Detrás de la puerta

La peor noticia

En esta primera entrega, la autora experta en Liderazgo Estratégico de Recursos Humanos y quien reside en Nicaragua, narra cómo fue que su madre, Albertina Díaz Zambrano, quien dedicó los últimos 30 años de su vida a la Gerencia Hospitalaria, se contagió de covid y debió ser hospitalizada en el Instituto Hondureño de Seguridad Social, en Tegucigalpa.

La autora con su mamá, Albertina Díaz Zambrano. Foto: Cortesía

Por Miroslava Romero*

Los sábados tienen para mí una calidez especial, la luz del sol reflejada en el marco de la ventana, la alegría de mis hijos jugando y aprendiendo como el resto del planeta a vivir sin salir de la casa.

Fue por esa razón, aprovechando la coyuntura mundial del encierro, el trabajo virtual y los estudios en línea, que decidí cursar un doctorado desde la pantalla. Desde comienzos de 2021 he recibido clases en línea desde muy temprano por la mañana, y dedico las tardes a terminar de estudiar y a planificar actividades con mi esposo y mis dos hijos. En ese año por temas de trabajo dejamos Honduras, nuestra patria y nos mudamos a la vecina Nicaragua. En este país de lagos y volcanes, nuestras actividades favoritas son los paseos en bicicleta y las visitas al mar. Por mi trabajo en una isla tenemos la fortuna de vivir en medio de la vegetación a unos minutos de la playa.

Un sábado, mientras asistía a mis clases en línea, mi hijo menor, Marco, que en ese momento tenía dos años, me preguntó insistentemente por su Mama Alberth, su abuela, mi madre. A consecuencia de la pandemia teníamos un año de no verla, ya que cuando los gobiernos de Centroamérica decidieron cerrar las fronteras para evitar la extensión del virus, ella estaba en Honduras. El cierre duró aproximadamente un año y la extrañamos mucho.

Cuando finalmente se dio la noticia de que los pasos fronterizos se abrían, mi madre fue una de las primeras personas que se animó a viajar. Con 69 años llegó a Managua el 23 de diciembre de 2020, cuando aún no se habían reanudado los vuelos internacionales ni existían las vacunas. Armada de valor y de amor, hizo el recorrido en un autobús a pesar del alto riesgo de contagio.

Fue un encuentro lleno de alegría, muy emotivo. Pudimos disfrutar su visita durante un mes y medio. Todos los días íbamos a la playa a observar la puesta del sol y el 7 de enero de 2021 celebramos juntas mi cumpleaños número 37. Como lo hacía desde que yo era una niña, me despertó cantando, con una tarjeta escrita a mano y un regalo muy lindo.

En esos días, mi esposo y ella pudieron reír a carcajadas porque siempre tuvieron una complicidad muy especial, sobre todo para las bromas. Mi madre no era una mujer de hacer chistes, pero con su yerno eso cambiaba.

Recuerdo la anécdota de cuando ella se asustó al ver que nuestra hija mayor, Emilia, entonces de 18 años, manejaba y amenazó con no subirse al carro si ella iba al volante. Pero por amor a la nieta hizo a un lado el miedo y nos acompañó. Mi hija maneja muy bien y el paseo fue muy agradable. Mi mamá estaba asombrada al ver cómo su nieta mayor se estaba convirtiendo en una hermosa joven.

Mi hijo y mi madre tuvieron una conexión especial y ella le hacía comidas muy ricas que a él le encantaban. Su apetito nunca fue mucho, pero siempre recibía con entusiasmo lo que su Mama Alberth le preparaba. Jugaban a diario en la playa con la pelota, corrían y hacían castillos de arena y cuando la noche caía y yo regresaba de trabajar, me daba gusto encontrarlos sentados en el sofá comiendo mandarinas y viendo muñequitos en la televisión.

Mi madre planeaba quedarse varios meses en Nicaragua. Sin embargo, mi abuela, que tenía 90 años, estaba ya muy débil. Familiares en Honduras le avisaron de su deterioro y un miércoles de enero ella me explicó que no quería dejarnos, pero que tenía que ir a darle el último adiós a su madre. Me aseguró que pronto regresaría.

Ya habían pasado nueve días desde que ella se había ido. Era sábado por la mañana y le envié un mensaje para comentarle que Marquito preguntaba mucho por ella. Me respondió que pronto nos volveríamos a ver y que nos extrañaba.

Se hizo de noche. Eran las 11:30 pm cuando mi hijo, que debía estar dormido, seguía despierto preguntando por su Mama Alberth. Decidí hacer una videollamada para que él pudiera verla. Cuando mi madre contestó me sorprendió verla toser rodeada de una luz muy blanca y brillante. No entendí lo que ocurría, pero me aterroricé. Pensé que ella, por su profesión en el área de la salud, estaba atendiendo casos de covid en el hospital donde había trabajado por más de 30 años, aunque ya estaba jubilada. Me imaginé que se había presentado como voluntaria, porque su corazón siempre fue entregado, desmedido, sin ningún tipo de reservas para amar y servir.

Le pregunté sin ocultar mi angustia:

—Mami, ¿dónde estás?

Ella me contestó con la intención de protegerme:

—En la casa.

Le dije con firmeza:

—Mami, esa no es tu casa, parece un hospital. Dime la verdad, ¿qué está sucediendo?

Entonces me respondió:

—Tienes razón, hija. Estoy en un triaje. Tengo covid. Llevo ocho días enferma. Estaba en casa, pero decidí venir a hacerme la prueba hoy y debido a que tengo 85 de saturación, los médicos prefirieron internarme para ponerme oxígeno.

Justo en ese instante, mi madre invitó a un colega y amigo suyo que estaba en el área atendiendo a otros pacientes a que se sumara a videollamada. Le pidió:

—Dígale a mi hija que pronto estaré bien.

—Todo estará bien —dijo él con la cabeza baja y sin mirar a la cámara.

Me puse a llorar, las lágrimas corrían sin cesar por mi rostro. No sabía qué decirle ni qué preguntar. Estaba en shock. El mismo doctor orientó que mi madre debía descansar, pero que le hablara a primera hora de la mañana.

Al colgar sentí un dolor profundo como jamás había experimentado. No tenía esperanza, solamente miedo. Supe que no quería perderla. Me refugié en un rincón de la casa a oscuras, me arrodillé, sollocé e imploré. 

Mi madre me había dicho durante la videollamada que se había contagiado de covid de regreso a Honduras. Repasé una y otra vez en la madrugada las circunstancias de cómo podría haber sido y lo desmejorada que la vi esa noche. Me preguntaba: «¿Qué hago?».

Exhausta, alcé mi voz al cielo para pedir al ser supremo que no dejara sola a mi madre en ese difícil e incierto camino.

*Estudiante de Doctorado en Educación (Universidad Americana de Nicaragua, UAM MBA- Tecnológico de Monterrey). Certificada por Cornell University en Liderazgo estratégico de Recursos Humanos. Licenciada en Administración de empresas con posgrado en Pedagogía con enfoque andragógico y Coach certificada con 20 años de experiencia laboral, de los cuales 15 años han sido en la gestión de talento humano en la región centroamericana.

www.miroslavaromero.com / FB: Miroslava Romero. talento humano

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