Treintaitrés latigazos para una normalidad discontinua

La pandemia también ha sido un “semillero”del incierto porvenir. Foto: Ru´bén Don

Después de cien días de encierro, el escritor mexicano ha vuelto a salir a las calles con una nueva novela a cuestas, Desolación, y la necesidad de reconocerse en los sitios de siempre, aunque algunos de ellos estén irreconocibles sin la gente

Por Rubén Don*

Se me acaban los ahorros y me veo obligado a volver al trabajo.

Luego de cien días de confinamiento salgo de mi casa como si saliese de la caverna de Platón: con miedo a enfrentarme a las sombras que he estado percibiendo desde mi encierro.

El cubrebocas KN95 y los lentes protectores Truper (junto a los calzones y los calcetines) formarán parte indispensable de mi indumentaria a lo largo de esta nueva travesía en que está convertido el mundo.

Lo primero que descubro es que aún hay vida afuera y que no todos guardan la cuarentena. Quiero creer que es más por necesidad que por gusto.

Al principio busco la mejor estrategia para trasladarme hasta el centro de la ciudad. El Ruta 22, que prácticamente me deja en la esquina de mi trabajo, no parece ser la mejor opción. Gente aglomerada y un joven sin cubrebocas a mi lado. Tiemblo de pánico. Sin embargo no tengo el valor de bajarme. Cambio de estrategia. La clave son las combis que van hacia Aeropuerto. Pasan muchas y la mayoría con pocos pasajeros. En Gómez Farías entro al metro. Dios me agarre confesado. Acomodo mis lentes lo mejor que puedo en mi rostro: dice el doctor Gatell que el virus puede entrar por los ojos. Cuando llego al andén y subo al primer tren que pasa, respiro aliviado: por increíble que parezca, en aquellos primeros días de julio el vagón está completamente vacío.

Llevo cinco días desde que volví a abrir la tienda de semillas. Cuánta incertidumbre. Parte del centro sigue desolado. La zona glamurosa: 20 de Noviembre, Pino Suárez, Madero. La parte popular: Correo Mayor, El Carmen, Peña y Peña, infectada de gente. Y seguramente de coronavirus.

Luego de semana y media de salir diariamente a la calle me siento física y emocionalmente agotado. Vivo con la tensión de contraer el virus en la calle, en el transporte público, en el mostrador del trabajo. Las autoridades se dan cuenta del gran error que significó reabrir el centro y la circulación vuelve a estar restringida. Entonces las calles lucen vacías nuevamente. Vivimos en una extraña normalidad. En una extraña ciudad. He tenido ganas de echar a andar, después del trabajo, y caminar hacia Bellas Artes. La Alameda. Ver qué pasa con mi Salón Palacio. Con mis librerías. Sé que están cerradas. Pero es como si necesitara corroborarlo con mis propios ojos. Sin embargo no he ido porque el cansancio es mayor y cuando termino de trabajar lo único que deseo es regresar a casa.  

Es mediados de julio y Ximena y yo volvemos a tener una cita fuera de casa por primera vez, luego de 120 días de pandemia en el país, cuatro meses, de los cuales cien días estuvimos en cuarentena. Poco a poco reabren los restaurantes. Estamos sentados en una mesa del Salón Corona de Gante. Todo es extraño. Pocas mesas, separadas, como marca la ley. Carta digital a través de un código QR. Un amorfo ser que usa cofia, cubrebocas, mascarilla y guantes, y que nos recuerda más a esos doctores que hemos estado viendo por tele y que atienden a los infectados de coronavirus, viene a tomarnos la orden. Nuestra comida viene tapada con platos. Los cubiertos en bolsa de plástico. Salsas, limones, y demás especias en recipientes desechables. Desde luego no sirven cerveza sin alimentos. Fue la condición para reabrir, nos informa la mesera (hemos descubierto, por su voz, que aquel extraterrestre es una chica). A medida que avanza la tarde mi mujer y yo nos vamos deprimiendo por las nuevas condiciones. Aquel salón, cuya especialidad es la cerveza y los antojitos, y que suele estar abarrotado gran parte del día, ahora parece un cementerio. Recibimos el tiro de gracia cuando al salir casi ha oscurecido y el centro de la ciudad está convertido en un pueblo fantasma.

Los primeros días son alentadores en la tienda de semillas. Algunos clientes esperaban nuestra reapertura y han venido a surtirse de producto. Conseguimos saldar una suma pendiente con nuestros acreedores. Hemos puesto en oferta algunos recipientes, abono y semillas que casi no se venden. Parece funcionar.

Comienzo a acostumbrarme a usar el cubrebocas y los lentes protectores la mayor parte del día. De hecho, si no los uso me siento como si anduviese desnudo.  

Los días de bonanza parecen bastante lejanos. Beto, el dueño de la tienda de la esquina, dice que su negocio no da para más. Debe tres meses de renta. Ha tenido pérdidas con el producto perecedero. La gente, ahogada por la crisis, consume menos. Para colmo, la desgracia del coronavirus se ha llevado a su padre. La garganta se me cierra. Los ojos se me aguan y quiero llorar, pero no lo consigo.

Los demás negocios del centro comienzan a reabrir poco a poco. Sin embargo ahora lo que faltan son clientes. Estamos condicionados a un horario, a un rol numérico de pares y nones, a medidas de higiene que a veces parecen absurdas. ¿Cómo pongo una entrada y una salida en la única puerta de mi tienda de semillas?

Por las tardes, al volver del trabajo, escribo. Reviso la primera versión de mi última novela, a la que he titulado Desolación. Afuera comienza a llover con el sol de fondo. La imagen es tan hermosa. Siento un cúmulo de contradicciones dentro de mi ser. Algo ambiguo que oprime mi pecho. ¿Cómo será la vida a partir de este virus que invade a la humanidad?

Ximena y yo cumplimos ocho años de casados en medio de una crisis mundial. No podemos dejar de celebrar, me dice ella. Pasa por mí a la tienda de semillas y vamos al Bar Ópera, que está a unos pasos. Comemos pechuga cordon blue y machitos asados. Bebemos cerveza clara. Luego un Chinchón campechano en las rocas, yo; una piña colada con Amaretto, ella. El lugar luce vacío. Con todas las medidas sanitarias. Al entrar: toma de temperatura, sanitizante en los zapatos, gel en manos. En la mesa: cubiertos en bolsa de plástico. Menú digital. Extraño. Todo muy extraño. Esta vida extraña y desolada. Sin embargo una dulce convergencia luego de tanto tiempo entre Ximena y yo. Años en los que nos hemos acercado y alejado. En los que hemos estado y, a su vez, hemos tomado rutas distintas. Pero fluimos y conversamos y seguimos estando. Abandonamos el restaurante alrededor de las siete. El sol está a punto de ocultarse tras los cerros del este. Cruzamos Cinco de Mayo y entramos al Sanborns de los Azulejos. No se puede tocar nada. Sólo está abierta la panadería, la farmacia y el restaurante. Atravesamos Eje Central y la periferia del Palacio de Bellas Artes está acordonada. Las jardineras inhabilitadas. Sin embargo conseguimos una banca en la Alameda. Miramos la gente ir y venir. Unos con tapabocas. Otros no. Llegamos a la conclusión de que la gente joven es a la que menos le interesa esta crisis sanitaria.

Doy un trago a la cerveza fría. Llueve. Mal día en el trabajo. Me fui en cero. No vendí nada. Ni un sólo grano, ni una sola semilla que pueda germinar en el jardín de alguien en la ciudad. Muy malos tiempos. La pandemia nos está acabando. El gobierno nos pone una serie de reglas sanitarias que no cumplimos. El metro y las combis cada vez más atestadas de gente que rompe la cuarentena. ¿Cómo y cuándo nos iremos a infectar? Me siento confundido. Me pregunto a dónde se ha mudado la felicidad y todas las sensaciones que la rodean. Las páginas. Los olores. Los cuerpos. Las teclas. El vino. Pareciera que los poros de mi piel cada vez respondieran con menos ahínco a la vida.

Estamos a mitad de agosto y el Salón Palacio vuelve a abrir sus puertas estilo viejo oeste. Ello me hace feliz. Lo vivo como una pequeña victoria en contra de esta maldita pandemia. Estoy sentado en una de sus mesas luego de cinco meses. La última vez que estuve aquí fue con Ximena, un 20 de marzo, justo antes del inicio de la cuarentena. Esta cantina que amo. Este lugar en donde germinó Desolación, novela que terminé de escribir durante el encierro en casa. Ha sido un gran respiro volver. Con pocas mesas, con poca gente. No importa. Uno empieza a acostumbrarse a esta nueva normalidad. Inevitable. Me han sido abrumadores los últimos días con el tiradero en casa por la remodelación del baño, por la cotidianidad, levantarse temprano a clases virtuales de Danaé, el negocio: que a veces funciona, se vende, a veces no. 19:05 pasa una ambulancia sobre avenida Rosales. En el televisor del bar Prince canta en el MTV. Un canal noventero en un lugar sesentero con una pandemia del siglo veintiuno. Bebo un anís Chinchón campechano en las rocas. El vaso está lleno al tope. Como no lo sirven en ningún lado. Por eso amo este lugar.

Estoy en la tienda de semillas con la computadora encendida, trabajando en la revisión de la novela a falta de clientes. Todo termina por volverse cotidiano. Esta pandemia se ha vuelto cotidiana. Los tapabocas, las mascarillas, la sana distancia. También la falta de besos y abrazos. El virtual regreso a clases de mi hija. Lo mismo Ximena con el despacho de arquitectura. Yo soy el único en la familia que sigue conservando la forma presencial del trabajo. ¿Hasta que me infecte de coronavirus? Más de medio millón de contagios en el país. Ya ni siquiera tengo idea de cuántos millones en el mundo. En fin. También he vuelto a leer. Estoy con El coste de vivir de la magnífica Deborah Levy. Ayer encargué su novela Leche materna en Amazon. Yo que juraba que comprar libros en línea era una ridiculez.

Viajar en el transporte público se vuelve toda una travesía. Qué lejanos han quedado aquellos primeros días en que salí y el metro aún estaba vacío. Ya a nadie parece importarle el contagio. Van cansados. Necesitan ganar dinero para llevarse un pan a la boca. Para sus familias. Por mi parte intento tomar todas las precauciones. Tocar lo menos que pueda los tubos del metro. Mojo mis manos a cada rato con gel antibacterial. ¿Servirá de algo?

La necesidad de ir a trabajar y utilizar el Metro es un desafío cotidiano ante el implacable virus. Foto: Rubén Don

Vuelvo a visitar una librería. Mi emoción inicial poco a poco va trasmutando en decepción. Apenas estoy mirando la mesa de novedades cuando un empleado me asusta con su tapabocas y su enorme careta y su: ¿en qué te puedo ayudar?, como si le urgiese echarme lo más pronto posible. De hecho, además del riguroso gel, la toma de temperatura, y de pisar el tapete sanitizante, me advirtieron que no podía permanecer más de 15 minutos en su interior. No sé qué responderle al vendedor. No sé qué libro pedir. Estoy acostumbrado a asaltar las librerías como una veleta, dispuesto a dejar que sea el océano de historias quien me elija. Balbuceo. El vendedor impacienta. Frustrado doy la vuelta y abandono el local.

Domingo. Necesito trasladar unos libros para una presentación virtual que tendré. Afortunadamente el metro está solo. En mi vagón habemos tres personas esparcidas. Ocupo un asiento individual. En la siguiente estación se sube una pareja que se coloca justo frente a mí en medio de aquella desolación. ¿Es en serio, habiendo cincuenta lugares desocupados? Para colmo no usan tapabocas. Ríen y gritan y escupen a placer. Me paro y camino hasta el otro extremo del vagón. Qué, si no te vamos a contagiar, escucho estúpidamente a mis espaldas.

Cada día que pasa hay menos necesidad de nombrarlo. Nos estamos acostumbrando a padecerlo. A sentir su presencia sin mirarlo. Vivimos en una ciudad con gente que lleva bocas de figuras o colores.

Veo en Twitter un video de una pareja que come en un restaurante con el tapabocas puesto: le han hecho una pequeño abertura por donde entra la cuchara con comida. Si hemos de comenzar a reír por esta tragedia, quiere decir que el mundo anda por el camino correcto.

El comercio del centro reabre en su totalidad a pesar del semáforo naranja y de los seiscientos mil infectados. Sorteo las calles atestadas de peatones. Cada vez tengo menos miedo. Salvo por el cubrebocas y las mascarillas, por instantes pareciera que no existe una pandemia llamada coronavirus.

Una pared amarilla al otro lado del cristal. Una cavidad oscura en la parte inferior derecha. Es el ángulo de la vida que miro desde la ventana de la sala. Un cable que aletea con el aire. Un par de gotas impregnadas sobre el vidrio. Solo en casa. De esa soledad que se disfruta. Las chicas han ido a visitar a la abuela. Y de pronto me lleno de nostalgia. De una vida inmediata que ahora pareciera que fuese un recuerdo de hace muchos años. El simple deseo del encierro. Aquel que recién viví. Dormir hasta tarde. Comer a deshoras. Escribir a diario.

Cuando creo estarme acostumbrado a esta normalidad, algo nuevo me sorprende. A las afueras de la Catedral un hombre anuncia el fin del mundo. A través de un micrófono y una bocina dice que la pandemia es uno más de los treintaitrés latigazos que recibió nuestro señor Jesucristo, y que habrán de caer sobre la humanidad. Reacomodo lo mejor que puedo mi cubrebocas y mis lentes y huyo lo más rápido posible de aquellas profecías.

*Escritor mexicano, ha publicado las novelas La consecuencia de los días (UACM, 2005), Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain (Tierra Adentro, 2011), El mapa de lo humano (Capítulo Siete Editorial 2019) y el libro de cuentos Perder es cuestión de tiempo (Baile del Sol, España, 2014).    

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