¿Cuál pandemia?

Textos y fotos Ruy A. Félix / Zoncuantla, Veracruz*

Sangrar de la boca por un golpe recibido, mientras tienes los labios y los pómulos entumecidos por el mismo golpe, podría describirse como salir del dentista con monedas en la boca; a eso sabe la sangre y así se sienten los labios. Tengo la suerte de haber sentido eso solo una vez en mi vida y fue alrededor de los 12 años. Pasó cuando recién había llegado a la colonia Mariano Escobedo, en la congregación Zoncuantla, en Coatepec, Veracruz. Posteriormente, las personas con las que tuve el conflicto se volvieron mis amigos. Dejé la colonia por mucho tiempo y a causa de la pandemia decidí regresar.

Al día siguiente de llegar a la colonia me encontré con Óscar, quien me saludó con gusto. Yo lo saludé con una mezcla de gusto y desconfianza, pues él no llevaba tapabocas, algo muy común aquí. “¡Eh, bato!, cáele al campito el sábado, va a jugar toda la flota”. Accedí, no sabía con qué ánimos estaría ni a qué hora me levantaría, pero la posibilidad de ir era real.

“Al parecer, el asentamiento original es de tiempos mesoamericanos”

Zoncuantla comprende un puñado de colonias que se dibujan en torno al río Pixquiac, dentro del llamado Bosque de niebla. Es zona cafetalera y de cañaverales. Tres de estas colonias colindan entre sí: La Pitaya, Seis de enero y Mariano Escobedo. Esta última es donde hay más concentración de gente, la mayoría de escasos recursos. Es la única de las tres que no es capturada por el ojo chismoso de Google Maps, y cuyas calles también se esconden del satélite de este gigante corporativo. La entrada principal es por la antigua carretera Xalapa-Coatepec. Esta calle es muy bonita y se extiende hasta el puente que cruza el río para entrar de lleno a la colonia. Cruzando el río se encuentra lo que era la tienda de Don Pancho y donde ahora los fines de semana venden cacalas (más adelante explicaré qué son). A un costado hay un enorme haya —árbol muy común aquí: alto, con hojas de estrellas y tronco descarapelado— y junto a él las escaleras que dan al campito.

“Habían hecho su propia presa ecológica acomodando piedras a lo ancho del río”

El sábado, después de comer, caminé bajo el furioso sol y sobre el cansado pellejo de cascajo de la calle de mi casa, la cual se extiende en paralelo al Pixquiac. Del río brincaron unos niños en calzones, empapados de agua, felicidad y sonrisas, las cuales brillaban como el sol. Soltaban tales carcajadas y gritos que enmudecían a la misma corriente del río. Uno de los párvulos se protegía con un escudo hecho de plástico y rafia, que seguro rescató de la basura. Como arma empuñaba una rama cualquiera, todo un guerrero “verde y autosustentable”, diría algún hipster. Aparte de hacer las veces de gladiadores, también la hacían de castores, pues habían construido su propia presa para nadar, también ecológica, acomodando piedras a lo ancho del río.

El Pixquiac es un río de aguas cristalinas que se origina en el Cofre de Perote. A lo largo de su cauce se une con otros ríos hasta formar el río La Antigua, casi llegando a Jalcomulco. Gracias a su control —realizado por el grupo de monitoreo comunitario “Amigos del Pixquiac” e investigadores de la UNAM—  ha logrado mantener sus aguas cristalinas, pero no ha salido ileso de los embates de la modernidad y los asentamientos humanos: ya no se ven tantas ranas ni charalitos como antes; en el pasado hasta truchas podían encontrarse.

Pregunté en el puesto de cacalas qué más vendían: “Raspados, bolis, elotes y trololotes, güero”. Las cacalas son los chicharrones preparados, pero tienen un plus: en vez de cueritos llevan pollo deshebrado y un delicioso pico de gallo hecho con jitomate, cebolla y chile picados; los bolis son las “congeladas”, es decir, agua de sabor congelada dentro de una bolsa y los trololotes son, nada más y nada menos, que esquites, el grano de maíz cocido.

Bajé al campo porque me había empezado a chiflar el “Micro” —ventajas de no usar cubre bocas— y ya no compré nada. Lo saludé y vi que en una mano llevaba una caja de cerillos, en la otra una pipa rota de cerámica y un cerillo doblado con el cual intentaba hacer lumbre. El Micro, cuyo verdadero nombre es Miguel, insistió un par de veces en convertir en lumbre a aquel perezoso cerillo, hasta que este decidió perder la cabeza renunciando a la labor a la que fue destinado.

—Qué onda, bato, ¿tienes “lumbre”?

—Te fallo, Miguel.

Decidí dejar de llamarlo Micro cuando una vez, estando bajo los influjos de algún destilado, así me lo exigió. A pesar de que ya lo van venciendo los años, los vicios y de ser de estatura más baja que la mía —lo cual es un verdadero logro—, su oficio de artesano de la construcción y su larga carrera en peleas callejeras lo siguen haciendo un gladiador al que nunca podría vencer; además le tengo estima y un profundo respeto, por lo cual no lo iba a contrariar. Su vida en la calle puede leerse en su rostro. Usualmente se le veía alguno de sus minúsculos y negrísimos ojos adornado con hematomas. La nariz también lo delata como asiduo de las peleas. Es chata cual boxeador y hace mucho tiempo que un muy buen golpe se la dejó tremendamente chueca. Su cuerpo es delgado, pero muy lejos de verse  desnutrido pues, así como su rostro no esconde los golpes, sus brazos no esconden los músculos. Sus manos están hermanadas con su rostro en golpes. Quizá el marro, algún ladrillo escurridizo o varias quijadas le han hecho enchuecar sus dedos, se les notan los golpes. Su cabello parece siempre sudado y es totalmente lacio.

—Qué tranza, Miguel, ¿hoy no van a jugar o qué onda? —le pregunté.

—Quién sabe, ya pasan de las dos y no han bajado. Hace rato pasó el Pepe con los chiquillos y llevaban una bocina, yo creo que iban al campo del monte a fumar. Sí conoces al Pepe, ¿no?

No tenía idea de quién era el Pepe, pero él estaba tan convencido de lo contrario que no insistí más.

“Don Félix no había cambiado nada, a diferencia de la demás gente y el mismo barrio”

Pasó el tiempo y fueron llegando más personas. Éramos alrededor de cinco o seis y un par de ellos venían de la obra, se notaba por su ropa llena de mezcla. La plática fue interrumpida por don Félix, quien llegó ebrio a pedir dinero para comprar caña. El viejo lechero llevaba borracho al menos tres días —por no decir que décadas—, lo había visto cantando a José Alfredo Jiménez ahogado en alcohol dos días seguidos. Los jóvenes sacaron dinero de sus bolsillos para comprar cervezas y un ocho de caña para el carismático anciano. A pesar del tiempo sin verlo, don Félix no ha cambiado a diferencia del barrio. Sigue con sus botas, hechas de la piel de algún animal escamoso; con sus pantalones de mezclilla, eternamente sucios; su camisa de botones, a la que siempre le falta alguno; su estropeado sombrero, que parece de mimbre y seguro es de plástico; su cara llena de arrugas y sonrisas; su cabello gris y lacio como los rayos del sol; su siempre brillante collar plateado y el aroma dulce del licor de caña, su eterno compañero. Por su parte, el barrio que tenía casas de cartón, lámina y madera en su mayoría, ahora tiene casas de cemento, pues muchos vecinos han podido “echar losa” en su casa. Don Félix descubrió que lo observaba, lanzó una enorme carcajada, me abrazó y me pidió dinero para comprar caña, quizá por costumbre o tal vez porque había olvidado que le habían ido a comprar. Llegaron con las botellas, Don Félix agarró sus $8 de caña y se fue, los demás bebieron de la misma botella.

Recargado en un haya escuchaba la plática, hablaban de fútbol, tema que me permitió observar el perímetro. El sitio donde estaba sentado me privilegiaba como observador de tan hermosa colonia. Con solo voltear un poco veía la capilla que — por fin, después de años— ya no está en obra negra. Por suerte, el árbol me tapaba la tubería de PVC que alguien decidió colocar en la calle de la capilla y que tira aguas grises al camino de grava. Dicho camino se extiende hasta perderse en la marea verde llena de vida. Es una bella postal con acuyos gigantes y hayas enormes, entre muchas otras plantas que parecen competir a ver quién llega más alto. Cuando baja la neblina es aún más espectacular esa postal, sobre todo porque parece gustarle a las ranas, quienes agradecen la niebla cantando unas con otras. Frente a mí estaban los juegos, custodiados por unos inmensos bambús. En los juegos había un puñado de niños y detrás de ellos nuestro río. A un lado se encuentra el puente, en el que desfilaba la gente que paseaba en su fin de semana. En él vi al “Pequeño”, un viejo amigo, quien parecía esperar a alguien. Aproveché su presencia para escapar de esa plática, de la cual soy un total ignorante.

“El Choco vivía en otro plano de conciencia, algunos dicen que el cemento lo dejó loco”

Tenía que pasar por las cacalas para llegar con mi viejo amigo. Estaban a reventar, no había ni tapabocas ni sana distancia. Saludé al Pequeño, no sé si aún recuerde que se llama Xavier, nadie nunca le ha dicho así. Es una de las primeras personas que conocí. Su apodo obedece a su altura: ha de medir, cuando menos, 1.80… desde los 13 años. Ya no vive en la colonia, sino en “el Seis”, la de junto. Su hogar estaba en un asentamiento irregular en las faldas del monte, el cual se deslavó y se llevó todas las casas de cartón que ahí estaban, por eso se mudó a la otra colonia.

Recargados en el puente le pregunté: “Eh, carnal, ¿recuerdas cuando el río creció y se llevó la casa del Choco?”. Claro que se acordaba, entre risas platicamos de lo sucedido y recordamos a tan tremendo personaje. El Choco vivía en otro plano de conciencia, algunos dicen que el cemento lo dejó loco. Trabajaba en el basurero, lugar en el que varios de la colonia trabajaban. El basurero estaba cerca de la colonia, quizá a un kilómetro sobre la carretera, junto a los Go karts, donde la gente de dinero iba a divertirse, ambos cerraron sus puertas. Nunca  vi al Choco cuando caminaba a su trabajo, pero seguido lo veía cuando regresaba: siempre cargando un costal, siempre caminando por la carretera, siempre con ropa oscura por la mugre, con los pelos desobedientes, negros, tratando de hacer dreadlocks y, algo que de niño me daba mucha curiosidad: múltiples y enormes collares que colgaban de su cuello que, sinceramente, se veían a toda madre; los hacía con objetos que encontraba en su trabajo. Al principio me daba miedo, pero mi amigo Gil una vez me llevó a su casa. Le llevaba ropa y comida, se los cambiaba por libros y revistas que encontraba en el basurero. Nunca comprendí por qué los necesitaba, pero ahora que lo pienso me parece que era más por la necesidad que pudiera tener el Choco. Después de la visita dejó de darme miedo y cuando lo veía le gritaba: “Ese Chocoooooo”, a lo que infaliblemente él respondía con un sobrante de carisma y cantadito: “Qiu-bu-leeeeeeeeeee…”. Su casa la había hecho él mismo con lo que el basurero le proporcionaba: lonas, plásticos, etcétera. La fabricó a un lado del camino de grava. Una temporada de lluvia el río creció tanto que tapó la cancha de fútbol, cubrió el camino y se llevó la casa del Choco. Él observaba el río que se acababa de comer su casa desde el mismo lugar donde lo estábamos recordando. Se fue de la colonia, pocas veces lo volví a ver. Un día me enteré que habían encontrado su cuerpo frío en la carretera que siempre caminó, con el costal que siempre lo acompañó, con sus negras ropas y los collares que él mismo fabricaba para adornar su oscuro y ahora frío cuerpo.

“El pedo es cuando llega la Federal, vienen en camioneta y ahí sí te trepan”

Un automóvil pasó haciendo un horrible ruido, intentó subir la calzada, pero no lo logró. Se ahogó y tuvimos que empujarlo de regreso, había muerto. Regresé a las canchas, ya habían empezado a jugar. Mientras unos jugaban, otros esperaban su turno para la reta o para entrar a hacer algún cambio. Algunos comían cacalas, otros fumaban marihuana, los más bebían cerveza; había quienes ni una ni otra, los más aventurados hacían todo y algunos solo veían el partido. Al observar el juego me di cuenta de lo rápido que pasa el tiempo: El Micro y el Chaco protegían la portería, mientras los demás jugaban. Ellos habían sido hábiles jugadores, eran conocidos por su destreza en el fútbol y en la pelea, ahora eran guardianes del arco al no alcanzar la habilidad de los más jóvenes. Mi amigo Lolo, quien también tenía fama de ser hábil para el trompo, ya casi no iba, pues le había dado “azúcar” y se cuidaba mucho. Las generaciones se van empujando unas a otras.

Todos reían, se burlaban, era un ambiente sano, aunque quizá alguien pudiera pensar lo contrario. A pesar de que ya entraba la policía, nadie escondía ni la marihuana ni la cerveza. Antes la policía no entraba, ahora entra la montada “pero no hay falla, simplemente nos dicen que nos movamos y ya, ni nos quitan la chela. El pedo es cuando llega la Federal, vienen en camioneta y ahí sí te trepan”, me comentó uno de los chavos. No lo conocía, le pregunté su nombre, pero mi memoria no me va a permitir decirles cuál es. También me dijeron su apodo, pero tampoco lo recuerdo. Los apodos aquí son manchados: Sarna, Totol, Tarzán, Mojarra, Moco, Maruja, Quesos. Por suerte nunca me pusieron apodo, que yo supiera, aunque a un perro sí le pusieron mi nombre, pobre perro… La noche comenzaba a caer, los moscos decidieron que se ocuparían de mí, por lo que decidí regresar a casa, pues si no me daba covid quizá me daría dengue. El día se iba, los chaquistes también, los zancudos llegaban y la gente seguía yendo y viniendo, las cacalas, a reventar.

De regreso me encontré a doña Cris, que vive frente a mi casa, y regresamos juntos. Me platicó que las señoras de las cacalas era una familia que decidió poner el puesto desde que falleció el padre de familia. Entre semana venden raspados y los fines de semana es cuando sacan lo demás. Doña Cris fue una de las primeras personas en llegar al barrio. Antes, me platicó, para acceder a la colonia no había puente, en su lugar habían puesto un par de troncos de haya y por ahí se cruzaba. Posteriormente llegó el gobierno para construir el puente, una parte la pagarían ellos y otra los pobladores. Iba a haber dos puentes: el peatonal y el de acceso para los autos. Esto fue, quizá, a principio de los 90, doña Cris ya no lo recuerda bien.

—Oiga, pero solo hay un puente con banquetita —le dije. Doña Cris me volteó a ver con sus grises y largas trenzas, con su rostro siempre sonriente cuya sonrisa la hace ver aún más arrugada. Soltó una carcajada, tan grande como su carisma, y entre risas me dijo: —¡Pues sí, yo sigo esperando mi puente!

*Estudiante de Periodismo, Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Instagram: https://www.instagram.com/pylzenzlyp/

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