Entrevista con Xitlalitl Rodríguez Mendoza

«La traducción también es escritura y con este libro traduje arte«

El 28 de julio se presentó en la Casa de Francia, en la Ciudad de México, la novela juvenil Tengo 14 años y no es una buena noticia, de la reconocida escritora francesa Jo Witek, Premio Babelio 2021, ante un público expectante que llenó el auditorio por la calidad del libro y la trascendencia del tema: los matrimonios infantiles forzados que siguen afectando a millones de niñas en el mundo. 

Por Irene Selser*

Xitlalitl Rodríguez Mendoza: «Sin traducción no hay literatura». Foto: Cortesía

Por varios motivos, la novela Tengo 14 años y no es una buena noticia está destinada a trascender en México, en primer lugar, por el tema que aborda: los matrimonios forzados de niñas y adolescentes que aún no han alcanzado la mayoría de edad y que son vendidas por sus padres y madres a hombres que muchas veces les triplican la edad, como parte de un comercio filial ancestral, que responde a razones económicas y culturales. El libro es otro acierto del sello infantil y juvenil El Naranjo, a cargo de la editora Ana Laura Delgado, que por primera vez incluye en su catálogo una obra traducida, en este caso del francés.

En la presentación del libro acompañaron a Delgado la senadora Patricia Mercado, dedicada desde hace décadas al tema de los derechos de la mujer; Ivonne Piedras, directora de Comunicación y Campañas de la organización Save the Children en México; la ilustradora, Jimena Estíbaliz, que aporta imágenes francamente originales y poderosas que elevan el impacto de la obra, y la traductora y poeta Xitlalitl Rodríguez Mendoza, que hizo posible la existencia en español de este valioso libro.

Por motivos de fuerza mayor, la autora Jo Witek (París, 1968), también periodista, actriz y cuentacuentos no pudo estar presente, como era la intención a través de un videomensaje .

Las participantes enfatizaron en la importancia de esta novela, escrita en un lenguaje sencillo y directo, no solo por su calidad literaria sino como herramienta de denuncia en contra de una práctica que, en los hechos, supone otra forma de abuso y violencia sexual.     

La historia cuenta de vida de Efi, una joven estudiante de secundaria cuyos padres, que viven en el pueblo y enfrentan demasiadas penurias, deciden casarla apenas cumplidos sus 14 años. Excelente alumna y amante de la poesía, la joven núbil terminará desafiando su destino «manifiesto» gracias a su espíritu autónomo y libre, a cambio del rechazo de su comunidad y su familia, cuyo único vínculo será su hermano Âta, solidario y cómplice; «un hombre diferente», dirá Efi, que se despide de sus lectores con esta reflexión:

«‘¿Y mañana? ¿Cómo será el mañana?’, me preguntan con frecuencia las personas a quienes les cuento mi historia. Les respondo que lo ignoro. Les respondo que depende… de ellos, de ti, de mí. De cada quien. Les digo que la vida depende solo de eso: de unos cerillos, de una pluma de gallina, de un hermano valiente. ¿Mañana? Seré libre para ver el sol levantarse como en cada amanecer. Después, andaré por los caminos, porque mientras haya chicas amenazadas por un matrimonio forzado, no habré terminado de contar mi historia.»

A propósito del libro y de los retos que supuso esta, su primea traducción para la editorial El Naranjo, conversamos con Xitlalitl Rodríguez Mendoza, la voz en español de la adolescente Efi.   

¿Qué significó para ti la traducción de este libro y su contenido?

Ha sido muy importante, porque es la primera novela juvenil que traduzco. Además, me siento muy afortunada de traducir un libro de una autora tan reconocida como lo es Jo Witek. La novela es muy compleja para traducir, más allá del tema que aborda, que es el problema del matrimonio infantil; pero, literariamente, los personajes tienen muchísimos matices y, sobre todo, quería lograr que Efi tuviera, en su traducción al español, la misma construcción y los mismos efectos en los lectores que en la versión original en francés.

¿Cuáles son los retos que enfrentaste como traductora?

El principal, me parece, fue el hecho de que no haber tenido la oportunidad de trabajar directamente con la autora, de consultar con ella algunas dudas. Esto se complicó, en particular, en la traducción de frases y expresiones idiomáticas. Hubo también temas más puntuales como el tratamiento de los nombres al momento de la traducción: hay algunos apodos y también está el caso de los pequeños Solo y Rana, los hermanitos de Efi, pero dado que en español tenemos las palabras «solo» y «rana», se me ocurrió que con un acento circunflejo tendrían un elemento gráfico que los alejara de su significado en nuestra lengua, por lo que quedaron como Sôlo y Râna, aunque ahora que lo pienso, esta es una salida que podría ser capacitista, dado que solamente sirve si se está leyendo el texto, mas no si se está escuchando.

También hubo largos intercambios con el generoso equipo editorial sobre algunos criterios editoriales y de otro tipo. Por ejemplo: la historia de Efi transcurre en tres espacios sin nombre propio, pero que son la ciudad (ville), un pueblo (bourg) y una aldea (village). Sabemos que, en general, village se traduce como pueblo, pero dadas las dimensiones y el tipo de actividades que describe la protagonista del libro que se realizan en uno y otro espacio, es importante diferenciarlos. Pero nos tardamos un buen rato en llegar a un acuerdo, que es, al final, como quedó: ciudad, pueblo grande y pueblo.

Eso sucedió con varias decisiones sobre mi traducción, cuyo primer borrador revisó minuciosamente mi colega traductor Alejandro Maciel.

Junto a tus más de ocho libros de poesía publicados, que incluyen también el género de ensayo, ¿qué supone como poeta la labor de traducción?

Con la traducción de Tengo 14 años y no es una buena noticia me pasó algo que jamás me había pasado: una aprehensión terrorífica sobre mi escritura y sentí que realmente estaba haciendo algo artístico. No sé, como que en mis poemas siempre he sido más receptiva —o al menos, eso espero— con los comentarios de mis editores, en especial o en el caso particular de Datsun y Catnip, donde directamente trabajé los libros con mis queridas editoras Carmina Estrada y Mónica Nepote, respectivamente. Aunque sé que, para fines prácticos soy artista (actualmente tengo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte), no pienso en mi escritura como arte. Yo veo a la poesía como algo que siempre ha estado en mi vida incluso antes de empezar a escribir; es algo que simplemente no puedo dejar de hacer porque es mi forma de entender el mundo. Y quizá también se deba a que —aunque actualmente tengo la enorme fortuna de vivir de la poesía— sé que tal vez no siempre voy a trabajar en cosas que tengan que ver con poesía, pero estoy segura de que nunca podré dejar de leer, recordar ni escribir poemas.

Con esta traducción sí sentí que estaba haciendo arte. Sentía que tenía la gran responsabilidad de trasladar una obra de arte de una cultura a otra. Me imagino que es lo que pueden sentir quienes tuvieron que trasladar una cabeza olmeca hasta Alemania. Entonces yo quería hacer lo mejor posible pensando en la autora, desde luego, pero también en los lectores. Y es muy difícil darte cuenta de que muchas veces la traducción no se toma como lo que es: literatura. Pareciera como que el texto traducido no fuera un original, y claro que lo es. La traducción es escritura. Y los traductores somos autores al cuadrado: porque llevamos la obra de un autor en una lengua y otra cultura, y hacemos que eso exista en otro lado. Me gusta pensar en la traducción como una rosa de Jericó a la que le echas agua y se expande y vive, luego se vuelve a secar y se hace bolita, y te la puedes llevar a otra parte; es cuestión de que la vuelvas a poner en agua, para que vuelva a expandirse. Claro que, entre una y otra vida, tiene quiebres y algunas de sus ramitas se irán transformado, pero la rosa es la misma y está viva. El traductor es quien vierte el agua y quien busca el recipiente y la luz adecuados para que cada texto crezca y respire en otro lugar. Ya eché mucho rollo para decir simplemente que, sin la traducción, no existiría la literatura.   

Otra gran diferencia entre mi trabajo como autora y como traductora es que llevo más de veinte años escribiendo y publicando poesía. He sido muy afortunada en cuanto a que mis libros se han publicado y han circulado bien. Sin embargo, estamos hablando de un género que, si bien tiene su prestigio dentro del campo literario, es el más menospreciado en el mercado editorial, porque es el que menos se vende. Una vez entrevisté a un agente literario extranjero que lleva nombres chonchos en cierta editorial trasnacional, sobre la compra de derechos para la traducción de poesía: soltó una carcajada. Eso no existe debido a que, según me explicó, los derechos de traducción aumentan los costos de publicación, por lo que las editoriales prefieren apostar a géneros que saben que serán redituables, tal es el caso de la novela.

Sin duda, hay semejanzas entre la poesía y la traducción como procesos de creación. Pero evidentemente cada uno tiene sus reglas. ¿Cuál disfrutas más? O, dicho de otro modo, ¿hay momentos diferentes para escribir y para traducir?

Creo que algo que disfruto muchísimo de ambas cosas es el sentido de libertad que me dan. Siempre quise ser narradora, pero no soy buena. Pero traducir narrativa me ha dado la ilusión, por un momento, de estar escribiendo una novela. ¡Y me encanta! Traducir ha sido como estar leyendo una partitura y estar, al mismo tiempo, ejecutando la pieza en un instrumento que me es propio, que es la lengua. Obviamente cada una tiene sus complicaciones: en la poesía a veces me gana la risa o me preocupa escribir sobre ciertas cosas; en la traducción, por el contrario, quiero quedar contenta yo, los lectores y lo que me imagino que podría gustarle al autor. Y, también, al editor. Aunque cuando ya es un trabajo remunerado, que así debería de ser siempre, sí se agrega una capa de tensión, pero supongo que es normal.

A tu juicio, ¿cuál es la importancia de este libro en la realidad mexicana y qué puede aportar al debate jurídico sobre los derechos de la infancia y la juventud?

Nunca había estado en una presentación así. Me sorprendió porque jamás se habló de literatura. Se politizó la conversación, lo cual está bien hasta cierto punto, pero hasta yo me dejé llevar por el tema del matrimonio infantil en México y el mundo. Un tema del que no sabía casi hasta antes de iniciar con la traducción del libro, ahora no sé mucho más que algunas cifras.

Quisiera mencionar que la novela se compone de veinte capítulos al largo de los cuales se narra la historia de Efi, una adolescente de 14 años que regresa en el verano de la escuela a la casa con su familia y, debido a la precariedad y la pobreza en la que esta se encuentra, aunado al séptimo y abrumador embarazo de su madre, Efi tendrá que abandonar la escuela para casare con Soan, un hombre de 30 años que fue a la facultad y cuya familia, adinerada, vive en la ciudad y a quien la joven nunca ha visto en su vida. Efi está aterrada al igual que su amiga Alvina, quien también deberá casarse con un hombre mucho mayor que ella. No hay nada que ninguna de ellas pueda hacer, ya que a las mujeres que se niegan a responder a esto son golpeadas o incluso asesinadas, por propios y extraños, mientras que sus familias son aisladas y repudiadas. Narrada en primera persona, la historia de Efi se nutre de lecturas de aventuras, pero también de cuentos de tradición oral como Caperucita —en la lectura de Robert Darnton—, donde la joven núbil debe cuidarse del lobo. Estas intermitencias intertextuales, también son alimentadas por Emily Dickinson, una poeta que, desde su encierro, acompaña a Efi en el suyo.

La complejidad de los personajes y el cuidado que la autora dedica la relación de Efi con cada miembro de su familia e, incluso, con otros personajes entrañables, aunque silentes como la maestra Gaztea, le da un gran relieve narrativo al libro. No se trata de una historia donde claramente la familia que entrega a Efi a un perfecto desconocido es mala. Como la novela épica que es, la protagonista se desploma ante su terrible realidad para reconstruirse. Se reconstruye frente a su padre destrozado al no tener otra opción para sobrevivir que casar a su hija; frente a su madre exhausta y vacía; frente a sus amigas dadas por vencidas; frente a su hermano Âta quien, después de Efi, es el personaje más querible de la novela.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, donde para 2023, según cifras de la UNICEF, 120 millones de niñas serán sometidas al matrimonio forzado, el país que sirve de contexto es deliberadamente ambiguo. Se menciona algo del paisaje como: «Me instalo debajo de un árbol enorme. Podría ser un tamarindo, un karité, una casuarina, un roble, un baobab o una secuoya. Siempre hay árboles enormes en la vida de las chicas». Esta lista de árboles deja claro que la historia puede transcurrir en México, Botsuana, India o Estados Unidos. Pero hay rasgos culturales que dibujan el origen de la familia, como pueden ser el hecho de que coman sobre una estera o tapete y no se sientan a la mesa. O el hecho de que recen varias veces al día. En fin, sin dar más detalles, esta novela es una pieza literaria que, sin bien cuenta una historia terrible, también trae esperanza e incluso ciertos momentos de humor.

En una entrevista, la autora menciona que no especifica el país en el que se sucede la historia porque no quería estigmatizar a una cultura, un pueblo, una religión, etcétera. Creo recordar que en la presentación del libro se mencionó que el matrimonio infantil en México se da, sobre todo, bajo la figura de «usos y costumbres», pero me parece que eso es racista porque la gran mayoría de las veces, esa figura se utiliza para hablar de los pueblos originarios. En la presentación se comentó que el matrimonio infantil se da, sobre todo en ciertos estados que resultan ser los más empobrecidos del país. Decir eso es no aceptar que la violencia del matrimonio infantil responde a también a la violencia económica a la que han sido sometidos estos estados desde los centros financieros, centros alrededor de los cuales hay redes de trata de personas y feminicidios.

Creo que libros como Tengo 14 años y no es una buena noticia son importantes, pero —más que para concientizar a los políticos a fin de que hagan su trabajo y protejan los derechos de grupos vulnerables; por lo general, la clase política no tiene remedio—, son necesarios sobre todo para acompañar a las víctimas de este tipo de abusos. Porque esto es lo que hace la literatura: encontrar a las Efis del mundo y acompañarlas, reflejarlas y nombrarlas en los momentos de mayor soledad, dolor e incertidumbre. Así como Efi toma de escudo contra el horror un poema de Emily Dickinson (traducción que muy amablemente nos cedió Juan Carlos Calvillo), espero que mi traducción tenga un lugar en la vida de sus lectores. 

*Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, Jalisco, 1982) es poeta, traductora y editora. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Es maestra en Traducción por El Colegio de México y por la Universidad Sorbonne Nouvelle – Paris 3. Ha publicado varios libros de poesía, entre los que se encuentran Datsun, Catnip, Hotel Universo y Jaws [Tiburón], libro que le valió el X Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano. También es autora, junto con Atahualpa Espinosa Magaña, del libro de ensayos Poesía y desempleo. Ha traducido varios libros de literatura infantil. Tengo 14 años y no es una buena noticia de Jo Witek es la primera novela juvenil que traduce. Actualmente es jefa de redacción de Periódico de Poesía de la UNAM y forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

*Irene Selser es periodista, editora, escritora y traductora. Editora de Diarios de Covid-19 (diariosdecovid@gmail.com) y del sello Edita-Express (edita.express@hotmail.com).

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