Maldito virus, me quitaste a mi padre

“Mi papá Gerardo Bonilla Hernández falleció el 16 de mayo y seis días después mi abuelita, de tristeza.” FOTO: ESPECIAL

Por Lesly Bonilla S.*

Han pasado ocho meses desde que te fuiste y aún sigo sin creerlo. Mi padre pertenece a las cifras mortales que dejó la pandemia en México.

Todo inició el 2 de mayo. Llegué de trabajar y lo veo acostado en su cama, me dice que se siente un poco mal. Envío un mensaje de texto con la palabra “covid19” al 51515, como indican las autoridades. Me dicen que probablemente tiene coronavirus. Hablo al 911, le realizan una videollamada y le preguntan: “¿Cómo se llama?, ¿qué edad tiene?”. También, si sus uñas o sus labios están morados. Él responde todo correctamente. Se mira sus manos y responde que no. Le dicen que estará bien y cuelgan. Pero pasan las horas y yo lo veo igual.

Mi mente daba mil vueltas y me resistía a creer que siendo entonces miles de personas las afectadas, por qué el maldito virus tuvo que llegar a mi hogar. 

Entonces mi hermano lo llevó con un doctor privado, le dio que sólo tenía una infección. Le mandó medicamentos y lo regresaron a casa. Dejamos pasar dos días, mi hermano  lo vuelve a llevar al médico y le comentaron lo mismo.

El gobierno repetía #QuédateEnTuCasa, no vayas a los hospitales y eso hicimos. Estuvimos en casa, aunque mi padre padecía de fiebre y dolor de cabeza.

Busqué dónde le podían realizar la prueba, marqué a varios números y me dijeron que no había turno hasta dentro de tres o cuatro días, además de que el laboratorio estaba muy lejos de casa. Finalmente encontré uno donde le realizarían la prueba viniendo ellos a mi hogar, pero se tardarían dos días, dijeron. Acepté.

Pasaban las horas y lo veíamos igual, por lo que mi mamá y mi hermano decidieron llevarlo a un hospital de la Marina. En la entrada preguntan si tiene covid, aún no lo sabíamos. Nos dicen que si no tiene el virus se podía contagiar ahí y lo regresan a casa.

Es una gran angustia y una desesperación ver a un ser querido enfermo y no poder ayudarlo, ninguna autoridad o medio de comunicación te decían que tenías que comprar un oxímetro y que el virus ocasionaba neumonía, por lo que era importante la revisión de un neumólogo y que se debía comprar un tanque de oxígeno. Sólo repetían que los hospitales estaban todos contagiados…

Llegó el martes 5 de mayo, día en que le realizarían la prueba. Se tardaran otros dos días en darnos los resultados. Ya que llegaron no sabía cómo interpretarlos. Llamé al laboratorio y me dicen que sí tiene covid. Tampoco sabíamos dónde internarlo. Me dicen que lo lleve al Hospital 20 de noviembre, que supuestamente es el nosocomio mejor equipado, pero al llegar no había una silla de ruedas en la entrada así que mi padre tuvo que entrar caminando agarrado de mi brazo porque ya estaba débil. Recuerdo perfectamente, era 7 mayo.

Tristemente mi padre ya iba muy bajo de oxigenación y no lo sabíamos. Pero fue él que nos indicaba a mi hermano y a mí cómo llegar al hospital, porque nunca llegó una ambulancia. Jamás me imaginé que ese día sería la última vez que lo vería con vida.

Estuvo ocho días intubado, falleció el 16 de mayo, el peor día de mi vida. No había lugar en ninguna funeraria, me lo entregaron tres días después. Sólo pudimos verlo desde un vidrio unos cuantos minutos, se veía como si estuviera dormidito. Siete horas después me lo entregaron en una cajita café con su nombre Gerardo Bonilla Hernández, con fecha 16 de octubre de 1964 a 16 de mayo de 2020.

Seis días después murió mi abuelita de tristeza al no soportar que su hijo se hubiera ido. Dos pérdidas en tal solo unos días. Maldigo mil veces, me siento culpable, me siento triste, no entiendo por qué Dios nos castiga.

Ya estamos en 2021. Leo, escucho y veo que las familias están viviendo lo que yo pasé hace ocho meses. Todo sigue igual o peor. Mi madre sigue muy triste, necesita tomar antidepresivos, mi hermano lo veo con los ojos hinchados porque llora todas las noches y yo aquí rogando a Dios que me permita verlo en sueños.

Pienso que las más de 150 mil muertes en México se pudieron prevenir si desde el principio el gobierno hubiera obligado a usar el cubrebocas y decirnos que sí teníamos que ir de inmediato a un hospital y recalcar que era muy importante medirse la oxigenación. Pero no lo hizo.

* Lesly Bonilla Sandoval (CDMX), licenciada en periodismo. @LeslyBs1

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