Caminando entre calacas

Después de un año de pandemia, el desfile de las Catrinas en la Ciudad de México fue uno de los eventos más esperando de noviembre, aunque para algunos no resultó lo que se esperaba.

Por Yaisa Simbawe Martínez Jacobo*

Foto: Aracely Martínez

Con la sensación de que la mañana ya había avanzado demasiado sin mí, miré el reloj que marcaba las 6:47 am, el sol se asomaba ya por las ventanas de la casa presionando para levantarme en domingo a las siete. -¿Quién comienza su día de descanso tan temprano?-. Toda la familia comenzó a aparecer poco a poco en el comedor, igual de desconcertados, ya que se había atrasado el reloj una hora la noche anterior, en lo que llamamos el “horario de invierno” con la finalidad de ahorrar energía. El cambio de horario nos tomó a todos por sorpresa. Sin más, las actividades habituales de un domingo comenzaron en la cocina, preparamos y servimos chilaquiles y café. Más tarde, todos nos alistamos para salir a disfrutar de la ajetreada Ciudad de México y su multitud de chilangos, extranjeros, foráneos. Acudimos al Desfile de Día de Muertos.

El desfile se realizaría en Paseo de la Reforma, catalogada como la avenida más bella de la ciudad de México. Ahí, había cientos de personas esperando ansiosas: los niños ya estaban montados en los hombros de sus padres, en bancos, en estatuas y árboles, para lograr ver a las calacas desfilando. Los reporteros corrían a ocupar un buen lugar para captar las mejores imágenes. En carritos empujados por bicicletas, ya se encontraban desde muy temprano los comerciantes; hilos de azúcar volaban entre la  muchedumbre jugando a esquivar las manos de quienes querían llevarse algo dulce a la boca. Los cráneos de barro desplegados en el piso, esperando a ser comprados, se confundían por las caras pintadas que deambulaban de un lado a otro.

Las 13:25 pm y aún no pasaba la tradicional representación de José Guadalupe Posada con sus esqueletos de mujeres elegantes y que el rebelde muralista Diego Rivera nombró Catrinas. El desfile de Día de Muertos es la bella tradición que registró James Bond en 2015 durante la grabación de la película Spectre. La misión, en ese día, fue abrirse paso entre la gente para lograr ver el desfile y no contagiarse de covid, una misión digna de un 007.

Pasadas las dos de la tarde comenzó a escucharse la música alegre proveniente de los coches alegóricos, «¡Ya vienen!», gritaban las señoras, mientras que los niños se abrían paso entre los pies de los adultos para tratar de alcanzar un puesto en primera fila. Una camioneta de MVS Noticias, con un cráneo y un penacho abrieron el desfile. Tuvimos que esperar más de 15 minutos para ver el resto, los danzantes que resisten el paso del tiempo y preservan la danza prehispánica en la Ciudad de México desfilaron ya un poco cansados, seguidos del emblemático dios azteca Quetzalcóatl. Por alguna razón, desfiló también el Ángel de la Independencia, una alegoría representada por Niké, la diosa alada de la victoria en la mitología griega y también de la Torre Latinoamericana que, cuando se inauguró en 1972, era el edificio más alto de la Ciudad de México; actualmente, se ha ganado prestigio por su innovación y resistencia ante los peores sismos.

La calaca de los tamales intentaba animar a la audiencia: «¡Viva México!», gritaba. Esqueletos de todos los oficios populares comenzaron a aparecer: panaderos, basureros, el carrito de plátanos y camotes cocidos, el barbero, que de seguro no gozaron del privilegio del homeoffice en esta pandemia. Dulcerías, restaurantes, pulquerías y otros comercios desfilaron también, quizá en honor de todos aquellos comercios que tuvieron que cerrar definitivamente. También pasaron bailando colibríes, bomberos y carros alegóricos de las marcas Nescafé, Chocolate Abuelita, Smart Fit… el capitalismo presente en todos lados, como siempre. La poca contribución de la Unión Europea al desfile decepcionó a un güerito que estaba detrás de mí: «Yo opino que mejor lo veamos en una transmisión y vayamos a comer tacos ¡ya!», dijo el mismo güero con acento probablemente alemán.

El sol era abrasador y la multitud exasperante. Una señora luchaba por cargar a su perro de raza Chihuahua y filmar el desfile al mismo tiempo, sin éxito, mientras que su pareja la regañaba por haber llevado al perro. Entre las conversaciones de las personas alrededor y los gritos -un tanto forzados- de ánimo, sin darme cuenta el desfile terminó, los camiones de la basura cerraron el recorrido y todos comenzamos a desplazarnos hacia otro lugar. Mis expectativas del desfile después del Covid-19 eran más altas en comparación con lo que presenciamos.

Los coches comenzaron a pasar, las calles se abrieron enseguida como una manera sutil de corrernos de la apreciada Reforma. Entretuve mi hambre con unos esquites, ya que todos los restaurantes y puestos de comida cercanos estaban llenos. Después de la odisea en busca de un lugar donde sentarnos a comer, por fin encontramos un puesto de tacos al pastor donde pudimos calmar el mal humor por el hambre. Mientras esperaba mi orden podía observar las oleadas de gente entrando una tras otra vez a la estación del metro y sentí una sensación extraña al ver los rostros pintados y sin cubrebocas; parecía, por un momento, que nada del año anterior había ocurrido para ellos tras meses de confinamiento por una enfermedad altamente contagiosa y mortal, mientras yo me preguntaba por cuánto tiempo más podríamos disfrutar del ajetreo citadino antes de que nos vuelvan a enjaular entre las paredes que nosotros mismos construimos, amando y odiando la convivencia diaria con las mismas personas una y otra vez, en un plano donde ya casi no se encuentra la diferencia entre los cuerpos y los muebles de la casa y donde parece que no pasa el tiempo.

El mal viaje terminó cuando mi añorado plato con tacos se posó frente a mí y bajé mi cubrebocas para comer. El sabor de la carne, con la mezcla perfecta entre condimentos, piña dulce, limón y salsa envuelto en un manto de maíz se mezcló en mi boca. Todo el malestar se borró al instante. Fue cuando me di cuenta: solo tenemos este instante.

*Estudiante de Licenciatura en Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Publicado por adrianaesthela

Reportera

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