Diario de la desolación

Por Rubén Don*

Foto: Rubén Don

¿Quieres leer una frase desoladora?
De los Diarios de Dennisse Calderón

Un día cualquiera a finales del 2019

Estoy sentado frente a esta hoja en blanco por necesidad.
La urgencia de no quebrar. De saber quién soy. Comprender en dónde tengo puestas las plantas de mis pies.

Ser yo mismo.

Escapar de la neurosis.

Estar presente en mi presente y en todo lo que acontece alrededor de él: aunque sea en las interminables horas de mi vida que proceden como un laberinto sin salida.

Llegado el momento, quieras o no, haces un corte de caja. La vida te obliga a ello. O el tiempo. Ambos. Un revolver, cada uno, en cada cual de tus testículos.

Esto no es un manual de quejas, aunque así parecerá. Tan sólo el clamor de un habitante, en un rincón de una casa, en una colonia perdida de la ciudad de México.

Ni pensar en un bildungsroman, porque hace lustros que soy un balsero solitario en el mar de la cotidianidad. Aquí no hay iniciación, ni aprendizaje. Mucho menos madurez. Lo único que queda es dolor. La eterna duda. Una sensación soluble de vacío y pérdida que no se logra describir ni cuantificar.

Luego aquel terrible pasmo en las entrañas.

Ese pensamiento inocuo que parece vaticinar que algo importante está por suceder.  

Viernes 27 de marzo de 2020

Un extraño virus que afecta las vías respiratorias se propaga por todo el mundo. Parece algo apocalíptico. Parte de una historia de ciencia ficción. Pero no lo es. Hay medio millón de personas infectadas alrededor del planeta. La cotidianidad se ha roto. Tengo una semana sin trabajar. Afortunadamente Ximena y yo contamos con ahorros. La idea es sobrevivir con ellos. En México tenemos al día de hoy 585 casos confirmados y 8 muertes. Aún no entra una cuarentena oficial, pero nosotros ya estamos aislados. Y como escribía Manuel Vilas en Twitter, se hace imposible escribir. No hay imaginación. No hay bríos. Quizá tampoco para leer. Sin embargo, estos días inciertos han servido para arreglar un montón de pendientes: pagar viejas facturas, hacer trámites, llevar a nuestra hija a la clínica para que le apliquen una vacuna de refuerzo. En fin. Extraños días.

Lunes 06 de abril de 2020

Llevo tres noches con una ligera tos. Obviamente me preocupa. No es agradable. No puedo dejar de asociarlo con esta nueva enfermedad. Sin embargo, no tengo otros síntomas. Yo lo atribuyo a las bebidas frías que he estado ingiriendo. Apenas dos semanas atrás había sufrido una fuerte infección en la garganta que también me había provocado una fuerte tos por varias noches consecutivas.  

Tratamos de mantener una rutina. Pero esta se rompe poco a poco. Cada vez se me hace más insoportable el encierro. Todo pierde sentido a mi alrededor. Definitivamente no consigo un ritmo para leer y escribir. Pareciera que el tiempo se fuese en las cosas más cotidianas. Dormir. Ver tele. Desayunar, comer y volver a dormir. Tratar de poner en orden la casa. No avanzo en ningún escrito, por más que intento imponerme un ritmo. Y poco a poco va dejando de importarme.

Hasta el día de hoy tenemos más de un millón de infectados en el mundo. Dos mil en México. 100 muertes. Sepa a dónde va a ir a parar esto.

Lunes 20 de abril de 2020

Cada día el mundo amanece más raro. Los niños vuelven a clases de forma virtual. El precio del petróleo se cae en Estados Unidos y arrastra a México. Más de dos millones de infectados por coronavirus alrededor del planeta. Hoy cumplo un mes sin trabajar. ¿Qué ira a pasar? La existencia parece perder sentido. Ximena está deprimida. El sol brilla y cruza reluciente por las ventanas, pero nada parece tener esperanza. Hoy tenemos para comer, ¿qué pasará el día de mañana si no recuperamos nuestros empleos, si la pandemia sigue, si estalla una guerra mundial? ¿Cómo salvaguardar de esta crisis a nuestra hija de tan solo seis años que no ha alcanzado a vivir absolutamente nada?

Domingo 03 de mayo de 2020

7:53 AM. No puedo dormir. Voy a leer. No tengo la paz necesaria para escribir. Apenas abro los ojos, mi mente se inunda de extraños pensamientos. Comienza a dolerme la cabeza por cierta ambigüedad: ganas de seguir durmiendo y la incapacidad de conseguirlo. Mi mujer duerme a mi lado. Con nuestro pequeño chihuahua acurrucado entre sus brazos. ¿Es ella, su calor, su desnudez, lo que me impide dormir, lo que me impide escribir? Estamos en casa de mi padre. No hemos roto la cuarentena. Sólo hemos cambiado el lugar de encierro. Se viene el pico de la pandemia. Más contagios. Más muertes. Escribo esto a contraluz. Espero hoy poder hablar con mi padre sobre su vida en general. ¿Cuándo tuvo su primer televisor?

Miércoles 06 de mayo de 2020

Día 47 de encierro. Interrupción tras interrupción tras interrupción… imposible escribir. Hoy ha sido un día pesado, como ya se preveía ayer. Ocho de la mañana para clase virtual de música de Danaé. A las nueve, tarea. A las diez, desayuno. Luego infinita tarea hasta mediodía. Lavar trastes, recoger un poco la casa. Bañar a Danaé. Vestirla. Secarle el cabello. Bañarme. Hora y media para escribir. A todo esto, Ximena no está. Fue a dar consulta. Eso es bueno. Dinero. Lo que sea para mantener las rentas de ese consultorio. Un WhatsApp de mi padre. Hasta ahorita todo ha fluido. Espero lograr contener esta frustración y sacar avante el día. A darle a la escritura de la novela, esperando que fluya. Pese a todo, también estos momentos se convierten en felicidad. Danaé está echada aquí a mi lado, jugando con la Tablet. Kike, nuestro perro chihuahua, también.

Martes 12 de mayo de 2020

17:01 un haz de luz entra por la ventana y eso es la felicidad. Ya no tengo escritorio aquí. Ya no tengo un estudio. Pero escribir aquí en la cama, rodeado de libros, con una taza de cerveza, es maravilloso. Día 52 de la cuarentena. Uno a todo se acostumbra. Ahora ese encierro también es cotidiano. A veces pesado y cansado. A veces hermoso. Como ahora que escribo echado en la cama, con los rayos de sol cruzando la ventana. ¿Qué forma parte de esta nueva cotidianidad? Duramos días sin salir. Danaé toma clases virtuales a partir de las ocho de la mañana. Desayunamos entre las diez y el mediodía. Ximena trabaja en su portátil, desde su celular, y envía informes y evidencias. Yo hago la cama, el desayuno, recojo un poco la casa. Cada tercer o cuarto día hay que acarrear cosas de la tienda. Los martes bajar por frutas y verduras al tianguis. Cuando la escasez es mayor, un súper de rápido al Aurrera. Pasamos todo el día en piyama. Nos bañamos cada tercer o cuarto día. Hacemos compras en línea. Hemos pedido una tele a Wal-Mart. Libros a Porrúa y Sexto Piso. Tratamientos para la piel a Amazon. Utensilios de cocina a Mercado Libre. Yo que me burlaba de la gente que compra por internet. En fin. Este es el nuevo mundo. La nueva cotidianidad. 

Martes 19 de mayo de 2020

Somos azotados de la forma más brutal por esta pandemia. Mucha gente muere al día. Gente pública, gente cercana. Dos primos, Daniel y Cristian están infectados. El primero, de 45 años, murió ayer. El segundo está gravemente hospitalizado. ¿Qué le pasa al mundo? Anoche comencé a tener fluido nasal. Lo atribuyo a la cerveza fría y al helado que me comí por la tarde. Es Inevitable adentrarse y sugestionarse. Por la madrugada me desperté dos horas. Estuve leyendo La edad del desconsuelo. Magnifica novela de Jane Smiley. El fluido me paró al poco rato. Pude dormir alrededor de las seis de la mañana. Desperté como si nada. Desayunamos calabacitas con crema y una quesadilla de queso. Fuimos al tianguis y, oh sorpresa, no había un sólo puesto. La alcaldía les negó el permiso. Ya no debe de haber más aglomeraciones. Sin embargo, sobre la calle Dos, había cuatro camiones improvisados con sus mercancías. Ahí pudimos surtirnos de algunas frutas y verduras. Para cuento, lo mismo. La gente amontonada escogiendo comida antes de que se acabara.

Viernes 22 de mayo de 2020

Luego de toda aquella rutina matutina y apabullante que ya ni vale la pena enumerar, me encierro en el cuarto para escribir. Al cabo de una hora viene mi hija y pregunta si puede estar conmigo porque su madre duerme. Necesito estar solo. Pero no puedo negarme. De pronto comenzamos a escuchar por la ventana que toca el organillero. Esa vieja figura de la ciudad que se ha perdido. Que seguramente con esta crisis deben de estar sufriendo al no tener escuchas. Danaé y yo nos miramos. Esa música nos trae recuerdos. Nos trae a la mente aquel organillero con el que cruzamos cuando me acompaña al trabajo. Su amigo de mi hija. Al que siempre le regala una moneda. Nos ponemos chanclas, cubrebocas, abrimos la puerta y bajamos las escaleras. Ahí está el chico con su clásico uniforme café, y el organillero dándole vueltas a la caja de madera. Casi lloramos. Pero nos aguantamos. Es esa nostalgia. Esa pesadumbre de esta pandemia, de este encierro. Mientras estamos lavándonos las manos, ya de regreso en casa, Danaé pregunta si extraño a mis amigos. Le miro con ternura. No sé con qué palabras explicarle que, a mi edad, ya no tengo amigos. Prefiero ser honesto y le explico que en realidad no. Se me queda mirando, pensativa. Bueno, pero es muy triste este encierro, ¿no?, dice. Es como si no existieran las calles, y el mundo. Porque todos tenemos que estar encerrados en casa. Y me parte el alma. Y me dan ganas de abrazarla y salvarla de este encierro. Pero no sé cómo.

Lunes 01 de junio de 2020

Nos perfilamos hacia el segundo semestre del año. ¿Qué nos deparará? Día 72 de la cuarentena. Estamos por llegar a los seis millones de infectados en todo el mundo. Casi el uno por ciento de la población mundial. Se acaba el estado de contingencia en medio del pico de la pandemia. No comprendo la decisión del Gobierno. Por otra parte, nuestro vecino, Estados Unidos, está convertido en el país con más infectados del mundo. Y este fin de semana enfrenta los mayores disturbios por causas raciales, desde el asesinato de Martin Luther King, por la muerte del afroamericano George Floyd, quien murió asfixiado bajo la rodilla en el cuello de un oficial blanco.

Viernes 05 de junio de 2020

Día 98 de la pandemia en México. Día 76 de la cuarentena. Hoy me desperté cansado. Deprimido. No es que tenga exactamente algo. Más bien no sé ni qué tengo. Ahora todo se lo atribuimos al encierro. Pero no es sólo eso. En realidad, puedo decir que estoy a gusto con el encierro. Me gusta estar aquí todos los días. Desayunar en casa. Sentarme a la tarea con Danaé. Echarme a escribir por las tardes. No puedo negar que me he hecho de una buena rutina. Quizá tenga que ver con el sentido que va perdiendo la vida. Una amiga de Marisol, amiga de mi esposa, ha muerto de Covid-19. 45 años. No era muy grande. Terminaremos esta pandemia dañados. Mermados. Todos tendremos un amigo, un familiar, un conocido afectado por el Covid.

16:14 felicidad porque mi escritura fluye. Casi doscientas páginas de mi novela Desolación. Hace mes y medio tenía sesenta páginas. El sol entra por la ventana. Bebo un tarro de cerveza. Me acompañan los Diarios de John Cheever. El borrador de La vida intempestiva. Mi bocina Bose con música. Denisita Aviadora. El Señor Luz. Mi Tablet en donde estoy leyendo el nuevo libro de Bret Easton Ellis. Y, a lo lejos, mi agenda de notas sobre el libro Estambul de Orhan Pamuk. No puedo pedir más.

Domingo 07 de junio de 2020

Día sumamente pesado. Ximena y yo dormimos mal. O simplemente que hoy ya no nos soportamos. Tanto encierro. Tantos días juntos. No he tenido fuerzas para nada. Dolor de cabeza desde que abrí los ojos. Traté de salvar el día poniendo disposición para hacer el desayuno, consentir a las chicas, pero no funcionó. Mi mujer con su cara de pocos amigos. Apenas terminamos y se encerró en la habitación alrededor de cuatro horas. De mientras me eché en el sofá a mirar una película en Netflix: The wife. Un escritor que gana el Nobel de Literatura gracias a que su esposa le escribe las novelas. Creo que me deprimió más. Danaé me pidió de comer y apenas tuve fuerza para calentarle sopa de verduras y preparar un atún con mayonesa. Salió Ximena del cuarto y yo vine a la cama a intentar dormirme, pero me resultó imposible. Ellas no son consideradas. Hacen ruido. Azotan las puertas. El maldito perro ladra. Afuera vienen todo tipo de vendedores a ofertar sus servicios a grito pelado. En fin. Se aligeró bastante mi dolor de cabeza. De pronto comenzó a llover. De esas lluvias rápidas y extrañas con sol. Decidí ponerme a este diario. Espero que escribir me haga bien. Tengo un bulto en el costado y una crisis de las buenas: canta Leiva en su canción más reciente.

Lunes 15 de junio de 2020

Día 86 de la cuarentena. Tristeza. La gente sigue muriendo a nuestro alrededor. Chuy, hermano de Oscar, amigos de mi suegra, murió. El padre de Beto, el dueño de la tienda de la esquina, también murió y su mamá está grave. Doña Manuela, la señora que vende los guisados en frente, falleció. 20 nuevos mil infectados en cuatro días llegando a un total de 150 mil en tres meses. Vuelvo a tener mi espacio de trabajo. Siempre esta esquina. Ese rincón desde donde miro el mundo a través de su ventana. Hoy Kike me acompaña tomando el sol. La gente enloquece, sale a las calles a retomar su vida, y, me temo, los contagios se disparan. Las familias se desintegran. Un millón de empleos perdidos en la ciudad. ¿A dónde iremos a parar?

27 de junio de 2020

No esperar nada de nada ni de nadie debe de ser la mayor premisa en la vida. Y a mis 43 años debo de aprender a vivir definitivamente con ella. Con fuerza. Con alevosía. Con entereza. Para nadie soy importante. Nadie me ama. Nadie ha de cuidarme. Yo debo cuidarme a mí mismo y mirar por mí mismo. Y la única persona con la que he de tener un compromiso inalienable e incondicional es con mi hija Danaé. Nada más. Cuánto cariño y cuánto amor me ha faltado a lo largo de mi vida. ¿Alguien habrá podido y querido comprenderme? Hoy cumplo 43 años y debo ser fuerte e independiente. Romper lazos emocionales con todos los demás. No voy a cejar. No voy a ceder. No volveré a caer. No volveré a derrumbarme. Estoy triste. Muy triste. Pero esa tristeza debe de ser interna. Independiente. Mía y sólo mía. Sin que dependa de nadie más. Sin que se la endilgue a nadie más.

Miércoles 01 de julio de 2020

La cuarentena terminó para mí, justo en el día cien. Volví al trabajo. A la nueva normalidad en medio de un semáforo naranja que determina su viabilidad por el número de camas disponibles en los hospitales de la ciudad, y de la mayor cantidad de contagios acumulados por día: entre cuatro mil y seis mil. Salí a la calle con miedo. Pero también con expectativa. Como si un nuevo mundo se abriese frente a mí. Viajé en combi y en metro en medio de un decálogo de medidas de sanidad que muy pocos están interesados en respetar. Salí a la intemperie en la estación Pino Suárez y me di de bruces con un centro de la ciudad desolado. Cada una de las tiendas de 20 de Noviembre y calles aledañas, cerradas. Cortinas dormidas que se niegan a despertar de esta pesadilla. Se supone que hoy reabre el centro, ¿no?, escucho a mis espaldas mientras espero que el semáforo cambie a verde en la esquina en donde se alza imponente el Palacio de Hierro. Sí, pero la mayoría tiene miedo de abrir, contesta la policía cuando giro la cabeza. La plancha del zócalo está cercada. La bandera ondea en el medio de la nada de aquella pandémica desolación. Camino a un costado de Palacio Nacional que ahora guarda distancia a través de unas vallas que no había vuelto a ver desde el sexenio pasado. La Catedral, avejentada, guarda silencio. La réplica de la Coyolxauhqui desfallece bajo una manta de plástico en el Templo Mayor. Los empleados de la librería Porrúa esperan, ansiosos, lectores con sus manos enguantadas y sus rostros ocultos tras las caretas y los cubrebocas. El Salón España. Bendito templo del alcohol. ¿Cuándo volverá a abrir? ¿A dónde irá a parar esta no existencia?

*Escritor mexicano, ha publicado las novelas La consecuencia de los días (UACM, 2005), Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain (Tierra Adentro, 2011), El mapa de lo humano (Capítulo Siete Editorial 2019) y el libro de cuentos Perder es cuestión de tiempo (Baile del Sol, España, 2014).  

  

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