El valor de la tolerancia

Está claro que, en muchos aspectos de nuestra vida, debemos ser respetuosos de las ideas, actitudes o acciones que desarrollan otras personas, diferencias que hasta podemos usarlas a nuestro favor para la sana convivencia familiar o comunitaria, mejorar las relaciones entre sectores variopintos de nuestra sociedad y hasta para la buena gobernanza de un país.

Por Marayira Chirinos*

“No hay fortaleza mayor que la paciencia.” Con esta frase abro mi segundo artículo en un año sobre este valor que considero de los más importantes que debemos cultivar y que hace parte de las premisas que sostienen el Pensamiento Propositivo: la tolerancia. Y esta semana es propicia para reforzar las orientaciones que sobre este tema debemos trasladar a los lectores, toda vez que se conmemoró el Día Mundial de la Tolerancia.
“No hay fortaleza mayor que la paciencia.” Con esta frase abro mi segundo artículo en un año sobre este valor que considero de los más importantes que debemos cultivar y que hace parte de las premisas que sostienen el Pensamiento Propositivo: la tolerancia. Y esta semana es propicia para reforzar las orientaciones que sobre este tema debemos trasladar a los lectores, toda vez que se conmemoró el Día Mundial de la Tolerancia.

Comencemos por definirla, y lo hacemos desde su etimología. La palabra proviene del latín tolerantĭa, que significa «cualidad de quien puede aceptar», y se refiere al respeto hacia las ideas, preferencias, formas de pensamiento o comportamientos de las demás personas. Por esa razón, a nivel individual la tolerancia es la actitud que tiene un individuo de aceptar aquello que es diferente a sus valores.

Ha sido un error histórico que raya en la contradicción vendernos la idea de que todos somos iguales. Por fortuna no lo somos, aunque tengamos los mismos derechos, y esas diferencias pueden ayudarnos a complementar aspectos necesarios para la consecución de soluciones a múltiples problemas.

Está claro que, en muchos aspectos de nuestra vida, debemos ser respetuosos de esas ideas, actitudes o acciones que desarrollan otras personas, diferencias que hasta podemos usar a nuestro favor para la sana convivencia familiar o comunitaria, mejorar relaciones entre sectores variopintos de nuestra sociedad, y hasta para la buena gobernanza de un país.

La confusión se hace habitual entre tolerar y aguantar. En la tolerancia nos resulta cómodo asumir las diferencias de la otra persona porque sabemos que eso nos traerá un beneficio; aguantar no implica comodidad de acción alguna por tratarse de aspectos que violan derechos de algún tipo, y rompen además con toda regla del sentido común

La tolerancia no puede ser vista como indiferencia, ni como “aguante”, y mucho menos como conformismo; la tolerancia se trata de encontrar y reconocer en el otro la forma de complementar nuestro esfuerzo que conduzca a soluciones prácticas, eficientes y eficaces a los problemas que todos padecemos.

La confusión se hace habitual entre tolerar y aguantar. En la tolerancia nos resulta cómodo asumir las diferencias de la otra persona porque sabemos que eso nos traerá un beneficio; aguantar no implica comodidad de acción alguna por tratarse de aspectos que violan derechos de algún tipo, y rompen además con toda regla del sentido común.

Hay casos emblemáticos que denotan altos niveles de intolerancia y que culminan en hechos repudiables. Esos episodios nos hacen entender lo sano que es ser tolerantes desde el respeto mutuo, incluyendo en el juego elementos clave como el diálogo para lograr entendimiento y negociación de soluciones. Esto puede incluso llevar a una reconciliación, que supone reconocernos y trabajar en los puntos de encuentro que hacen más llevadera la relación, sea del ámbito que fuere y, lo más importante, trabajar en las soluciones, ser propositivos.

El psicólogo argentino Jorge Bucay en El Camino de la Felicidad señala sobre el tema que «para alcanzar una práctica cabal del amor y la aceptación es indispensable el desarrollo de la paciencia y la tolerancia».

La tolerancia es un elemento esencial para la coexistencia entre seres disímiles, y en casos relacionados con la política, la ausencia de esta deriva en polarización, lo que contribuye al clima de dificultades y exasperación, porque además salpica lo económico. Por ello, siendo tolerantes sumamos madurez política a través de herramientas cruciales como el diálogo, pero no el de la imposición, sino el diálogo de la razón.

Cierro con la reflexión a la que llegué en mi primera entrega sobre este tema. Queda claro que siempre debemos impulsar la tolerancia, pero debemos reforzarla junto a su principal aliado, el respeto en tiempos de elecciones como el que vivimos hoy. El estar o no de acuerdo con asistir a una contienda electoral es una decisión respetable en la que debemos activar al máximo la tolerancia. Nadie es dueño de la verdad absoluta, cada una de las partes tiene argumentos que sustentan su decisión, y la política no es la confrontación entre bandos enemigos que deben aniquilarse, sino un juego de tolerancia, donde los adversarios complementen sus alternativas y propuestas en beneficio del colectivo. Todo anterior y reinante es antipolítica alejada de cualquier pensamiento propositivo.

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*Periodista, comunicadora y politóloga venezolana. Madre de Sara, Abraham y Samuel. Cuentas: @marayirachirinos y @pensamientopropositivo.
Agradecemos al diario El Universal la autorización para reproducir esta columna, publicada originalmente el 21 de noviembre del corriente en su portal web: https://www.eluniversal.com/

Publicado por adrianaesthela

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