Casi normal

Soren Lorenza, Ciudad de México. Del catálogo de la autora “Desde el estudio del abuelo”

Por Consuelo Santamaría*

Llevo semanas de intensas jornadas de entre once y doce horas pegada a la computadora. Desde el confinamiento, veo sucederse las noticias de tragedias en la pantalla mañana, tarde, noche. Reviso con prisa las presentaciones de PowerPoint, veo diez videos para después escoger sólo uno y, al final, no recuerdo los detalles completos de lo que decía, o si el que escogí contenía lo que recuerdo.

A veces me detengo y pienso que no tiene sentido preparar clases de lingüística o literatura en un mundo en el que se apilan ataúdes de madera que serán enterrados sin nombre en un lugar alejado del centro de Manhattan, donde los crematorios de Italia están a su máxima capacidad, o donde los monjes tibetanos recitan interminablemente las oraciones para que los difuntos tengan un mejor renacimiento. Pero de pronto salgo de casa a comprar comida y veo a la gente seguir su vida (a un ritmo más lento, eso sí), algunos con cubre bocas y otros desafiando la existencia del virus. La mitad de las tiendas cerradas y la otra mitad atendiendo con capas de plástico frente al mostrador. Con el rostro cubierto y mi gorra negra, me siento como un ninja con bolsa del mandado, pero en lugar de obtener el botín de alguna casa noble, sólo espero hacerme de algunas verduras y un kilo de tortillas.

En mi mente, me concentro en canciones irlandesas cuyos misteriosos mensajes trato de descifrar:

Óró, sé do bheatha bhaile

Anois ar theacht an tsamhraidh.

(¡Oh! Bienvenida a casa

ahora que llega el verano.)

Repito el coro como un mantra hasta que la realidad exterior desaparece y sólo queda mi conexión con estos sonidos guturales y entonados. La energía celta me ayuda a concentrarme y sigo montando materiales y ejercicios de relación de columnas como loca desquiciada. Los tres grupos del lunes, el grupo del jueves, alrededor de treinta alumnos por grupo… Pienso en sus vidas, algunos perfectamente cubiertos por el bienestar de sus hogares, unos cuantos se arriesgan a salir a las compras, al trabajo o a terapia; otros de los que no sé nada (acaso atorados sin equipo de cómputo o conexión a Internet, acaso disfrutando de la gloria efímera de las redes sociales). Son tantos, pero decido trabajar para aquellos con quienes sigo en comunicación.

Sí, al final vale la pena seguir adelante y completar una estructura de trabajo, los lunes y viernes de 9:00 a 11:00, los lunes y miércoles de 3:00 a 5:00, los mismos días de 5:00 a 7:00, los jueves de 10:00 a 2:00. No soy de las que tienen más grupos ni más alumnos, pero no me cuestiono y sigo organizando todo, una videoconferencia en Zoom, conectar el WhatsApp Web, publicar preguntas en los grupos de Facebook para que los alumnos encuentren el material y puedan reflexionar sobre algo distinto de la pandemia, los contagios, el conteo de muertos, las estadísticas, los cubre bocas sí o no. En lugar de esto, tienen sus cuatro horas por semana en que pueden escapar y volver a pensar en el innatismo de Chomsky, la glosemática de Hjelmslev, una historieta sobre las ideas de Saussure, cómo hacer un final alterno de Drácula, si Heathcliff y Catherine se amaban trascendentalmente o sólo eran un par de caprichosos y sádicos, cuáles eran los aspectos más terroríficos de la vida en la época victoriana, cómo acordarse de su aprendizaje del español en sus primeros años de infancia para elaborar una autobiografía lingüística, a quién se pescan de conejillo de Indias para hacer una investigación psicolingüística si todos estamos encerrados… Escucho otras canciones y me encuentro a Simon & Garfunkel con esta línea:

Parsley, sage, rosemary and thyme

(Perejil, salvia, romero y tomillo)

Un verso que suena a lista de compras, conjuro y aromas, parecido a las hojas de eucalipto que tenemos en casa, junto con el cloro y la variedad de productos Lysol, para mantener alejada la amenaza del virus. “El animal ese”, le llama mi mamá, y le pide al barrendero que limpie bien debajo de un coche abandonado porque seguro que el bicho está escondido ahí.

De repente, pienso en mi prima y sé que no estará dormida, aunque sean las dos de la mañana porque está verdaderamente aterrada. Es de las que no se han asomado ni al balcón y lavan frutas, verduras, ropa, zapatos y muebles con cloro. Pienso en mi hermana que trabaja doble turno en una clínica del IMSS recorriendo a pie el camino de su casa al trabajo y de vuelta, cuidándose y acompañando a los pacientes. Pienso en mi sobrina y las pocas clases que tuvo en la Preparatoria 9, la cual fue entregada por los paristas justo a tiempo para cerrarla por la contingencia.

Mejor escucho otra canción irlandesa…

Céad míle fáilte

Gach áit a dté tú…

(Cien mil bienvenidas

a dondequiera que vayas)

Repito la frase medio entendida y las vocales se atoran a la mitad en mi boca. Repito, repito, repito. Como mi madre repite sus oraciones contra la epidemia y le pide a la Virgen, a Jesús, a Dios; esta emergencia requiere de un ejército de potestades celestiales. En este punto, es mejor orar y cuidarse que ir a revisión a un hospital y no volver a salir. Sigo tecleando para acabar de subir todas las actividades a la plataforma a tiempo. Tal vez a los alumnos no les importa, no lo esperan, no se acuerdan, no creo que su principal preocupación en este momento sea: “¡Cielos! Ya son cinco minutos después de la hora y la profesora no ha mandado el mensaje con las actividades de hoy”.

Pero ya casi está todo listo. Un minuto más, guardar, subir, enviar. Sí, las chicas de los plumones tendrán un material para hacer notas en su cuaderno y llenarlas de bellos adornos de colores como reflejo de que se sienten bien. Otros tendrán oportunidad de maldecir el tema (o a mí, no hay mucha diferencia) porque no le entienden bien, pero es mejor que maldecir y preocuparse por la amenaza fantasmagórica de un virus que acaba de golpe con la gente y con la economía. Sí, vale la pena esforzarme para que ellos puedan decir como Neo “I’m in” y se sumerjan en el mundo virtual de la plataforma, para que por un par de horas recuperen su vida universitaria y todo sea de nuevo “casi” normal.

27 de de mayo de 2020

*Coordinadora de la Licenciatura en Enseñanza de Inglés en FES Acatlán – UNAM. https://www.linkedin.com/in/consuelo-santamar

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