Epitafio para 2020

ADRIANA BANCALARI – “NATURALEZA VIVA” – ACUARELA

Por Gioconda Belli*

Hay una esperanza enternecedora en los epitafios del 2020. Es como si se tratara de un molesto, pálido, flaco, apestoso visitante que, al fin, podremos enterrar dándonos un beso y tomando un trago de lo que sea y con quien sea, a la medianoche del 31 de diciembre. Es como si el 1º de enero fuese a amanecer el año benévolo donde se olvidará el pasado -este pasado que se hizo presente- y emergeremos de las cáscaras de nuestras envolturas para surcar los cielos como pájaros libres.

No digo que ese pensamiento mágico sea vano. Al contrario, lo celebro. Celebro que no nos venzan los vericuetos y laberintos de la realidad que la emprendió contra nuestra humanidad asestándonos golpe tras golpe. Porque claro, no es sólo el miedo de enfermar o morir, sino también el miedo de vivir lo que nos asusta, pues la vida que se va perfilando no tiene los mismos defectos conocidos y por conocidos menos atemorizantes; la vida que se perfila es como una gelatina informe, un rompecabezas, como que alguien hubiese soltado un ejército de esas máquinas gigantes que se usan para construir caminos: trituradoras, aplanadoras, ruidosas, inclementes e implacables. Y uno no sabe si habrá lugar a los lados del camino para esconderse y evitarlas, y peor aún, uno no sabe si habrá a quién tomarle la mano, a quién recurrir.

Veo por todas partes el ánimo de aferrarnos a la trinchera de las costumbres, o a las religiones antiguas, o a las tiranías arcaicas. Lo que está claro es el no saber, igual que el no-cumpleaños del Sombrero Loco en Alicia en El País de las Maravillas. Este es el no-no Año Nuevo. Eso nos tememos; la cola del 2020 que no cambia, ni se transforma, sino que se prolonga. Y hay quienes preferirían que así fuera porque la pandemia les ha servido para imaginarse en control de todo, subidos arriba de su montaña mientras se inunda la pradera y ellos se encargan de los botes salvavidas y mandan a salvar a sus amigos y a quienes los adulan.

Hay un rebrote de fascismo y bien podía ser éste el disfraz de la guerra moderna, la Tercera, una auto-impuesta, auto-creada por el laissez-faire, el dejar hacer, el inventarse la propia vida sin mirar a los lados, al otro, a la otra y creer que nadie se dará cuenta de la ceguera.

El reto está en no reconstruir el pasado, no esperar la vacuna para que vuelva el pasado. Es descubrir que hemos inaugurado una época nueva y tomar el reto de reconstruir lo que ya se perdió, y enterrarlo con las campanadas de las doce de la noche.

* Poeta, novelista y activista nicaragüense, autora entre muchos otros libros de Sobre la grama, La mujer habitada, El pez rojo que nada en el pecho y Las fiebres de la memoria.

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