Homenaje a don Pepe Vargas, poeta peruano y promotor cultural

Foto Facebook: José Guillermo Vargas Rodríguez

Por Irene Selser

En estos días falleció a los 83 años el poeta, editor, promotor cultural, académico y periodista José Guillermo Vargas Rodríguez, más conocido como Pepe Vargas (Chiclayo, Lambayeque, Perú, 1938-2021). Doctor en Letras y comentarista de literatura en periódicos y revistas, fue fundador de la Casa del Poeta Peruano, una entidad de apoyo y difusión a la creación literaria con decenas de filiales dentro y fuera de Perú. La Casa del Poeta Peruano tiene su propio sello editorial, Maribelina, con más de cien títulos publicados y su vocera es la revista tamaño tabloide Olandina, con más de dos décadas de vida. También creó la señal digital Olandina TV, un espacio para compartir el arte, la cultura, la literatura y, en especial, la poesía.

Con decenas de galardones locales e internacionales y traducido a varios idiomas, entre sus poemarios figuran Hoyuelos (Lima, 1976), Mañana es Setiembre (1983), Como años esculpidos (Antología personal, 1995), Canto Lascivo (Poesía erótica, 1998), Squerzos y cantábiles (2009) y La seducción de los geranios (2012), entre muchos otros. 

Desde la ciudad israelí de Iriam Natanya la poeta colombiana Bella Clara Ventura, amiga y discípula del maestro y quien acaba de publicar su novela El amor en los tiempos del coronavirus, escribió el 24 de febrero estas líneas a modo de homenaje en su página de Facebook, mismas que ahora comparte con Diarios de Covid-19, que incluye dos poemas del autor:

“Se me han muerto dos amigos entrañables que quise y admiré mucho. Son ellos Héctor Corredor de Colombia a quien le hice un poema resaltando sus méritos. Hace un mes más o menos tomó el rumbo de la eternidad y ayer Pepe Vargas del Perú, un gestor cultural de altísimo vuelo. Con él y sus gestiones culturales pude conocer bien el Perú, país que llevo en el alma. Sus ciudadanos son mis hermanos y siempre me sentí muy bien recibida y aplaudida por su gente, inclusive por los niños en los escenarios escolares donde me llevó tantas veces mi hermano Santiago Risso para hacer presentaciones. El Perú me vio crecer y también crecer mi poesía. Era un estímulo enorme para mí cada vez que me invitaban a diversas zonas. Inclusive me nombraron madrina de la biblioteca de Huari. También muchas y muchos de mis grandes amigas y amigos estuvieron presentes en tan bellos eventos. Son sitios maravillosos para crear afectos y poder entregar la palabra. Debo reconocer que en Perú siempre fui muy feliz. Y tantas veces me hospedé en casa de Pepe Vargas. Me sentía parte de su familia en todo momento. Pierdo ahora un miembro de mi familia y deseo que en paz descanse y que sus parientes y cercanos podamos superar esta dura prueba, al recordar la valiosa obra que deja. Se le conmemorará con amor infinito y con las palmas que su vida mereció. Mi sentido pésame a la colectividad cultural del Perú y a sus allegados, que fuimos muchos y muy internacionales. Este covid ya debe desaparecer del planeta. La mejor manera de erradicarlo es de vacunarnos todos. Y vacunar también contra el odio que se tienen algunas personas y algunos pueblos. Que entendamos que la vida es para amar.

Es la séptima novela de la autora Bella Clara Ventura y fue publicada en 2020 por la editorial española Sial Pigmalión. Foto: Ángeles Castillo

“¡Viva la obra de Pepe! Y si ayer lloramos su silencio definitivo, sabremos romperlo con los buenos recuerdos que acuden a nuestra mente. Buen viaje, amigo querido. Y como me escribió tu amado hijo Rino, no estás sólo de viaje, pronto regresarás a nosotros con tu sonora carcajada y tus faros puestos sobre nuestra obra. Atentos estamos todos a seguir tu aliento, que jamás desfalleció para fomentar la cultura y a sus poetas.

“Gracias, Pepe, Pepillo nuestro. Las remembranzas harán revivir tus hazañas. ¡Tantas y tantas! Hasta luego, amigazo…. Desde las nubes te veremos sonreír y hacernos guiños de bondad, como los que siempre nos entregaste.”

El lar envejecido

Mi casa se envejece por las tardes:
Gente extraña escala las paredes
y extermina el último árbol que me queda.
Los pájaros ignoran el motivo de la tala
y me cierran el pico y sus gorjeos.

Mi casa se entristece y llora.
Las paredes en ángulos obtusos
se resisten a mojarse
con el zumo de mis versos;
cálidas espinas viajan por mis libros
y asesino en los rincones
las camadas de serpientes.

Yo que canto siempre al Sur de mis designios,
siento miedo tomar mis pasos hacia el norte:
Todo ahí es irrescatable y la soledad arrecia
en las magnolias secas del jardín.
Los ojos tristes que ayer rezaron aleluyas,
me miran con desdén y bonhomía…

Tal vez por eso mis manos se resistan
A grabar la cartilla de mis hijos.
Pues queda la salmodia en mis oídos
y sus tiernos deletreos del primer abecedario.

Abro mis ventanas en busca
de rostros que adornen los retratos,
y se burlan por ser un soñador
mendigo lujurioso de ilusiones.

Apago el pebetero por si errante mariposa
se introduzca a la jaula de mi pecho.
Las manijas del reloj avanzan timoratas.
Ellas saben:
Nadie viene a una casa que envejece.
Mi casa se deforma por las tardes.
Tuerto, avieso, ahíto cual ladrón,
escondo palos, piedras y huaracas:
mis lunas y espejos los pongo a buen recaudo,
sólo así me invade extraña sensación
de inventar un cuento nuevo y narrarles a mis hijos
el porqué los lamparines se apagan en otoño
y por qué el folio inicial de la bitácora
espera a una estrella titilante en su confín.
Mi casa se encanece por las tardes;
me deprimo en este juego de caínes y abeles
y es inútil pintar de verde mis paredes.
Mi mujer ajena a todo el descalabro,
relee piadosa la primera carta de amor
que le expidieran…
Me exaspero, lloro y me rasguño.
Soy una serpiente que mordiéndose la cola,
Se huye y se persigue en los tumultos.

Mi casa:
¡Cuánta pena tengo en esta casa!

La carta escrita sobre el viento

Redactar la carta sin ruta concebida
y esperar sonar el pétalo al fondo de la poza;
transitar por calles empedradas
y oír el restañar de voces entrañables.
O mejor: cerrar detrás de mí
la puerta de octubres desgarrantes.
Ver el río turbio azás de cieno y heces
o engañar a mis magnolias
que todo ello fue azar del tiempo
y la venganza.
El Cronos generoso
enfermó de olvidos / o retardos
y aún me arrulla entre sus brazos
el reloj y sus manijas.
El olor de las cloacas
es persistente y me envenena.
El corazón terco entre las brumas,
escribe cartas sobre el viento.
Esperar algún gorrión sin ruta concebida
y llorar de esperanza
a la entrega de esta carta.

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