Poetas en cuarentena

Sin un muerto

Por Irene Selser*

Sin un muerto a quien llevarle flores,

–los míos, polvo emancipado–

me acerqué el sábado al Panteón francés de La Piedad,

un pequeño Montparnasse en la Ciudad de México.

Allí descansan muchas celebridades,

Roberto Gómez Bolaños –El Chavo del 8–,

la segunda esposa de Porfirio Díaz

y el galán de cine autóctono Mauricio Garcés,

empujado a la ruina como Alexey Ivanovich,

alter ego, el jugador, de Dostoievski,

por su azarosa afición, apasionado de las letras

tanto como de los colores rojinegros de la ruleta.

Hubiera deseado deambular por la vereda central

entre tablillas de mármol, blancas y agrietadas por las penas,

admirar los mausoleos neoclásicos levantados hace cien años

por familias de apellido lustroso;

acariciar los relieves góticos de cruces, vírgenes y cristos

que pueblan el cementerio más antiguo

de esta contradictoria y magnífica urbe.

Cipreses viejos como mi espíritu –dice Ayub, el astrólogo–

procuran frescor a los que un día fueron.

Hereux qui mort dans le Seigneur,

reza el letrero en la entrada estilo art nouveau,

con una barda grafiteada y decenas de puestos de flores

que brindan colorido a la añoranza.

Más no pude ingresar en el templo de las lágrimas,

donde los ángeles lloran aferrados a las piedras.

El camposanto es privado

y el guardián exigió el nombre del difunto,

en qué tramo su cripta

–el check-in y el check-out.

Y aquí estoy en la calle,

con un ramo de jazmines bajo el sol de la siesta

y sin un muerto.

Aceitunas negras

A la muerte es preferible cubrirla de halagos, inclinarse ante sus ojos color avellana como creía Pavese o de un negro rotundo como el heraldo César que, entre burros andinos y cálices funestos, doblegó a la gramática con una piedra en el abdomen.

El nieto de dos abuelas chimúes murió en plena primavera en su París de ayuno, lejos de la España de cadáveres tristes, utopía traicionada.

En su tumba en Montparnasse, entre jarrones blancos y flores rojas, una mano rellena los jueves un frasco de aceitunas negras del Perú. Lo mejor para aderezar un filete de pollo con espinacas, pimiento y nueces pecanas como a Vallejo le gustaba.

De culto

Las cabezas decapitadas penden del tzompantli en el Templo Mayor, rinden culto a la vida en el altar de los sacrificios. Los cráneos en hilera miran hacia el santuario de Huitzilopochtli, dios de la guerra, patrón de Tenochtitlan, responsable de que el sol se asome.

¡Más de cien mil, digo, y otra vez sobre cien mil! escribe a la Corona Hernán Cortés, horrorizado tras el hallazgo fúnebre, mientras la “lepra de granos mayores”, hueyzahuatl, la viruela, la primera pandemia en América, se alía con los conquistadores y en semanas diezma en desigual batalla al imperio azteca.

Una señal divina, Dios consideró adecuado enviar la viruela a los indios, a pesar de la gran pestilencia en la ciudad, relata el soldado y cronista Francisco Aguilar.

Al menos, los degollados en ofrenda –¿cuántos holocaustos ha enarbolado la humanidad?– no padecían los síntomas de ese terrible mal, con fiebre e intensos dolores de cabeza al igual que los contagiados de la Covid-19. Tampoco podían caminar y si se movían gritaban mucho, cuenta fray Bernardino de Sahagún, seguro de que, si la epidemia no hubiera existido, los españoles habrían salido derrotados.

Mientras tanto, los cráneos empalados hace setecientos años brindan con mezcal a mediodía, la hora de los puntuales. Gozan con ese sabor ahumado, no tan dulce como el tequila. Lo besan y se alistan para sumarse a los festejos del Día de Muertos; calaveritas –esta vez– de chocolate y panes de azúcar en forma circular como el ciclo de las cosas. En el centro, esferas que simulan la tapa de los sesos. Antropofagia de trigo y dulzura.

*Periodista, traductora y editora (edita.express@yahoo.com).

De su libro Don de la ausencia.

Editora de Diarios de Covid-19 (www.diariosdecovid19.com.mx).

Facebook: Irene Selser / diariosdecovid@gmail.com

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