RELATOS VIRALES

HISTORIAS DE UNA PANDEMIA

La resurrección de Mariano

Acuarela Adriana Bancalari- Resistencia/Argentina – IG: adrianabancalari

Por Esther Baradón Capón*

Tengo la costumbre de comprar café de grano en un expendio cerca de mi casa y Mariano es una de las personas que ahí atienden. Cuando comenzó la pandemia y aún en semáforo rojo, me sorprendía que ni él, ni nadie en el expendio usaran cubrebocas, lo que nos obligaba a guardar la sana distancia.

En una ocasión se me ocurrió preguntarle a Mariano por qué no lo usaba y me dijo que pensaba que esa enfermedad no existía, que todo era un invento de los gobiernos para controlar a los ciudadanos y que, además, él sabía de varios casos de personas que habían fallecido de otras enfermedades y en el acta de defunción se reportaba que había sido por covid. Lo decía con tanta seguridad y vehemencia que casi logra convencerme.

En toda la pandemia, ni una sola de las veces que he ido a comprar café han usado el cubrebocas en ese expendio.

En una ocasión que fui a surtirme de este maravilloso grano, me atendió Mariano, por supuesto sin cubrebocas y después de especificarle de qué granos quería la mezcla y el molido deseado, me entregó el café y como no había otros compradores, aproveché para saciar mi curiosidad y le pregunté si seguía creyendo que la enfermedad no existía.

Como respuesta empezó a contarme que se había contagiado y por todo lo que pasó, que al principio pensó que era una gripe que quiso curar con antigripales y vitamina C.

Como al cuarto día sintió que no mejoraba, por el contrario, se sentía peor. Fue entonces cuando decidió ir con el doctor del barrio, quien le confirmó las sospechas de que se trataba de una gripe muy severa y le recetó unas ampolletas.

Durante una semana se estuvo inyectando una al día, pero siguió sin mejorar y con una tos intensa que no le permitió dormir.

Regresó a consulta con el mismo doctor quien le sugirió otra serie de ampolletas y fue cuando decidió mandarlo al diablo.

Una vecina le había recomendado un doctor que por las mañanas trabaja en el prestigiado hospital Siglo XXI y en las tardes da consultas privadas, en la misma colonia donde vive Mariano, así que saliendo del consultorio del médico que tal vez ni había terminado la carrera y siguiendo las indicaciones de la vecina, él y su esposa se fueron caminando hacia el consultorio del médico recomendado.

Llegó sin aire y con la sensación de que iba a desfallecer. Se encontraron con una sala de espera atiborrada y se sintió apenado pensando que podría contagiar a los que ahí esperaban su turno para la consulta.

Las personas que se encontraban en la sala se percataron de su lamentable estado de salud y cuando él se disponía a abandonar el lugar, alguien corrió tras él, indicándole que le cederían sus turnos para que entrara a consulta en cuanto el médico se desocupara

Al entrar Mariano al consultorio el médico no pudo ocultar su expresión de alerta. Enseguida, además del cubrebocas que portaba, se puso una careta y no se acercó a Mariano en ningún momento. Le indicó a su esposa cómo colocarle el oxímetro en el dedo índice y le pidió que leyera las cantidades que indicaba el aparato. Cuando la esposa le dijo 60, el doctor no dudó cuál era el diagnóstico. Era evidente que se trataba del covid.

Les dijo que de inmediato compraran un tanque de oxígeno, el cual debería usar de forma intermitente, llenó la receta con los nombres de los medicamentos que en ese momento se conocían y que debía tomar paracetamol para la fiebre y las molestias, tés de hierbas con miel y limón y que por ningún motivo podía regresar caminando, que llamaran a algún pariente que pasara por ellos lo antes posible y debía sentarse en la parte trasera del coche, con las ventanas abiertas.

Al llegar a casa lo recostaron y enseguida salieron a comprar los medicamentos recetados y a el tanque de oxígeno, que les costó mucho trabajo conseguir.

La fiebre no bajaba de 39°C y su esposa tenía que cambiarle las camisetas empapadas de sudor.

Su mujer le ponía en la frente compresas de agua fría y en menos de 30 segundos se convertían en paños calientes. La tos no cedía y no pudo ni por un segundo conciliar el sueño, viviendo un verdadero viacrucis.

Esa noche fue tal su delirio que en algún momento que no recuerda con claridad, acostado sobre las sábanas mojadas, se vio a sí mismo dando vueltas alrededor de la habitación y detrás de su espectral silueta aparecieron las de su difunto hermano y su abuelo. Le hacían señas como si le pidieran que los siguiera al otro mundo. Sintió que su cuerpo estaba ahí sobre la cama, pero su alma seguía deambulando por el cuarto.

Es sabido que esto les sucede a algunas personas cuando están por partir de este mundo, pero Mariano se aferró a la vida tomando, con la poca fuerza que le quedaba, la mano de su esposa, quien al mismo tiempo le imploraba que no la abandonara y que no se diera por vencido. Así siguieron tomados de la mano, hasta que Mariano se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente despertó un poco mejor, feliz de seguir con vida y con un poco más de fuerza. Siguió su tratamiento, los tés, el oxígeno, dormía casi todo el tiempo, hasta que logró vencer a la enfermedad en la que no creía.

Me dijo que le quedaron secuelas, que bajó 10 kilos, el pulmón izquierdo le duele constantemente y se cansa con facilidad, pero que le está echando muchas ganas alimentándose sanamente, duchas de agua fría y mucho ejercicio.

Cuando me relataba por todo lo que pasó yo pensaba en que nunca ha querido usar cubrebocas, hasta la fecha, y además no quiere vacunarse porque tiene la certeza de que, por haber padecido el virus, eso lo hace inmune. Argumenta saber de personas que, incluso vacunadas, se han enfermado y algunas hasta han fallecido de covid…

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura. Twitter: @BaradonEsther

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