Enamorarse en medio de la pandemia

Vonne Lara*

Foto: Annie Spratt en Unsplash

Enamorarse es un acto suicida. Frente al abismo de nuestros límites, del terreno seguro, aunque escabroso de nuestra soledad uno se pregunta ¿cómo diablos sucedió esto? Y entonces uno recuerda: ah, sí, el alma esa por la que siento este carboncito incendiándose en mi pecho; ah, sí, los ojos esos en los que no dejo de pensar; ah, claro, la voz esa que resuena constante en mi pensamiento. aunque su emisor no esté presente.

Enamorarse en medio de la pandemia es todavía más atroz. Enamorarse es así, saber del acantilado que sigue y continuar la marcha. Darse un martillazo en el dedo del pie nomás por puro gusto. Como si esto fuera poco, en medio de la pandemia existe al mismo tiempo la imposibilidad de salir, de hacer esas dulces correrías a los brazos que también nos anhelan. La imposibilidad de todo, desde lo simple hasta el caos mutuo de los infartos controlados.

Enamorarse en medio de la pandemia implica renunciar a las formas conocidas del enamoramiento. Ah, sí, porque los enamoramientos muchas veces nos dejan destrozados, pero volvemos a ellos amnésicos o, mejor dicho, autoengañados. Pero en medio de este caos pandemia-cuarentena-incertidumbre llega un punto en el que simplemente no sabemos qué hacer, o a dónde ir. Pues nada y a ningún lado, estamos en medio de una pandemia, claro. Y ese cúmulo de imposibilidades exacerba todavía más los síntomas de ese dulcísimo y terrible estado de estar enamorado.

El amor siempre nos pide un sacrificio, es mentira que sus caminos sean aterciopelados, que nos muestra el mundo en tonos pastel, que nos hace flotar y revolotear como hadas. No. Para empezar el amor pronto nos hace olvidar esas ideas cursis y exige lo suyo. Los sacrificios son diversos: la destrucción del soy, tengo, quiero; nuestra seguridad desecada al sol; rayaduras de nuestro ego; varias noches de insomnio. El amor es un cúmulo de renuncias de nosotros mismos, pero, y tal vez esto sea esperanzador y tal vez no, todo aquello que nos transforma o que nos hace mirar hacia adentro es lo único que vale la pena en este mundo.

De la paciencia ni hablar. Lo peor que se le puede pedir a un enamorado es que espere con calma, que no se desespere. Esas virtudes se mueren en el mismo instante en el que suspiramos por primera vez por esa alma por la que permanecemos escribiendo en la madrugada. Además, luego de un centenar de días de confinamiento la paciencia es ya un bien escaso, por no decir extinto. No. No hay que mentirnos más: lo que queda es entregarse al caos, a la locura, a la desazón, a los desvelos, a los suspiros inapropiados, a la imaginación, a que baje, o quizás no, la hinchazón del dedo martillado.

*Mujer y mamá cósmica. Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Escribo en Hipertextual, la columna “Reflexiones Apátridas” para Notas Sin Pauta, ensayos en vonnelara.com y edito el folletín Soflama, gabinete de ensayos.
Twitter: @vonvonnet

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