RELATOS VIRALES

HISTORIAS DE UNA PANDEMIA

                                   Luis Alberto

“Compartir” – Acuarela Adriana Bancalari – Resistencia, Argentina

Por Esther Baradón Capón*

Luis Alberto, quien fue mi terapeuta casi seis años, me ayudó a cambiar para bien. Es incondicional, compasivo, gentil, no juzga. Siempre está dispuesto a escuchar con atención a sus pacientes.

Lo he recomendado con amigos y todos han tenido la misma experiencia que yo.

Además de la práctica privada, Luis Alberto trabaja en una clínica del gobierno de la ciudad con personas enfermas de VIH que consumen drogas fuertes como anfetaminas, crack, cocaína y hasta heroína. También con personas en condición de calle.

Las historias en la clínica son verdaderamente crudas e impactantes y por supuesto conmovedoras, como la historia de Julia, una adolescente de doce años a quien su madre prostituyó. A los trece empezó a consumir crack, se embarazó y sin saberlo, dio a luz sentada en la taza de un baño. Años más tarde, mientras Julia se duchaba, su madre le robó a la hija de seis años para venderla y prostituirla también.

Luis Alberto ha estado ayudando a Julia a denunciar a la madre y dejar las drogas. Ese es solo uno de los casos que atiende diariamente.

En este último año de pandemia casi no he requerido de los servicios de Luis Alberto, porque además de que me he sentido bien, las terapias son por Zoom y la verdad a mí no me funciona una terapia sin el contacto humano.

Un día, visitando Facebook, me enteré de que hacía dos meses y medio Luis Alberto se había contagiado de covid, que estuvo gravísimo y aún seguía muy delicado de salud. Me sorprendió la noticia porque él fue de las primeras personas, por circunstancia de su trabajo, en recibir la vacuna Pfizer.

Además de su gravedad, lo que más me preocupó es que vive solo con cinco perros que ha recogido de la calle. La única familia que tiene es una hermana que vive en Tabasco y con quien prácticamente no mantiene comunicación.

Al enterarme por lo que estaba pasando, de inmediato le marqué sin obtener respuesta y en ese momento recordé que él casi no contesta llamadas y que prefiere el WhatsApp. Le mandé un mensaje y después de un largo rato me respondió, contándome que desde su contagio no había salido ni un solo día de su casa y que llevaba todo ese tiempo sin ver a  nadie.

Me dolió leer su respuesta y pensé que era muy injusto que una persona que ayuda tanto a los semejantes, no tenga quién lo visite ni lo atienda.

Con el pretexto de que me urgía verlo y que tenía algo muy importante que decirle personalmente, logré convencerlo de que viniera a mi casa a desayunar.

Llegó el día acordado y al abrir la puerta me impactó su apariencia, su semblante pálido, desnutrido, ojeroso.

Me esmeré en prepararle un desayuno suculento con fruta, yogurt, granola, huevos con nopales, agua de mango y café de grano.

Cuando nos sentamos a la mesa noté que comía despacio, como con desgano, sin apetito, pero haciendo un enorme esfuerzo para saborear los alimentos.

Me costaba trabajo entender lo que decía. De pronto se soltó y empezó a contarme todo lo que le había ocurrido; tenía un fuerte zumbido en el oído izquierdo, dolor neurálgico en todo el cuerpo, pérdida de memoria, falta de oxígeno y dolor en los riñones.

Le pregunté entre otras cosas cómo pensaba que se había contagiado. Me dijo que un día llegó a la clínica un ciudadano colombiano con VIH, que se encuentra ilegal en México. Estaba drogado. Estuvo en terapia con él casi dos horas y el colombiano no dejaba de toser.

Siguió comiendo y poco a poco empezó a reanimarse, pero aún se veía cansado. Le pregunté si quería recostarse en el sofá. Le pareció buena la idea y se quedó dormido cerca de una hora y media.

Cuando despertó quedé sorprendida al ver su transformación. Estaba notoriamente repuesto, al grado de pedirme que lo acompañara a comprar una de esas paletas heladas que venden en una nevería cerca de mi casa que tanto le gustan, y de ahí al cajero a sacar dinero.

Caminaba como arrastrando un pie, pero completamos el paseo y nos despedimos.

Esa la tarde me escribió diciéndome que mis alimentos lo habían revivido, pero la verdad creo que si algo lo revivió fue la convivencia y la compañía de otro ser humano.

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura.

Twitter: @BaradonEsther FB: Esther Baradon

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