China, una pasión malsana

Por Irene Selser, Ciudad de México. Periodista, poeta, editora, autora de varios libros y miembro de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios (Ametli).


Al 11 de abril, cuando la pandemia de SARS-CoV-2, el nombre del virus que causa el Covid-19 afectaba a más de 1.700.000 personas en el mundo, con al menos 100.000 muertes en 193 países y territorios y una crisis económica que se anuncia terrible, las autoridades chinas intentaban hacer respetar su decreto del día 2 de abril el cual prohíbe de manera “temporal” comer animales silvestres, con miras a impedir supuestamente futuras epidemias.

En estas horas también, y tras dos meses de confinamiento extremo, la ciudad de Wuhan, donde en noviembre-diciembre fue detectado por primera vez el virus, volvía a la normalidad, luego de que el gobierno comenzó a relajar las restricciones impuestas a sus 11 millones de habitantes. El virus fue rastreado hasta un mercado local de mariscos donde también se venden animales silvestres vivos como pangolines, civetas y serpientes, entre muchos otros. Wuhan es la capital de la provincia de Hubei, la ciudad más poblada de la zona central del país y cuna en 1911 de la entonces República de China.

Conocida como “el Chicago de China” con decenas de ferrocarriles, autopistas y carreteras que la conectan con otras ciudades importantes, alberga asimismo destacadas universidades e institutos de investigación científica. Al respecto, un rumor que apuntaba al bioterrorismo como origen de la nueva cepa de coronavirus involucró a inicios de año al estadunidense Charles Lieber como presunto responsable de la pandemia en su calidad, desde 2011, de “científico estratégico” de la Universidad Tecnológica de Wuhan (WUT), tras haber sido reclutado por Pekín para fomentar el desarrollo científico. Las especulaciones crecieron en la prensa mundial y las redes sociales luego de que el doctor Lieber, experto en nanociencia y reconocido investigador de la Universidad de Harvard, fuera detenido el 28 de enero en Estados Unidos, acusado por el Departamento de Justica de mentir sobre su implicación y sus negocios con un programa de investigación del gobierno chino en dicha universidad, mientras recibía fondos federales estadunidenses para sus estudios.

Pero cualquier atisbo de “guerra biológica”, como sugerían algunas teorías conspirativas, quedó descartado al menos hasta el momento, cuando científicos del Scripps Research Institute, con sede en La Joya, California, descartaron cualquier evidencia de que el virus se haya creado en un laboratorio o diseñado de otra manera. Así declaró a la cadena BBC el doctor Robert E. Garry, profesor de la Universidad de Tulane y uno de los miembros del equipo de investigación liderado por el infectólogo californiano Kristian Andersen. El ensayo “The proximal origin of SARS-CoV-2” (Una aproximación al origen del SARS-CoV-2) fue publicado en la revista Nature Medicine el 17 de marzo y concluye que existe una nueva forma posible de generar coronavirus que pueden afectar al ser humano: “la combinación entre dos coronavirus en la naturaleza”. Esto puede aportar más indicios a la teoría de que el virus fue transmitido de los animales a los hombres, muy posiblemente de murciélagos y pangolines.

En la costera ciudad de Shenzhen, en la provincia de Cantón (o Guangdong), a unos mil kilómetros al sur de Wuhan, con más de 16 millones de habitantes y donde el consumo de animales silvestres es al parecer aún más popular, el gobierno decretó como “permanente” la prohibición de su caza y comercialización, incluyendo perros y gatos –cuyo consumo en China alcanzaría respectivamente los 10 y cuatro millones de ejemplares al año según cifras conocidas.

Otras cuatro epidemias nacieron en China desde 1957 como la Gripe asiática causada por un virus de influenza A (H2N2)

Fue en zonas cercanas a la pujante Shenzhen –considerada el “Silicon Valley” de China como centro de fabricación de partes y dispositivos electrónicos–, donde en noviembre de 2002 surgió el anterior coronavirus, SARS-CoV-1 o SARS (síndrome respiratorio agudo grave), tras contagiarse los habitantes al consumir posiblemente murciélagos. La primera pandemia del siglo XXI afectó durante siete meses a 30 países de los cinco continentes, pero, contrastada con la actual, fue evidentemente mucho menos letal: infectó a menos de 9.000 personas y mató apenas a 916 (OMS). En junio de 2003, al ser controlada la peste, la Organización Mundial de la Salud alertó que el SARS “es una advertencia” que “ha puesto a prueba incluso a los sistemas de salud pública más avanzados” y una “amenaza al sistema mundial de salud pública”. Llamó, en consecuencia, a gobiernos y Estados a “reconstruir y reforzar las infraestructuras de salud pública (que) hoy han aguantado, (pero) puede ser que la próxima vez no tengamos tanta suerte, ya sea ante el SARS u otra infección nueva”. Vana recomendación…

Otras cuatro epidemias nacieron en China desde 1957 como la Gripe asiática causada por un virus de influenza A (H2N2), que habría causado la muerte de más de un millón de personas en todo el mundo; la Gripe de Hong Kong (1968), otra cepa de virus A (H3N2), que surgió en algún lugar dentro de China y saltó a Hong Kong con saldo de otro millón de fallecidos en Asia, Europa y América, y la Gripe aviar (H5N1, 1997), con algunos centenares de muertos en distintos países. (https://www.efesalud.com/epidemias-china-coronavirus-neumonia).

En Pekín, el combate a la violación de la prohibición temporal de capturar, vender o comer animales silvestres –autoridades y prensa hablan de animales “salvajes”, pero en rigor los salvajes son los humanos que se los comen– supuso desde febrero último el allanamiento de distintos comercios, el arresto de unas 700 personas y la recuperación de casi 40 animales, incluidas comadrejas, ardillas y jabalíes. Y es que el gusto en China por la fauna silvestre es tan ancestral como su uso para fines medicinales. La cartera de animales incluye cocodrilos, víboras, burros, ciervos y civetas, además de murciélagos y pangolines.

No obstante decretos oportunistas de Pekín, el sufrimiento de millones de animales silvestres no tendrá fin

El pangolín chino (Manis pentadactyla), un pequeño, inofensivo y solitario mamífero del tamaño de la palma de la mano, que cuando percibe una amenaza cubre su cabeza con sus patas delanteras envolviéndose en su armadura de escamas, podría estar detrás del Covid-19 según expertos. Es considerado el vertebrado más afectado del mundo por el tráfico de especies, en especial en Asia ya que su carne es vista como “un manjar” y por el valor que se les da a sus escamas para tratar artritis, asma o reumatismo. En peligro de extinción, se estima en más de 2.7 millones el total de pangolines cazados al año solamente en África (National Geographic, Madrid, 31-03-2020) a fin de atender la alta demanda asiática.

Pese al pedido de ambientalistas, académicos y ciudadanos chinos que exhortan desde hace años a una prohibición permanente del comercio de vida silvestre, incluyendo el cierre de los mercados donde estos se venden, es claro que su cría y comercialización tiene el respaldo de Pekín como fuente de ingresos para millones de personas. De hecho, tras el brote del SARS, el gobierno chino a través de la Administración Nacional Forestal y de Pastos (NFGA) autorizó la cría y venta legal de 54 especies entre ellos tortugas, cocodrilos y civetas, así como la cría de especies en peligro de extinción como osos, tigres y pangolines para fines de explotación. El comercio de estas especies con permiso oficial produjo en 2016 unos 20 mil millones de dólares en ingresos anuales. Y si en 2002 el brote del SARS podría haberse originado de los murciélagos a los humanos a través de la civeta, un mamífero parecido al gato, pero con hocico de mangosta, la ruta de la nueva peste podría originarse en los murciélagos a través del pangolín, ambos degustados por la población china. Fue estremecedor ver en diciembre las imágenes del mercado de Wuhan, con decenas de animales silvestres vivos, encerrados y aterrados en estrellas jaulas o murciélagos abiertos a la mitad en los puestos de comida. Es sabido que los murciélagos cumplen una función muy beneficiosa para los ecosistemas, en tanto polinizadores y controladores de plagas para la agricultura. Por ejemplo, en Chile, los murciélagos están protegidos por ley, lo que significa que nadie puede matarlos. También el pangolín, un pequeño oso hormiguero, es un combatiente eficaz de hormigas y termitas,gracias a su larga lengua, estrecha y pegajosa.

No obstante decretos oportunistas, cuando precisamente la mirada del planeta está puesta con justificado rencor en el país que por sus hábitos alimenticios originó esta catástrofe sanitaria sin paralelo, el sufrimiento de millones de animales silvestres no tendrá fin: el gobierno de Xi Jinping acaba de dar luz verde a un medicamento a base de bilis de oso para tratar a pacientes del Covid-19, avivando la controversia sobre los plantígrados criados en condiciones brutales de maltrato con fines médicos.

Así lo informó la agencia francesa AFP (2-04-20), que destacó la impotencia de asociaciones ecologistas, que desde hace tiempo denuncian el destino que se reserva en China a miles de osos, inmovilizados en pequeñas jaulas, donde su abdomen es perforado por un catéter unido a su vesícula para extraerle la bilis, que la “malsana” medicina tradicional china utiliza para atender problemas de colesterol, y cálculos biliares y renales.

Añade la agencia que en marzo el ministerio chino de Salud recomendó para los pacientes más graves de Covid-19 una inyección llamada Tan Re Qing, compuesta de bilis de oso, polvo de cuerno de cabra y extractos de plantas, al estar dicha fórmula indicada para tratar la neumonía. Pero según la asociación Animals Asia Foundation (AAF), recurrir a la bilis animal contra la epidemia es “trágico y contradictorio” ante el anuncio de China de prohibir el comercio de ejemplares silvestres. Como el pangolín, el oso negro de Asia también está en peligro de extinción. Unos 20 mil osos negros son explotados en China para proporcionar su bilis en un mercado farmacéutico valuado en más de 1.000 millones de dólares, según Kirsty Warren, vocero de la Sociedad Mundial de Protección de Animales. Y esto pese a que el principio activo de la bilis de oso, el ácido biliar ursodiol, puede ser producido químicamente en laboratorio, según afirmó a la AFP Richard Thomas, de la Asociación Traffic.

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