La mirada. Reflexiones sobre los sentidos y la pandemia

En la segunda entrega de ensayos sobre la relación entre los sentidos y la pandemia, la autora reflexiona sobre la mirada, partiendo de la forma en que pobladores de la comunidad de Puerto Berrío, en Colombia, adoptaron hasta el grado de convertir en deidades a personas a las que nunca vieron en vida. «Mirar se transforma en el catalejo que los navegantes en altamar utilizan para señalar, identificar y etiquetar nuevas tierras. La pandemia, en particular las actividades profesionales y sociales realizadas por medio de distintas plataformas virtuales, lleva al extremo esa instrumentalización de la óptica.»

Por Mariana Mora*

Ilustración: Lorenza Reyna Soto

Desde hace más de tres décadas, por las aguas del Río Magdalena en Colombia fluyen no sólo peces y sus pescadores, sino cadáveres. Las aguas que alimentan a los poblados colindantes se transforman en una fosa común flotante. Para los habitantes de uno de esos pueblos, Puerto Berrío, resultó insoportable ver los restos de otras personas descomponerse a las orillas del río, junto a las hojas, troncos, ramas y demás objetos que navegan por las corrientes. Empezaron a recoger a los en-en, a los no identificados de la guerra, y a bautizarlos con nombre y apellido para después sepultarlos. Les nació la necesidad de adornar y cuidar sus tumbas, de reconocerlos como ánimas. Con el tiempo, los espíritus adoptivos se transformaron en deidades con poderes capaces de hacer milagros e incluso de crear situaciones de venganza. Las atenciones a estos muertos del olvido establecen las pautas y los ritmos del pueblo. Su presencia imprime el espacio. En el pabellón hay un lugar dedicado exclusivamente a ellos. Cada lunes se les hace una misa especial a los difuntos sin nombre. Y una vez al año el animero de Puerto Berrío saca a las almas a pasear por las calles. El recorrido silencioso absorbe todo el entorno, hasta el relinchar de los caballos. Las familias adoptan a sus “muertos del agua” como encargo temporal sin fecha de entrega. Al hacerlos suyos dotan de vida a los que en esencia nunca han visto, ni verán.

La periodista Patricia Nieto relata en su libro Los escogidos, cómo el convivir con las ánimas reconforta e ilumina distintas aristas de vidas precarias trastocadas por la violencia. Incluso para algunas familias en Puerto Berrío, enterrar al ser querido de algún desconocido resulta lo posible y lo digno cuando la misma guerra imposibilitó que ellos sepultaran a los suyos. El relato extraordinario de Nieto afirma que los profundos quiebres en lo cotidiano, provocados por situaciones extremas como una guerra —o una pandemia—, obstruyen hasta las formas de honrar a nuestros muertos. Sin embargo, entre las fisuras se asoma el impulso de reinventar lazos de convivencia con ellos, de recrear formas de despedida para atender y cuidar a los que ya se fueron, aun cuando son anónimos. 

Los profundos quiebres en lo cotidiano, provocados por situaciones extremas como una guerra —o una pandemia—, obstruyen hasta las formas de honrar a nuestros muertos. Sin embargo, entre las fisuras se asoma el impulso de reinventar lazos de convivencia con ellos, de recrear formas de despedida para atender y cuidar a los que ya se fueron, aun cuando son anónimos. 

“Cuando ingresó al hospital ya no me dejaron volver a verla. No me pude despedir de ella, ya no la pudimos volver a ver.” Entre todos los dolores que la pandemia deposita sobre nuestras espaldas, el impedimento de la despedida y ese último intercambio de miradas es quizás uno de los que más pesa. Imposibilita afirmar las relaciones que nos constituyen. Aunque no nos volvamos a ver, estás conmigo, yo estoy contigo. No estás sola, ni yo estoy sola sin ti. Ver a los nuestros es parte de lo que el cuerpo pide para incorporar lo incrédulo. El no poder volver a verle transforma la muerte en una frase diluida, en puntos suspensivos. Obliga a metamorfosear los duelos. 

En los peores momentos de la segunda ola de covid en México me perdí entre llantos, ya no sabía para quien estaba llorando. Mis lágrimas literalmente se secaron, se calcificaron. Sentía el rastro salado sobre mi piel, sin que nada remojara mis cachetes. Estaba tan inmersa en el dolor que un día dejé la estufa encendida. 

El agua se evapora de la tetera, se consume sin que adentro permanezca líquido alguno. El ardor se sigue expandiendo. Todo quema, quema todo. Cuando por fin regresa la calma busco en la mente imágenes de mi tío Pepe, mi amigo Jorge, mi tía Carmen, de Alejandra y Rosaura, hermanas de mi pareja Luis Felipe, de mi colega y maestra Leith. Cierro los ojos, inclino la cabeza para percibir más allá de los que tengo o ya no tengo enfrente. Me dejo llevar por la filtración acuosa que humedece de vida las despedidas. 

* * *

El arquitecto y filósofo Jean Robert fue otro de los que se nos fue en la pandemia. Suizo de nacimiento, mexicano por convicción, compañero de vida de la feminista y psicoanalista Sylvia Marcos, mantuvo una ética política que le permitió teorizar con los pies en la tierra. Su partida no fue por causa del virus, sino que se debió a esas muertes que caminan a paso de caracol y que, al igual que una plaga de insectos, pueden llegar a invadir el jardín entero. En septiembre de 2020, pocas semanas antes de su partida, desde nuestra Red de Feminismos Descoloniales, le organizamos un homenaje en vida. Por obvias razones se dio de forma virtual.

A pesar de que Sylvia es una feminista hecha y derecha, una experiencia amarga con los feminismos de la década de 1980 marcó tanto a Jean que él contemplaba desde una sana distancia los espacios políticos de su amada. Recuerda Sylvia que en ese entonces a Iván Illich—amigo, maestro y cómplice intelectual de Jean— lo invitaron a presentar su ensayo, Género vernáculo en la Universidad de Berkeley, en California, Estados Unidos. El evento se convirtió en un juicio abierto en su contra, promovido por un grupo de académicas, quienes discutieron su ensayo sin dejar hablar al autor invitado, mucho menos defender sus ideas. Sylvia considera que esta actitud fue el reflejo de un tipo de feminismo que en ese entonces insistía en abrir brechas y apropiarse del habla, silenciando y expulsando a los hombres. La dinámica del momento le provocó tal impacto a Jean que su acercamiento con el mundo de Sylvia fue durante mucho tiempo indirecto, transcurrió desde lo imperceptible, se alimentó de fuentes subterráneas. El homenaje virtual permitió elevar esa sensibilidad subyacente que unía a ambos. 

Cada una de nosotras eligió un texto de Jean para comentar y reflexionar a partir de nuestras propias miradas. Desde su casa de Cuernavaca, él nos escuchaba atento y cuando Sylvia dejaba el micrófono de su computadora encendido, resonaban sus comentarios de entusiasmo. Quisiera pensar que percibía cómo sus ideas dejaban ecos, y aún siguen rodando por veredas inesperadas. Son y ya no son suyas, ya no son y al mismo tiempo son parte de su ser.    

¿Cómo fue que todo lo sensorial, que absorbe e interpreta el cuerpo, se volvió algo externo al cuerpo mismo?  ¿Por qué la mirada se volvió sinónimo del acto de ver y los ojos se transformaron en un simple instrumento que registra la realidad? ¿Qué implicaciones tiene esto frente al sobreuso del acto de ver en la pandemia?

Debo confesar que me intimidaba mucho el ejercicio propuesto. Qué tremenda responsabilidad es comentar la obra de una persona cuya salud se encuentra en un estado crítico. Pero también me sentía profundamente insegura respecto a mi capacidad de elaborar ideas y de poderlas comunicar con algo de coherencia. Luis Felipe, Camilo, nuestro hijo y yo nos habíamos enfermado de covid pocos meses atrás. Cada célula de mi persona se había volcado a nuestra recuperación y a mantener el barco a flote. Ahora reconozco lo equivocada que estaba en ese momento en desasociar las tareas del pensar de los pequeños actos de cuidar. Sentía que tanto enfoque puesto en lo que posibilita la supervivencia inhabilita el gesto reflexivo. Por lo mismo, escuchaba presentaciones en línea, pero no me atrevía a participar. Me sentía demasiado expuesta, un rostro en la pecera, incapaz de escabullirme de las miradas ajenas, e incluso de la mía. Por lo mismo elegí un texto pequeño, el que me parecía el menos intimidante. Uno sobre la mirada. Se ha escrito tanto respecto a este sentido privilegiado que consideré que el tema era una elección de bajo riesgo, no había expectativa de que yo aportara una idea propia medianamente relevante. Nunca me imaginé que un año después le seguiría dando vueltas al contenido del ensayo elegido. 

Jean Robert, al igual que Iván Illich, se preguntaba por los procesos sociales e históricos desde los cuales las “cosas” se hacen tan obvias que no se cuestionan. Por eso les interesaba la historia de las percepciones sensoriales. El texto “La instrumentalización de la mirada y más allá”, surge de estas inquietudes compartidas. En su ensayo, Jean se pregunta por qué en occidente se desencarna el conocimiento. ¿Cómo fue que todo lo sensorial, que absorbe e interpreta el cuerpo, se volvió algo externo al cuerpo mismo?  ¿Por qué la mirada se volvió sinónimo del acto de ver y los ojos se transformaron en un simple instrumento que registra la realidad? ¿Qué implicaciones tiene esto frente al sobreuso del acto de ver en la pandemia? 

Jean nos recuerda que en la Antigüedad griega suponían que el rayo ocular iluminaba los objetos. La acción sobre las cosas emanaba del cuerpo mismo. Si extendemos esta imagen, podemos ver en la mirada una actividad deliberada, una decisión moral, una práctica que requiere entrenamiento corporal, como también lo requiere la escucha y el arte del habla. Jean escribe que “las miradas eran psychopodia: pies y manos del alma. El rayo visual era un organon, un órgano o instrumento del cuerpo como la mano o el pie”. La mirada era algo que se tenía que ejercitar, una acción que se tenía que producir como parte de una interpretación integral del mundo. Por ello, más que definir las normas que rigen estos rayos luminosos, en la Grecia Antigua se le otorgó prioridad a deliberar en qué consiste el “buen ver”. Discutir cuándo, qué, por qué y para qué observamos y de qué forma afinamos el organon son preguntas necesarias para habitar e interactuar con el mundo que nos rodea. De este tipo de preguntas se desprende una ética de la mirada. 

Fue el matemático, astrónomo y físico árabe Ibn al-Haytham, quien en el siglo X emprendió una serie de investigaciones y experimentos sobre la óptica que transformaron el conocimiento sobre el sentido de la vista. Descubrió que no es que la pupila tenga un rayo luminoso, sino que los objetos emanan luz que proviene del sol. Su libro de siete volúmenes, Kitab al-Manazir, fue una revolución en sí mismo y dio inicio a la ciencia moderna de la óptica. Como parte de sus investigaciones, Alhazen, como también se le conoce a Ibn al-Haytham, identifica que no es el ojo, sino el cerebro el que “mira”, es decir, el cerebro acomoda e interpreta los fragmentos de información que el ojo introduce al cuerpo. Dada la tremenda actividad corporal que ello implica, Alhazen deja abierta la posibilidad de seguir entrenando y afinando la mirada encarnada. Desde los resultados de sus experimentos, la ética seguiría siendo parte íntegra del acto de mirar. Sin embargo, Jean argumenta que en occidente sucede lo opuesto. Las sociedades europeas retoman los descubrimientos de Alhazenm pero modifican un elemento esencial, transforman el ojo en un órgano receptor pasivo. La mirada deja de ser psychopodia, los pies y manos del alma. Poco a poco se va abandonando lo que Jean describe como una mirada activa. Mirar se transforma en el catalejo que los navegantes en altamar utilizan para señalar, identificar y etiquetar nuevas tierras.

La pandemia, en particular las actividades profesionales y sociales realizadas por medio de distintas plataformas virtuales, lleva al extremo esa instrumentalización de la óptica. Su tecnologización estira tanto la mirada que la revienta, riega sus fragmentos sobre un espejo estallado. Sus imágenes fractales abren ventanas a la percepción, son y no son lo que podemos ver de manera inmediata. 

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Durante los meses de mayor encierro circularon en redes sociales toda clase de tips para lucir lo mejor posible en las plataformas virtuales. Las listas señalan que la altura de la pantalla es fundamental, algo que se logra elevando el laptop con varios libros de gran formato. A su vez, se recomienda un fondo lo suficientemente neutro para no distraer la atención, pero con algunos detalles que le den un toque profesional, aunque personalizado. Los libreros son considerados el fondo más favorecedor, a tal grado que las tiendas en línea comenzaron a vender unos biombos de cartón con el diseño de una biblioteca personal prefabricada. La luz también es prioritaria, debe iluminar tu rostro sin ser apabullante, de preferencia de lado, y nunca una luz vertical porque distorsiona tus gestos. Así aprendimos a enmarcar nuestros rostros en sus respectivos cuadritos, como lo haría cualquier experto en autorretratos. 

Dicha representación tan estudiada y afinada colapsa cuando las otras actividades que suceden en el mismo espacio entran en escena. Sobre todo para las que somos mamás de niñxs chicxs. Recuerdo un Zoom en particular. Una fundación me invitó a compartir con su consejo mi análisis respecto de lo que deberían ser sus nuevos ejes prioritarios de financiamiento. Las opiniones de un grupo selecto de expertos les iban a servir para redireccionar su presupuesto multimillonario. Yo tenía tres bloques de cinco minutos para hablar. Mi participación tenía que ser impecable. En mi primera intervención, Camilo grita desde el baño, “Mamáaaaaa, ¿me limpiiiiiiaaaaaas la colitaaaaa?”. Al inicio de mi segunda intervención el niño quiere avena y su hambre no puede esperar ni medio minuto. Ya para la tercera ronda me rindo. Se sienta en mis piernas y juega con mi pelo, mientras yo hablo. Por suerte, todos fueron extremadamente amables y ese día logré mantener la concentración intacta. En otras ocasiones una situación semejante me derrumba, apago la cámara y lloro. He llegado a agarrar entre mis manos la misma plastilina morada que Camilo me avienta cuando quiere llamar mi atención y en un acto terapéutico lanzarla contra la pared. Dicho movimiento, por supuesto, sucede fuera del encuadre de la cámara, aunque mi gesto descompuesto está a la vista de todxs.

Más allá de si logro mantener el escenario despejado o si éste entra en un ciclo de deterioro acelerado, mis ojos, junto con los ojos de las demás personas operan como una extensión de la pantalla. Nuestra retina se vincula a ese pequeño círculo que da salida a la cámara de la computadora, la unión entre ambos es lo que nos permite estar conectadxs. Pienso en las expresiones cotidianas que recalcan la sensación de ser parte del mismo aparato: “Me voy a enchufar a la compu”, “Llevo horas conectada al Zoom.”  Recuerdo que hace más de tres décadas, la feminista y estudiosa de la ciencia y la tecnología, Donna Haraway, describió en su Manifiesto Cíborg, que “nos encontramos adentro de los que fabricamos, y [la tecnología] se encuentra adentro de nosotros”. Haraway se refiere a cómo el uso de herramientas y tecnologías también adaptan y modifican nuestros cuerpos, desde lo más cotidiano como pueden ser las máquinas de ejercicio, los suplementos alimenticios, los lentes que usamos para mejorar la vista o una prótesis de cadera para seguir caminando. En ese sentido, máquinas y humanos nos diseñamos mutuamente, somos la posibilidad y el límite del impulso re/constructivo, según las herramientas que creamos.

Al mismo tiempo, la asociación que hacemos entre las máquinas y nuestros cuerpos influye en cómo entendemos e incluso investigamos las funciones del organismo. Desde su fabricación en la década de 1940, la computadora ha sido la principal metáfora utilizada por psicólogos, lingüistas, neurocientíficos, entre otros, para explicar el funcionamiento del cerebro. A partir del siglo XVI abundan en occidente asociaciones entre el cerebro y las máquinas. Por supuesto se han transformado con el tiempo. Al principio la relación se establecía con elementos relativamente sencillos, con los resortes y engranajes. Posteriormente, el pensamiento humano se explicaba a partir de pequeños movimientos mecánicos. Ya con la electricidad y sistemas de comunicación, la metáfora de un telégrafo explicaba el cerebro. Lo apabullante de la metáfora más reciente lo describe el psicólogo Robert Epstein del American Institute for Behavioral Research and Technology en su artículo, El cerebro vacío. Cuenta la anécdota de una visita a una prestigiosa universidad en 2015, en la que reta a los investigadores presentes a describir la inteligencia humana sin recaer en la metáfora del procesamiento de información de las computadoras. Nadie lo pudo lograr. Su experimento le sirvió para ejemplificar que la metáfora encuadra nuestra capacidad de pensar y de producir ideas respecto al funcionamiento de nuestra propia inteligencia. 

Con el tiempo la metáfora adquiere su propia vida, se desprende de su origen para convertirse en el reflejo mismo de la realidad. Es el impulso detrás de experimentos e investigaciones científicas. Quizás la más controvertida fue la propuesta por el neurocientista israelí y fundador del Proyecto Cerebro Humano, Henry Markram. En un Ted Talk de 2009 presenta su idea de crear una supercomputadora que pueda simular las más de 80 mil millones de neuronas y 100 trillones de sinapsis del cerebro humano. Incluso presumió que esa computadora podría tener conciencia y al público le dijo que pronto les enviaría un “holograma para hablar con ustedes”. Fue tan convincente que en 2013 la Unión Europea le otorgó fondos de 1.3 billones de euros para construir en un periodo de diez años este cerebro simulado. En menos de dos años el experimento resultó ser un fracaso. 

A pesar de los cíborgs y de las formas en que la computadora es capaz de modificar cómo los científicos entienden y estudian la inteligencia humana, Jean Robert insistía en que el acto aparentemente mecánico del ver es tan sólo un pequeño eslabón del arte de mirar. Para los que hemos estado “enchufados” al Zoom sin cesar, nuestros propios cuerpos expresan un sentir semejante. Al mismo tiempo que circulan en redes sociales los tips para lucir mejor en pantalla, empieza a resonar el término Zoom fatigue para describir el profundo agotamiento que muchas y muchos experimentamos después de horas de interacción en plataformas virtuales. El cerebro entra en un estado de cansancio profundo, cuando intenta descifrar información que no existe en un campo visual limitado. Las interacciones virtuales limitan severamente los tipos de actos comunicativos no verbales, tal como la postura del cuerpo del otro, los movimientos de sus manos, y los gestos sutiles del rostro que la pantalla no logra captar completamente. Todos estos códigos sociales están anulados o quedan extremadamente diluidos. Esto se agudiza en el formato de galería, cuando la presencia de un grupo de personas se reduce a líneas uniformes de cuadritos. En esta situación, el cerebro intenta entender a cada individuo por separado, pero al mismo tiempo. Nuestro cerebro enfrenta de manera simultánea una sobre estimulación visual y el rastreo excesivo de señales sutiles que son en gran medida inaccesibles.

Zoom fatigue confirma que hay algo mucho más allá del acto de ver que instrumentaliza un cíborg-ojo-pantalla-procesador de computadora. Zoom fatigue es una respuesta corporal ante todo lo que queda fuera del encuadre. Frente a este quiebre corporal, la invitación de Jean Robert de regresar la mirada al cuerpo y alejarlo de una técnica óptica adquiere un sentido mayor. ¿Cómo redireccionar la mirada a una acción de aprendizaje y afinamiento constantes que se funde con la percepción sensorial del cuerpo? ¿Qué creaciones tecnológicas surgirán de las mismas? ¿Puede la reinvención de una ética de la mirada ser un antídoto al agotamiento físico, mental y espiritual provocado por la pandemia y por lo que se desprende de ella? ¿De qué manera el mirar puede ser los pies y manos del alma en el sentido que le permite andar, acariciar y honrar la vida de lo que nos rodea? ¿Puede un mayor peso depositado en la percepción corporal ser un impulso que metamorfosea los duelos?

aPercibir a los nuestros, escribir sobre ellos para seguir aprendiendo de ellos, registrar las imágenes mediante las cuales se hacen presente, acompañarlos a través de los ritos que cada uno inventa porque no pudimos vivir los duelos como necesitábamos, es lo que nos permite actuar desde la potencia de la herida, nos aleja de la despedida como un no-lugar. 

* * *

Los pobladores de Puerto Berrío nos ofrecen algunas pistas cuando adoptan a seres que nunca vieron y, sin embargo, establecen vínculos tan íntimos con ellos como si los hubieran mirado toda su vida. Las familias que incorporan a los “muertos del agua” transforman los rincones de lo cotidiano no desde el sol de mediodía, sino desde las sombras que las hojas hacen bailar sobre el pasto cuando las anima la brisa, a partir de las huellas que deja la violencia, en lo que las corrientes del río depositan en sus orillas, en los rastros de llantos calcificados, en el eco de un duelo que no es suyo, pero sin duda tiene dueño. Al apropiarse de las ánimas, nos recuerdan que el acto de ver no es un fin en sí mismo, no es un acto para la contemplación, ni siquiera proviene de los espacios iluminados. Emerge de los claroscuros, provoca otra forma de habitar lo cotidiano, permite ser parte íntegra y transformativa del paisaje, llega incluso a alejar a la muerte, incorporándola a la cotidianidad. Posibilita la vida entre-luces a partir de su constante irrupción.

Imágenes del río en Puerto Berrío, Colombia. Foto: https://www.facebook.com/PuertoBerrioAnt

Entre fragmentos y a partir de la continuidad que ofrece el movimiento constante es como nuestros ojos y cerebro trabajan juntos para integrar toda información visual. De hecho, lo que registran nuestras retinas es una parte minúscula del complejo proceso de ver. El resto del trabajo, los ojos lo coordinan con el cerebro cuando éste se dedica a costurar colores, orientación, tonalidades de luz para completar la imagen visual. Es a partir de la memoria visual, es decir, desde lo que no es inmediatamente visible, ni está presente en ese instante, que el cerebro teje fragmentos de los miles de movimientos oculares para crear una imagen coherente de nuestro entorno. Lo que miramos es y no es lo que tenemos frente a nuestros ojos en determinado instante. ¿Qué sucedería entonces si fuéramos a afinar la mirada, no desde lo que el ojo ve para que el cerebro procese, sino desde el conjunto de esas memorias visuales vinculadas a la percepción?  ¿Cómo sería el arte de entrenar la mirada si inicia, no desde el ojo instrumentalizado sino del supuesto de que todo lo que vemos está mediado por lo que percibimos y por el conjunto de experiencias que la conforman? ¿Qué seríamos capaces de ver?

Aquí la invitación de la antropóloga y fotógrafa Courtney Morris desde sus proyectos dedicados a mirar historias subterráneas. A ella le interesan los no-lugares donde pareciera que no hay nada que observar. Su trabajo establece vínculos entre la imagen presente y una memoria colectiva que hace que un espacio sea o no sea visible. En particular, habla sobre cómo los paisajes de los pueblos originarios y negros no se ven; son en gran medida no-espacios y por ende, tierras baldías y lugares desechables que pueden ser usurpados y utilizados para cualquier fin. Como parte de un proyecto fotográfico reciente, Courtney registra el no-lugar más significativo para ella, el pueblo de su madre, un pequeño poblado llamado Mossville en la costa del golfo del estado de Luisiana, Estados Unidos. Mossville existe sobre el territorio de los pueblos indígenas Atakapa-Ishak. A finales del siglo XVIII se convierte en uno de los primeros asentamientos libres para descendientes de africanos que sobrevivieron la esclavitud. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial el suroeste del estado de Luisiana se vuelve un nodo central en el mapa geopolítico petrolero. Con el tiempo, quince fábricas petroquímicas sofocan el pueblo, y mediante un goteo silencioso empiezan a envenenar a sus pobladores. En 2012, Sasol, una empresa petroquímica de Sudáfrica compra los terrenos para establecer un nuevo complejo químico, y borra a  Mossville del mapa.

Courtney visita el pueblo de su madre para procesar el duelo de esta pérdida. Registra con su cámara todo lo que está por desaparecer. Pero lo suyo no es un acto de nostalgia, sino de solastalgia, el sentimiento de pérdida profunda cuando los paisajes vitales se pierden ante la destrucción socio-ambiental y el desplazamiento. Sus fotos son escenas fantasma. Calles vacías donde antes se encontraban casas modestas, letreros con los nombres del pueblo, el bosque afirmando su presencia ante lo que permanece de una cabaña de madera. Desde las tradiciones de las religiones africanas, los dioses y los ancestros se hacen presentes a partir del cuerpo de la persona receptora. Mientras Courtney se sienta en las bancas de la iglesia del pueblo tal como lo hacían generaciones anteriores, en sus expresiones faciales su abuela se hace visible. Los espíritus de sus familiares rodean su autorretrato en el cementerio.

Las imágenes de Courtney desdoblan el presente para hacer perceptible, desde su propio cuerpo, lo que habita un aparente no-lugar. Cada imagen provoca al espectador mirar lo no-visible. Insiste que nada es no-visible. El vacío son las herramientas, el interés o quizás el entrenamiento de la mirada para poder ver lo que no/tenemos enfrente. Lo vivido no es pasado, sino una expresión en el presente. Lo que ya pasó es algo que sucede en cada acto, incluyendo el pasado que dejan las letras mientras tecleo esta frase y, sin embargo, el sentido de lo escrito permanece. El duelo por los que perdimos y por los lugares que han dejado de existir se expresa no en los contornos de la herida sino “en lo que vive en ella”, tal como recuerda el poeta Roger Reeves en un ensayo sobre las novelas de Toni Morrison. En ese sentido, las fotografías de Mossville nos invitan a reconocer la vitalidad que habita el duelo, no a pesar del duelo o al margen del mismo. 

Nuestros muertos en pandemia no son parte de un pasado convertido en un no-lugar impulsado por el motor de seguir en una aparente normalidad o por la insistencia de que lo peor de la pandemia fue un simple paréntesis entre nuestras cotidianidades y ahora nos corresponde recuperar el tiempo perdido. Por lo contrario, percibir a los nuestros, escribir sobre ellos para seguir aprendiendo de ellos, registrar las imágenes mediante las cuales se hacen presente, acompañarlos a través de los ritos que cada uno inventa porque no pudimos vivir los duelos como necesitábamos, es lo que nos permite actuar desde la potencia de la herida, nos aleja de la despedida como un no-lugar. 

* * *

Hace unas semanas tuve una conversación extensa con Sylvia. Le conté que estaba escribiendo este ensayo, que quería recuperar las reflexiones de Jean, pero me estaba costando mucho trabajo. En sus escritos, Jean se dedicaba a lanzar interrogantes inquietantes sin ofrecer pistas para perseguir las respuestas. Le pregunté a Sylvia qué es lo que estaba tratando de mostrarnos. Me respondió que no estaba muy segura. “Cada uno andaba en su propio espacio pensante, éramos cuidadosos de no avasallarnos. No queríamos reproducir esquemas en que la mujer deja sus proyectos en un segundo plano para dedicarse a apoyar la producción intelectual de su pareja”.  Yo le respondí que aunque lo que me comparte tiene mucho sentido, yo observo un elemento adicional. Es evidente que Jean se dejó permear por la mirada feminista de su compañera de vida. En sus textos prioriza el conocimiento encarnado, establece preguntas que emanan de lo cotidiano, teoriza caminando sobre el pasto y con las manos embarradas en lodo. Yo veo a Sylvia en cada uno de los espacios que le dan pausa y, por ende, sentido a la unión de sus palabras. 

Así son los cenotes. Sus aguas llenan cada resquicio de las cavernas, en sus profundidades descansan vasijas y otras ofrendas a los dioses, cada uno es una fuente de asombro en la selva baja de la península de Yucatán, pero todo cenote existe porque el conjunto se nutre de ríos subterráneos. Desde la superficie somos capaces de mirar tan sólo el reflejo de la vida subyacente, pero sin duda la podemos percibir desde el vértigo que nos provoca entrar en sus aguas.

*Antropóloga social. Vive y trabaja en la Ciudad de México. Sus investigaciones se centran en temas de violencia, racismo, colonialidad y en la producción de sentidos de lo político. Es autora del libro Política Kuxlejal, autonomía indígena, el Estado racial e investigación descolonizante en comunidades zapatistas (2018). Es parte de la Red de feminismos descoloniales en México, espacio desde el cual elabora reflexiones respecto a una ética feminista y el cuidado mutuo.

**Agradecemos al portal https://campoderelampagos.org por permitirnos la difusión de este texto, originalmente publicado el 25 de octubre de 2021.

Publicado por adrianaesthela

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