RELATOS VIRALES

Historias de una pandemia

                                        Roy

“Siempre juntos” – Acuarela – Adriana Bancalari – Argentina

Por Esther Baradón Capón*

Sara ha sido mi clienta por muchos años y hace como dos meses me compró un vuelo a Orlando para que le aplicaran la primera dosis de la vacuna Moderna contra el SARS- Cov-2.

La estancia de Sara en Orlando coincidió con la invitación que me hizo mi amiga Rosa a su departamento de Acapulco, la cual acepté gustosa, pero le dije que tal vez tendría que trabajar porque algunos de mis clientes estaban viajando a los Estados Unidos para recibir la vacuna.  

Estando feliz en Acapulco porque era sábado y podía por fin descansar a mis anchas, recibí una llamada de Sara pidiendo que le cambiara su vuelo para regresar un día antes porque extrañaba mucho a Roy, su perro.

Al consultar la disponibilidad de los vuelos, me di cuenta que estaban totalmente saturados, lo cual es normal en esta época de “turismo de vacuna”. Le ofrecí monitorear la disponibilidad e intentar lograr el cambio.

¡Cuánto me arrepentí de habérselo propuesto!  No se despegó de mi número de celular y me marcaba cada diez minutos. Nada que se abrían los vuelos. Pasé casi todo el sábado sentada frente a la computadora intentando lograr que Sara regresara a las patas, porque no puedo decir a los brazos de su amado Roy. Por fin logré el tan ansiado cambio.

No acostumbro juzgar a las personas, pero debo decir que no podía creer que la vida de alguien pudiera girar alrededor de un perrito.

Unos días después de su regreso, Sara se comunicó conmigo para que le consiguiera otro vuelo a fin de recibir la segunda dosis. Cerramos las fechas y emití el boleto.

Unos días antes de su salida, Sara me habló para informarme que había decidido no aplicarse la segunda dosis porque no tenía con quién dejar a Roy, ya que se había peleado con el dueño de la pensión de perritos.

Yo no podía creerlo. Le pasé dos contactos de pensiones y a los pocos minutos me volvió a hablar para decirme que reparó que ya conocía esas pensiones, que no eran del agrado de Roy.

Le aconsejé que se calmara, que lo pensara muy bien pues era muy importante que le aplicaran la segunda dosis, y que se disculpara con el dueño de la pensión de mascotas. Me dijo que ya lo había hecho y que no logró nada. No cancelé la reserva.

Al otro día se volvió a comunicar e insistió en la cancelación. Llegué a pensar cómo era posible que un perro pudiera controlar su vida y sin pensarlo le ofrecí cuidar al perrito.

Al principio me dijo que le daba pena molestarme y yo me preguntaba si de verdad lo quería cuidar.

Al día siguiente me volvió a hablar para decirme que sí aceptaba mi gentil ofrecimiento. Ni modo, ya no me podía echar para atrás. Le pedí que me mandara una foto de la mascota. Me mandó un video y al verlo sentí el flechazo: me volví loca ante su gracia.

El día de la salida del vuelo de Sara uno de sus hijos me trajo a Roy. Me lo entregó en la puerta y una vez en casa una explosión de amor se apoderó de mí.

Tres días después recibí otra llamada de Sara solicitando un cambio para adelantar su vuelo, por el mismo motivo; extrañaba mucho a Roy. Esta vez sí encontré el espacio y le emití el cambio.

Al recibirlo me preguntó qué asiento le había asignado. Al contestarle que era un asiento un poco atrás, me gritó como nunca nadie antes me había gritado. Quedé petrificada. Le cambié el asiento a una salida de emergencia, más adelante y ni así se calmó. Me exigió que la regresara a su vuelo original y el asiento original, y le indiqué que eso era posible solo mediante pago, lo que provocó otro estallido de cólera.

Yo esta incrédula ante su actitud: además de haberle hecho el favor de cuidar a su perrito y seguido sus instrucciones de cambiar el vuelo sin que ella lo condicionara de antemano a un asiento delantero, en Acapulco perdí un sábado entero de mis vacaciones trabajando para lograr su propósito.

A los pocos minutos me habló su hija que vive en Orlando disculpándose, que su mamá estaba muy nerviosa porque extrañaba mucho a Roy. Por fin llegamos a un acuerdo: se regresaría dos días después, con un súper asiento. Sara también me habló y me pidió disculpas.

La convivencia con Roy me hizo muy feliz y fue para mí fue una gran aventura. Una tarde salimos a pasear al parque y me tocó ver, todavía con luz, una luna gigante, brillando de tal manera que parecía un sol.

Roy es el perro más gracioso, simpático y mejor educado que he conocido.  Tal vez Sara invirtió mucho en su entrenamiento, pero es justo decir que su encanto, su simpatía y su cara de azucarita son de nacimiento.

Ahora tengo la certeza de que no todos los perros se parecen a sus dueñas.

*Aficionada a la escritura, amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro.

TW: @BaradonEsther  / FB: Esther Baradon

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