Tepoztlán

MaryCarmen Castillo Porras*

Vista de Tepoztlán. Foto: Francisco Castillo Porras

Me vi ahí, de pie, ante un monte con la panza llena de dioses;
me metí en la boca un sol blanco relleno de chapulines rojos
que me limpió la amargura con que a veces pienso
y sentí el eco de una fogata que murmura al son de un océano vegetal.

Caminé haciendo equilibrios de malabarista
por un río de piedras redondas, desiguales;
los clavos del armadillo se liberaron y me pusieron a bailar
una danza infantil, de esas que se vuelven rituales sagrados.

Mi hermana eligió para mí un rosario con 108 lunas de bolsillo
y un corazón de madera que velará por mí
cuando me vaya de aventura por mis sueños.
Antes de comer, caminamos vereda arriba y panza abajo:
para ir arriba había que bajar y las simas nos miraban desde el cielo,
cielo transparente y luminoso, agotador.
Tuve sed, y el agua me tatuó en los dientes
caminos de chía, yerbabuena y alabastro.

Por las noches jugábamos a cazar palabras;
las enjaulábamos en un tablero pequeño y las cosíamos juntas
en forma de mandalas diminutos;
los pájaros nocturnos creaban armónicos sin percusiones,
violines emplumados en contrapunto con las voces verdes de los grillos.
Unas lucecitas estables nos guiñaban, risueñas, sus ojitos anaranjados
y en las mañanas las abejas se comían el pan y los limones de mi hermana.

Una tarde el sol nos aturdió y nos metimos en una cueva;
al fondo había un hada -o quizá era un duende- que desgajó una naranja
para ponerle velas a un barquito sin timonel; la roció con lluvia negra y salada,
nos ofreció un fuego de cristal líquido que sabía a humo
y nos llevó a otras tierras, habitadas por magueyes de formas extrañas y
peligrosas,
mientras nos narraba historias que tenían
cantos desiguales
y se retorcía las manitas con avidez.
Cuando salimos, los relojes de las iglesias nos miraron con severidad.

Otra tarde nos sentamos a mirar los colores de una música indistinguible
y nos quedamos, por fin, calladas. Entonces recordé
que yo fui niña en esos montes;
en sus gargantas formulé promesas de amor eterno al cielo
y al canto imposible de un pájaro al que nunca logré ver.
Esa tarde recordé lo presentido… recordé el viento y las nubes; el sol; el agua;
las raíces de los senderos nocturnos; la presencia de los amates, allá,
más allá del círculo de luz protectora de las fogatas.
¡Y he aquí que permanecen, que viven y cantan!
¡Ante estos ojos míos que hace tanto dejaron de ser niños
el viento, el sol, las nubes y los senderos se presentan, sutiles y poderosos,
todos juntos y ante mí!
Y yo ante sus pies milenarios soy
de nuevo niña y mis ojos de nuevo niños, nuevos de nueva cuenta.
Nuevos.

Miré la panza del Tepozteco y pensé, “¿cómo llegué aquí?”;
mi corazón se arrodilló, ahíto de asombro, y pregunté, “¿cómo llegué aquí”?
La pregunta escapó en voz alta y mi hermana respondió:
“Aquí es donde hay que estar”.
Pero mi voz era de nuevo niña y quería saber por qué;
qué hago ahora conmigo; hacia dónde se supone que voy…
Se adivinaban por debajo de los pliegues de la montaña
las risas de las diosas y los grandes señores al escuchar
las preguntas que hacemos los humanos cuando la verdad nos roza
con sus alas esmaltadas de veneno;
cuando casi entendemos, pero al final no entendemos nada.

El día que nos fuimos, los vientos cimbraron nuestro refugio
y al coloso que resguarda a los viajantes.
La noche caminaba despacio hacia nosotras.
Yo tomé un trago de agua; la vida se deslizó por mi garganta,
y el Tepozteco desapareció
bajo un manto de luciérnagas invisibles.

*Escritora y especialista en semiótica, deconstrucción y enseñanza de la lengua española (Ciudad de México, 1973). Fundadora del Círculo de Poetas Auris donde ha desarrollado diversas técnicas de lectura de poesía en voz alta. Cuenta con diversas publicaciones, literarias y ensayísticas. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas (UNAM) y master en Saberes sobre subjetividad y violencia (Colegio de Saberes). aurispoetas@yahoo.com.mx / FB: https://www.facebook.com/profile.php?id=100009128733297

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