Historias de una pandemia

No todo lo que sucede es covid

Devi Limay Tinoco Parrales – Acrílico / Nicaragua

Por Esther Baradón Capón*

Eran las seis de la mañana cuando nos despertaron los gritos desesperados de una jovencita pidiendo que llamáramos a la patrulla.

Ray y yo nos levantamos como tapón de sidra, sin entender de qué departamento provenían los gritos. De pronto empezamos a escuchar lo que parecían patadas sobre una puerta, cristales que se rompían, ruidos estruendosos como golpes sobre láminas.

Nos vestimos a la carrera, nos pusimos los cubrebocas, la careta, por supuesto los zapatos, y digo por supuesto porque en esta pandemia casi no los uso.

Salimos a toda prisa y en ese preciso momento bajaban como tromba por las escaleras cuatro jóvenes, entre ellos una jovencita. Corrían en dirección a la salida del edificio y detrás de ellos un joven gordito que se siguió hasta el descanso frente a la puerta de mi departamento. No reconocí a nadie

Ray siguió a los jóvenes que en ese omento ya se encontraban junto a la puerta del edificio. Se alegraron de verlo y le suplicaron que les permitiera salir.

Ray quería entender qué era lo que estaba pasando y antes de abrirles trató de indagar en qué departamento se encontraban antes de salir corriendo. Como respuesta unos decían un número, otros uno diferente.

Mientras tanto yo me encontraba afuera de mi puerta, escuchando al otro joven que se veía muy nervioso y asustado. Me relató, sin decir el porqué, que lo habían encerrado en el baño y que alguien le sacó un cuchillo, que por favor no me moviera de su lado, que se iría en cuanto los otros muchachos se hubieran alejado. Me contó que venía de provincia y que se encontraba en la ciudad por lo de una convención, pero no me dijo de qué y yo, por estar en un estado de shock, no se me ocurrió preguntar.

Ray estaba en las mismas. Los jovencitos no le explicaban nada, solo le rogaban que los dejara salir. Finalmente les abrió. La chica se subió a una moto que ella misma manejó, los chicos se subieron a sus respectivos autos.

Cuando ya no quedaba rastro de ellos, le abrimos al otro joven y se alejó caminando.

Había amanecido. Regresé a la cama, pero por la excitación de lo vivido me fue imposible conciliar el sueño y decidí salir a lavar el auto. Estando en eso salió Carlos mi vecino y me preguntó si me había dado cuenta de todo lo que había ocurrido durante la noche. Le respondí que solo lo sucedido en la madrugada y le hice un breve resumen.

Resultó que él tenía más información que yo, ya que todo sucedió en el departamento que estaba junto al suyo.

Me relató que desde la medianoche empezó a escuchar las voces de varios jóvenes. Muy al principio parecían divertidos por las risotadas, las voces alegres. Todo apuntaba a ser una reunión muy tranquila, por lo que se retiró a dormir logrando conciliar fácilmente el sueño.

A las seis de la mañana se despertó sobresaltado y escuchó que coreaban “beso, beso…”, y la voz de alarma de una jovencita repitiendo “no, no por favor llamen a la patrulla”.

También escuchó que encerraban a alguien que pateaba una puerta gritando “¡ábranme la puerta, por favor!” y objetos de cristal cayendo. Finalmente liberan a la persona y todos salen corriendo por las escaleras. Es ahí donde nuestros relatos se engarzan.

Durante un rato especulamos si se habían cruzado con alguna droga, si solo habían tomado o si habían querido violar a la chica. Llegamos a la conclusión que nunca nos enteraríamos.

Al terminar de lavar el coche fui a visitar a mi hija. De regreso en casa, Ray me contó que Carlos el vecino lo invitó a tomar un café para conversar sobre lo sucedido y que al llegar al descanso frente al departamento del vecino se impresionó de ver el departamento contiguo con la puerta abierta sin nadie adentro y el suelo lleno de cristales rotos.

Ray tocó a la puerta de Carlos para avisarle y en ese momento escucharon que alguien subía las escaleras y apareció la dueña del departamento ultrajado. El rostro de ella adquirió una expresión entre asombro, dolor e incredulidad al darse cuenta de que la puerta estaba abierta y que no había nadie adentro.

Los tres se quedaron callados por unos instantes. Ray no hallaba qué decir y fue ella la que rompió el silencio preguntando qué había ocurrido.

Después de escucharlos, ella les explicó que estaba ahí porque venía a buscar la llave que le iba a devolver el joven al que le rentó en Airbnb. Les agradeció su amabilidad y sin decir más entró a su departamento cerrando la puerta tras de sí.

Todo esto sucedió estando la Ciudad de México en semáforo rojo. Es claro que no todo lo que sucede en pandemia es covid.

*Aficionada a la escritura, amante de las artes, la música, la fotografía y el teatro.

TW: @BaradonEsther  / FB: Esther Baradon

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