RELATOS VIRALES

Historias de una pandemia

Sin cubre bocas

Adriana Bancalari / Argentina. Acuarela “El gato que está”

 Por Esther Baradón Capón*

Escuché el timbre y al abrir la puerta apareció la señora Lidia, empleada doméstica de muchos años de mis vecinos de al lado. Quería enseñarme la fotografía que llevó a imprimir y a enmarcar para colocarla en el altar de Angelita, su “patrona”, como ella le decía, quien falleció hace seis meses, en pleno semáforo rojo.

Se notaba muy conmovida y con ganas de compartir con alguien ese acto de agradecimiento y cariño a quien siempre la trató como a una miembro más de la familia. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando me estaba diciendo, ahí junto al altar, cuánto la echaba de menos. 

La señora Lidia sigue trabajando en esa casa atendiendo al viudo y a Janice, una perrita a la que dejan sola por horas, y que cuando mucho le dejan comida y le dan una vueltecita a la manzana.

Con tristeza, Lidia se queja de que ninguna de las hijas viene a ponerle flores al altar, ni siquiera una veladora. Pero eso sí, el departamento está en litigio.

Cuando recién supe del fallecimiento de Angelita, me encontré con Lidia en el descanso del edificio y le comenté que me acababa de enterar, que lo sentía mucho y me dijo que había fallecido de un infarto.

Pero ahí, paradas junto al amoroso santuario donde yacen sus cenizas, junto a un florero con bellas rosas amarillas y una veladora encendida, salió a relucir la verdadera historia; había sido de covid.

La noticia no me sorprendió, porque Angelita nunca usó cubre bocas y en su vida cotidiana parecía que la pandemia no existía, mucho menos la sana distancia.

Lidia siguió relatando con nostalgia que un día llegó y que su patrona le dijo que se sentía un poco agripada, pero de todas maneras se fue a trabajar; sin barbijo, por supuesto. Quién sabe a cuánta gente habrá contagiado…    

 También me contó que una semana antes de la aparición de los síntomas, toda la familia le festejó a Angelita su cumpleaños número sesenta y cinco. Fue una reunión como de quince personas. Estoy segura de que nunca nadie imaginó que ese sería su último cumpleaños.

Tres días estuvo yendo a trabajar con síntomas de “gripe”, hasta que ya no pudo más y se metió a la cama. Vinieron a hacerle la prueba a ella y a su esposo. Los dos dieron positivo de covid. El esposo fue asintomático.

Angelita nunca quiso hospitalizarse porque pensaba que la gente que entraba a un hospital, ya no salía. Tuvieron que comprarle un respirador de segunda mano en cincuenta mil pesos, y un médico venía a su casa cada tercer día a ponerle suero a razón de ocho mil pesos cada vez.

A Lidia ya le había dado covid. Durante cuarenta días estuvo luchando entre la vida y la muerte, pero a diferencia de Angelita ella sí fue de inmediato al centro de salud. Finalmente venció al virus.

Por tal motivo, Lidia sí podía seguir yendo a trabajar y atenderla. Cada día que llegaba, Angelita la llamaba y la tomaba de la mano, le pedía que no la dejara sola. Poco a poco su vida se fue apagando.

Finalmente estamos en semáforo verde en la Ciudad de México, pero eso no implica que dejemos de cuidarnos, es nuestra obligación, para que nunca volvamos a vivir lo que vivimos en los peores momentos de la pandemia.  Si Angelita hubiera usado cubre bocas todo el tiempo fuera de su casa, tal vez la tendríamos entre los vivos.

*Amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro, y aficionada a la escritura.

TW: @BaradonEsther FB: Esther Baradon

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