De las aulas presenciales a las aulas virtuales

Por Cecilia Godínez Vázquez*

Y así, de una semana a otra, transitamos de manera turbulenta de las clases presenciales a las virtuales. No fue opcional, debíamos continuar avanzando. Y tenía que ser así, no sólo para avanzar en los contenidos de las unidades temáticas de cada curso, sino para sostenernos socialmente. Para mí, las primeras tres semanas fueron coyunturales, porque me he formado como docente universitaria en clases presenciales durante casi 15 años, también durante ese tiempo he impartido cursos a distancia; pero mi hechura docente se ha forjado en lo presencial y es ahí donde ocurre el diálogo, donde convergen las miradas y las voces de asombro, de desacuerdo y de aprobación ante la reflexión y el reto constantes.

En este proceso de enseñanza-aprendizaje (donde quien aprende más, siempre es el docente), se vuelve también la excusa para reflexionar sobre el mundo y nuestro actuar en él. Y esto se vuelve muy complejo trasladarlo a la enseñanza a distancia, porque no sólo la tecnología condiciona esto; la comunicación mediada por las pantallas parece diluir lo emotivo, lo fragmenta. Y puedo afirmar que si hay emoción se aprende más, pero pretender emocionar a mis alumnos cuando el mundo está en una crisis como no nos había tocado vivir antes, resulta muy complicado, casi imposible.

Tampoco era opción hacer como si nada pasara y continuar teniendo como meta cumplir el temario al 100 por ciento, mientras los números de contagios y muertes por Covid-19 empezaban a aumentar significativamente. Así que, en mis clases, lo más importante era saber que mis estudiantes y sus familias estaban bien. Lo demás lo iríamos resolviendo poco a poco. Los primeros días de las clases en línea (mediados de marzo), así fue.

Después empecé a recibir mensajes de alumnos que no podrían continuar con este modelo a  distancia porque sus familias estaban atravesando por severos problemas económicos y ellos  debían salir a buscar un empleo. Había que apoyarlos, ofreciéndoles otras opciones para que  pudieran seguir avanzando a su propio ritmo. Empezaban también a enfermar conocidos y familiares; imposible pedirles que estuviera participativos y muy atentos. Se les veía un poco dispersos y preocupados. Yo incluso reconocía que mi ánimo característico estaba disminuido.

Nuestro país, de por sí complicado y dispar, se complejizaba aún más. Sin embargo, pese a complicaciones económicas, familiares y de salud, mis clases siempre estuvieron en un 90 por ciento de asistencia, mis alumnos se esforzaron mucho por continuar.

Varios me dijeron que las clases estaban sirviendo también para mantenernos “cuerdos” ante la contingencia sanitaria que lo estaba (y está) trastocando todo. Agradezco y valoro mucho su gran esfuerzo. Algunos se conectaban con sus propios equipos de  cómputo, otros más me contaban que en sus casas hay sólo una computadora y la ocupan todos los integrantes de la familia (entre 4 y 6 aproximadamente); otros lo hacían con sus teléfonos. Y  ese ruido de fondo enmarcó también las clases universitarias a distancia: la gente preparando comida o haciendo el quehacer, escuchando música, perros ladrando, familiares diciendo: “¿a qué  hora termina tu clase, porque debo trabajar en la compu?”, “¡ya vengan a comer!” “cuando termines le ayudas a tu hermano”. Y en esa convergencia aúlica a distancia, conocimos los  espacios tan disímbolos en los que habitamos, donde pocos tienen un espacio propio y propicio  para estudiar.

Con mucho esfuerzo por parte de todos, estudiantes, profesores y las familias que nos rodean seguimos avanzando. Tenía que ser así porque el regreso a las aulas presenciales era y aún es incierto. También, ha sido exhaustivo estar hasta 10 horas frente a la pantalla: dando clase, revisando trabajos, respondiendo correos, revisando material para hace más eficientes mis clases, más las horas de las clases y tareas para dar el seguimiento académico de mis dos hijos que estudian segundo y tercer año de primaria.

Si bien sigo extrañando mucho a mis estudiantes, colegas y los espacios académicos, tengo claro que lo más importante, algunos sí pudimos seguir trasladándolo a la educación a distancia: la empatía, entendida como el reconocimiento del otro y como reconocerme en el otro. Porque necesitamos pensar más que nunca en los demás, porque las secuelas del Covid-19serán muy duras para todos durante un largo tiempo. No podemos pensar en “seguir avanzando” como si no pasara nada, cuando está pasando todo para cambiar el mundo como lo conocíamos. De hecho, si nos detenemos un poco, podremos continuar quizá más lúcidos y comprometidos con los demás.

*Comunicóloga, antropóloga social y profesora universitaria desde hace casi 15 años. FB Ceci Godínez Vázquez IG @aucel1104

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