Poetas en Cuarentena

Escrituras

Foto: Irene Selser

Por Irene Selser*

Escritura I

a Gregorio Selser, 29 años después

Abro el cofre de vidrio y tomo las gafas marca VIENA Line de papá. La montura es negra y plana. El material, algo pesado, ha sabido por lo mismo resistir al tiempo. Las charnelas se cierran como antaño y las bisagras mantienen su movilidad. No son los mismos lentes que él usaba en Buenos Aires, antes de nuestro exilio en México, cuando en 1976 la dictadura de Jorge Videla hizo volar al país en pedazos.

Tanteo su mirada. Ante ella desfiló la Historia de la última mitad del siglo XX. Páginas sangrantes. Millones de sepulcros a medio enterrar. Descarrío.

Han pasado tantos años… Y en la calle, esta noche, la tormenta hace estallar el transformador de luz, la madrugada se enrolla friolenta entre las sábanas. No quiero cerrar los ojos en esta ciudad que huele a cloro, prefiero como Rimbaud empaparme en alcohol.

Cuento hasta veintisiete    ocho noventa y uno. Exhalo lentamente y la secuencia rítmica, vital como las uvas, me devuelve a la matriz de los recuerdos, infancia sepia, tomada de tu mano cruzábamos Avenida Libertador con mi velero a cuestas hasta alcanzar la fuente de Plaza Francia. Yo soltaba las amarras –espejismo de libertad– bajo el sol estridente del domingo porteño. O ya de adolescente conversando en el tren a La Plata, viajeros sobre rígidos asientos de madera gastada. Tu portafolio oscuro, atiborrado como siempre de crónicas, y tus alumnos deseando nos dijeras que no todo era tan malo en nuestro presuntuoso país, que aún había esperanza…

¿Qué les dirías hoy? ¿Que el mundo se derrumba y las banderas por las que luchaste y sufriste ahora son parodia, bufonadas?

Inhalo y un río de sílabas se deja ir corriente abajo. Quisiera romper el orden –¿cuál?–; despotricar, como vos, contra lo injusto en esta otra temporada en el infierno.

No despiertes, papá, ¿qué caso tiene? Mamá seguro te acicala el cabello, atenta en la cocina de azulejos blancos con vista al Popocatépetl.

He jurado a mis hijas que no elegiré los pasos del suicidio. Discurrir como tu vuelo final un martes de agosto antes del alba, tu pelo lacio gris, pétalos en el abismo. Prefiero como Juana de Asbaje la luna en el espejo hiriendo blandamente el aire vacío de sueños.

Hace tanto tu ausencia, pero parece ayer tu sonrisa ingenua a prueba de maldades, rescatando la historia de los diarios, eternos camaradas bajo el brazo.

Gregorio Selser en su casa en Buenos Aires, 1975. Foto: Irene Selser

Regreso los lentes a su sitio. Junto a un rocín de bronce trotando de perfil, tres pequeñas llaves de hierro –¿qué es lo que abrían, mamá?–, un lápiz diminuto a medio usar en su funda de plata y sobre ella un corazón tallado que eterniza De MV a GS.

Con eso basta.

Escritura II

En Vauville, algún lugar de Mancha en Normandía, crece el fabuloso rosal de L’Homme Atlantique, muerto de muchas muertes como Marguerite Duras, la bella jovencita de Indochina.

“Escribe, no hagas nada más”, le aconseja un amigo y ella hace de su casa la escritura, ciruelos, manzanos, un sauce, la luz del jardín reflejada en el estanque y una ventana determinada, una mesa determinada y el miedo aterrador como el de la mosca adherida a la pared de su sala. [A las tres con veintisiete murió la mosca presa del miedo más atroz, el miedo del insecto a conocer su verdad.]

Marguerite se cubre la cara, bebe whisky para olvidarse de los espejos. De pronto se levanta, la vemos poner el cuerpo en la escritura y la casa escribe con ella, todo escribe –¡alaridos!–, lejos de su triste infancia en la desembocadura del río Saigón.

El miedo llena las páginas en blanco, pero un libro concluido también es la noche, pronuncia Marguerite y no sabe por qué esas palabras la hacen llorar.

Escritura III

Amos Oz aún sueña con ir hasta el borde del riachuelo

para ver si acaso vuelve la persiana azul de su ventana

arrastrada tiempo atrás por la corriente.

*Periodista y traductora, miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (Ametli) y coordinadora editorial de Diarios de Covid-19. FB Irene Selser, diariosdecovid@gmail.com

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