Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente /I

El virus de la soledad y la resiliencia

“La estaba pasando tan mal por el covid que me puse a hacer memes de Bernie Sanders”

Por Alicia Quiñones*

Últimamente he recordado cuánto me dejó el teatro, el arte teatral. Quizás es una remembranza de una época en mi vida en la que, dada mi juventud, hacía lo que deseaba. Recordaba esa escena de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, en que la esperanza invade a Vladimir y Estragón después de escuchar un ruido que emergía de los arbustos.

Ese momento, el de la esperanza, mientras la vida transcurre y se va es la esencia o la visión del autor irlandés en esa obra. También recordé, del mismo Beckett, La última cinta de Krapp, y de El hombre que escuchaba. ¿En qué momento perdí este camino? Y entonces di play a esa canción de U2 que todas las mañanas escuchaba como un mantra. Ahora, visto en perspectiva, me encontraba echada en una cama mirando al techo. Todo tenía el mismo fin: la esperanza. El recuerdo de los anhelos y el momento en que se pierden.

Me había convertido en esa obra teatral o en ese deseo durante la pandemia. También recordé una obra titulada Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente, de Wadji Mouawad, un poema dramático basado en los mitos de Tebas. Recuerdo la puesta en escena como si la hubiera visto ayer en una gran producción de la Compañía Nacional de Teatro en 2009. Durante mi enfermedad por el Covid-19 pensaba en ella. Pensaba en que su nombre real debería ser “El sol y la muerte pueden mirarse de frente una sola vez”. Sentía que miraba la muerte de frente.

Todo comenzó un domingo. 10:00 p.m. Me sentía cansada. Respiraba y en mi pecho había un silbido. Alergia, pensé. Pero ya casi acaba enero. 24 de enero de 2020. No, esto no es alergia. Creo que tengo covid, pensé.

Dormí mal y, a la mañana siguiente, el plan era como el de cualquier lunes: despertar 6.30 y a las 7:00 en punto comenzar mi entrenamiento deportivo, juntas en el trabajo, muchos planes, cosas por hacer.

El domingo visité a mi abuela. No la había visto en meses, pero debía recoger un documento. Para verla caminé 5 kilómetros y solo en un tramo de 10 minutos tomé un taxi “por seguridad y para no correr riesgo con el virus”. Hice lo mismo de regreso. Estuve en su casa, comí con mis tíos, pasé a su recámara, me senté a menos de un metro de ella y jamás me quité el cubrebocas. Pero el virus ya estaba en mi cuerpo.

Los días pasaban y no tenía fuerzas para abrir una pastilla, no podía comer nada difícil de masticar y me movía lento. Durante tres días, los peores, cuando mi cuerpo comenzó a tener tanta inflamación y dolor comencé a asumir la muerte

El lunes me levanté y me preparé un café, como siempre. Volví a la cama por primera vez en mucho tiempo. Pensé que estaba cansada, que no podría hacer el ejercicio, cancelé una junta y hablé con mi directora, le expliqué que cada vez me sentía peor, que creía tener covid, que me sentía mal.

No podía hablar demasiado. Fui a hacerme una prueba. Solo éramos tres personas esperando las pruebas. Decidí hacerme la de antígenos y otra de anticuerpos. Uno de los jóvenes que estaba ahí relataba que tuvo contacto con un caso covid. Pensé, él sí tiene covid, yo no, esto es una mala broma, otra más de mis paranoias.

Tomé la muestra y, diez minutos después, me llamaron. “Salieron los primeros anticuerpos”, me dijo la enfermera. No sabía qué significaba. Me fui, y tres metros después me dije, pero qué es esto, y volví para preguntar qué significaba: “Anticuerpos IgM, asilamiento diez días”. ¿Tengo o no tengo covid? ¿Con qué se comen esos anticuerpos? —insistí.

—Sí, debe aislarse diez días, usted tiene el virus activo.

Mi corazón latió al mil por hora. ¿Qué hago? Empezaba a respirar cada vez peor. Mi abuela, mis tíos, mi compañera de piso. A ella le avisé de los resultados de inmediato y fue por una prueba. Negativa.

No estaba preparada para un verdadero aislamiento. Contacté a un doctor que me habían recomendado. Pasé por comida para unos días y avisé a las personas más cercanas y aquí comenzó todo.

No alarmé a nadie y esperaba mi cita médica para actuar conforme a sus indicaciones. ¿Debo avisar a mi abuela si la vi el día anterior? Tiene 90 años. ¿Cómo debo actuar?

Finalmente, el médico me dio cita. Solo estaba un poco más cansada. Llegué a la cita, revisó mis pulmones y mis vías respiratorias. “Apenas está empezando la infección. Llegaste a tiempo”. Fui fumadora por casi dos décadas, aunque soy fuerte y deportista. Afortunadamente, dejé el cigarro al inicio de la pandemia.

Salí del consultorio el martes por la noche con una enorme lista de medicamentos. El doctor me recomendó un tratamiento para mi abuela y mis tíos (uno de ellos diabético) y me indicó los pasos a seguir. Eran las 10:00 p.m. y comenzó mi búsqueda de su tratamiento. Logré conseguir el inmunoestimulador para ellos a las 12 de la noche; empezaba a ya no tener fuerzas y estaba doblada en un taxi de cansancio, pagando unos medicamentos y recibiéndolos desde el distribuidor.

Era como una misión imposible en una ciudad apagada por la pandemia. En el camino lloraba pero sabía que iba a salir de esta. “Eres sana y joven”, “Te necesitamos viva”, “Rezaré por ti”, “No te ves enferma…”. Escuché estas palabras de aliento y cada vez que las escuchaba era peor.

En la mañana del miércoles aun tuve que ir por todos los medicamentos restantes, logré hacerlo y volví a acostarme. La oxigenación iba y venía.

Aumentaba el dolor de cabeza, la inflamación del cuerpo, el dolor en las articulaciones. Noté que si me movía la oxigenación bajaba, así que decidí no moverme de mi casa, solo me levantaba a la cocina para comer algo e ir al baño desinfectándolo todo cada vez que lo hacía por lo que ir al baño o comer suponía toda una ingeniería. Olvidar el tenedor era el peor castigo porque no podía volver por él. Lloraba cuando esto pasaba.

Cada día mi nivel de movilidad era menor pero mantenía el ánimo, el sentido del humor y hasta hice un meme de Bernie que envié a mis colegas, pero hubo personas que ni se reían, ¿tan mal pensaban que yo estaba? ¿Cómo era posible que yo hiciera un meme? La estaba pasando tan mal que decidí reírme de Bernie Sanders. Cada día hablar era complicado; cada día mi fuerza era menos, mi cuerpo estaba hinchado. Había perdido gradualmente el olfato y el gusto, no me di cuenta hasta que lo recuperé.

Miraba el oxímetro, 91-93 y lloraba. Estaba aterrada. No me movía ni un milímetro con tal de no afectar mi oxigenación. 91-93 y comencé a rezar. Pensé que esto se pondría peor y comencé la búsqueda de un tanque de oxígeno sin decirle a nadie.

No era capaz de mirar las noticias ni de recibir ningún tipo de sufrimiento adicional ni estrés. Los días pasaban y no tenía fuerzas para abrir una pastilla, no podía comer nada difícil de masticar y me movía lento. Durante tres días, los peores, cuando mi cuerpo comenzó a tener tanta inflamación y dolor comencé a asumir la muerte.

Nadie entiende el padecimiento del covid hasta que lo vive: no puedes hablar, no puedes moverte, no puedes pensar con claridad.

Recorrí mi vida, empecé a planear lo que iba a pasar con mis cosas, con mis documentos, mi dinero, mi madre. Contrario a esto me despertaba en las madrugadas y decía “Voy a luchar, esto pasará”. Con el covid cada día es incierto y contestar un mensaje de WhatsApp puede resultar una tarea titánica. Sostener un teléfono era difícil.

Sabía que me iba con la satisfacción de haber sido rebelde y de haber amado al hombre de mi vida, pero ahora estoy aquí escribiendo estas líneas, alegremente. Aprendes a que cada día es distinto, cada dolor es distinto, cada día algo nuevo vendrá en tu cuerpo.

*Periodista y editora, fundadora de Diarios de Covid-19. Coordinadora para las Américas de PEN Internacional. Twitter: @aliciaquinones Facebook: Alicia Quiñones

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