RELATOS VIRALES

HISTORIAS DE UNA PANDEMIA

Yo no necesito cuidarme

“Tiempo de guardar” – Acuarela / Adriana Bancalari – Resistencia. Argentina

Por Esther Baradón Capón*

Recuerdo cuando empezábamos a escuchar de un virus muy contagioso que apareció en Wuhan, China, el cual provocaba una enfermedad muy letal a la que nombraron la Covid-19. Pronto fue declarada pandemia y se convirtió en una amenaza global. En mi oficina no se hablaba de otra cosa.

Muy al principio comentamos, entre otras elucubraciones, que se trataba de una conspiración o de un invento para controlar a la humanidad, pero cuando nos enteramos de que este implacable virus apareció en Italia matando a centenares de personas y en poco tiempo, en el resto de Europa, fue entonces que entendimos que la posibilidad de que llegara al continente americano era inminente.

Cuando en México aparecieron los primeros casos, empecé a usar de inmediato empecé cubre bocas’ para ir a la oficina, lo mismo que algunos de mis compañeros. Después de unos días compré una careta que nunca me quité ni para ir a la esquina. Todavía no había protocolos de sana distancia, uso de cubre bocas en los lugares públicos ni confinamiento.

Cuando se establecieron los primeros protocolos dejé de ir todos los días a la oficina y empecé a trabajar desde casa. Yo me podía dar ese lujo por ser vendedora independiente, pero cuando tuve la necesidad de ir a la oficina me percaté que Samuel, el dueño de la empresa, parecía no inmutarse. No usaba cubre bocas y a pesar de haber comprado una docena de caretas nunca las repartió entre los empleados. Irónicamente quedaron en la sala de juntas.

Las veces que llegué a comunicarme con Samuel él estaba de viaje en Miami o comiendo en algún restaurante de Polanco con un grupo de amigos.

Cuando finalmente entramos en confinamiento, a Samuel no le quedó más remedio que cerrar la oficina. Pero continuó con su habitual vida pandémica: viajar con la familia o con amigos a Valle de Bravo, Acapulco, Los Cabos y de nuevo a Miami.

Tengo que reconocer que sentí envidia porque yo realmente no salía ni a la entrada de mi edificio.

En una ocasión intenté contactarlo por un tema de trabajo y al no obtener respuesta volví a insistir más tarde, pero tampoco me respondió. Me sorprendió mucho porque siempre responde mis llamadas, aunque no se encuentre en la ciudad. Y así los siguientes dos días.

Al cuarto día me respondió con una voz apagada y casi inaudible disculpándose por no haber contestado mis llamadas. Me explicó que se había contagiado de la covid, que estaba muy grave, usando oxígeno, la fiebre no le bajaba y le dolía todo el cuerpo.

Samuel se escuchaba deprimido y mientras me compartía por lo que estaba pasando, sollozaba.

Del deseo de poder viajar como Samuel pasé a la preocupación y la compasión, y le pedí que se comunicara conmigo para cualquier cosa que necesitara.

Afortunadamente superó la gravedad del contagio, pero la convalecencia duró casi un mes y medio, y la enfermedad dejó severos daños en su salud. Pero eso no fue un impedimento para seguir viajando y comer en restaurantes con familia o amigos.

Tiempo después, cuando el gobierno de Estados Unidos anunció que empezaría a vacunar, Samuel fue uno de los primeros en tomar su avión a Miami a recibir su primera dosis de la vacuna Pfizer, y por supuesto por la segunda treinta días después.

Por haberse vacunado, actualmente está aún más convencido de que no necesita ni sana distancia ni usar cubre bocas.

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura.

Twitter: @BaradonEsther FB: Esther Baradon

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