¿A dónde se ha ido tanto llanto?

Por Adriana Esthela Flores*

Panteón Municipal Xico, Valle de Chalco, Estado de México. Foto: Luis Barrón

Para ti lo infinito 
o nada; lo inmortal 
o esta muda tristeza 
que no comprenderás… 
La tristeza sin nombre
de no tener que dar 
o quien lleva en la frente 
algo de eternidad…
Deja, deja el jardín…
no toques el rosal:
las cosas que se mueren
no se deben tocar.

(Dulce María Loynaz, “Eternidad”)

Qué diablos decir cuando no se tiene más que decir, qué palabras pueden reemplazar todo el consuelo que cabe en un abrazo, a quién reclamar mientras la tierra y flores blancas van cayendo sobre el féretro, con quién llorar a grito abierto, sin freno ni contemplaciones?

Pienso eso cada vez que me entero de las vidas que se ha ido llevando la pandemia desde el año pasado y que han convertido a este mundo en una enorme colectividad de dolientes, en un funeral que parece interminable.

Cuando escribo esto a sugerencia de la extraordinaria, paciente y  rigurosa Irene Selser, el mundo ha registrado 2 millones 384 mil 922 muertes por covid, según el conteo de la Universidad Johns Hopkins.

Cada unidad de esa cifra, pronunciada en menos de diez segundos, ha significado una llamada, un mensaje en watsapp, un moño negro en feisbuc, un recuadro negro, como gritando contra la muerte, en tuiter, un llanto vía telefónica porque estamos en confinamiento, porque estamos lejos, no podemos viajar, que hay semáforo rojo, que no podemos ir a misa porque las restricciones, que no habrá velorio porque está prohibido, que no podemos ir a ningún lado porque así lo pidió la familia, que son cenizas, será breve.

Y es entonces que el dolor llega como un golpe que te aturde, te deja ahí nadamás, de pie en medio del cuarto sin saber qué hacer, qué sigue, qué se dice, adónde se corre, te deja pasmado frente a la computadora con las narraciones de las que no quisieras enterarte o los perfiles que sabes en qué terminarán, “fuiste un gran padre, una gran hermana, una abuela extraordinaria”, o los de “a nombre de la familia tal les extendemos nuestro agradecimiento por sus oraciones para….”.

¿Qué se dice, qué diablos se dice?

En tiempos de pandemia, las redes sociales funcionan como obituarios electrónicos y la gente participa en velorios digitales enviando abrazos con palabras o imágenes, con la sana distancia que en esos momentos se vuelve tan odiosa.  

No hay gritos compartidos ni el llanto que haga retumbar una fosa. No hay ese dolor sordo que sale del estómago, como el que le escuché alguna vez a un campesino michoacano que gemía al lado de la tumba de sus familiares asesinados. Se siente feo aquí dentro, me dijo después, mientras yo intentaba garabatear alguna línea en mi libreta de reportería.

¿Dónde queda la herida colectiva, a dónde se van tantas lágrimas juntas? Hablaba sobre eso con un destacado compañero camarógrafo, con quien cubrí numerosos hechos de violencia  durante los años de la fallida guerra contra el narco y quien me afirmó que, en esta pandemia, veía el duelo más duro que aquellos episodios de asesinatos y masacres. Su conclusión era sencilla: “Allá, al menos, podían ir a llorarles”.

“La pandemia está provocando un incremento de la demanda de servicios de salud mental. El duelo, el ‎aislamiento, la pérdida de ingresos y el miedo están generando o agravando trastornos de salud mental. ‎Muchas personas han aumentado su consumo de alcohol o drogas y sufren crecientes problemas de insomnio ‎y ansiedad”, describió la OMS en un informe publicado en octubre de 2020 acerca de las perturbaciones en los sistemas de salud que ha provocado la emergencia sanitaria en la mayoría de los países del mundo. “Efectos devastadores”, indica el pronunciamiento de la organización internacional.

Llegaré el momento en que inicie el período de la recuperación, que en este contexto se sentirá como un episodio de posguerra. Entre las señales de optimismo resaltan las vacunas, la reducción en ingresos a hospitales, el relanzamiento económico y esa terminología y hechos que sonarán venturosos y seguramente lo serán, aunque las ausencias se queden tatuadas, testimonio de nuestra permanente fragilidad.

*Reportera, cronista y poeta originaria de Monterrey, Nuevo León. Directora de Diarios de Covid-19.

E-mail: adriana.esthela@gmail.com, diariosdecovid@gmail.com

Facebook: Diariosdecovid19 / Twitter: @adrianaesthela

Publicado por adrianaesthela

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