Tiempos amargos

Por Luis Ricardo Palma de Jesús*

Muchos de nosotros no estábamos preparados para el encierro, y menos para quienes vivimos en Acapulco, una ciudad en donde las luces no duermen.

Durante mucho tiempo he cavilado acerca de la muerte y los estragos que esta produce. Y siempre me he preguntado qué duele más, ¿que un hijo pierda un padre o viceversa? Mi intención no es hacer una apología del dolor sino, más bien, intentar contarles un suceso que me quitó el sueño un par de días después de enterarme.

Hace aproximadamente un mes un adolescente de unos 13 años murió electrocutado. Y es que, ¿quién se imagina que durante la cuarentena alguien puede morir de ese modo? La razón puede resultar hasta increíble. En las colonias de Acapulco se acostumbra volar culebrinas, esos papalotes multicolores. Entonces los jóvenes, utilizando toda su creatividad en la combinación de tonos, de forros y con papel china esperan a que llegue la tarde para volar sus culebrinas en las azoteas, en la calle o en algún lugar donde corra aire suficiente para elevarla. Una vez arriba esperan a otras culebrinas que vuelan en diferentes puntos (incluso en diferentes colonias) para demostrar quién es más diestro en el arte de manejarlas. Cuando dos culebrinas se encuentran comienza el juego. En lo alto parecen gallos de pelea disputándose una apuesta. Cada quien maniobra la culebrina de modo que el hilo de seda intente mandar a la yumba (cortar el hilo para que la culebrina se vaya) o, en su caso, encaramarse para traérsela y tener una más.

Esto ocurrió con el adolescente. Cuando ya se había encaramado con otra culebrina, comenzó a jalar el hilo con rapidez para tratar de ganársela, pero antes de que las tuviera en sus manos el hilo se reventó y ambas culebrinas se fueron a la yumba. Así que, desesperado, corrió para alcanzarlas y vio que ambas se atoraron en unos cables de alta tensión. Como ya venían otros más a buscarlas, el adolescente no lo pensó dos veces y jaló el mecate, pero, cuando apenas estaban cayendo, recibió una descarga eléctrica que le provocó quemaduras de tercer grado. Minutos después doña Tere, madre del niño, salió corriendo en busca de su hijo. Pero ya era demasiado tarde. El niño se convulsionaba y su cuerpo emitía un humo a carne chamuscada. ¿Qué madre se iba a imaginar que su hijo fuera a morir de esa manera tan trágica, y menos en una época en la que no hay trabajo y la comida apenas alcanza?

El niño fue sepultado sin que nadie lo visitara. Todos tenían miedo de contagiarse de Covid. Incluso, algunos vecinos murmuraron que su muerte se debió a esa enfermedad.

No quiero imaginar el dolor que un padre o una madre pueden llegar a sentir después de la pérdida de un hijo. Y menos en tiempos tan amargos como estos. Pero la muerte está ahí, a la puerta, esperando escabullirse entre los escombros de una costilla y depositar su risa, su semblante.

Vivimos tiempos difíciles, en la que pasar el rato volando una culebrina ya no es un acto de inocencia sino de muerte. Y así puedo enumerar otro par de casos extraordinarios que han ocurrido, pero basta con esta muestra para entender que la muerte es un dolor que no desaparece del todo.

*Escritor mexicano (Acapulco, 1990), licenciado en Literatura Hispanoamericana y Maestro en Humanidades por la Universidad Autónoma de Guerrero. Ha recibido entre otros reconocimientos el Premio Estatal de Ensayo CONACYT (2014) y el XVIII Premio Estatal de Cuento y Poesía María Luisa Ocampo (2016). Ha publicado cuentos en las revistas Revolución, Revista Asalto, Círculo de poesía y el libro El sueño que no era (Praxis).

Publicado por adrianaesthela

Aprendiz de acordeón

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