Lo que viene

Por Javier Molina*

A largo plazo, las grandes crisis suelen implicar grandes progresos para el devenir de la humanidad. A corto y medio plazo, suelen ocurrir hecatombes.

Podemos aliviarnos si pensamos que el horror de la Segunda Guerra Mundial provocó, una vez terminado el conflicto, la toma de conciencia de Europa y de buena parte del mundo para emprender el camino hacia el período de paz, estabilidad y prosperidad más alto y prolongado de la historia universal.

Pero tenemos motivos para temer lo contrario. Es más posible que esta crisis no provoque la definitiva toma de conciencia, sino todo lo contrario. Si seguimos este camino de confrontación, de polarización ideológica y de búsqueda de culpables, el ambiente puede caldearse hasta extremos irracionales y peligrosísimos: así ocurrió al final de la Primera Guerra Mundial: todos se echaron la culpa del desastre, todos buscaron chivos expiatorios (judíos, comunistas, masones, franceses, ingleses, alemanes…), todos reforzaron sus prejuicios chovinistas y sus delirios raciales. El mundo cosmopolita, bohemio y despreocupado de Europa se convirtió en mundo cerrado, temeroso, prejuicioso y racista; el caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de diosecillos «salvadores» Mussolini o Hitler, que fueron sin duda los grandes héroes del momento, los personajes más amados por el sacrosanto pueblo. Sus discursos conspiranoicos calaron; una población asustada y empobrecida es propensa a creer cualquier cosa. Sus proyectos criminales triunfaron.

Entre unos pocos, enloquecieron a la mayoría y la encaminaron al abismo. El pueblo europeo destruyó lo mejor de Europa: buena parte del continente quedó convertida en un campo de cenizas. Seis millones de judíos fueron exterminados por el mero hecho de ser judíos. Decenas de millones de opositores al comunismo fueron masacrados. Unos cien millones de personas perdieron la vida en apenas cinco años.

¡Eso no puede pasar en estos tiempos!, pensamos. Pero eso –exactamente eso– pensaban los europeos en 1914, justo antes de recibir la estampida de la hecatombe mundial de 1914 a 1945. Si hay un libro del cual aprender lecciones es El mundo de ayer, del austríaco Stefan Zweig. Estremece contemplar las similitudes con la situación actual: un «mundo de seguridad» que parece una casa de piedra, pero que se derrumba como un castillo de naipes. 

En Estados Unidos, Trump aviva el odio contra los chinos. En China el gobierno señala a los estadunidenses. En América Latina, gobiernos y oposición se tiran los trastos a la cabeza. En Europa, los ricos y ahorradores protestantes norteños se muestran insolidarios con sus vecinos mediterráneos ociosos y corruptos. En España una oposición de tintes franquistas culpa al gobierno de la desgracia y lanza consignas de felonía y alta traición que alimentan los discursos golpistas.

¿Qué puede pasar si seguimos en esta vereda? La historia se empeña en demostrarnos que todo es posible. Y que debemos tener cuidado: nuestros muros de piedra pueden resultar castillos de naipes.

La crisis de 2008 tuvo como resultado el auge del populismo y el nacionalismo: discursos antieuropeos como los del Brexit, discursos belicistas y delirantes como los de Trump, discursos autoritarios como los de Orbán, discursos chovinistas como los de Puigdemont y Casado, discursos racistas como los de Salvini, Bolsonaro y Vox, discursos maniqueos como los de Iglesias y AMLO… ¿Qué puede ocasionar una crisis como la actual? ¿Estamos seguros que los discursos no se radicalizarán hasta niveles irreconciliables?

Es pronto para asegurarlo, pero como afirma Enric González, «todo indica que la pandemia dejará heridas mucho más graves que la crisis de 2008». Las brechas ideológicas, ya de por sí sangrantes, seguirán abriéndose más y más. Cuando el huracán escampe y tengamos que hacer frente al destrozo de cientos de miles de muertos, millones de empleos perdidos y deudas inasumibles, ¿qué discurso triunfará? ¿El de la concordia, la fraternidad y la mesura? ¿O el de la culpa, la traición y la venganza?

Crucemos los dedos para que triunfe el primero. El futuro del planeta está en juego.

*Javier Molina, Madrid. Es escritor e historiador con doctorado en la UNAM. Como periodista ha trabajado en El País, SinEmbargo, Eldiario.es, ABC, Público, Soho, Gatopardo, Letras Libres y Vice, entre otros medios. Es autor de tres novelas.

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