De Sierva María al síndrome de la cabaña

Por Claudia Amador*

Aún en febrero, cuando estaba por darse el primer caso de Covid-19 en México, muchos apenas salíamos del aturdimiento que traen consigo las fiestas decembrinas, sacudiéndonos inclusive los kilos, pensando en los nuevos propósitos que seguramente acabaríamos por no cumplir, ideando proyectos y tratando de hacer un plan de vida para el año con el fin de hacer frente a nuestras promesas tomadas en los humos alcohólicos de tantos brindis. Este 2020 sería uno de los grandes, tenía buenos augurios, se rompería la racha de mala suerte para el país y para muchos mortales. 

Pero hay un dicho que reza: “¿Quieres que Dios se ría de ti?, cuéntale tus planes”. Y, pues sí. Mientras brindábamos alguien ya se había comido un caldito de cría de Batman, allá en Wuhan.

Justo una semana después del día 28, esperaba quedarme en un probable buen trabajo, 15 días después por fin se había desocupado un local que traía entre ceja y ceja (tal fue lo mejor), estaba pagada la preinscripción al club deportivo y llevaba apenas algunas clases de yoga. Estaba, según yo, según muchos, por arrancar un buen año. 

Los primeros días de encierro creí serían entre relajados y aburridos. Más lo segundo que lo primero.

Para la quinta semana me sentía como Sierva María de Todos los Ángeles, la personaje principal del libro de García Márquez Del amor y otros demonios (era la hija de un marqués que fue mordida por un perro rabioso el día de su cumpleaños. Como su padre no sabía si moriría amarrada si el mal la invadía, prefirió encerrarla en un convento. La creían bruja yoruba, pero terminó enamorándose de un sacerdote), con la diferencia de que yo no tengo vista al Caribe ni he conseguido en la noventena a mi Cayetano Delaura.

Fue entonces que entró mi lado sen y se develaron otros sabores y tinturas de la monotonía: empecé a observar, que no espiar, a mis vecinos. ¡Me volví la chismosa de la ventana! Les cuento…

Hace casi cinco años vivo en este departamento. Por ese tiempo trabajaba hasta muy tarde, así que me detenía poco en los pequeños detalles. Mi avenida tiene un arbolado camellón y los edificios que se dan la cara parecen más cercanos de lo que están. Una noche, al bajarme del auto sentí un intenso parpadeo de luces en la cara. Inevitablemente volteé y lo primero que vi fue la megapantalla del departamento del primer piso. Al enfocar por fin, sentí literalmente un sobresalto, y aclaro que no soy persignada: parpadeaba una escena no apta para menores de 50. Triple X. Oh, sí, obviamente erótica. Bueno, pues tuvieron que pasar dos años y una pandemia para que conociera el desenlace de aquel descubrimiento. Hace días, cuando salí al balcón a fumar, la mirada se dirigió a la ventana que hoy nos ocupa y, de nuevo, la sorpresa: el monitor ahora proyecta películas para niños. No es raro, solo me hace pensar en que, aunque suene trillado, la vida cambia en un parpadeo. El soltero, porque seguramente lo era, perdió el control… ¡remoto!

También detecté un avieso acto de corrupción: una toma clandestina de agua. Los camellones de por aquí son largos, con tramos muy bien arreglados y otros en franca sequía. Descubrí que para que la belleza florezca frente a ti debes adoptar tantos metros como quieras, la alcaldía hace un contrato, te provee de raquíticos ramitos, envía jardineros para que los mal planten y de ahí el mantenimiento es todo tuyo. Ahora, riégalo con amor porque la llave de agua está con candado ¡y con madre…!

Donde sí de plano tuve que usar binoculares, lo siento, mi vista no es de largo alcance, fue para ver de cerca el desarrollo de una escena digna de cualquier playa: en un pequeño balcón, una familia de cuatro integrantes departen los sábados con parasol y camastro. Lo juro. Todos salen a tomar el sol en shorts, con sus cocteles en mano, y supongo acompañados de música tropical.

En este punto del escrito pueden imaginarse al Altísimo, con voz de Barry White, diciéndome: Oh, yes, baby, What am I gonna do with you?

Total, que del Dios mío, hemos pasado al santo Dios para llegar al ¡por Dios! con tantas cifras amañadas. Ahora que puedo salir, mejor quiero entrar. Me adhiero al síndrome de la cabaña con fuerza, pero tendré que buscar otras alternativas para explotar mis instintos curiosos. Muchos de mis vecinos se han ido a la búsqueda de la nueva normalidad. Yo, yo paso…

*Ciudad de México. De todo y con medida: psicóloga de profesión, pero por afortunado destino llevada al área periodística, que fue la primera opción de vida profesional. Hasta hace casi dos años, editora de la sección de opinión política de Milenio Diario. Asistente de Carlos Marín y coordinadora de su programa “El Asalto a la Razón” que se transmite por Milenio Televisión.
Facebook: Claudia Amador Twitter: @hengracia

Publicado por adrianaesthela

Aprendiz de acordeón

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