Los trinos al amanecer

Foto: Gabriela Arellano @gabixuela

Por José Luis Enciso*

Esa mañana Ágata no vino a despertarme como lo hacía a diario a las 5:00 am. Siempre trepaba a mi pecho, aún yo dormido y maullaba en mi cara mientras con sus garritas intentaba descobijarme. Su ritual inexorable me arrancaba del sueño para que la acompañara al baño y le abriera la llave del lavabo, que lengüeteaba hasta saciarse. Yo me envolvía de nuevo entre las sábanas y ella me dejaba en paz, pero a esa hora comenzaba el escándalo de los pájaros: sus chirridos se escurrían hasta mi recámara y yo los imaginaba brincoteando con un aire de falsa inocencia en las ramas de los árboles callejeros. Era imposible dormir nuevamente al oír su desquiciante coro de trinos, por lo que esperaba con la almohada sobre la cabeza a que sonara mi despertador, a las 6:30 y me levantaba de la cama, casi siempre de mal humor. Aquel amanecer no fue así. 

Dormí de un tirón hasta que el despertador sonó. Mi gata no estaba ni encima de mí ni cerca siquiera. Estaría en la zotehuela, pensé en ese momento, ocupada en cubrir con arena sus apuros mañaneros. Me desperecé entonces con la calma y con la soberbia del insomne que entiende su despertar como una victoria. Antes de prepararme el desayuno llamé a mi gata. Con el plato de croquetas en la mano la busqué y no pude hallarla. Mi apartamento es cerrado y muy pequeño, con un patio interno no mayor a diez metros cuadrados, techado con acrílico traslúcido y una ventila que funciona mejor de adorno. Apenas una rendija de pocos centímetros deja pasar agua cuando llueve y es insuficiente ante la gordura de mi pequeña Ágata.

Aun así, salí a buscarla al patio compartido de la vecindad. Nada. Luego subí a la azotea y ahí encontré a una de mis vecinas, la guapa. En vez de saludarme preguntó si no había visto a su gato (yo no sabía que tuviera uno). Le respondí con una negación sin voz y me pareció que la oportunidad que tanto había aguardado para hablarle llegaba en mal momento, porque el encuentro fue chocante: ambos estábamos ansiosos por dar con nuestra respectiva mascota. Ya habrá ocasión, pensé.

Pregunté a más vecinos, salí a la calle. De nuevo nada. Me largué después a la oficina sin bañarme sospechando de forma estúpida que alguien había entrado a casa durante la noche y se había llevado a mi gatita, pues todos tenemos enemigos aun sin saberlo. 

No di pie con bola a ninguna hora de aquel día, estuve ido en todo momento. Así me sorprendió Laura, una becaria estrambótica de pelo amarillo haciendo un cartelito con la foto de mi Ágata y un ofrecimiento de recompensa. Llorosa me dijo que también sus tres gatos se habían esfumado. 

El hecho no sonaba a una casualidad. Y no lo hacía porque todos los dueños de gatos tendemos a desarrollar un sentido que nos une, y ese sentido nos hacía sospechar algo en verdad terrible. 

Laura y yo preguntamos a otros acerca de sus michis y la historia se repitió: nadie los había vuelto a ver. Figuramos, entre todos, algunas hipótesis que nos ocuparon más que nuestros pendientes y urgencias laborales. La mía fue refutada porque nadie se creía que un escuadrón de la muerte, integrado por malparidos, hubiera podido limpiar la urbe de los felinos actuando inadvertidamente. Imposible, dijeron los demás.

 Y viendo la relevancia universal del hecho que nadie se hubiera imaginado antes, comprendimos que ya nada sería igual a partir de entonces. En televisión, en radio, en internet no se hablaba más que de la desaparición de los gatos. Decenas de personas daban testimonios inverosímiles: que habían sido platillos voladores los que se los habían llevado; que alguien había visto cómo esos bichos se convertían en pájaros y huían de la Tierra; hasta hubo uno que juraba haber presenciado, a cierta hora del amanecer, una larga fila de gatos con rumbo al norte, hipnotizados por algo o alguien, acaso un flautista inspirado en el de Hamelín. Y tuve que hacerme a la idea de que nunca volvería a ver los ojitos siderales de mi Ágata hermosa, a sentir su pelito blanco, negro y aleonado ni sus garritas sobre mi pecho despertándome a las cinco de la mañana. Desde ese momento, el mundo me gustó menos y entendí: lo que de él quedaba ya no duraría mucho. 

Al día siguiente, mi despertador sonó como siempre a las 6:30 am. Todo parecía inalterado con la luz y los ruidos habituales de cada mañana, salvo porque no escuché un solo trino, ni siquiera un chirrido o algo que sonara igual a un aleteo. Me asomé a la ventana: los árboles de la calle, más solos que nunca, parecían mecerse, molestos por su abandono, de un modo idiota y siniestro.

*José Luis Enciso es escritor y asesor en temas editoriales. Una versión previa de este cuento apareció en el libro El amor antes y después del final del mundo (2015). Esta es la versión definitiva. Blog del autor: https://bitacoradenaufragios.wordpress.com/

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