Olfato/Reflexiones sobre los sentidos y la pandemia

En este ensayo, la antropóloga Mariana Mora cuestiona el impacto de la pandemia sobre el sentido del olfato más allá de lo físico, en el vínculo con la memoria y con la colectividad. Pregunta: si el olfato se encuentra tan estrechamente asociado a la respiración, ¿puede entonces su pérdida sentirse un poco como la sensación de sofocarse en el presente?

Por Mariana Mora*

Foto: Víctor Ruiz / Diarios de Covid-19

“Cuando una aparente estabilidad se desintegra,
tal como debe ser
—Dios es cambio—
las personas tienden a rendirse
ante el miedo y la depresión,
ante las carencias y la codicia.
[…]
Recuerdan viejos rencores y generan nuevos,
crean caos y lo alimentan.”


Mediante frases desarticuladas escribe en un diario sus reflexiones Lauren, adolescente afroamericana de 15 años, personaje principal de La parábola del sembrador, libro de ciencia ficción de Octavia E. Butler. Lauren tiene 15 años y vive cerca de Los Ángeles, en el estado de California, Estados Unidos. Pero la suya no es una ciudad marcada por los contrastes que conocemos, por el glamur de Hollywood y el empobrecimiento de barrios negros y latinos, sino que es una urbe estirada a reventar, en la que solo permanecen condiciones de extrema precariedad provocadas por la desertificación del cambio climático y por el desprecio generalizado hacia la vida. Se mata por matar, sea un perro callejero o un humano. Los que se encuentran frente a sucesos extremos simplemente hacen una pausa, en el mejor de los casos, para observar el escenario por unos escasos segundos antes de continuar en lo suyo.

Dicho entorno distópico le provoca a Lauren una enfermedad de empatía aguda, una condición que ella describe como sharing, compartir. Siente cada gota de dolor ajeno como si ella fuera la persona que lo estuviera viviendo. Ante actos de sufrimiento, su cuerpo se des/integra con el del otro mediante sensaciones afectivas que rebasan los límites que marca la piel. Se desvanece. A pesar de ser una respuesta involuntaria, la enfermedad se vuelve su salvación. En lugar de aferrarse al supuesto de un individuo íntegro, separado del otro, a quien uno puede decidir ayudar o no, Lauren se deja llevar por la porosidad de su cuerpo y de sus sensaciones. Habita la fragilidad que la conecta con las personas a su alrededor. La empatía se transforma en ondas de resonancia, que le permiten iniciar una tarea de reconstitución ardua del tejido colectivo entre sobrevivientes. La fragilidad transciende la suma de las partes; se transforma en una telaraña que sostiene.

Quizás en la figura de Lauren encontramos algunas pistas para habitar la pandemia de otro modo.

***

Lo que presenciamos en el 2020 y en lo que va del 2021 es una ansiedad generalizada que refuerza y desintegra la gran promesa de la modernidad, la del sujeto completo que ocupa su lugar en una temporalidad lineal, que es capaz de controlar su presente y darle algo de certeza a un futuro. En la pandemia lo cotidiano se fragmenta y la rutina se diluye a tal grado que no hay nada que mantenga la cohesión, salvo el cuerpo mismo. Aun así, el cuerpo no es un ente autocontenido, no termina, ni se amuralla con la piel. D’cheiro, tu aroma, es una expresión que se utiliza en el noreste de Brasil a modo de despedida. Tu rastro se funde con los demás aromas que te rodean al mismo tiempo que sigue abrazando a la persona que dejas atrás, marcando una presencia que trasciende lo corporal. Sin embargo, lo que diluye el ser también representa una amenaza. Lo que inhalas y entra a tus pulmones, cuando después exhalas, entra a los pulmones de alguien más, y viceversa. La misma porosidad es justo lo que nos puede llevar a infectarnos del virus. Por lo mismo, en la angustia provocada por la pérdida de esa idea del individuo íntegro, también se encuentra una reacción en el sentido opuesto, una mayor inversión en la separación y en el aislamiento de un cuerpo frente al otro. El distanciamiento social. Un metro y medio entre cuerpos. El cubrebocas. Tocas por accidente la mano de la persona que te da el cambio en la tienda de la esquina e inmediatamente sacas el gel antibacteriano para frotarte las manos.

Dado que la respiración y el aroma están estrechamente unidos, esta misma angustia multidireccional ha puesto de relieve un sentido hasta ahora menospreciado por Occidente, el olfato.

Desde la época de los filósofos griegos, Platón y Aristóteles, el olfato fue ninguneado por ser un sentido primitivo en lugar de una expresión de refinamiento. Era acusado de ser tramposo e impredecible. Difícilmente el olfato puede fijar aromas por un tiempo indeterminado. Tampoco los puede aislar de la misma forma que una paleta de colores separa distintas tonalidades. Quizás hasta se podría decir que el olfato escapa a la forma en que Occidente produce conocimientos sobre sí mismo, no solo por su capacidad evasiva frente a la clasificación, sino porque estudiosos europeos, desde Kant hasta Nietzsche, incluso Freud determinaron que no sirve para elevar a lo humano por encima de la naturaleza. Era considerado un sentido que opera en el terreno de lo instintivo, de la sobrevivencia. En su lugar, se le daría prioridad a los sentidos que le otorgan la capacidad al humano de trascender el plano que ocupan los animales, mediante la toma de distancia de un objeto y de comprender determinado fenómeno desde una perspectiva omnipresente. La mirada, entrenada y afinada desde Occidente, ocuparía ese lugar.

Siglos después de las obras elaboradas por los filósofos clásicos griegos, el sentido de la mirada se convertiría en una herramienta indispensable para la conquista de los pueblos de Abya Yala y de sus territorios. Recuerdo con fascinación una de las salas de arte colonial del Museo Nacional de Bellas Artes en La Habana, Cuba, que guarda en su colección mapas de los siglos XVI y XVII elaborados por navegantes europeos. Son cartografías que no solo delimitan los contornos de las islas caribeñas, sino que dibujan su vegetación frondosa, fauna casi fantástica, y representaciones de las sociedades con las que los europeos tuvieron contacto, ilustradas en gran parte mediante figuras semidesnudas. Estos mapas reflejan cómo Occidente invirtió en la mirada para establecer su propio sentido de pertenencia. En contraste a la idea que los colonizadores tenían de sí mismos, es decir, como seres superiores a los animales, los mapas vinculan a las sociedades nativas con su entorno natural. Y mientras los europeos se entendían como sociedades capaces de mover los rumbos de la historia a través de sus viajes y exploraciones, los mapas fijan a las sociedades nativas a un territorio específico y estático. Dicha representación de los pueblos originarios se basa a su vez en su papel pasivo, lo que los feminiza frente a la fuerza activa de los conquistadores que los “descubrieron” e introdujeron cambios.

En contraste con los efectos meticulosos propiciados por el uso de la mirada europerizada, el olfato no cumplía, ni cumple, con el impulso colonial de contener y de clasificar, aspectos indispensables para la efectiva administración de poblaciones. Para empezar, el sentido se enfrenta con la dificultad de que los aromas suelen esparcirse en el momento que en que son identificados. No se pueden almacenar en archivos para después ser consultados e inspeccionados. Por lo mismo, son difíciles de representar en términos esquemáticos y de anclar en cartografías. Y, sin embargo, así fueron los primeros esfuerzos de algunos científicos europeos, quienes intentaron encausar el olfato hacia los registros de la mirada y elaborar cartografías de aromas basados en el binario fragrante/hediondo. Durante los siglos XVIII y XIX surgieron varios intentos por localizar determinados olores, particularmente al mal olor que vinculaban a la decadencia. Por ejemplo, a finales del siglo XVIII, el primer funcionario encargado de la higiene pública en París, Jean-Noël Hallé publicó un registro de caminatas por la ciudad, que realizó para marcar en el espacio distintos aromas. Describió un recorrido de 10 kilómetros que llevó a cabo la mañana del 14 de febrero de 1790. Hallé y un colega cruzaron y descendieron por los puentes que atraviesan el río Sena y caminaron por sus orillas para anotar los olores fétidos e intentaron aislarlos de los olores tóxicos, todo ello con la finalidad de registrar posibles fuentes de contagio y así evitar futuras epidemias.

Este impulso de utilizar el olfato como una extensión de la mirada se dio de otras formas en la época colonial y en contextos de post-esclavitud de personas africanas y sus descendientes. Fijar algunos olores a determinados cuerpos fue uno de los elementos que aportó a producir la idea de “razas” y a colocarlas en escalas jerárquicas. En su libro, Historia verdadera: De la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz de Castillo describe con detalle la limpieza y fragancia de los aztecas frente a lo apestoso de los españoles. Sin embargo, estas descripciones se invirtieron durante las campañas de higiene del siglo XIX en México, cuando los cuerpos indígenas se empezaron a asociar con olores hediondos, evidencia de una supuesta degeneración corporal. Ello, a su vez, formó parte de narrativas que siguen justificando la superioridad de la blanquitud, asociada con la limpieza y la pureza. También a finales del siglo XIX en Estados Unidos, durante la época de la reconstrucción posterior a su guerra civil que culminó con la liberación de personas esclavizadas, los blancos del sur expresaron una ansiedad racial profunda. El movimiento y la mezcla entre personas generaban condiciones en que los negros se podían confundir por blancos. En su libro, How Race is Made (Cómo se hace la raza), Mark M. Smith describe cómo se empezó a argumentar que, aun los mulatos que en apariencia pasaban por blancos, mantenían “el olor de los negros”. Mediante el olfato aseguraban que los podían “identificar”, porque los aromas eran considerados innatos a ciertas razas; su aroma se volvió el equivalente a los colores que los ojos deben ser capaces de ver.

***

¿Qué pasaría si liberáramos el sentido del olfato de las técnicas de observación impuestas por Occidente o si transitáramos por lo efímero y lo poroso de los aromas, en lugar de traducir el olfato en términos ópticos? ¿Qué otras formas de entendernos y actuar-entre-nos serían posibles si el sentido del olfato se sumara a desintegrar esa falsa promesa del sujeto íntegro moderno que se sostiene con la mirada?

Si retomamos la invitación de Arundhati Roy de vivir la pandemia como un portal, entonces nos encontramos en el momento preciso para hacernos estas preguntas. Ello se debe, en parte, a que el olfato ha adquirido un nivel de importancia nunca antes reconocido por los científicos del mundo occidentalizado. El efecto de Platón fue tal que a lo largo de los siglos ha sido el sentido menos estudiado y que menos ha recibido fuentes de financiamiento para ser investigado. Tan es así que no fue sino hasta inicios del siglo XXI que científicos identificaron cómo el olfato se relaciona con el sistema neurológico del cuerpo. Tras descubrir que existen más de 1,000 genes que dan lugar a un número equivalente de receptores olfáticos capaces de detectar más de un trillón de olores, Linda Buck y Richard Axel recibieron el Premio Nobel en medicina en 2004. También otros científicos fueron arrojando luces adicionales sobre el comportamiento de los receptores del olfato. Mientras los de la óptica tienen que pasar por canales neurológicos complejos para conectarse con la parte del cerebro que guarda la memoria, el bulbo olfatorio, ubicado en la parte frontal del cerebro, transmite de manera directa la información que procesan las regiones relacionadas con las emociones y la memoria. Es mediante este canal directo que el olfato invita a que el pasado vivido se haga presente. Más fascinante aún, al lado de los órganos como el hígado y los intestinos, se encuentran otros receptores, lo que le permite al cuerpo “olfatear” la presencia de un virus o patógeno.

Cuando a inicios de la pandemia se descubre que uno de los síntomas más recurrentes para casos considerados relativamente leves de covid era la pérdida del olfato y del gusto, se da un boom de interés científico que contagia diversas disciplinas. En marzo de 2020 se crea el Global Consortium for Chemosensory Research (Consorcio Global de Investigación Quimosensorial) que, al poco tiempo, llega a incluir a más de 600 miembros provenientes de 64 países. De manera paralela, el olfato ha sido fuente de discusión y reflexión de artículos periodísticos y de un sinnúmero de comentarios en redes sociales. De todos los que leído me impactó sobremanera un comentario escrito por una mujer al final de un artículo publicado en el periódico electrónico mexicano, Animal Político. La persona lamentaba que no encontraba cómo reconectarse con las memorias de su infancia sin el olfato. Durante meses se sentía en el olvido; era incapaz de encontrar el mecanismo de reconocer su pasado. En ese sentido, la pérdida del olfato genera un desarraigo. Los olores sitúan a una persona en su entorno inmediato; por el contrario, su ausencia produce una sensación de aislamiento, de estar sin estar presente, como si estuviera encapsulada, flotando en el espacio.

Si el olfato se encuentra tan estrechamente asociado a la respiración, ¿puede entonces su pérdida sentirse un poco como la sensación de sofocarse en el presente?

***

Sin duda, el conjunto de estos descubrimientos es una fuente de asombro para mí, lo que indudablemente se mezcla con las preocupaciones por lo que viven seres queridos y por lo que puedo llegar a experimentar. Sin embargo, lo aprendido mediante diversas publicaciones cobró sentido en la medida en que reflexioné sobre su contenido a partir de los registros de mi propio cuerpo, de mis formas de vivir e interactuar con las condiciones altamente fragmentadas que ha provocado la pandemia. El encierro me aisló, como a muchos, no solo de una rutina cotidiana y de las actividades sociales que irrumpen esa misma rutina, sino de los estímulos sensoriales de mi entorno. Todo se redujo a la monotonía de las cuatro paredes de nuestro departamento en la Ciudad de México, cuatro paredes que al mismo tiempo se rellenaban de un caos constante, en el que los intentos de cumplir medianamente con mis compromisos profesionales quedaban sistemáticamente truncados frente a las exigencias de Camilo, nuestro hijo de edad preescolar.

El desenlace del primer medio año de la pandemia transcurrió entre una sobre estimulación de actividades, un nivel de multi-tasking a lo extremo que requería cumplir de manera simultánea con las tareas de una maestra de kínder, de una profesora de posgrado, cocinera, acompañante de duelos, pareja que escucha atentamente preocupaciones profesionales, y de una madre que se esforzaba por ser la más divertida posible, con tal de establecer una muralla imprescriptible frente a las angustias y preocupaciones de un mundo moribundo.

Al mismo tiempo, viví un aislamiento profundo frente a cualquier estímulo externo. Los sonidos de una gran urbe como es la Ciudad de México se desvanecieron. La calle dejó de entrar por las ventanas de nuestro departamento: las ruedas de los carros, el grito de las personas cenando tacos en la planta baja, los músicos buscando unos centavos tocando cumbias desde la banqueta y los motores de los aviones pasando por encima de nuestro edificio. El único sonido estridente que permaneció fue el de las sirenas de las ambulancias. Lo demás se destiló a densidades de silencios, muchos de ellos inquietantes. También disiparon los olores vinculados a estos sonidos, el carbón que calienta el trombo de los tacos al pastor, la acumulación del escape de gasolina de los autos, incluso el de la masa de nixtamal de la tortillería. Por su parte, la mirada dejó de observar los ires y venires del espacio público, al mejor estilo flaneur, un paseante de la calle, el gozo principal que alimenta una vida citadina. Y el tacto, qué decir del tacto, llevo más de un año en que mi piel siente los abrazos de dos personas, mi hijito y Luis Felipe, mi pareja. Esos abrazos, sin duda, han sido mi salvavidas, pero sueño con cadenas de abrazos, con la sensación de recargar mi cabeza en el hombro de un amigo, de sentir el calor del cuerpo de una amiga, mientras acaricio su pelo y dejo mis dedos caer ligeramente sobre una mejilla antes de darle un beso en la otra.

En medio de la tormenta, los momentos escasos de contemplación se centraron en lo que mi nariz es capaz de transmitir y percibir de mi entorno inmediato. Me di cuenta de ello primero en la cocina, mediante el gozo que me provocó la curiosidad de adivinar los ingredientes de los guisos con los que Luis Felipe experimentaba. Quizás por lo mismo me pareció una idea maravillosa la de una amiga que propuso, entre las miles de actividades a inventarse con Camilo, que hiciéramos tinturas de hierbas aromáticas. Usamos lavanda, romero, menta, limoncillo y canela, y asociamos cada aroma a un estado emocional. Pronto me di cuenta de que los aromas y sus rastros posibilitan viajes en el tiempo. Atraviesan geografías. El olfato se convirtió así en mi conexión con el presente, la extensión del pasado, el hilo conductor hacia lo impredecible e incierto. Fue el canal mediante el cual logré en los meses de aislamiento tejer desde la porosidad del olfato fragmentos de mi ser, sin el afán de intentar re/integrar las piezas.

Aprendí a reconocer y admirar la fugacidad de este sentido, su encuentro efímero con el entorno, su forma inseparable del mismo. En contraste al tacto, el olfato no permite sostener con intención. Sostiene, pero no puede ser sostenido. El aroma es tímido, se introduce al cuerpo cuando la respiración mantiene un ritmo pausado, solo así transita por la nariz para bajar a los pulmones y diluirse entre las memorias. Inhalar con más fuerza para captar más, percibir más, sostener más, recordar más tiene el efecto contrario, hace todo aroma desvanecer. Su textura se aleja de cada intento de atraparlo. Una mayor cercanía le provoca al olfato mayor evasión. A veces sucede lo mismo con la memoria. Aprendí entonces a costurar lo cotidiano, sus vínculos con un pasado y sus impulsos hacia un nuevo presente, dejando la amalgama de vivencias cotidianas sostenerse por su propio peso hasta diluirse entre mi cuerpo, sin dejar de mantener su conexión con el aire que me rodea. Fue así que empecé a sentir la simbiosis que mantiene la vida entre los árboles que llenan de oxígeno la atmósfera y los pulmones que lo inhalan. Esa simbiosis no requiere ser anclada a una cartografía para confirmar su/nuestra existencia, se respira.

El aprendizaje no ha sido fácil, implica soltar la expectativa de plenitud asociada a una costura imprescriptible e íntegra. Por momentos, me encuentro aferrándome a ciertos aromas como si a través de ellos pudiera recuperar los añicos de una vida cotidiana previa a la pandemia. Por supuesto, desaparecen. En esos momentos me peleo con la forma en que un aroma es capaz de tensar la conexión momentánea entre el cuerpo y la memoria. Es un colibrí cuya vida depende de su incapacidad de permanecer quieto. Ante el derrumbe que provoca un ente microscópico inerte, se activa esa falsa promesa de un sujeto moderno que quedó en el siglo pasado. Ello a pesar de que esa narrativa repetida hasta el cansancio no ha sido mi experiencia de vida. Por el contrario, vivo entre las astillas, las memorias incompletas, la suma de promesas tramposas, las veredas abiertas a giros inesperados.

Si tuviera que definir la cercanía del olfato a otro sentido elegiría el oído, en lugar de la mirada. En esta asociación descansa lo poético del odofono, un piano aromático inventado en el siglo XIX por el químico británico George William Septimus Piesse. Este piano vinculaba cada nota musical con un atomizador. Componer música implicaba entonces liberar un conjunto de aromas que en su suma creaban un bouquet de olores que se diluían en el aire casi tan pronto como eran perceptibles. Dichos bouquets eran considerados placenteros cuando las notas musicales y aromáticas estaban bien afinadas, en contraste con los olores desagradables que surgían cuando se desafinaban.

Platón dudaba de que el olfato fuera un indicador corporal capaz de registrar lo verídico, porque consideraba los aromas sustancias incompletas. Pensaba que el cuerpo humano percibe los olores cuando las formas se encuentran en estados de transición. Argumentaba que no es un sentido previsible, porque el olfato registra lo que por su esencia se desprende de lo voluble. Mi experiencia en la pandemia me lleva a entender esa aparente inestabilidad, no como un momento de transición entre formas fijas en tiempo y espacio, sino como lo que teje los contornos del ser. En lugar de descartarlo por ser un sentido instintivo de supervivencia, la invitación que nos hace el olfato consiste en adherirse a su impulso sobre-el-vivir, no de vivir sobre-otrxs o por encima de otrxs. Lo que aparenta ser la debilidad del olfato, su forma efímera y por ende de poco fiar, es lo que en la pandemia se transforma en la fuerza de lo poroso. La fuerza no emana de lo fijo y estable, sino de lo que sostiene el conjunto de relaciones, de lo que une el pasado con el presente, de lo que transita entre cuerpos, de todo lo que se suele asociar con formas frágiles. Lo endeble de la telaraña es lo que permite al aire pasar entre sus hilos, lo que acumula hasta gotear la humedad condensada, y es lo que le permite cargar mucho más que su propio peso. Una telaraña es y no es la suma de los hilos. Pero se desintegra en el momento en que la intentas agarrar. Así la fuerza de lo vulnerable, así el impulso que puede recuperar el equilibrio de las relaciones vitales. En ese sentido, y en contraste a la mirada occidentalizada, el olfato ofrece un giro ético que posibilita sostener la existencia de otro modo.

***

El cuerpo evidencia la fragilidad innata a partir de su propia porosidad. Es lo que posibilita la vida; es lo que amenaza la vida cuando toda relación entre humanos y no humanos está tan, tan fuera de balance. Por eso el sharing, la enfermedad aguda que padece Lauren en La parábola del sembrador, es una enfermedad patológica. Cada vez que ella ve al cuerpo de otra persona sufrir, lo vive como si fuera ella misma impactada por una bala o aplastada por una piedra. Sharing es la sobre respuesta involuntaria de su cuerpo ante un contexto extremo.

Tras un incendio seguido por la masacre de casi todas las personas de su vecindario, incluyendo a sus familiares, Lauren emprende un viaje incierto. Con dos vecinos sobrevivientes camina desde Los Ángeles hacia el norte de California. Poco a poco, se van sumando más personas hasta convertirse en una pequeña comunidad unida por el cuidado mutuo que mantiene los peligros medianamente alejados a lo largo del trayecto. Lo suyo es un impulso colectivo sobre-el-vivir, animado por una nueva religión que Lauren bautiza como, Earth Seeds, las Semillas de la Tierra. En contraste con el futurismo controlable y controlado que acompaña la narrativa seductora del sujeto moderno, Earth Seeds se basa en la convicción de que Dios es cambio. De cara a los múltiples desastres naturales y sociales —las sequías y los terremotos, los saqueos, las nuevas formas de esclavitud y actos sangrientos— que extraen la poca fuerza vital que permanece en la tierra y entre sus habitantes, Earth Seeds se expresa como una ética basada en la fragilidad del cambio.

Lo involuntario del sharing encuentra aquí un contrapeso, la resonancia. Ambos se alejan del supuesto de la empatía, concepto que la filósofa brasileña Suely Rolnik cuestiona porque supone un sujeto íntegro que es capaz de ponerse en el lugar del otro. Por su parte, la resonancia, como el sharing, establecen conexiones a través de ondas vibrantes, atraviesan y constituyen cuerpos, traspasan y crean formas de ser desde y entre la porosidad. Son justamente las ondas de resonancia las que establecen los vínculos que delimitan la existencia múltiple. A pesar de que la autora, Octavia E. Butler, poco se refiere al olfato en su narrativa, pienso que estaría de acuerdo en resaltar la esencia de este sentido como parte de la fuerza catalizadora de los cambios que ella nos invitó a imaginar décadas atrás, cuando la pandemia viral, la de la violencia extrema y de nuevos regímenes climáticos eran tan solo materia de ciencia ficción, no elementos constitutivos de nuestro presente. Creo que estaría de acuerdo en que la tarea consiste en transitar por estos tiempos con la nariz por delante.

*Mariana Mora es antropóloga social. Vive y trabaja en la Ciudad de México. Sus investigaciones se centran en temas de violencia, el racismo, la colonialidad y la producción de sentidos de lo político. Es autora del libro, Política Kuxlejal, autonomía indígena, el Estado racial e investigación descolonizante en comunidades zapatistas (2018). Es parte de la Red de feminismos descoloniales en México, espacio desde el cual elabora reflexiones respecto de una ética feminista y el cuidado mutuo.
Este texto fue publicado originalmente en http://www.campoderelampagos.org, el 26 de septiembre de 2021 y es compartido aquí con la autorización de la autora.

Publicado por adrianaesthela

Reportera

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