“El virus causa terror, pero mi mamá de 92 años y yo lo vencimos”

Entrevista a Norma Castillo, sobreviviente en Nueva York del Covid-19

Por Irene Selser*

Norma Castillo es ciudadana estadunidense originaria de Nicaragua. Egresada del City Collegue of New York, donde estudió cine, tiene 59 años y desde 1991 vive en “El Barrio” de Manhattan, conocido también como “Spanish Harlem” en compañía de su gato Dido y de su madre, Antonia Mendieta, que cumplirá 92 años en junio. Antonia emigró a Estados Unidos en 1971 buscando cómo sacar a su familia de la paupérrima situación económica que vivían en su país, entonces bajo la dictadura de Anastasio Somoza. También ciudadana de EU, estudió diseño de moda y trabajó por años haciendo patrones de ropa para diseñadores muy conocidos. Antonia vive de su pensión lo mismo que Norma, quien desde tiempo subsiste con trabajos informales y una pequeña pensión por discapacidad médica.
En entrevista exclusiva con diariosdecovid19.com.mx, Norma Castillo nos comparte su experiencia frente al Covid-19 y cómo su padecimiento podría haber tenido una incidencia positiva en su respuesta: un problema del sistema autoinmune que le produce una polineuropatía, por la que está en tratamiento con infusiones subcutáneas de inmunoglobulinas una vez por semana.
Ambas se recuperan ahora del letal virus, aunque “más bien yo diría que los tres, pues hasta el Dido anduvo estornudando y decaído por unos días”, señala Norma con un tono de alegría en la voz después de la experiencia vivida.

Norma y su madre durante la cuarentena. Fotos de Norma Castillo

¿Cuándo comenzaron los síntomas?
Fue a finales de marzo. Empecé a tener escalofríos, un pequeño malestar de garganta, mucha resequedad en la boca y febrículas que en ese momento pasaron desapercibidas, pues con excepción de la resequedad en la boca, los otros síntomas se fueron en un par de días. Pero el 20 de marzo, que fue mi última salida hasta el día de hoy, encontré a mi madre decaída y con un fuerte dolor muscular. Le tomé la temperatura y vi que tenía medio grado. Me preocupé un poco, pues no tenía tos ni dificultad para respirar, que eran supuestamente los principales síntomas a observar con el Covid-19.
Sin embargo, a esas alturas la situación en la ciudad era muy preocupante. Ya empezaba a transformarse en una ciudad fantasmagórica. Los metros vacíos, las calles solitarias y las pocas personas que vi en esos últimos días antes del encierro por orden médica, andaban ya con guantes y mascarillas. Daba miedo, mucho miedo. Así que, aunque aún en negación, decidí observar a mi madre más de cerca.
El sábado 21 continuó en cama, muy decaída y empezó con una diarrea ligera, además del dolor muscular. No temperatura durante el día y en la noche medio grado. 22 de marzo, diarrea y decaimiento. Quiero dejar claro que, a pesar de su edad, mi madre es una mujer muy activa.  Vivimos en un edificio de seis pisos sin elevador. Y ella sube y baja las escaleras sin mayor dificultad. Va al supermercado, hace compritas de vez en cuando, cocina, lava su ropa y se mete a la bañera por su propia cuenta sin la asistencia de nadie. Así que verla caída, sin fuerzas, sin ganas de nada es algo muy inusual en ella.

¿Llamaste a un médico?
Sí, el lunes 23 siguió con los mismos síntomas y llamé a su doctor, quien hacía poco la había visto y por dicha le había puesto la versión más completa de la vacuna contra la influenza. Ese doctor estaba fuera, ya infectado con el virus. Así que conseguí hablar con otra doctora, quien sin mayor preámbulo me dijo: “Creo que tu mama está contagiada con el virus, vamos a observarla unos días más… y si ella lo tiene, lamento decirte que vos también”. Acto seguido me preguntó si estaba dispuesta a rehusar al ventilador para ella en caso de ser necesario. Fue tanta la rabia que me produjeron sus palabras, que el susto de sabernos infectadas se me pasó rápidamente y le respondí que no, que a mi madre no la iba a asesinar. Se disculpó y colgó.
Martes 24 y miércoles 25, no diarrea, no fiebre, así que pensé que la doctora muerte se había equivocado. Pero el jueves y viernes otra vez diarrea, escalofríos, dolor de cuerpo, decaimiento total y tos. Una tos leve y seca y por la noche fiebre. Así que volví a llamar a la tal doctora y me reiteró sus sospechas. Me dijo que podíamos ir a hacernos la prueba, la cual no la hacen sin autorización médica. Me aclaró además que los problemas respiratorios empiezan una semana después de los primeros síntomas y era lo que estaba pasando con mi mamá. También me dijo que, por los leves síntomas presentados, ella pensaba que mi madre iba a superar el virus sin ningún problema.

NY visto desde la soledad. Fotos de Norma Castillo

¿Le prescribió algún medicamento?
Sí, por cinco días. Azitromicina de 500 mg. el primer día y 250 mg. los cuatro días restantes. Me preguntó si yo tenía algún síntoma y le dije que no. A esas alturas había olvidado mis síntomas anteriores pues estaba muy preocupada por mi mamá. Decidimos no hacernos la prueba, ya que mi madre estaba muy débil para bajar seis pisos y ni pensar en subirlos. Pero, además, las filas en los hospitales eran interminables, yo no estaba presentando síntomas y francamente tenía horror de ir al hospital. Las noticias en la tele eran de espanto, de horror, de desolación. Así que no fuimos y empecé a suministrarle el tratamiento. Tres días más tarde empezó a tener mejoría.

¿Cómo hacías con la “distancia” en la casa al momento de atenderla?
Pues, por sentido común y recomendación médica traté de mantenerla, pero fue una misión imposible, además de que el apartamento es pequeño. Una de esas noches, antes de empezar a sentir mejoría, mi madre tuvo una fiebre muy alta, tomó acetaminofén, lo que la hizo sudar hasta deshidratarse. En la madrugada se levantó a apagar la luz de la cocina. Por dicha yo estaba aún despierta, me levanté a preguntarle qué le pasaba y la vi agarrada del marco de la puerta, me dijo que se sentía mareada y acto seguido se desvaneció. Logré agarrarla en el aire y la senté en una silla que estaba al lado. Ahí recuperó el sentido, pero estaba sudando a mares y helada de cuerpo entero. Se había deshidratado y descompensado totalmente. Le di agua y la llevé a su cama. ¿Cómo mantener el distanciamiento “social” con mi madre en esas circunstancias? ¡Imposible!

¿Qué siguió después?
Luego de ese incidente, empezó a mostrar mejoría. Yo en cambio ya empezaba a sentir presión en el pecho y una leve dificultad para respirar, sin tos, sin fiebre, sin ningún otro síntoma que me levantara la guardia. Pensé más bien que era ansiedad, una ansiedad muy válida, dada la situación tanto dentro de mi casa como en el mundo exterior. La televisión encendida todo el día, viendo las imágenes dantescas de la ciudad de Nueva York que caía rendida ante un enemigo invisible, microscópico, sin vida propia, que necesita de nuestra existencia, de nuestro aire, de nuestro oxígeno para vivir y matar y matarnos. No, no era nada más que una gran ansiedad, pensé. Una noche me tomé unas copas de vino y me dormí. Amanecí mejor, pero a medida que pasaba el día, empezaba a sentir la opresión en el pecho y la falta de aire. Sin embargo, seguía en negación y esa noche me tomé un ansiolítico. Dormí toda la noche y amanecí mejor.

¿Creíste que no estabas contagiada?
Sí, esa mañana me dije con cierto alivio, casi felicidad, ‘es ansiedad’. Pero el ciclo se repetía, llegaba la tarde ya cansada, con dolor en el pecho y haciendo esfuerzos cada vez más grandes para respirar. Así que decidí escribirles a mis dos doctoras, la de atención primaria y la neuróloga. Ambas me contestaron inmediatamente.
La neuróloga me escribió diciéndome que el tratamiento de inmunoglobulinas que me aplico semanalmente eran anticuerpos obtenidos del plasma de un montón de donantes y que en teoría podían tener anticuerpos contra el Covid-19, lo que podía ser muy beneficioso para mí. Esto me produjo un gran alivio y una inmensa alegría. Pero el pecho seguía apretado y la respiración era cada vez más difícil. Mi otra doctora me llamó por teléfono y se puso a la orden.
Me empezó a monitorear los síntomas y me pidió que le avisara si había cambios pero que por el momento y dado que no presentaba fiebre, ni tos, lo mejor era seguir en casa, guardar reposo y tomar té y otras bebidas calientes. Fue exactamente lo que hice. Para entonces, acepté la realidad y me casé de velo y “corona” con el virus.

¿Cómo fue convivir con la enfermedad?
Muy difícil. Días llenos de terror, de desesperanza, de rabia y de aceptación incluso de la posibilidad cercana e inexorable de la muerte. Ver inmensos contenedores convertidos en morgues temporales, escuchar los testimonios de los trabajadores de la salud en una lucha desigual contra el virus, y llorar de miedo y tristeza para luego secarme las lágrimas con la rabia después de oír las estupideces de Donald Trump o escuchar con una inmensa ira que en Nicaragua los directores de los hospitales han obligado a los médicos a quitarse las mascarillas “para no alarmar a la población”. Que desde su escondite el dictador Daniel Ortega silenciosamente asesinaba una vez más al pueblo, esta vez sin balas, sin fuego, sin paramilitares, sino más bien ofreciendo almíbar en las calles y promoviendo marchas multitudinarias.
Mi único bastión fueron mis amigos y amigas, las de Nicaragua y las de acá, que amorosamente me daban ánimo y estaban atentas a nuestro estado de salud. Y mi asidero fundamental fue el de mi compañera, que noche tras noche y a través del FaceTime vivió conmigo el terror, el pánico y la angustia de mi asfixia. Me ayudaba a encontrar un poco de paz y alivio en medio del mareo que me provocaba la falta de oxígeno. Con su amor y paciencia me lograba rescatar los pedazos de ese ser fragmentado en el que me había convertido.

¿Cuánto se prolongó la enfermedad?
Fueron diez días de cansancio que duraron una eternidad. Pasé varios días en cama, levantándome solo para ir al baño. Y procuré reservar el poco oxígeno que tenía para mis “pequeñas hazañas”, como les decía a mis amigas. Por ejemplo, abrir la ventana a las 7 de la noche y unirme en una sola voz con los habitantes de esta ciudad para celebrar al personal de salud y a todos aquellos trabajadores esenciales que están afuera luchando por nosotros. Los choferes, los que recogen la basura, los que hacen la limpieza, bomberos, policías, los que trabajan en los supermercados, los que hacen el delivery; en fin, toda esa fuerza laboral que sale a diario a exponerse, a pesar del miedo, que estoy segura llevan por dentro. Todos en su mayoría hispanos y negros. No es casual que sean ellos donde se registra el mayor porcentaje de contagio.
Qué feliz me sentí cuando tuve la fuerza suficiente para abrir la ventana y sacar la bandera azul y blanco de mi país para extender ese grito de reconocimiento y solidaridad a los trabajadores de la salud en Estados Unidos y en Nicaragua, y al pueblo nicaragüense en general, que, a pesar del intento genocida, ha sabido tomar las medidas necesarias para protegerse.

¿Cómo se sienten ahora?
Estamos mucho mejor, pero la batalla fue dura y lenta. Todo era difícil. Pero a todo le encontramos solución. Había que hacer compras, abastecernos de todo, comida para las dos, la comida del Dido, su arena, papel higiénico, todo. ¿Cómo? ¿Cómo hacerlo? Confinadas por orden médica y por incapacidad corporal. Algunas cosas las pedí por internet, otras, las de mayor premura, nos las traía y aún sigue trayendo un muchacho que vive en nuestro edificio. Le di mi tarjeta del banco, confié en él, no lo conozco muy bien, pero no me quedaba de otra. Y se ha portado de lo más lindo. Nos baja la basura, sube los envíos que compro por internet, nos hace las compras del supermercado. Encima de todo, no quería aceptar ni un centavo a pesar de estar desempleado. Lo obligué prácticamente a aceptar un poco de dinero. Así que, dentro de toda esta tragedia humana, he aprendido a saborear lo hermoso que llevamos por dentro. En el aislamiento de mi apartamento en un barrio latino de Manhattan he rescatado ese sentido de pertenencia que se pierde tanto en estas grandes ciudades.
La cuarentena en la ciudad se ha extendido hasta el 15 de mayo y aunque nosotras ya estamos bien, todavía no sabemos cuándo se termina oficialmente nuestro aislamiento. Así que aún no podemos salir. Tampoco tenemos prisa. Hay un caos afuera.

*Irene Selser es periodista, poeta, editora, autora de varios libros y miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (Ametli).

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