POETAS EN CUARENTENA

MaryCarmen Castillo*

Foto: Horacio Zamora

Dignidad

En la noche al descampado
los ciervos vigilan la carrera frenética de los faros;
el Terror acecha, nos observa con sus ojos amarillos
tratando de decidir si es ésta
una buena noche para la cacería.

Yo miro la negrura.
La de afuera se come la luz
es una bestia con las inmensas fauces abiertas;
una luna ahíta de otoño sobre un campo de estrellas embozadas nos mira
impasible.
La de adentro, feroz, inquilina de mis entrañas, empuja
quiere arrancarme el disfraz de una zarpada
-el disfraz de la sonrisa fácil, la vida perfecta, el corazón satisfecho-
y yo voy en silenciosa lucha encarnizada
acomodándome una y otra vez los labios,
empujando atrás, atrás las lágrimas, acallando a murmullos
los aullidos en mi mente,
apagando a tarascadas el incendio que me anima.
Pero voy perdiendo.

La tercera oscuridad me observa de soslayo

mientras hurga en su memoria,
remueve en voz alta sus recuerdos
y los examina.
Es una oscuridad poderosa
(se cree poderosa).
No sonríe ni es compasiva.
Pienso constantemente en una mujer
que llora a su madre muerta
amasando almendras y mantequilla
para alimentar al que conduce a su lado
por esta carretera repleta de presagios y vacío.

Intuyo
senderos y campesinos que preparan su reposo
con una de café y dos de azúcar.
Imagino
luces boreales en esa tierra que siempre
siempre me está llamando
me está llamando por mi nombre
por todos mis nombres con su boca de río alrevesado
-yo sé que me busca,
me busca su cielo bajito y encapotado,
claman por mí las copas de sus árboles
y los cuervos graznan el nombre que me dieron, allá,
al norte del norte, donde está enterrado mi ombligo-.

Mi mente resbala
(ha perdido nitidez)
el disfraz se desliza irremediablemente: todos lo sabemos
las tres oscuridades,
los ciervos, las estrellas y los cazadores, todos:
yo no soy ésta; estoy mintiendo.

Un haz de luz se abre en abanico a nuestro paso.
Esto no es lo que yo quería para mí.
Hace ya lunas incontables que es ya muy poco lo que sé;
pero al menos esto sé:
mis labios no han cambiado su filo
por sonrisas complacientes;
yo no soy ésta
ni es ésta la tierra que me extraña.

Yo no soy ésta.
Mas no soy ya más aquella tampoco
ni mi mente es amplia y poderosa
ni mi corazón suspira turrones de satisfacción.
Lo que sabía de mí dejó de ser cierto;
las madres muertas, los tobillos fracturados,
las manos mutiladas y la soledad carcomiente
me han dejado un zumbido donde antes mi mente brillaba
potente y colosal
ahí, donde mi voz entonaba silencios de admiración
que nadie osaba interrumpir.

Antes. En otra vida.
Otra, en definitiva, con este mismo rostro
que me pongo todas las mañanas,
pero otra.

La luz existe y yo lo sé.
Sólo no luce sus galas aquí, a mi vera.
Aquí
hay tan solo estas tres oscuridades:
la que me rodea,
la que me habita
y ésta que conduce mi vida
por una carretera que no reconozco
hacia una casa que no es la mía
por una tierra que reniega de mí
y yo de ella.

Yo no soy ésta y esta tierra no es mía.

Mi tierra me espera con su belleza descomunal
más allá de este camino bastillado de cardos
y pensamientos malolientes;
allá, allá, más allá de esta piel de asfalto
hay una tierra alfombrada de hielo fragante
con árboles como cíclopes
y gansos como flechas que indican el camino de regreso
y un cielo que me espera sobre doce puentes de diamante y hierro
-un cielo que reverbera mi nombre, que sabe quién soy-.

Mi mente me traicionó
su traición es una daga que cercenó mi vida
que trocó la esperanza en malandanza en mi vida
que desoló todo lo que era valioso en mi vida.
Y sin embargo…, mi corazón sigue con su orquesta
de percusiones africanas en mi pecho
decidido, anhelante e insatisfecho;
¡y el incendio que me anima devora a su paso
toda muerte, toda oscuridad, toda tristeza!
Mi corazón sabe
él sí sabe quién soy
pero no me lo dice; quién sabe por qué…;
quiero creer
que son razones de amor las suyas.

Pienso en una mujer que llora mientras cocina,
que vive su vida como quien espera despertar
de un sueño que no reconoce como suyo,
que transita sus días con un disfraz como armadura.
Una mujer
que no sabe ser digna.
Pero al menos ama a su corazón
y respeta su memoria
y elige, una y otra vez, elige
estar viva.

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*Poeta, docente y especialista en semiótica, deconstrucción y enseñanza de la lengua española, estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM y la maestría en Saberes sobre Subjetividad y Violencia, en el Colegio de Saberes. Es fundadora del Círculo de Poetas Auris, donde ha desarrollado diversas técnicas de lectura de poesía en voz alta. Cuenta con diversas publicaciones literarias y ensayísticas, entre ellas su más reciente poemario Gente bendita (Mastodonte, 2022).
Más textos en: https://www.linkedin.com/in/marycarmen-castillo-79988543/

Publicado por adrianaesthela

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