutinan banquetes inmóviles en cada caso, repletos de dulce de calabaza, pozole, vainas, nísperos, pan de muerto, su jarra de pulque, cazuelas de barro escurriendo mole con bastante pollo, tamales, uvas, tlaxcales, tortitas de huevo en salsa verde, frijoles de la olla, chilacayotes, manzanas, cacahuates, alegrías, mandarinas, aguacates, chicharrón, lo dulce y lo salado se reúnen sin discreción, custodiados por la luz de las velas y ramos de flor de terciopelo con elegancia púrpura que caracteriza las ofrendas, acampando a cada centímetro desocupado del oasis gastronómico.

Ese fue el escenario que antecedía el siguiente y más relevante podio, repleto de flores de cempasúchil, cual rockstars a la mexicana, que acompañaban los cuerpos simulados de madres, hermanes o hijes finades, representados vívidamente con sus prendas, fueran blusas o chazarillas de tonos claros, faldas o mallones oscuros, pantalones vaqueros o  de vestir elegantes, chamarras favoritas o suéteres incómodos que dan sensación de quitarse la comezón, sus calzados desgastados de la horma y las suelas, amuletos personales y una amarantada o azucarada calavera por cabeza.

Ofrenda en memoria y exigencia de justicia por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Foto: Ricardo L. Villa

En la esquina de la calle Juan Aldama y Galeana, a una calle de la Parroquia El Divino Salvador, se observan tal vez treinta o cuarenta personas en un flujo constante, madres y padres que sujetan a sus hijos de la mano o los llevan en hombros, impactados al mirar la ofrenda emblemática que retrata la historia reciente del país, seguida de las preguntas de los infantes que interpelaban a toda persona que las escuchaba, llenas de humanidad sensible.

–¿De quiénes son esas fotos mamá? –preguntó una pequeña de unos cinco años.

La madre respondió: «Son estudiantes…».

–¿Qué les pasó papá? –preguntó otro pequeño de siete años aproximadamente.

–Murieron, hijo… –contestaba otro de ellos.

–¿Por qué se murieron? –preguntaban unos hermanos jalando el abrigo de sus padres.

El silencio se apoderó del espacio y varios padres observaban impotentes si sus semejantes tenían un puño de ligas atorado en la garganta al igual que ellos, metafóricamente hablando.

Como un lugar con memoria, en el Cerro de los Ocotes contemplan el lugar que ocupan aquellos que fueron arrebatados injustamente en vida por situaciones lamentables y dolorosas, tan lamentables que terminaron en la muerte atroz de 43 estudiantes normalistas por un crimen de Estado, un capítulo muy oscuro en la historia de millones que es recordado como el «caso Ayotzinapa».

El bucle de la memoria los aprisionaba por igual, en su búsqueda de recuerdos sensatos de lo ocurrido, en una búsqueda de palabras que parecía eterna en sus rostros insólitos, como recién sumergidos en una tina con hielos. Pareció no existir, esa noche, capacidad de respuesta de los adultos en aquella esquina, llena de fotografías en blanco y negro colocadas en la pared empedrada con acabado de adobe, pegadas en soporte de pellón blanco cada una, un tapete de papel crepé con una silueta de catrina color blanco que decía en la parte inferior «Vivos los 43», iluminados por la luna y por ceras prendidas iluminando la escena que, en el centro, contenía lúcidamente los números cuatro y tres pintados consecutivos con flores de cempasúchil.  Esa imagen sin respuesta fue la única explicación de lo sucedido a curiosos insaciables de respuestas lógicas a los acontecimientos plagados de todo lo inhumano, menos de claridad.

Poco a poco avanzó la noche, el frío comenzó a invitar a esas multitudes a guardar reposo unas horas. Pasada la media noche, la calma se apoderó del lugar, no hubo ningún altercado, la paz era evidente, parecía no haber más remedio que aguardar al día siguiente. La celebración a los cuerpos simulados no había terminado.

Celebración de Muertos en Ocotepec. Foto: Ricardo L. Villa

*Estudiante de la Licenciatura de Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Publicado por adrianaesthela

Reportera

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