El arte y la vida después de la peste

“Homenaje fúnebre a Tiziano, muerto en Venecia durante la peste de 1576”, 1832, Alexandre Jean-Baptiste Hesse (1806-1879). Museo del Louvre, París.

Por Eduardo García Aguilar*

Como todo en el mundo, pandemias, guerras o catástrofes llegan a su fin, por lo que es hora de prepararse para lo que venga después de estos excepcionales acontecimientos que sacudieron al mundo en el 2020. Todo volverá a su rutina de antes con unos breves cambios de matices, de la misma forma como sucedió en todas las épocas afectadas por pestes que fueron contadas por Tucídides, Heródoto, Dante, Boccaccio, Stevenson, Thomas Mann, Albert Camus y tantos otros.

Nada de nuevo hay bajo el sol, salvo que ahora los contemporáneos vimos acontecimientos impensables en nuestras vidas, como que las avenidas, autopistas y carreteras estuvieran vacías de automóviles y el cielo general del planeta libre de aviones. Desde nuestras escotillas los urbanos vimos todo eso con estupor y a veces con alivio, ya que las circunstancias nos obligaron a cesar el acelere permanente en el que vivíamos. 

Todo volverá para la mayoría de la población al mismo ritmo, pero al menos habremos sido testigos de lo que la vida puede ser sin esa necesidad de viaje y consumo permanentes, esa condena de salir y penar en las grandes urbes que nos consumen día a día. En avenidas tan famosas como la de la Ópera vimos patos deambulando tranquilos como si hubieran recobrado espacios antes vedados para ellos y por los aires aves de otros hábitats cruzan los cielos y celebran el vacío prehistórico.

Cada quien en su camarote mira las calles vacías y celebra el diáfano firmamento libre de contaminación, mientras las plantas resurgen en la primavera. Como casi todo está cerrado, el consumo se ha reducido a lo necesario cotidiano para ricos y pobres, los alimentos y los líquidos requeridos para seguir en vida. Y adentro de las viviendas recobramos el tiempo para escuchar con calma la música tanto tiempo aplazada y los libros ocultos. Y volvimos a compartir el tiempo con los más cercanos que en muchos casos se habían vuelto extraños, aunque compartieran con nosotros el mismo techo, el edificio y el barrio.   

Los millones de trabajadores de todos los niveles que tuvieron que cesar sus obligaciones debido a las circunstancias se han reencontrado con ellos mismos y exploran en los largos días de confinamiento las historias personales, logros y fracasos y las posibilidades que aún restan con miras al fin de este episodio que tal vez no vuelva a repetirse en sus vidas.

Muchos habrán resistido la prueba, otros en el camino habrán vivido la angustia del desempleo, las cuentas sin pagar, la perspectiva de la quiebra de sus negocios, la incertidumbre de las deudas, el desorden académico, la violencia conyugal, la muerte súbita de amigos y familiares, la soledad agravada o el repentino desorden mental.

El gran escritor y dramaturgo francés Antonin Artaud, quien vivió parte de su vida en los manicomios y dejó una obra fenomenal, escribió un revelador ensayo que me ha impresionado en estos días de asueto obligado. En el Teatro y la peste, que se incluye en su libro El Teatro y su doble, relata varias pestes ocurridas en tiempos medievales y renacentistas, en especial aquellas que sacudieron a Venecia, Florencia y Marsella y otras ciudades italianas o francesas que vivían en la prosperidad delirante de los inicios del capitalismo moderno.

Como ocurrió en esta pandemia nuestra proveniente de Wuhan, en China, los microbios y los virus llegaron aquella vez en los barcos desde el Lejano Oriente y se reprodujeron de manera exponencial una vez tocaron tierra en los prósperos puertos del Adriático o el Mediterráneo. Esas ciudades que aún hoy nos asombran eran las grandes metrópolis de entonces, comandadas por poderosas familias de comerciantes y banqueros inmensamente ricos que obtenían las ganancias con el tráfico mundial de mercancías, esclavos y dinero.

De repente llegaba la peste y todo entraba en un delirio que cobraba una velocidad incontrolable marcada por el pánico

Dice Artaud que a esas ciudades y puertos llegaban en barcos habitantes de todo el planeta en un cruce vertiginoso de humores y males que corroían esquinas, rincones, tabernas, burdeles y posadas. La prosperidad general no tenía límites. Reinaban entonces como hoy el arte, la comedia, la música, la maldad, la mentira, la delincuencia, la corrupción y el vicio. Los palacios y los teatros proliferaban en las orillas de los canales venecianos o alrededor de las plazoletas florentinas. Las fiestas más impensables se sucedían según las fechas emblemáticas de las estaciones o los cultos religiosos. 

Pero de repente llegaba la peste y todo entraba en un delirio que cobraba una velocidad incontrolable marcada por el pánico. Se imponía la cuarentena, pero los cadáveres insepultos se acumulaban en las calles ante el horror general. Ante la inminencia de la muerte los avaros lanzaban sus monedas y tesoros por las ventanas de sus palacios y los depravados cometían los peores horrores a sabiendas de que morirían y no serían juzgados. Los ladrones nocturnos robaban y se embriagaban, aunque sabían sus horas contadas. Las ciudades se volvieron escenarios de un teatro del pánico, que solo puede ser fruto de una época de cataclismos.

Vagabundos y magnates se pudrían juntos en las atarjeas y las alcantarillas. Grandes prelados, gobernantes, comerciantes, aristócratas corrían aterrorizados por las calles sin poder respirar y se cubrían de llagas al lado de los más miserables o los reos escapados de las cárceles. Enmascarados corrían montados en zancos cubiertos de máscaras con la esperanza de escapar a un virus que los atrapaba finalmente en la próxima esquina. Plebe y nobleza se abrazaban en medio de la desgracia generalizada.

Artaud nos invita, pues, a los sobrevivientes a vivir después del percance una vida más auténtica, a dejar expresar lo más profundo y libre en nosotros. Que cada instante sea vivido como si fuera el último, porque todo lo que poseemos, talento, destreza o dinero, belleza o salud son asuntos en préstamo. El objetivo es ser mejores con nosotros mismos y con los otros. Volver a mirarnos, escucharnos, porque puede ser la última vez. Actuar entonces como si estuviéramos en medio del pánico más atroz, aunque con la serenidad de quienes seguiremos tal vez poblando la tierra por un rato más si nos es concedida la suerte.

*Periodista, poeta y escritor (Manizales, Colombia, 1953), ha vivido la mayor parte de su vida en México, EU y Francia, donde reside actualmente. Ha publicado entre otras las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993), Tequila Coxis (2003) y Las rutas de Ifigenia (2019). En 2016 publicó en Madrid París exprés. Crónicas parisinas del siglo XXI

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