La nave espacial: vivir en el epicentro del contagio

Por Heriberto Paredes

Calles de Brooklin, Nueva York. Fotografía de Heriberto Paredes

Soy periodista y fotógrafo mexicano. Vivo, desde enero de 2020, en un departamento de Morningside Heights, en el lado noroeste de Manhattan, en la ciudad de Nueva York. He pasado todo lo relacionado con Covid-19 aquí y esto es lo que puedo contarles.

Lo primero fue la negación. Inconscientemente mi comportamiento no aceptaba, en los hechos, la posibilidad de una crisis sanitaria justo en esta ciudad. No podía pasar en Nueva York. No contemplé que esto podía pasar precisamente aquí: un lugar tan cosmopolita y tan diverso, pero con profundas desigualdades sociales y económicas es el mejor escenario para convertirse en el epicentro mundial de un virus.

A comienzos de marzo las alertas de la propagación del Covid-19 iban en aumento, a la entrada de las bibliotecas públicas, en el metro, en los titulares de los periódicos, en los anuncios del elevador que día con día tomaba para bajar los siete pisos que me separan de la calle. Pero no hacía caso, seguía nadando en la alberca de la universidad de Columbia, motivaba a mi compañera a ir al cine, a salir a cenar de vez en cuando, seguía caminando por las calles para conocerlas de día y de noche. Una intranquilidad se iba anidando en nuestras mentes sin que le prestáramos mucha atención.

La última semana de la vida sin distanciamiento social fuimos a la noche de música en el tradicional teatro Apolo, donde Ella Fitzgerald y James Brown comenzaron sus carreras; otro día fuimos a una boda a Brooklyn, estuvimos en un par de museos en Chelsea y en el Bowery, yo incursionaba las salas de lectura de las bibliotecas públicas y los dinners para avanzar en un libro que sigo escribiendo, incluso estuvimos en algunas cenas con amistades.  A mi compañera le daba pánico que yo siguiera nadando, pero a mí me anclaba en la rutina cotidiana, era como tener un piso firme que me permitía sentir tranquilidad.

Habíamos regresado de un breve viaje a México en donde estuvimos en una brigada de búsqueda de desaparecidos, trabajamos en estos contextos y para nosotros el hablar de dolor es una reflexión constante. Necesitábamos, sin embargo, un espacio para poder trabajar en otro ritmo y en otro tiempo. El hoyo negro en el que caeríamos, a pesar de todo, estaba ya ahí. Sin darnos cuenta, las cifras de casos confirmados aumentaban y las muertes comenzaron a ser un indicador de la tragedia.

La negación de lo que pasaba era un mecanismo de defensa, pero también nos causó tensión, angustia y miedo. Como no podíamos simplemente salir huyendo, empezamos a prevenirnos: una despensa que no tocamos pero que vamos alimentando por si hay desabasto, la búsqueda de gel sanitizante adecuado, líquidos desinfectantes para superficies, la planificación para la cuarentena.

Aun así, todavía hicimos un viaje a Brooklyn para tomar unas fotografías a un grupo de danza de migrantes de origen mexicano. Antes de regresar a casa dimos un paseo por Sunset Park y comimos algo que nos gustaba, disfrutamos las calles cada día más vacías, nos hicimos la promesa de venir cuando todo esto acabe para leer tirados en el pasto. Poco después nos dimos cuenta de que este punto sería una de las zonas con mayores índices de propagación y contagio del virus, y que muchas personas morirían ahí.

En algún testimonio que leímos en Internet nos dimos cuenta de que una buena forma de imaginar el Covid-19 era verlo como diamantina

Hoy, una vez cumplido el periodo estricto de 40 días, hacemos cuentas en la casa, ubicamos estos momentos como indicadores de un posible contagio. Sin embargo, el tiempo pasó y no presentamos síntomas. Cada mañana, durante el desayuno revisamos las libretas y confirmamos que el último día que fuimos a Brooklyn no nos contagiamos, que la siguiente gran salida tampoco nos llevó a enfermar, y así con cada vez que caminamos más de tres cuadras por alguna razón específica. Seguimos sanos, o tal vez con el virus dentro, pero sin presentar síntomas.

En algún testimonio que leímos en Internet nos dimos cuenta de que una buena forma de imaginar el Covid-19 era verlo como diamantina: de pronto tocamos algo y nos llenamos las manos de diamantina invisible, luego tocamos la puerta, la mesa, los zapatos, la ropa, la cara, todo empieza a llenarse de diamantina. El miedo al contagio se ha mantenido como una sombra, algo que aparece en cuanto interactuamos con algún ser humano.

Conforme pasó el tiempo, a la dinámica de lavarse las manos para salir y regresar a casa se sumó llevar tapabocas, guantes, gel sanitizante en la bolsa, limpiar los zapatos, la ropa, las bolsas del supermercado, la comida, los paquetes, los sobres, las llaves, el dinero, la cartera y el teléfono, los libros, el cuidado de tener metro y medio de distancia con cada persona en la calle, no tocar nada, salir solo a lo indispensable, asumir que comprar comida era un foco de contagio casi seguro. Nuestra casa se volvió una especie de nave espacial donde nos podemos sentir seguros, mucho más ahora, que seguimos bajo medidas restrictivas.

Al interior de nuestro refugio desarrollamos dinámicas para mantenernos informados, anotamos las actualizaciones de las cifras de casos confirmados de contagios y de muertes. Es en esta zona de confort que empezamos a experimentar miedos, incertidumbres, frustraciones. Nos han hecho reflexionar mucho sobre el valor de lo que tenemos, sobre lo muy afortunados que somos de estar juntos y de que nuestras familias en México estén bien, de tener amistades que han estado comunicándose y que han pasado a ser parte de nuestra red de apoyo mutuo.

Hemos sorteado un par de batallas de encierro, la más importante de ellas ha sido sin duda alguna, asegurar un techo donde permanecer sin temor a tener que irnos. Originalmente teníamos que dejar nuestro departamento a comienzos de mayo, nuestro plan era ir a México y pasar algunos meses ahí, ahorrando y trabajando, pero con esta situación las cosas cambiaron. Marina, mi compañera, libró la batalla por asegurarnos este lugar y logró que nos renovaran el contrato, es así que no tenemos que mudarnos en medio de la pandemia y no tenemos que ponernos en riesgo. Sus artes de negociación son muchas y tal vez sin que se dé cuenta, voy aprendiendo algunas de ellas.

No hablaré por Marina, pero, en mi caso, lo más frustrante ha sido el trabajo y las maneras de desarrollarlo. Soy periodista y fotógrafo, lo he sido principalmente en México, estoy mal acostumbrado a sobrevivir entre muchas dificultades, a sortear amenazas, ninguneos, escenarios violentos, contextos de dolor y de crisis. Pero el periodismo es mi pasión, amo lo que hago y tardé mucho en dedicarme por completo a esto que le da –a mi parecer– la sal a la vida. Estando encerrado es tremendamente frustrante no poder salir al epicentro del epicentro, no poder acercarme a las personas para escucharles y preguntarles, el ejercicio básico del periodismo crítico.

Sí puedo ponerme trajes especiales para protegerme, pero el riesgo es aún muy grande. Hace algunos años enfermé de tuberculosis y estuve en una cuarentena médica que dejó como herencia mi condición de riesgo. Ir a un hospital para hablar con el personal médico de primera línea era arriesgar la salud que conseguí con mucha dificultad durante casi cuatro años de cuidar mi sistema inmunológico. Ir a las funerarias colapsadas por el manejo de tantos cuerpos es un contagio seguro, tal y como se sabe que pasó con algunas de las empresas dedicadas a esto, que empiezan a cerrar porque todo su personal enfermó.

He tenido que reorganizar mi dinámica de trabajo, hacer muchas llamadas e intentar ganar la confianza de las personas con las que hablo, construir espacios de comunicación seguros para escuchar sus historias. Hasta ahí todo bien, es comprensible que la actividad periodística se transforme al mismo tiempo que lo hace la sociedad.

Marina, sensible a esta situación de reacomodo, me propuso que en los momentos en que la comida o la necesidad de aire nos llevara al exterior, llevara mi cámara para hacer retratos de las personas que viven como nosotros esta situación. Muchos tapabocas hechos en casa comenzaron a ser el nuevo rostro y esto es buena excusa para la fotografía: Nueva York tiene el rostro de todos los tipos y confecciones de tapabocas. Sin perder la distancia necesaria, que aquí se mide en pies, pedimos permiso para hacer las fotos y todo dura muy poco. En otras circunstancias, sería normal entablar una conversación, conocer las historias detrás de los rostros, pero ahora la gente evita conversar y el intercambio de palabras es breve. Gracias al proyecto 6 feet away un poco de frescura ha mantenido a flote el barco.

Encerrado en esta situación de aislamiento, se multiplica la dificultad de desarrollar proyectos y vivir dignamente del trabajo que hago

Lo más complicado –en todo esto de ser periodista y fotógrafo– ha sido lidiar con editores y ciertos medios de comunicación que no tienen un respeto con el trabajo que he hecho con las dificultades que plantea el distanciamiento social estricto; hay quienes ni siquiera una respuesta automática envían. De igual forma que hay medios en donde uno puede confiar, hay otros en donde se pierde el respeto y se dificulta aún más el trabajo. En en el tema del pago por el trabajo, la situación es mucho más triste: hay grandes empresas de comunicación que no pagan, que una vez amarrada alguna publicación luego la desechan. No hago acusaciones personales, señalo algunos de los hechos que en el contexto del Covid-19 se han acentuado y subrayo que hay proyectos periodísticos que me han abierto las puertas con mucha generosidad y respeto.

Encerrado en esta situación de aislamiento, se multiplica la dificultad de desarrollar proyectos y vivir dignamente del trabajo que hago. Esta precarización es también un efecto de esta pandemia y siendo freelance no hay sindicato, no hay seguro. Es, en la medida de las posibilidades, los vínculos de amistad entre colegas los que hacen posible la circulación de opciones de trabajo y de espacios para publicar las historias que merecen ser contadas.

En mi carrera aprendí a no trabajar por dinero sino por la pasión que ciertas historias generan, por lo intrigante que resulta investigar lo que ocurre en procesos sociales. Hace más de 20 años que aprendí en Chiapas, en comunidades tojolabales, que hay dos tipos de trabajo: el a’tel o el trabajo para la vida y el ganaretik, es decir, el trabajo asalariado. Navegando a contracorriente he tratado de mantenerme en la primera idea, que no está peleada con el recibir un pago por este trabajo y así no tener que depender del segundo grupo, el que explota sin más.

Pienso que las y los periodistas tenemos derecho a desarrollar un trabajo para la vida y que esto nos permita vivir dignamente, tenemos derecho a recibir la respuesta de un correo, tenemos derecho a entablar una relación respetuosa y honesta con editores y con todas las personas con las que nos relacionamos. Como me dijo un tapicero poblano en una entrevista telefónica: no han cambiado mucho las cosas en esta crisis, las cuentas y la renta llegan sin falta y hay que pagarlas. ¿De dónde vamos a sacar el dinero para esto y para la comida?

Cierro con un agradecimiento profundo por lo aprendido en esta cuarentena (que se alarga indefinidamente): he tenido las mejores lecciones de mujeres, quienes, de una manera u otra, a veces sin querer, han significado un apoyo enorme. Por supuesto, la ensayista Marina Azahua, mi compañera de vida y encierro, y mis colegas Laura Castellanos, Daniela Rea y Lydiette Carrión. Rodrigo Caballero y Arthur Debruyne, colegas y maestros en esta larga carrera del periodismo son fundamentales. Me gustaría hacer una fiesta en alguna azotea de Manhattan –sin tapabocas, líquidos desinfectantes y guantes– para recuperarnos colectivamente de esta situación, como se hace en los pueblos: con música, comida y baile.

Colofón

En medio de la incertidumbre, una situación nos dio consuelo y mucha fuerza: el momento diario en que la gente le agradece al personal médico su esfuerzo y trabajo por estar salvando vidas en las primeras líneas de combate contra este virus. El intercambio de miradas y emociones es como un shock de electricidad, de estos momentos son las fotografías que acompañan este testimonio.

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