#quedateencasa: porque no hay decisiones fáciles

En Nicaragua, golpeada por la peste, el desdén oficial y la pobreza, no todos pueden cuidarse; el hambre también mata

Por Linda Báez Lacayo*

Photo by namo deet on Pexels.com

La primera vez que vi el #quedateencasa me pareció gracioso y de manera entusiasta lo usé en mis posts en las redes, era un buen lema para acompañar la cuarentena voluntaria en la que entramos en marzo. Dicen que salió de Italia casi junto al virus. El #iorestoacasa rápidamente se difundió por el mundo en todas las lenguas. Se fue convirtiendo después en frases como #quedateencasaleyendo o #quedateencasaysalvavidas.  Claro, si las celebridades fueron las primeras que lo usaron para mostrar su lujoso retiro en fotos con el #quedateencasa desde habitaciones luminosas, jardines y hermosas librerías como marco de fondo. También era atractivo como forma de llevarle la contraria a los gobiernos que no se preocupaban con lo que estaba sucediendo. El virus nos mataría a todos si no hacíamos algo.

Yo misma me encerré acompañada de mis libros y mis comodidades. Creo firmemente que debemos hacer lo necesario para cuidarnos, que asumir una vida responsable y cuidadosa es proteger al resto. No solo a los mayores, o a los enfermos. A cualquier ser humano. Pero quedarse en casa no es la solución para cada familia. Como si todos fuesen igual que yo. Como si el resto del mundo no existiera. Había perdido la noción de la realidad. Hasta ese día.

Cansada de tanto descanso y literatura, decidí, en un rapto de rebeldía, darme un respiro de mi cuarentena voluntaria. Necesitaba otros aires y bajé de mi montaña a la costa del lago, ahí donde golpean las olas trayendo la basura del otro lado. La primera imagen de la gente sentada en la playa no me preparó para lo que iba a encontrar después. Decenas de personas apiñadas dentro de espacios tan reducidos que no imaginas como pueden caber ahí más de tres personas. Y encuentro a doña Manuelita, la de la pulpería de la esquina, donde cuelgan de una rústica madera unas pocas bolsitas de chips, tortillitas y fósforos, que apenas le dan para llevar un bocado a su casa. Me detengo al frente, yo mascarilla en cara, ella sonrisa descubierta. Al principio no me reconoce doña Manuelita. Sonríe después y se levanta a saludar.

Es entonces cuando el #quedateencasa me golpea, me suena tan cruel, tan lejano de esta realidad miserable que se lleva por delante a quienes no son como los que inventaron el hashtag, o como yo misma, o los otros que desde su comodidad se ríen comentando vía zoom en donde pasar la cuarentena, si en el salón o la cocina, el jardín o la terraza, casi un insulto para quienes viven amontonados en este espacio de todos los días de su vida. La suma de los sala-comedor-cocina-dormitorio-salonprincipal-terraza es casi un chiste del destino. Morir por virus o morir por hambre.

Y doña Manuelita me dice, ay mija, hace años que nos estamos muriendo. En su negocio tan chico donde solo ella cabe, la acompaña uno de sus nietos, el niño enfermo que le deja la hija que va a vender dulces al parque, pero aquí ya casi no pasa nadie, me dice en medio de su tristeza y del llanto del pequeño que intenta dormir dentro de una caja de cartón. Mientras lo mira, me dice, ay mi niña, no se duerme porque no ha comido, y qué le voy a dar si mi hija no regresa, no tengo nada. Yo no le tengo miedo a la muerte doñita, me contesta cuando le pregunto si sabe del virus que asola el mundo, le tengo más miedo al hambre de este cipote. Yo a la muerte la he visto de cerca tantas veces, dos de mis niñas se me murieron muy tempranamente, ¿cree que le voy a tener miedo ahora? dice convencida, mirando las olas del lago que se mecen suavemente como queriéndose llevar sus pensamientos.

Doña Juana, la vecina de al lado, fue la última que llegó al barrio hace solo seis meses. Nos dijeron que nos iban a dar terreno, dice ella que se ha acercado cuando me vio llegar, y ya ve aquí sigo esperando, participa en la conversación con una gran sonrisa y sus rebeldes cabellos atados con un pañuelo rojo, también lo uso como mascarilla, me dice señalándolo, yo soy responsable. Y mientras, ya he dado una mirada rápida al “barrio”, y pienso en cómo pueden sonreír en esas casuchas levantadas con láminas de zinc que apenas cubren sus cabezas y hacen de pared, tan frágiles que en la última lluvia cayeron, sin ningún daño humano que lamentar, me dicen, mientras sueñan con otro futuro.

El corona no ha tocado estas puertas, dice Vicenta, la hija de doña Juana, llamándolo así, solo por su nombre, en confianza como si fueran viejos amigos, mientras toca con los nudillos un banco de madera, debe ser porque cree que nada pasa por aquí.

Aquí, en estos lugares donde no debo tocar nada, pienso, recordando las recomendaciones de mi hermano doctor, ni se te ocurra, todo está tan sucio, tan usado y reusado hasta el cansancio. Calculo cuántos de esos bichitos estarán sentados sobre esos miserables espacios, cuántos se habrán pegado ya en mi ropa, casi que los puedo ver volando, y mientras, sigo pensando en el baño que me daré cuando regrese a mí, ahora creo, lujosa forma de vida, ¿quién me manda pararme a preguntar?, sigue mi mente loca pensando, mientras los niños juegan frente a nosotras en la carretera, inocentes de lo que pasa a su alrededor.

Sonrío y me despido, con la distancia adecuada, dos hamacas entre cada persona, dicen es la medida

#Quedateencasa suena como una frase linda, repetida por ese cerca de 30 % de las personas que pueden esconderse a esperar que pase la tempestad, que dispone de ahorros, un canasto de comida y espacio para moverse, mientras el otro 70 % aguanta sus críticas, su chantaje emocional, y al paso de sus largas caminatas, acarrean otros canastos o un carretón, con el pan o la fruta para vender en el mercado o en la esquina.

Suena tan irónico ese hashtag entre estas paredes de latas y estómagos vacíos. Mire que yo tengo mis tapabocas limpios, me dice don Iván, el esposo de Juana, solo los uso dos veces y después los lavo. Aquí con el agua del lago, porque usted sabe, no tenemos agua potable, ¿de dónde vamos a sacar? Así me voy al mercado tempranito, guantes no tengo y nos lavamos las manos cuando podemos. El gobierno poco ayuda, ¿sabe? Ellos dicen que es solo una gripecita que ya va a pasar. Estamos a la buena de dios.

Sonrío y me despido, con la distancia adecuada, dos hamacas entre cada persona, dicen es la medida, entonces alzo la mano y saludo, mientras ellos se ríen de mis aprehensiones. De algo vamos a morir, alcanzo a oírle decir a una de ellas.

Terribles son las diferencias entre quienes pueden estar en cuarentena indefinida y quienes deben escoger entre morir de un virus o morir de hambre. El virus no es igual para todos. Es como las religiones, se alimenta del miedo colectivo. #Quedateencasa les dicen y si no lo hacen los acusan y señalan. Como si fuera una decisión fácil, como si el miedo al hambre de los hijos no fuera más fuerte que el miedo a ese virus que no ven. Se enfrentan a sus propias ganas de vivir sin miedo, sin certezas, sin esperanzas.

#Quedateencasa y muérete tranquilo, de hambre o de pena.

* Arquitecta y escritora nicaragüense. Creadora de la serie antológica “Mujeres que Cuentan” en la editorial mexicana Narratio, sello que le publicó su primera novela “El mar no devuelve a sus muertos” (2018). Ha publicado cuentos en antologías y revistas digitales de España, Chile, México, Perú, Guatemala y Nicaragua. Email linbaez@gmail.com, FB Linda Baez Lacayo, FB Mujeres que cuentan, IG @linbaez, IG @Mujeresquecuentan_antologia, Tw @lindabaez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: