“Necesito que seas mis manos”

Por Zaría Abreu Flores*

Imagen de StockSnap en Pixabay

(Esta carta fue escrita por la autora para su madre, Rosy, durante su convalecencia por el LongCovid)

Me levanto todas las mañanas a hacer el mismo casi automático recorrido en el cuarto: limpiar cada superficie, cada objeto, cualquier cosa que pudiera tener un rastro de mí, es decir, del virus que me habita. Me tardo unas dos horas en terminar la limpieza completa, sábanas, almohadas, aparatos de medición, manijas, ropa, todo, todo, todo. Llevo un chingo de tiempo (ya perdí la cuenta de cuánto) haciendo lo mismo todas las mañanas… Podría aburrirme, pero no lo he hecho. Me sorprende, pero no me he aburrido de ese ritual de desinfección y limpieza, y no me he aburrido porque es uno de mis más grandes actos de amor.

Cada vez que la puerta de este cuarto se abre puede salir “algo” al exterior, al resto de la casa en el que mi madre habita (y que ahora se ha convertido en un cuarto también); entonces limpiar, desinfectar, volver a limpiar no me ha aburrido, de hecho es como una pequeña tablita de salvación en medio de este desastre que nos ha caído encima cual tsunami; es algo que puedo hacer por ella. Por cuidarla.

Ayer ella presentó síntomas, pasó una mañana fatal y yo también. Después de un rato de ires y venires pude conseguirle una prueba de Covid que le hicieron ayer mismo y que nos entregan mañana. Sonreí en medio de la tristeza, porque medí mis alcances, mi round, mi gancho derecho. Me supe la de siempre, la puede lograr esas cosas defendiendo fieramente a quien ama. Encontrando la manera, no cansándose de buscarla.

En la noche le conectamos el concentrador de oxígeno. Un concentrador de oxígeno que renté desde que supe que yo era positiva de Covid y que había posibilidades de que, a pesar de nuestros titánicos esfuerzos, el pinche virus de mierda la atacara. Los resultados me los dieron un sábado, en que lloré todo el día, por ella. El domingo me desperté y me di cuenta de que era real, seguíamos en medio de esta nueva cosa que llamamos mundo, y la pandemia ya estaba instalada dentro de casa; los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas, la respiración se entrecortó, tenía ganas de tirarme al suelo y llorar y patalear y dejarme vencer ahí, sobre el piso de mi habitación. Entonces escuché un ruido en el otro cuarto, pude reconocer sus pisadas suaves y lentas, yo puedo saber qué está haciendo tan sólo con escuchar los ruidos provenientes de su cuarto, me la sé de memoria. No dejé de llorar, pero me levanté de la cama, llena de una rabia motora y dije: “Ni madres, pinche bicho, ni madres”. Fue entonces cuando resolví que necesitábamos un condensador de oxígeno, tres pasos adelante, porque: esta batalla la voy a dar con todo. Después estuve toda la mañana preparándome para mudarme a una parte más lejana de la casa y después toda la tarde instalándome en la que sería mi nueva habitación. Una habitación más lejos de ella, una habitación para cuidarla de mí, no de mí, del pinche virus. Pero entonces sucedió un par de días después que ella empezó con síntomas…

Y yo otra vez lloré, porque está bien, porque el llanto dice que nos importa, porque el llanto ayuda a decir lo que ni pinches palabras tiene.

En fin, que eso fue ayer y yo me hice cachitos, pero mientras recogía los cachitos hice llamadas a laboratorios, médicos y familiares. Mientras recogía los cachitos me armé de sonrisas que regalarle, mientras recogía los cachitos pensé en alimentación, suplementos, dónde están las tarjetas del seguro médico, ¿el seguro cubre una pandemia? Etcétera, etcétera, etcétera.

Hoy, por primera vez, no limpié el cuarto, me quedé acostada viendo el desastre, ¿para qué? Tanto esfuerzo en vano. ¿Para qué? Hasta ahorita que estaba quedándome dormida y el llanto brotó solito y me despertó y agarré la botella de alcohol y me dije “para ella”. El resultado nos lo entregan hasta mañana y además, salga como salga, lo que hago aquí y ahora sigue y seguirá siendo para ella, para que haya menos cantidad de bicho, para que le dé gusto ver el cuarto cuando se lo muestro en videollamada, para que me vea la cara bien y sonriente y se alegre un poquito en medio de la mierda esta que estamos viviendo.

“No voy a dejar que te pase nada”, le he prometido. Me lo he prometido a mí también.

Y hoy ahorita, que quisiera poder darle un masaje, acomodarle la cintilla del oxígeno, peinarla, cortarle el pelo, ponerle vaporub en el pecho, llevarle el vaso de agua, darle el remedio de ajo, acomodarle su cama para que esté suave y duerma mejor, de pronto pensé: “Necesito que seas mis manos, mamá”.

Yo desde acá, desde este encierro hasta tu encierro pienso y sé la hora exacta de tomarte los signos vitales, la hora del vaporub, la caricia que necesitas, el masajito en el pie adolorido, y… es eso, necesito que seas mis manos, mamá. Necesito que te hagas ese masaje, que te acaricies el cabello, que te pongas el vaporub con las palmadas que siempre te lo pongo, que te tomas una mano con otra y que sepas que tu izquierda es mi mano, tomando tu derecha.

Necesito que seas mis manos, solo un poquito más, en lo que me dan de alta (le estoy dando batalla para que sea lo más rápido posible, te lo juro) y entonces podré entrar y cuidarte yo, y abrazarte y tomarte la mano que ahora también es la mía.  Y necesito que sepas que toda la energía de mi cuerpa está puesta en pedirle a la universa que tus resultados sean negativos. Pero si no lo son necesito que sepas, que no olvides, que soy pedera, peleonera, brava, intensa, una perra de pelea y que eso está puesto ahorita todo a tu disposición. Como a tu disposición están mi ternura y mi amor. Y también necesito que sepas que eres fortísima y que hueles a mamá y que tu sonrisa es lo mejor que existe en este planeta, de verdad lo mejor. Y que tu red, tu fortaleza, tu risa son lo que eres, lo que somos juntas y que hoy 6 de Mayo del año de la pandemia, aún con la pandemia en casa eso es lo que eres y eso somos juntas. Y también somos la rabia y el enojo por todo esto y está bien. Y somos quienes juegan juegos de palabras por videollamada y se las ingenian para ver una película juntas. Y se enojan. Y se ríen. Y se escriben. Y se vuelven a llamar.

Somos este torbellino que nos hizo atravesar el mundo (literalmente). Somos quienes transitamos la vida juntas desde hace tanto, un equipo, tú y yo, frente al mundo. Y estamos juntas. Así que eso, estos días, necesito que seas mis manos y que seas un poquito mi ayudante para poder cuidarte. Te amo y pronto, muy pronto voy a abrazarte.

Carta del estudio al cuarto, mientras lloro como lo hacemos las perras de pelea, las lobas de caza, las felinas dispuestas a defender con garras, dientes y un chingo de amora.

*Escritora, dramaturga y directora escénica. Licenciada en Literatura Dramática por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha publicado dos libros de poesía y dos de teatro. Obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo” 2004. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en Dramaturgia (2007). Tuvo mención honorífica en el VIConcurso Nacional de Obras Teatrales, convocado por la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) y la UNAM.

Publicado por adrianaesthela

Aprendiz de acordeón

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