La otra pandemia

Marzo es el mes más emblemático para la lucha feminista por la conmemoración, el 8, del Día Internacional de la Mujer, una jornada de protesta y reflexión sobre los avances en la búsqueda de justicia, igualdad y el derecho a vivir sin miedo. En esta galería, la fotógrafa comparte su visión sobre la marcha del 8M en la Ciudad de México.

Por Melina Flores

Quedarnos en casa ha sido la principal recomendación durante este tiempo de alerta
sanitaria, pero no se habla de la otra pandemia, la de la violencia de género. Y es que el «Quédate en casa» ha sido la recomendación dada para no contraer el Covid-19, y esta medida se propone también para combatir los abusos contras las mujeres y niñas.

Este mal es un virus social al cual estamos expuestas todas las mujeres: sobrevivir en medio de la violencia exacerbada de las calles a fin de poder llegar salvas a casa, y de los micromachismos que permean en la sociedad.

¿Cuántas veces no hemos escuchado argumentos como «No salgas tan noche», «¿por qué fuiste sola?, «tú provocaste que te pasara eso» o bien: «¿Por qué hasta ahora denuncias si te ocurrió hace años?». Es decir, se lee entre líneas que «la culpa es nuestra» con estas y otras frases que lo único que hacen es tratar de revictimizarnos. Incluso, se deduce que no debemos salir de casa a riesgo de ser violentadas.


Ya no sabemos qué es más peligroso, si el riesgo de contagiarnos a causa de un virus que puede ser mortal, o que nos asesinen gratuitamente a manos de una mente perversa.

Nos cuidamos de lo que nos pueda suceder en la calle, porque eso es lo que nos han hecho creer a lo largo de la historia, ya que es «afuera» donde se viven y padecen los peores actos aberrantes que una mujer pueda llegar a experimentar.

¡Mentira! Porque el aumento en las cifras de violencia doméstica, violencia laboral, violencia social, nos demuestra y confirma que no estamos a salvo en ningún lugar. Los agresores no dan tregua y se disfrazan como parte de nuestra propia familia, un amigo, un conocido; aquellos en quienes hemos depositado nuestra confianza, pueden convertirse en nuestro peor enemigo.


Eres ciudadana de segunda clase, sin privilegios y sin honor,
porque yo doy la plata estás forzada
a rendirme honores y seguir mi humor.
Búscate un trabajo, estudia algo, la mitad del sueldo y doble labor,
si te quejas allá está la puerta, no estás autorizada para dar opinión.
De tu amor de niña sacaré ventaja,
de tu amor de adulta me reiré…
Con tu amor de madre dormiré una siesta

y a tu amor de esposa le mentiré.
Nosotros inventamos, nosotros compramos,
ganamos batallas y también marchamos.
Tú lloras de nada y te quejas de todo
para cuando a veces nos emborrachamos.

Los Prisioneros retrataron con letra y música nuestro pasado y presente con el tema «Corazones rojos». Hoy seguimos en pie de lucha.

Históricamente, se nos ha obligado a guardar silencio, sobre todo si trata de algo que va en contra nuestra, así como a ser un instrumento al servicio de los demás. Son muchos años desde que nuestras ancestras vivieron bajo la sombra de alguien más, sometidas a presenciar o a ser sujeto pasivo de los actos más despreciable que un ser humano puede ejercer contra otro. Vivir en sumisión y violencia, disfrazada de «actos de amor» por el simple hecho de permanecer dentro del núcleo familiar, esos famosos lazos de sangre y pactos filiales.

Es a causa de esta permisividad obligada con la que lidiamos, que tememos decir «No», pero estas dos letras sobre nuestra principal salida para dejar de experimentar bajezas que nos lastimen. Callarnos para no generar «alboroto» o provocar un «conflicto de intereses», porque incluso ese silencio obligado al que nos someten lo enfrentamos también en nuestras áreas de desarrollo personal, social,
intelectual y laboral.

Hoy, cuando hemos decidido rebelarnos, nos tachan de locas, de exageradas o de radicales, pero es esta supuesta locura una muestra palpable de nuestra rabia que exige justicia, igualdad, reciprocidad y empatía para que finalmente podamos vivir en paz, libres y aferradas inclusive a la sororidad de otras mujeres que comparten la misma lucha en defensa de la igualdad de derechos.

¡Ya nos cansamos de decir «Sí» a todo!

Estamos en el camino, y a pesar de que la pandemia se convirtió para muchas de nosotras en otro ciclo de violencia machista exacerbada, seguiremos exigiendo justicia, alzando la voz para romper todo, «Romper el Pacto», ese pacto patriarcal
que lastima y daña y que, en el peor de los casos, «nos está matando».

Publicado por adrianaesthela

Reportera

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