Las rutas del desconfinado

Eduardo García Aguilar*

Photo by Elina Sazonova on Pexels.com

Por fin, tras más de dos meses de confinamiento, regreso a mi trabajo situado en la calle Vivienne, donde vivieron Simón Bolívar en 1805 y más de medio siglo después el poeta Lautréamont, quien solía residir en esta zona, centro periodístico y financiero del siglo XIX que gira en torno a la Bolsa de París, fundada y construida por orden del mismísimo Napoleón Bonaparte. En esta calle, sede de la antigua Biblioteca Nacional, suceden algunas de las escenas de los Cantos de Maldoror del joven poeta francés nacido en Uruguay y muerto muy joven en este barrio.
Todos los días veo el Palacio Brongniart, que es la réplica majestuosa de un templo griego, muestra de las ambiciones del corso que se extinguió exiliado en la solitaria isla de Santa Helena, en el centro profundo y gélido del Océano Atlántico. Por estas calles vivieron también el gran Stendhal, Bougainville y solía ser frecuentada por Balzac, quien se escondía de las deudas y venía a la zona en busca de préstamos o a pedir plazos a sus acreedores.
Durante los dos meses encerrado me dediqué a los placeres de leer y releer sin límite al azar los libros aplazados, oír todas las músicas como el jazz de Miles Davis y John Coltrane, la Bossa Nova, el rock de Janis Joplin y Jim Morrison, alternando con prodigios clásicos de Bach, Mozart, Vivaldi, Grieg y Beethoven, interpretados por la virtuosa violinista y pianista alemana Julia Fischer, que reside junto al lago Stanbergersee, no lejos de la amada ciudad barroca Múnich y de Los Alpes.
Debo confesar sin vergüenza alguna que en momentos de deriva confinatoria, cuando el tiempo se extendía en el espacio como una galaxia perdida poblada de agujeros negros y subían hasta casi mil los muertos diarios, me dediqué a escuchar todo el repertorio reciente del reggaetón y la bachata que se escucha en todos los bares del mundo, cuyas palabras lúbricas y juegos semánticos a veces me sorprendieron como testimonio de la vida amorosa y sexual de los barrios populares del Caribe, aplastados por el sol, el deseo, la pobreza y el rebusque.
Y a veces, para alternar, revisé las músicas andinas de Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Óscar Agudelo y Alci Acosta, los tangos de Gardel o las rancheras de Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante, Jorge Negrete y Javier Solís, que se escuchan en todas las cantinas pueblerinas de mi querida Colombia. Y también me topé con las canciones de Toña la Negra, Chavela Vargas y otras boleristas de leyenda o con un clásico de la cumbia, La Pollera colorá, interpretada en blanco y negro por Lucho Bermúdez y que es tal vez uno de los himnos nacionales de mi país. A eso agregué tardes con Niche, Guayacán y Joe Arroyo.
Aunque vi poco cine, revisé algunas películas francesas de los años 60 como Bajo el sol de René Clement, con la actuación del joven galán Alain Delon, símbolo sexual junto con Brigitte Bardot de una época maravillosa. Me impresionó el genio de René Clement, la agilidad de su mirada en las escenas marinas y la captación de los puertos o ciudades italianas, Roma, Nápoles y Montebello, donde se detenía la historia basada en una novela de Patricia Highsmith, El señor Ripley. Y por supuesto, para equilibrar, volví a ver Y Dios creó la mujer, película de Roger Vadim, filmada en Saint Tropez, que lanzó a la fama y a la gloria a la gran actriz Brigitte Bardot, quien erotizó al mundo antes de retirarse para siempre y dedicarse a la lucha por la proteccion de los animales.

Salir del confinamiento no se hace así como así. Los días previos tuve insomnio y cuando llegó la hora de partir al trabajo, tomé el toro por los cuernos y me fui caminando por toda la ciudad donde he residido la mayor parte de mi vida


Cocinar fue otro de los placeres redescubiertos. Nada como preparar un boeuf bourgignon, tal y como me lo enseñó a hacer a los 20 años mi adorada amiga la señora Ragannaud, una combatiente antifascista amante de la literatura que vivió la guerra y después tuvo un restaurante e hizo todo lo posible para educarme en la confección de ese plato y otros, como el complejo Coq au vin. Tanto el uno como el otro llevan vino, o sea el elíxir que bebían los humanos en la cuenca de Mediterráneo desde antes de los griegos.
Pero salir del confinamiento no se hace así como así. Los días previos tuve insomnio y cuando llegó la hora de partir al trabajo tomé el toro por los cuernos y me fui caminando por toda la ciudad donde he residido la mayor parte de mi vida. Bajé por la Avenida de Gobelins, subí por la medieval Mouffetard, crucé la Plaza de la Contrescarpe donde se emborrachaba el poeta François Villon, llegué a la cúspide de la colina central de la romana Lutecia e ingresé al templo donde se encuentra la piedra mortuoria de Santa Genoveva, la patrona de París que protegió a su pueblo, entonces amenazado en el siglo V por una probable invasión de Atila.
Luego caminé por la calle Monsieur le Prince, donde vivieron Auguste Comte y Emile Durkheim y está el centenario restaurante Polydor, bajé al metro Odéon y pasé por uno de mis bares favoritos, el Danton, que estaba cerrado, emprendí el laberinto de callejuelas que llevan al Sena y antes de llegar la sede de la Academia Francesa volví a ver la vieja casa donde vivió Champollion, descifrador de los jeroglíficos egipcios. Crucé el Pont des Arts, tan bien contado por Julio Cortázar, pasé por el Louvre, me interné por el parque del Palacio Real, donde solían libertinos y enciclopedistas de fines del siglo XVII libar y dedicarse a los placeres antes de hacer la Revolución, el mismo sitio frecuentado por el joven viudo Bolívar antes de regresar a buscar la independencia de su tierra.
Y al final desemboco en la calle Vivienne que figura en Los cantos de Maldoror de Lautréamont, después de caminar cinco kilómetros por la ciudad bajo el sol, a 29 grados centígrados, para volver a abarcarla en toda su amplitud, una ciudad que despierta después de haberse covertido por dos meses en urbe fantasma poblada por la muerte de la peste. No hay turistas. Hay poco movimiento, poca gente, pero la ciudad resplandece en este día de sol veraniego.
Llego a la oficina donde permaneceré solo y en silencio en un espacio antiséptico y oloroso a desinfectantes, rodeado de ordenadores y pantallas, ya que solo una parte ínfima de quienes trabajamos aquí optamos por volver al sitio como precursores y sin miedo. Extraña sensación la de volver a la normalidad después de una pesadilla que ahora parece una película de terror olvidada. La peste se fue ya y la ciudad milenaria quedó intacta como siempre.

*Periodista, poeta y escritor (Manizales, Colombia, 1953), ha vivido la mayor parte de su vida en México, EU y Francia, donde reside actualmente. Ha publicado entre otras las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993), Tequila Coxis (2003) y Las rutas de Ifigenia (2019). En 2016 publicó en Madrid París exprés. Crónicas parisinas del siglo XXI

Tw @Garciaguilar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: