MIRADOR VIRAL

Los días y las sombras

Por Irene Selser*

a Alicia Quiñones, Pura López Colomé, Beto Darszon y Sisi Rodríguez Mendoza

«… ni basta la ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir.  (…)

“La noche oscura”, San Juan de la Cruz

MI ABUELO ROBERTO VENTURA VERAZZI
MI ABUELA BEATRIZ EMILIA PRANDO
Quisiera ser

Quisiera ser de ti niña bonita
El esclavo más fiel y preferido,
Un esclavo al cual tú le permitas
Ofrecerte su pecho, como nido.
 
Quisiera ser de ti joven hermosa
La cabellera que ondea por tu frente,
Para posar en tus mejillas rosas
Los versos de mi amor puro y ferviente.

Quisiera ser espejo en el cual mires
Reflejarte tu imagen a tu antojo
Para empañarme, cuando tú suspires,
Para mirarme en tus divinos ojos.

Quisiera ser las pupilas de tus ojos
Por los cuales perdí hasta la calma
Para saber los secretos a mi antojo
Que llevas para mí dentro del alma.

Quisiera ser la imagen q’ el recuerdo
Lleva a tu mente con febril anhelo,
Para hablarme a tu lado como un siervo,
Q’ en el sufrir te sirva de consuelo.

Quisiera ser el ángel de tus sueños,
El alma de tu alma enamorada,
Para saberme así único dueño
Del ideal que mi mente se forjara.

Quisiera ser, en fin, algo por cierto
Que me hiciera la vida más feliz;
Quisiera ser, en fin, yo tu Roberto
Para poder llamarte mi Beatriz. 

Así dicen los versos escritos en 1916 por mi abuelo Roberto Ventura Verazzi, un argentino amable, guapo y seductor de ascendencia italiana como claman sus apellidos, el amor de la vida de mi abuela Beatriz Emilia. De ellos nació en Buenos Aires mi mamá, Marta Ventura Prando.

Beatriz llegó al mundo el 17 de junio de 1897 (géminis inquieta como mi hija Camila), seis meses después que mi abuelo. Roberto murió de apenas 38 años, en diciembre de 1934. Mi madre, que había nacido el 25 de enero de 1923, quedó huérfana a los 11 y mi abuela viuda a los 37. Ella le fue fiel a su esposo durante 42 años: murió el 1 de marzo de 1976 a punto de cumplir 79 y lo buscó literalmente hasta el último suspiro ya que antes de expirar en la cama al cabo de varios días en coma, murmuró con una sonrisa de felicidad en los labios mientras yo la observaba con la boca apretada de lágrimas: “Roberto, al fin te encuentro…”. De no haber sido porque falleció en esa fecha, 23 días antes del golpe de Videla, mis padres y sus hijas no hubiéramos podido abandonar la Argentina, donde la represión militar haría estragos contra cualquiera voz opositora. Pero hasta en eso fue gentil mi hermosa y buena abuela Beatriz.

MI MAMÁ MARTA BEATRIZ VENTURA PRANDO

El poema de mi abuelo lo hallé en una libreta a rayas de tapa dura color negro como la que solían usar los almaceneros –y que hoy cuestan carísimo en Office Depot. Mi abuelo era aficionado a la poesía y tenía una cigarrería. (Paradojas de la vida, murió de cáncer de pulmón sin haber probado nunca un solo cigarrillo). La libreta en cuestión estaba guardada junto a otras pertenencias de mi mamá adentro de su ropero, en la misma habitación donde ahora duermo en casa de mi hermana Gabriela en Managua, adonde viajé en diciembre pasado sin saber la dimensión de catástrofe que poco después alcanzaría la pandemia en la Ciudad de México.

De haberlo sabido, no sé si hubiera dejado a mi hija Bárbara. Pero ahora hasta ella me pide que no regrese aún, cuando mis amigos y amigas me reportan a diario el contagio o inclusive la muerte de alguno de los suyos –una hermana, un padre, una madre, una abuela, un colega, un amigo–, mientras el presidente López Obrador pasó un año alimentando la inconsciencia colectiva al negarse a utilizar un cubrebocas y minimizando la gravedad de la peste en cada una de sus declaraciones. En ese país que también es el mío y el de mis hijas, ¿cuántos muertos se habrían evitado –sin contar los que ahora mismo están muriendo y los que partirán– si López Obrador se hubiese despojado de su vana hombría, la misma que intentaron mostrar su amigo Donald Trump y el brasileño Jair Bolsonaro, y hubiera decretado el uso obligatorio de la mascarilla? Pero no. El machismo no debe ser molestado… aunque caminemos por encima de los muertos y al cabo de los meses ellos tres (Bolsonaro, Trump y AMLO) terminaran contagiados de covid. No le deseo mal a nadie, pero francamente no se vale…

                                                           ++++++

En el instante en que escribo estas líneas, domingo 24 de enero, me acabo de enterar de la muerte por covid del fotógrafo mexicano Víctor de la Cruz, del diario de análisis político Buzos de la Noticia (https://www.buzos.com.mx/). Víctor de la Cruz fue uno de los primeros colaboradores de nuestra revista digital Diarios de Covid-19 (www.diariosdecovid19.com.mx) y participó con impactantes reportajes gráficos sobre los entierros en el panteón de San Isidro, las sanitizaciones en las calles de la Ciudad de México y las protestas en el Zócalo capitalino por las víctimas de la pandemia. Descanse en paz Víctor Manuel de la Cruz Martínez.

En abril los Diarios de Covid-19 cumplirán un año gracias a la idea original de Alicia Quiñones para dar cuenta de los estragos de la pandemia en México y el mundo, y de Adriana Esthela, su directora. Más de cien colaboradores entre fotógrafos, poetas, narradores, pintores, psicólogos, músicos y cantantes de distintos países y continentes han hecho posible esta revista que está llegando a los 45.000 lectores, según el conteo del portal Word Press que nos alberga.

Por cierto, la invitación a publicar está abierta sin restricciones a todos aquellos y aquellas que deseen compartir sus vivencias, enviándonos sus colaboraciones a diariosdecovid@gmail.com

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Escribo estas líneas mientras circula el aire fresco de la mañana en casa de Gabriela, con las ventanas siempre abiertas como en el resto de las viviendas de Managua a causa del calor tropical. Según los especialistas, esta sería una de las razones por las cuales el covid no ha impactado tan duro en Nicaragua como se temió al principio, aunque los médicos dicen que ya llegó la segunda ola ocasionada por las fiestas decembrinas, cuando el gobierno alentó a los nicas a salir a las calles y aglomerarse para recibir con algarabía el Año Nuevo…

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Sin fecha de regreso, trabajo a la distancia corrigiendo libros de cuentos, de poesía o relatos, ensayos de expertos o testimonios de vida que autores y autoras de distintos países nos envían junto con su confianza. Hace dos años creamos con Gabriela el servicio de Edita Express (edita.express@yahoo.com) que ahora –virus mediante– incluye el acompañamiento vía Zoom.

He descubierto un placer genuino en ayudar a las y los autores a limpiar de maleza sus escritos. Ellos y ellas se sienten entusiasmados con el resultado y agradecidos por el sigilo propio de un psicoanalista, ya que como editoras solo pedimos el crédito a nuestro trabajo en la página legal, pero nunca revelamos a quién le debimos subsanar la abundancia o escasez de comas, un acento extraviado en el camino, los infaltables gerundios fallidos –¡tan penalizados en la literatura!– o la sintaxis misma para que las palabras respondan a su orden y vibren así de sentido. Me causa legítima alegría ver surgir de entre el zarzal de fonemas un texto finalmente limpio, como el capullo de una flor. Las editoras también somos jardineras como el Principito y sus baobabs.

Y aunque el sol de Managua te levanta antes de las 6:00 am, leo hasta tarde después de ver las noticias en CNN y alguna serie novedosa en Netflix. Voy por la página 228 de Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga, no por nada Premio Alfaguara de Novela 2020. Espeluznante su narrativa, como toda su obra, con personajes extraídos de cualquier esquina. Sus escritos salpican “sudor, sangre, semen, vida, muerte” y sus frases “muerden, arañan, rasgan” como dice uno de sus personajes al hablar del reo devenido escritor, José Cuauhtémoc Huiztlic, el protagonista de la historia, condenado a 50 años de cárcel por homicidio múltiple. Nunca me podría enamorar de JC, aunque sí Marina, la adinerada coreógrafa cuya vida convencional va a sucumbir ante una atracción prohibida. Sin duda un libro atroz y fascinante del también productor y director cinematográfico, considerado como uno de los cien mejores escritores de cine de la historia gracias a Amores perros, 21 Gramos, Babel y Los tres entierros de Melquíades Estrada. Con Amores perros debutó como director en 2000 Alejandro González Iñárritu, otro grande de México, siendo también lo suyo contar historias sobre la condición humana, bastante destartalada.

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Antes de Arriaga leí con fruición Como polvo en el viento, recostada en la misma cama en que mi mamá dormía en el lindo espacio que Gabriela le construyó junto a un árbol de mandarinas, en el fondo de su jardín, cuando Marta vino a vivir a Nicaragua después de la muerte de papá y tras concluir luego de 14 años su propia obra cumbre: ordenar cerca de 2.5 millones de documentos y artículos de prensa con la historia del siglo XX en América Latina y el mundo, un acervo que fue la principal herramienta de trabajo de Gregorio Selser como periodista e historiador, y que desde hace más de una década tiene vida propia al servicio de decenas de alumnos y profesores gracias a la maestra Beatriz Torres, creadora y responsable del CAMeNa/”Biblioteca Gregorio y Marta Selser”; un magno archivo ubicado en el plantel Del Valle de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Por cierto, todos saben cuánto amó mi padre a Nicaragua y su historia de lucha, aunque ahora no la podría reconocer…

Mi mamá pasó feliz los últimos nueve años de su vida entre limoneros, árboles de jazmín, mansos gatos y perros adorables –cómo no sentirme bienaventurada con estos ángeles con cola, Sofi, Luna, Olivia, Malibú, Bendi y Anita– y un chocoyo de nombre Pepe, que hace 10 años se cayó de alguna rama siendo bebé y se rompió el piquito y un ala. Durante el día Pepe come y vigila el devenir del mundo desde una jaula espaciosa afuera de la ventana de la cocina, y a las 4:00 pm empieza a chillar para que lo regresen a otra más pequeña, para dormir cubierto hasta las 7:00 am –¡15 horas de sueño el verde durmiente!– cuando vuelve a pedir que lo saquen. Pepe tiene un carácter difícil y solo si él quiere puedes acercarte a preguntarle cómo está. Aunque seguramente te aceptará feliz si llegas con una galleta dulce o una cucharada de lasaña o espagueti, aunque no les puede faltar el queso rallaado…

Este 25 de enero mi mamá cumpliría 98 años. Esto será mañana, si bien en la edición del 30 de enero de los Diarios… estas líneas ya serán pasado.

MAMÁ ENTRE FLORES, EN MANAGUA

Adornaremos su foto vestida de azul con un ramo de flores frescas, un paquete de los multicolores M&M’s, ¡sus preferidos! y un vaso grande de Coca-cola como tanto le gustaba. Murió a los 92, dos años después que mi hermana Claudia. Varias veces me dijo: “No es posible que una madre viva más que su hija…”. Creo que no se lo perdonó a ella misma.         

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A propósito de Como polvo en el viento iba a decir que después de leer de un tirón sus 669 páginas –por tres menos eran 666…– me he convencido de que soy un personaje de Padura. Quizás Adela, la joven neoyorquina de ascendencia cubana, o tal vez la loca de Loreta, su mamá, cubana renegada, que ni era loca ni se llamaba así. O mejor la estable y consecuente Clara –¿alter ego de Leonardo?–, aferrada al hogar familiar de Fontanar como las raíces a un árbol.

Pero en realidad no importa a cuál de sus personajes me parezco. Soy una de ellos, aunque el habanero de 65 años todavía no lo sepa.

Con Padura, el creador del detective Mario Conde y su perro Basura II –¿y si fuera yo el Basura?–, comparto cada frase sobre la asfixiante realidad cubana y también su definición de patria: “Mi patria es una casa y un barrio”, aunque el suyo sea el desvencijado Mantilla y el mío, el primero y más querido, Buenos Aires (ya sé que no es un barrio, pero mi mano así lo acaba de dictar).

*Periodista, editora y traductora. Miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (Ametli). Editora de Diarios de Covid-19.

E-mail: diariosdecovid@gmail.com / FB: Irene Selser

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