La crisis climática y la caducidad del paradigma capitalista

Por José Miguel Arteaga*

José Miguel Arteaga. Foto: Cortesía

La caída del modelo neoliberal, versión diseñada para darle un último respiro a un sistema económico que se agota, no es sólo un fracaso táctico del modo de producción capitalista que pudiera remediarse con nuevas fórmulas de ajustes de alcances limitados que, a corto plazo, inevitablemente se derrumban por la mayor desigualdad que generan y la mayor profundidad de la fractura entre sociedad y naturaleza.

Se va poniendo en evidencia que estos procesos responden a crisis de mucha mayor hondura, llegando a tocar y remover estratos muy profundos de las relaciones estructurales entre economía, sociedad y naturaleza. Trabajar en estos terrenos para buscar soluciones implica entrar de lleno a cuestiones claves de epistemología, ética y ontología. Sin un pensamiento de estas características no daremos con los conceptos apropiados para avanzar y salir nuevamente a tierra firme desde los críticos escenarios en que nos ha situado la historia.

Una condición básica de toda auténtica epistemología es la prueba de la consistencia del paradigma que analiza. En los casos en que los conceptos fundamentales que articulan el paradigma se refieren a realidades del mundo objetivo susceptibles de experiencia, no basta con la demostración de la consistencia abstracta de su entramado conceptual. En estos casos se requieren juicios de realidad, lo que significa probar la coherencia entre lo afirmado por el paradigma y la realidad verificable de los hechos consumados.

El paradigma es una herramienta conceptual para comprender, compartir y tratar los sucesos que ocurren al interior del espacio de dominio definido entre las fronteras que traza su arquitectura y diseño, único espacio donde tiene vigencia.

En caso de que el escenario y la trama interior del espacio de dominio sufran un cambio sustantivo, el paradigma deja de cumplir la fuerza probatoria de apoyo y de mandato a las actividades que se desenvuelven en su interior.

Por ello no es raro que la continuación del uso sin transformación sustantiva de un paradigma que ha perdido vigencia por los cambios materiales de sus condiciones de origen no responda como se pide a los llamados que desde su interior se realizan para obtener determinados resultados.

Un ejemplo de esto se presenta justamente ahora con la crisis climática y los llamados que se hacen para remediarla desde dentro de las fronteras del paradigma capitalista. Se pretende buscar, sin transformación radical de los postulados de este paradigma, soluciones cuyas medidas no tienen ninguna eficacia debido a que los parámetros reales del escenario ya no corresponden a los que estuvieron al inicio de su formulación y tuvieron plena vigencia mientras ellas se mantuvieron durante siglos.

La situación requiere un nuevo paradigma económico y de desarrollo, reestructurando por completo las viejas categorías, incorporando esta vez la infaltable participación de la naturaleza en todos los procesos de producción y reproducción de la humanidad. Esto significa incorporar a la economía política tanto los aportes como el deterioro que sufren en los procesos de producción social los ecosistemas y los recursos naturales. Esta condición es la única que puede asegurar que la naturaleza no sea explotada como un barril sin fondo. De hecho, la tierra y en particular la biosfera son sistemas limitados y finitos y hay pruebas suficientes que ya muchos de sus componentes críticos se están agotando.

El metabolismo económico social que se realiza entre las actividades productivas humanas y de la biosfera fue seccionado y reducido conceptualmente en la economía política en uno de sus aportes más esenciales en los inicios de la era industrial en el siglo XVIII, en coincidencia con el inicio de la Edad Moderna y del capitalismo, el desarrollo de la burguesía como clase dominante y la fundación de la economía política clásica con Smith y Ricardo.

El recorte fue estructural. Imprimió un sello clásico y definitivo durante la vigencia del paradigma a los conceptos de fuerzas productivas, mercancía, valor, trabajo y capital. Otros conceptos derivados como dinero, mercados, intercambio de equivalentes recibieron también ajustes en su significado.

De esta forma se excluyó al viejo estilo de clase dominante como realidades extraeconómicas a la naturaleza y sus recursos. Todos los ecosistemas y servicios prestados por ellos a los procesos productivos quedaron excluidos de las categorías de la economía política, aun cuando fueran esenciales para la producción y reproducción de los humanos. Se consideró que su contribución material a estos procesos vitales no agregaba ni reducía valor, no generaba activos ni pasivos ambientales, desconociendo su innegable participación en la generación de riqueza y formación de capital, así como la reducción del patrimonio natural cuando las actividades productivas humanas generan pasivos ambientales.

La razón de esta exclusión provino principalmente de la abundancia y la aparente total disponibilidad de recursos naturales como el aire, el clima, el agua dulce, la biodiversidad y un conjunto de condiciones bio geofísicas de equilibrio sistémico que se consideraron como inmutables y dadas de antemano como propiedades permanentes de la Tierra y la biosfera.

La distinción que se hizo entre valores de uso y valor de cambio (valor) sirvió para reconocer, por una parte, la unidad material del metabolismo sociedad – naturaleza y, por otra, la separación radical entre ambas. En términos de la economía política de Marx, en esta separación y extrañamiento creciente se encuentra la raíz de la profunda alienación del hombre y la gran fractura entre humanidad y naturaleza que caracteriza en esencia al capitalismo.

El paradigma capitalista es ya un producto de esta gran fractura, abismo irreparable en ese contexto, que instala al homo sapiens como animal superior por encima del resto de la naturaleza y que a la vuelta de unos pocos siglos se transforma por sus mismas actividades en una situación material por completo distinta, con una humanidad orgullosa de su poderío frente a una naturaleza en un inevitable proceso de destrucción.

No se hace posible la reversión de este proceso metabólico destructivo ilimitado sin emprender el trabajo de cambios radicales en el paradigma dominante. Estos cambios debieran apuntar al pleno reconocimiento de la profunda igualdad valórica entre la tierra y todos sus habitantes. Por tanto, también al reconocimiento del gran ensamble metabólico material que determina a la especie humana y con ello a la incorporación con plenos derechos de las fuerzas productivas naturales sin distinción jerárquica a la producción y reproducción de la vida humana. Con ello también al reconocimiento del aporte de la naturaleza en el sentido más amplio a la creación de riqueza, al desarrollo de biodiversidad y al desarrollo humano como ser natural y social.

La crisis climática, una de las más graves demostraciones de la destrucción de las condiciones naturales previas a la industrialización de la modernidad, está señalando a gritos la realidad profunda del mundo en que vivimos y el abismo en que nos encontramos. Por fortuna nos están convenciendo de la gravedad de la situación y obligando a reestructurar las relaciones que definieron el tipo de metabolismo codificado en la modernidad por la burguesía y el capitalismo. Nos están diciendo que no hay otra salida que democratizar en profundidad nuestro paradigma fundamental, con el reconocimiento de la unidad material y la misma jerarquía ontológica a la naturaleza como totalidad.

Esta nueva condición obliga a reestructurar por completo nuestras categorías económicas de modo tal que todas sus operaciones y actividades incorporen en sus cálculos y proyectos, en la contabilidad de negocios e intercambios, en las cuentas locales y nacionales, esa igualdad fundamental.

Sólo de esta forma, con un golpe de timón claro y decidido, podemos apelar a los instrumentos de real eficacia para el cambio de rumbo que necesitamos, iniciando la construcción de un camino que nos lleve a un modo de vida sustentable.

Tal vez así podamos decir que no demasiado lejos llegará un día en que el capitalismo será exhibido en un museo como una vieja locomotora que trabajó durante siglos con eficiencia en los rieles de la historia, pero que como todo sistema vivo tuvo su fecha de vencimiento y hubo que retirarlo.

*Filósofo y economista chileno. Twitter: @josemiguelart17

Este artículo fue publicado en El quinto poder y reproducido aquí con la autorización del autor. https://www.elquintopoder.cl/sociedad/la-crisis-climatica-y-la-caducidad-del-paradigma-capitalista/

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