El último viaje de Luis Sepúlveda

Por J.F. Rivas Alvarado*

El jueves 16, el escritor Luis Sepúlveda falleció en la ciudad española de Oviedo, ciudad donde a finales de febrero fue el primer paciente registrado en Asturias contagiado por el terrible nuevo coronavirus. Nacido en Chile (Ovalle,1949), radicaba desde hace años en Europa después de haber recorrido un intenso territorio geográfico y político.
Me topé, a mediados de la década de 1990, con su novela Un viejo que leía novelas de amor. El libro era un boleto que me extendía para acompañarlo en sus viajes. Porque Sepúlveda era, ante todo, un viajero, cuyo punto de salida (y de eterno retorno) era Chile.  Curiosamente, nació en un hotel mientras sus progenitores se escondían de la familia materna, quienes reprobaban la unión. Su padre era del Partido Comunista y su madre tenía sangre mapuche. A los 17 años escribió su primera novela. Todavía muy joven, durante la experiencia de la Unidad Popular, estuvo cerca del Presidente Salvador Allende en el Grupo de Amigos del Presidente (GAP), cuerpo de seguridad formado por militantes, que resistió el ataque al Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973 durante el golpe de Estado del general Augusto Pinochet. Fue detenido y torturado, y luego de unos años de prisión sobrevino el destierro.
Al salir de Chile, empezó una travesía cuyas vivencias estarán dibujadas en sus relatos. Pasó por Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Perú y Ecuador. Luego de ese recorrido por Sudamérica, terminó en Nicaragua, combatiendo en la revolución sandinista. Antes de esa experiencia histórica, había recibido entrenamiento como combatiente. Los guerrilleros que lo conocieron en esa época reconocen su capacidad como cuadro político. Cuando llegó el momento de dejar la lucha armada, Sepúlveda cambió el fusil por una escritura comprometida con América Latina.  
El tiempo que estuvo en Ecuador convivió con los shuar. La cosmogonía de este pueblo originario impregnó, junto con el compromiso ecológico, el escenario de Un viejo que leía novelas de amor, novela con la que logra en 1989 un premio literario, y  que, a principios de 1990 bajo el sello editorial Tusquets, recorre la superficie planetaria al convertirse en un éxito editorial, traducida en diversos idiomas y leída por millones.
En su juventud estudió para dirección de teatro y fue además guionista y director de cortometrajes. Publicó una amplia obra donde destacan Mundo del fin del mundoNombre de torero, novela donde crea a un personaje, Juan Belmonte, que resultó ser su alter ego y Patagonia Express, bitácora donde nos lleva de nuevo al sur del sur. También una serie de relatos, DesencuentrosDiario de un killer sentimental seguido de Yacaré y La lámpara de Aladino.
Especial mención requiere su cuento Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que cautivó a los lectores jóvenes y de edad escolar. La relación entre el hombre y la naturaleza es tratada en forma recurrente donde se plantea cómo la acción humana amenaza la naturaleza y a su misma especie. En la internet se consiguen versiones de animaciones de este bellísimo relato de hermandad, igualdad y amor. 
Una de las últimas lecturas que hice de Sepúlveda, después de más de 20 años de haberlo descubierto, fue Historia de un perro llamado Leal y El Fin de la Historia. La primera forma parte de sus otras fábulas con animales, como Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud y la Historia de una ballena blanca.  
En cambio, la segunda es una especie de corolario de su experiencia política. No soy un crítico literario, soy un simple lector de un autor que se incorporó en el equipaje de mi viaje personal, que influyó y nutrió mi militancia política.
Su última novela, El Fin de la Historia,está basada en un hecho real. En 2005, una delegación de cosacos llega a Chile y su circulación por las calles de Santiago causa revuelo por la vestimenta. Se dirigieron a las autoridades gubernamentales e intentaron negociar la liberación de Miguel Krassnoff, ex brigadier del ejército de Chile, uno de mayores criminales de la dictadura de Pinochet, con 11 condenas de por vida por violación de derechos humanos, tortura y desaparición de detenidos políticos. Resulta que Krassnoff era nieto de uno de los últimos atamán, Piotr Nikoláyevich Krasnov, un jefe cosaco criminal de guerra cuya vida fue perdonada por León Trotsky en 1917.
El Fin de la Historia también testimonia la amargura del autor por aquellos que participaron, y tuvieron posiciones dirigentes, en luchas revolucionarias y que luego no solo reniegan de sus ideas sino que terminan vendiéndose por cualquier precio. Quizás esa es una de las dimensiones que más agradecía de las lecturas de Sepúlveda, el mantenerse coherente, irreductible y consecuente con los principios que te acercaban a las luchas de los oprimidos y por una relación armónica con la naturaleza.
Definitivamente, es uno de los relatos que más me impactó por cómo Sepúlveda logra reivindicar que la lucha por una sociedad más justa, bajo las formas de lucha que sea, nunca deben alejarnos de los principios y los valores que nos motivan, y que la venganza personal será solo efectiva si se logra luchar contra el olvido. La amargura, la indignación y el odio generado por las infernales modalidades represivas que es capaz de alcanzar el autoritarismo neoliberal, no deben llevarte a parecerte a los dominadores.
Sepúlveda se casa con la poeta chilena Carmen Yánez a principios de 1970, al calor de la militancia. Se separan para luego reencontrarse, 20 años después, en Hamburgo. Ella también fue detenida y torturada en el infierno de Villa Grimaldi, uno de los más terribles campos de detención, tortura y extermino establecidos por la clase social y política que gobernó Chile a través de Pinochet.
Luego se vuelven a casar en Oviedo, en 2014. En febrero, la escritora lo acompañó al festival literario Correntes d’Escritas en Póyoa de Varzim, Portugal, viaje donde se supone fue contagiado por el Covid-19. Apenas llega a Oviedo y el virus lo lleva inmediatamente a terapia intensiva en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA).  Fue el primer caso de contagio registrado en Asturias y el segundo chileno a nivel mundial. Ella también se contagió, pero pudo escapar del acecho de la pandemia.
Hace más de 20 años, me conmovieron estas palabras que encontré en Un viejo que leía novelas de amor:

“Era el amor puro sin más fin que el amor mismo. Sin posesión y sin celos. Nadie consigue atar un trueno, y nadie consigue apropiarse de los cielos del otro en el momento del abandono.”

Un hasta siempre para el viajero que nos enseñó a volar.

*J.F. Rivas Alvarado es economista y profesor. Caracas, Venezuela.
Instagram: @jfrivasalvarado
Twitter: @endesenrollo

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