Vientos desnudos

Un caleidoscopio de cuentos y prosa poética de la mano de Maya Lorena Pérez Ruiz

«En ‘el escribir literatura’ y ‘el exponerse’ al publicarla se imbrica lo individual con lo colectivo», afirma Maya Lorena Pérez Ruiz. Foto: Cortesía

Por Irene Selser*

Esta temporada de pandemia -¿o habría que decir pandemias, por el muy corpóreo fantasma de los extremismos y las catástrofes humanas que se expanden por el mundo a la sombra del covid?-, nos ha dejado cosas tan espantosas como magníficas, una de estas últimas el más reciente libro de la escritora mexicana por vocación y doctora en Antropología por profesión, Maya Lorena Pérez Ruiz. Un libro, Vientos desnudos (Juan Pablos Editor, México, 2021), que el novelista y poeta Ismael García Marcelino califica de «fundamental» en el marco de la literatura moderna, no solo porque leer los cuentos de Maya Lorena «es una delicia», dice, sino porque suponen «todo un descubrimiento por la calidad artística de sus textos, labrados con un pulso que hacía tiempo no lográbamos encontrar».

En efecto, la escritura de Maya Lorena sorprende doblemente por la solidez de su prosa y la libertad de decir en un entramado de historias, personajes y situaciones que desafían lo mismo a los cánones establecidos que al lector.

Investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel tres, Maya Lorena es a la vez autora de 11 libros y de más de 120 artículos y capítulos de libros relativos a pueblos indígenas, interculturalidad y patrimonio cultural. 

En el campo de la literatura es miembro del colectivo latinoamericano Mujeres que Cuentan -del que me congratulo de ser también parte- que ha publicado cuatro antologías de cuentos bajo el sello editorial Narratio Aspectabilis, bajo la coordinación de la escritora nicaragüense Linda Báez Lacayo: Once Mujeres que Cuentan (2017), Mujeres que Cuentan Erotismo (2018), Mujeres de Miedo que Cuentan (2019), y Mujeres que Cuentan Secretos (2020). Desde el año 2021 es miembro de la Academia Nacional e Internacional de la Poesía, capítulo Michoacán. En la actualidad está en proceso la publicación de su primera novela Punto de golpe

En la introducción de Vientos desnudos, Maya Lorena reivindica el oficio literario como un hecho social, lo cual en su caso no podría ser de otra manera, ya que la otredad multicultural inherente a su trayectoria como antropóloga permea su colección de relatos, «un testimonio de más de veinte años de ese ejercicio de libertad, ni arbitrario ni sumiso, situado firmemente en lo que soy y aspiro», dice la autora. ¿Su registro? «El grito desgarrado de la protesta, la airada necesidad de subvertir el orden, la lúdica expresión de la alegría, y el movimiento, en catarata, de los amores rebeldes o de la simple y liberadora rebeldía».

Antes de compartir con los lectores de Diarios de Covid-19 tres de sus cuentos, dejamos la palabra al escritor y traductor Julio Moguel, prologuista de Vientos desnudos: «Maya Lorena ‘se expone’, como diría Cioran, para presentar un hermoso y bien tejido libro de cuentos que, si se hubiera ‘expuesto’ en otros tiempos, algún alto Tribunal o mando inquisitorial lo hubiera enviado directamente a la hoguera, por ‘faltar a la moral’ e incitar a las personas ‘decentes’ a rebeliones diversas».

Moguel ubica varios de los cuentos de Maya Lorena en el subgénero de la prosa poética, al estilo de Poe y Baudelaire, dado que la autora introduce en el libro algunos cuentos-poemas en prosa, lo que sin duda es «una significativa aportación a la literatura moderna. A buena hora y en el mejor momento, justo cuando se viven transformaciones profundas en la vida y en el lenguaje, en México y en el mundo».

Ilustración del libro: Manuel Pérez Coronado (MAPECO)

Exorcizar el encierro

Diana y Efraín trabajaban en la misma empresa de diseño, uno en el área de Creatividad y la otra en la de Mercados. Se encontraban todos los días laborales en las mañanas, afuera de los elevadores, y, por las tardes, en el estacionamiento subterráneo del edificio de siete pisos con paredes de cristal. El saludo entre ellos era breve, con la rígida frialdad de quienes participan en una empresa con más de cien empleados y no tienen la obligación de ser cordiales con todos, y se resisten a tratar con los inoportunos que les quitarán valiosos minutos de su agenda y pueden ser, además, sus competidores por el mejor sitio para estacionarse.

A Diana ese hombre le resultaba desagradable por su prototipo del hípster, con su estilo distraído perfectamente cuidado, su barba ligeramente crecida y su bigote de puntas elevadas en los extremos, como si pretendiese con ello sustituir la sonrisa escasamente regalada al grueso de los empleados. Para Efraín ella representaba el estereotipo pasado de moda de la ejecutiva de tacón alto, cuyo desaliño se descubría en el desgaste sutil de las orillas de su portafolios de piel, casi nunca en armonía con el conjunto que vestía: falda estrecha con saco sastre y algún accesorio visible en el cuello de su blusa, discretamente abierta. 

La situación cambió con la presencia del Covid 19, que arrasó con parte de la población mundial y de paso con las usuales formas de convivencia, incluyendo las del trabajo. Catástrofe que, entre cosas, derivó en la intensificación del home office y en el despido del cincuenta por ciento de los trabajadores de su empresa. Esto, en su caso, los obligó a permanecer encerrados en sus casas, a interactuar laboralmente mediante videoconferencia una vez por semana, y a estar disponibles a cualquier hora del día a través de mensajes por teléfono celular.

Este cambio agravó la incomodidad que sentían el uno por la otra y la otra por el uno, ya que además del rechazo ya existente éste cobró nuevas dimensiones al verse deformados por las cámaras de sus computadoras. Deformidad que se agudizaba conforme pasaban las horas de trabajo, se acercaban demasiado a la cámara, abotagando sus rostros, y relajaban la compostura rígida y formal a que los obligaba la empresa, con sus medidas sonrisas y su estudiada manera de afrontar las disidencias: él después de las primeras dos horas comenzaba a torcerse las orillas del bigote, hasta que su cara se asemejaba a un diablo rojo y bigotón, mientras que a ella podía vérsele rayando de manera insistente una hoja de papel en la que trazaba las líneas de su desesperación y los filos de los desacuerdos. Ambos terminaban la sesión semanal con un malestar acumulado difícil de manejar en la siguiente sesión con falsa cordialidad.

Otra situación muy distinta sucedió con su comunicación por WhatsApp, con la que daban seguimiento a los acuerdos tomados en su videoconferencia semanal. Las iniciaron por las mañanas hasta que, por inercia, las fueron acumulando hacia la noche; posiblemente por el ritmo del día en que el trabajo no tenía límites ni tiempos de descanso.

Sin que fueran conscientes de cómo transcurrían sus conversaciones por teléfono celulares, mediante breves pero abundantes mensajes, poco a poco fueron agregando en ellos estampas de frases saludadoras, caritas sonrientes, manitas blancas, amarillas o morenas con explosivos aplausos, así como signos de ¡Está perfecto! y ¡Bravo!, hasta que llegaron a insertar ositos y gatos bailarines. Stickers que, mediante una conveniente colocación, fueron limando la rispidez y les permitieron expresar sus emociones de contento, admiración o aliento.

Tumbados cada cual en su cama, rodeados de su sagrada intimidad, enfundados en su holgada ropa de dormir, por horas se dedicaban a mandar y contestar mensajes cada vez más fluidos y amigables. Así pasaron los seis primeros meses de encierro, con ríspidas reuniones semanales y mucho mejores sesiones de trabajo por las noches. Entre el octavo y noveno mes la cordialidad cambió de tono sin que se dieran cuenta y sin que dejasen de escribir sobre estrictos temas de la agenda establecida por su empresa.

Pronto, sin embargo, fue inevitable que cada uno sintiera que en esas largas y fragmentarias conversaciones nocturnas había algo pecaminoso; como si al emprenderlas de noche, a media luz y en pijama, ellos fuesen cómplices de algo profundamente íntimo y transgresor, ya que si bien siempre trataban asuntos de diseño y mercadeo y no existía nada que prohibiera trabajar de noche, tampoco parecían ser lógicas de acuerdo con el rígido protocolo laboral. Ese gusto por comunicarse desde el placido sosiego de su refugio invariablemente desaparecía en sus reuniones por videoconferencia.

***

Diana comenzó a inquietarse cuando pasaban de las nueve y media de la noche y no llegaba el mensaje con el consabido “Hola. Aquí de nuevo”, e iniciaba el veloz intercambio de mensajes, siempre estrictamente laborales en forma y contenido, y tremendamente perturbadores en cuanto a la tensión que los iba entrelazando conforme avanzaba el intercambio de mensajes y textos. Ningún recuento de lo que se escribían podría demostrar que hubiese algún indicio de coqueteo o de insinuaciones amorosas y, sin embargo, de poderse medir la atracción con la luz del arcoíris hubiera podido constatarse cómo se pasaba del azul frío a un tono más violeta, y de éste a los colores cálidos amarillos y naranjas para estacionarse, titilante, en los rojos, emblema de la pasión, la abundancia y el peligro.

Ella, incluso con cierta picardía, comenzó a dejar pasar varios minutos antes de contestar y, con cierto placer picante, se imaginaba a su colega inquieto, viendo insistente su celular para corroborar las dos palomitas azules que indicaban que ella ya había visto su mensaje y que por fin le contestaría. Efraín, más concentrado en sí mismo y menos apto para descubrir sus emociones, tardó tiempo en darse cuenta de que algo especial había en esas llamadas nocturnas, que le generaban un frenesí peculiar para el cual siempre encontraba explicaciones perfectamente racionales: su emoción derivaba de la intensidad con que fluía su inteligencia, la sorpresa por la sagacidad que descubría en su compañera, o por la pasión con la que ambos realizaban su trabajo. 

La incógnita radicaba en que tal arrebato no era clasificable como estrictamente profesional, y a veces se descubría con su ropa de cama misteriosamente erguida. Además de que era confuso que tal misterio de atracción sublime sucediera mientras ellos escribían estrategias de mercadotecnia, delineaban el boceto de lo que sería el siguiente cartel de publicidad, o discutían las mejores tácticas de venta.

El encierro continuaba y en ellos fue aumentando el ansia por escuchar la alerta del celular que anunciaba el inicio de su conversación, y con la misma fogosidad aumentó el lazo clandestino de la seducción que emergía con sus mensajes, como si no importara lo dicho fielmente, sino la sensualidad de los trazos redondos de la “a”, la exquisita largura vertical de la “l” y el rotundo y carismático punto de la “i”; además del voluptuoso trazo de la “w” y el no menos misterioso enlace corporal de la “x” y la “y”. Letras sagaces capaces de saltar sobre los significados convencionales para comunicar la creciente atracción del uno por la otra y de la otra por el uno, a través de un medio tecnológico en que no era visible el ridículo bigote de Efraín ni el desaliño del portafolios de Diana. 

Luego de despedirse, bajo la cordialidad de dos compañeros de trabajo que no hacían algo distinto que trabajar mediante mensajes por WhatsApp, cada uno en la penumbra de su habitación, en el estado liminal anterior al dormir, le colocaba a los mensajes de texto, tremendamente erotizados, un emisor con el rostro síntesis de sus deseos, normalmente opacados por su obsesión por el trabajo; haciendo de la escritura un sendero oculto para transitar por intensas emociones, según la forma de las letras, las pausas entre un mensaje y otro, la brevedad o la extensión de cada texto y la figurita seleccionada para cerrar la noche. Y todo ello dentro de un recóndito lenguaje vigoroso aderezado por sus secretas fantasías; un poderoso estallido de pasiones lúdicas, frágil y ciego a la luz del día, al ser incapaz de sobrevivir a los rostros cansados y expuestos en sus videoconferencias semanales.

***

Un fin de semana en que Diana no contestó los mensajes, Efraín se dio cuenta de cuánto la extrañaba y admiraba por su manera inteligente de enfrentar los peores retos; así que, rabioso, se emborrachó para olvidarla, convencido de que el lunes por la mañana, cuando la viera, todas esas inoportunas sensaciones iban a desaparecer. Ella, por su parte, fustigada por el dolor provocado por una torpe caída que lastimó su muñeca derecha, en su incapacidad para escribir en el celular, descubrió las arañas misteriosas que le bullían al leer repetidamente los mensajes. Ya no era sólo una sonrisa, sino un placer sexualizado el que emergía efervescente y la fijaba al celular, vibrando al unísono con él.

El lunes, incapacitada, no asistió a la videoconferencia, y el martes, cuando al fin pudo escribir, fue ella la que por la noche envió el primer mensaje con un elocuente y secreto “Hola”, acompañado de una carita sonriente con un minúsculo corazón rojo en un costado. Y con ese peculiar mensaje Efraín al fin descubrió que no era ni por el trabajo ni por su vaso de whisky con el que se ayudaba a dormir, que se conmocionaba su ropa interior cada vez que se mensajeaba con ella.

Al “Hola” y la carita sonriente con un brevísimo corazón a un costado, él respondió con el enunciado del trabajo que esa noche debían abordar, y lo que siguió fue su acostumbrado intercambio estrictamente laboral. Aunque al concluirlo cada quien se recluyó en su discreta intimidad para saborear el placer, obstinadamente sin rostro, que la presencia del otro provocaba, y disfrutarlo antes de su desvanecimiento con la luminosa racionalidad del día; como si la magia de la seducción letrada necesitara del misterio de la noche para suceder.

El intercambio de mensajes continuó y continuó creciendo en intensidad y lujuria clandestina, que comprendía el irse a dormir con esa voluptuosa presencia del otro en el cuerpo, para juntos habitar templos y laberintos ancestrales, repletos de lumínicos misterios y evocativos placeres que, desde la acumulación sensitiva del pasado, venían al presente a través de la tecnología; como si ellos, con sus cuerpos enlazados, fuesen seres mitológicos infractores del tiempo.

En ese refugio de ensueño acumulado, cada uno construyó para sí la imagen del otro, de la otra, que había añorado como la mejor utopía para su vida; y esos sueños, y sus imágenes transfiguradas, podían leerlos y disfrutarlos en las pequeñas letras tecleadas en el teléfono celular  como portadoras de los mejores sentimientos del amor y la alegría. Diana se abandonó al enamoramiento clandestino, como si fuese el regalo por la perseverancia juiciosa de su encierro; mientras que Efraín, igualmente apasionado, se engolosinó con el amor virtual como premio por los tantos años que tenía de haberlo aderezado. Y todo eso nunca dicho, sino a través del lacónico lenguaje empresarial.

El encierro estricto por la pandemia duró 12 meses, tiempo que ellos vivieron con pasión letrada su peculiar amorío.

                                                ***

Todo aquello desapareció al final del confinamiento, cuando el Home Office se acabó y ellos nuevamente se encontraron, en las mañanas, en los elevadores, y, por las tardes, en el estacionamiento del edificio de siete pisos con paredes de cristal; y a ella le pareció ridículo el bigote de Efraín, mientras que a él le molestó el desaliño del portafolios de Diana.

Ilustración del libro: Manuel Pérez Coronado (MAPECO)

Labios de mandarina

Creí cumplir mis expectativas de educación el día que me aceptaron en una prestigiada universidad privada de la Ciudad de México para cursar la carrera de comunicación. Educado por los jesuitas en Puebla, el tránsito me pareció sencillo, aunque pasara de una ciudad de alrededor de seis millones de habitantes a una urbe de más de veinte millones. Y sí lo fue, pues de inmediato me identifiqué con el estilo donde el rigor de la enseñanza con perspectiva cristiana se junta con alumnos, casi clientes, capaces de pagar altas colegiaturas, y en la que se asumen, por principio, valores morales y religiosos. Igual que en mi antigua escuela, hay una vocación de compromiso social con posibilidades de ser ejercida en una amplia gama de proyectos comunitarios.

Mi padre, abogado de profesión y católico de convicción, se encargó de conseguirme una habitación independiente en un departamento compartido con otros dos estudiantes, también de buena familia, estudiantes de derecho, aunque un poco mayores que yo. Lo que para él garantizaba que sabrían acompañarme, orientarme y también, un poco, vigilarme. Los seis primeros meses fueron  predecibles y no tuve tropiezos, así que los viví con la satisfacción de estar fuera de la casa de mis padres y de tomar toda clase de decisiones, lo que, según yo, me hacía maduro.

 En el segundo semestre Lulú se incorporó a mi clase; una guapísima chica  y cuyo rasgo más llamativo eran sus labios, gruesos y golosos, como gajos de mandarina; bulliciosos, además, porque el labio inferior, con una ligera hendidura al centro, lo hacía parecer un corazón. De inmediato me enamoré. Con tal ceguera que fui descubriendo sus cualidades hasta semanas después, lo que me convenció de que ella era la super elegida para enamorarme de verdad.

Hasta hoy recuerdo el impacto primero de verla entrar, con sus ojos asustados y sus sonrientes labios de mandarina. Y no es que fuera la primera o única chica hermosa que contemplara en la universidad, porque si algo hay aquí son chicas esbeltas, bien vestidas y, ¡puf!, arregladas de una forma que ¡waw! Varían tal vez en el color, en la altura, pero todas sanamente cuidadas pasan por los pasillos con sus botellas de agua y comen con precaución en las cafeterías de la Uni: frutas y verduras balanceadas, algo de pescado y pollo, y nada de garnachas. Incluso he llegado a pensar, al compararlas con las chicas que veo transitar por  las calles, que tal vez no es que mis compañeras sean más guapas sino que están mejor alimentadas. En esos casos el dinero se traduce en un buen forro de piel y en una muy pensada forma de vestir, aunque ésta sea casual.

 Pasaron varias semanas en que no hacía más que observarla de lejos, hasta que por fin comencé a acercarme, primero en las aulas y después en las jardineras donde esperábamos el cambio de profesor. Algo debo tener yo, alguna cualidad que no identifico, porque aquí también abundan los jóvenes atractivos y bien vestidos, tallados por las áreas de deporte con que cuentan la Uni: el gimnasio, las canchas deportivas, el salón de yoga, las pistas para el pentatlón; así que si me comparo con ellos, yo, honestamente, me siento en desventaja, con mi pelo lacio y mi cuerpo sin nada por lo cual llamar la atención. Por suerte para mí, el día que le pedí que fuera mi novia Lulú aceptó sin pensarlo demasiado, lo que me provocó la sensación de ser especial, porque ella estaba conmigo; juntos tomábamos las clases y pasábamos el tiempo libre. Como novios nos conectamos de inmediato en gustos y formas de ser, así que todo marchó de maravilla. 

Al final del semestre ya teníamos un grupo, formado por sus amigos y los míos. Una pandilla de seis, con tres y tres: Lulú, Andrea y Joselyn, más Jordi, Mason y yo. A veces estudiábamos juntos, pero lo usual era que nos reuniéramos los viernes por la noche para ir a un antro a beber cerveza, cerca la Uni, o que nos trasladáramos hasta La Condesa a un lugar de shots de tequila donde además podíamos bailar. Así llegamos al cuarto semestre, felices mis padres y yo con mi tierna y bella novia de labios de mandarina. Ella a veces se quedaba a dormir conmigo y yo crecía en volumen al sentirme ¡realizado! ¿Podría haber algo mejor? No me lo imaginaba. Todo iba estupendamente para mí.  

En el quinto semestre, a nuestra clase se unieron dos personas que nos trastornaron: la superguapérrima Jessica y el arrogante y espectacular Ethan. Ella, como salida de un reality show, era extravagante y lucidora en todo: cara, cuerpo, ropa, temperamento, simpatía, cordialidad, ¡puff! Una concentración de bendiciones que la hacía súper-súper ¡waw!  Además, que en las clases no se detenía y agarraba polémica con los profes sobre cualquier tema, nunca desinformada. Nos tenía fascinados y a la expectativa de lo que se le ocurriera. Y él, de buen porte y muy galán, como un Mi Rey del cine actual, y con guardaespaldas y chofer a la orden, era displicente con nosotros; nunca parecía darse cuenta de que estábamos allí y, sin embargo, de todos conocía lo esencial y era generoso para explicar lo que no entendíamos en clase y, sobre todo, para pagar nuestras descomunales cuentas en bares y antros. Varios y varias en clase cayeron fulminados de amor.

Inteligentes, ricos y sagaces, ellos no parecían interesarse en entablar ninguna relación emocional con alguien de la Uni; y aunque los de ese par no se conocían previamente, eran como dos soles dentro de una misma galaxia que nos contenía a todos, y nos hacían girar en torno suyo. Por iniciativa de cualquiera de los dos nuestro pequeño grupo de seis amplió los sitios de diversión y, con uno o con la otra o con los dos juntos, íbamos los fines de semana a sus casas de veraneo en Valle de Bravo, en Tequesquitengo o en Cuernavaca, y alguna vez  fuimos hasta Acapulco. Lulú y yo, al seguir enamorados, teníamos un halo protector frente esos soles; y en cambio sus invitaciones nos permitían salir de la rutina de estudiar y al mismo tiempo mantener en orden todo lo de la escuela. La pasábamos súper. Semanas de pesados estudios y presentaciones en clase, y fines de semana relajados, ¡de lujo!

***

Eso se mantuvo igual hasta que llegó la pandemia; las fiestas se volvieron clandestinas y recibimos la fatídica invitación para asistir a una en el norte de la ciudad. Nos llegó por mail: unos sensuales labios negros sobre un fondo rojo decían: “¡ATENCIÓN! FIESTA PRIVADA”, y, abajo, con letras más pequeñas, la fecha, el horario, el costo, los Dj’s responsable de la música y la dirección electrónica para hacer la reservación. Más abajo se anunciaba: “¡CUPO LIMITADO!, NOS RESERVAMOS EL DERECHO DE ADMISIÓN”. Y por último una carita sonriente con el dedo indicando “¡Silencio!”.

Lulú y yo decidimos ir en auto seguro, de los que se solicitan por teléfono, para poder beber y bailar a gusto, sin preocuparnos por el estacionamiento ni por el alcoholímetro al regreso. 

El lugar era un enorme galpón, que visto por fuera era como de almacén de fábrica y que por dentro daba la impresión de haber sido acondicionado por los buenazos, capaces de hacer inteligente un edificio. Sin casi nada de mobiliario, con luces y sombras demarcaban espacios fáciles de comprender: por aquí el sitio de las bebidas y a un lado, en una plataforma, el área de los Dj’s; a los costados un espacio iluminado con mesas y bancos altos, y otro discretamente oscuro y vacío para dar intimidad a los seducidos momentáneos; al centro la zona de baile y, hasta el fondo, el parpadeante letrero de los baños, en letras rojas; y debajo de éste, el azul indicador de los CoolRooms. Lulú y yo nos miramos divertidos, pero no más que cuando, al entregar nuestros boletos de entrada, nos ofrecieron para escoger entre una colección florida de condones, de todos los tamaños y sabores, colocados en una canastita tipo abuela.

En las mesas altas encontramos ya instalados a los cuates de la pandilla y, girando por allí, vimos a Ethan y a Jessica, súper cool los dos, cada quien en lo suyo, pero, como siempre, rodeados por gente aleteando a su alrededor, atraídos por su luz.

Nos acomodamos y empezamos la chorcha: conversación con los cuates, la bebida y la bailada, y hasta allí ¡todo bien!, ¡súper cool!  Después de la una de la madrugada ya estábamos más que mareados, pero bien. Lulú y yo nos refugiamos en nuestra mesa para descansar un rato, mientras los demás eran ya parte de una extraña masa humana agitada que levantaba los brazos, cantaba, bailaba y se componía y descomponía al ritmo de la música. Nosotros nos metimos en una de nuestras apasionantes y etílicas conversaciones, que nos daba por entablar en la madrugada. En esa estábamos cuando la súper ¡waw! de Jessica se me acercó, alargó la mano para pegar sus exuberantes labios a mi oreja, y con su ardiente aliento decirme:

  —¿Te molestaría si beso a Lulú? ¡No sabes cómo me gustan sus labios!

Y dicho eso se acercó a mi novia, la estrechó por la cintura, le lamió la mejilla, y, como serpiente encantadora, mientras le restregaba su sinuoso cuerpo, le dijo:

—¿Quieres? Se me antojan mucho.

Lulú, sin recházala, me miró para preguntarme qué hacer. Y yo, confundido como nunca, no sabía qué decir. En tanto, Jessica pasaba de la mejilla al cuello, para subir a estacionarse muy cerca de los labios de mandarina de mi novia.

—¡Pues si ella quiere! —dije al fin, con el aire más estúpido que debo haber tenido a lo largo de mi vida.

Lulú no dejaba de mirarme, como si yo fuese el último sitio para resguardarse de esa lujuria, que yo sentía que ya estaba en su cuerpo y podía ver en la ligerísima vibración de sus labios. Miré sus manos, y éstas, que al principio no sabían qué hacer con el lascivo cuerpo de Jessica, ahora parecían alistarse para apresarla también y emprender una excelsa danza sensual.

 —¡Si tú quieres! —dije, con la necia esperanza de que ella empujara a Jessica y derramada en amor regresara a mi lado. Pero eso no sucedió, y para mi sorpresa siguió contemplar cómo se abrían sus labios de mandarina para ofrecerlos a la boca roja y voraz de la mujer más bella del mundo, que parecía succionarla  para llevarla consigo a la órbita más íntima de su universo personal.

 ¡Yo no podía salir del estupor! Su beso fue largo y apasionado, con un abrazo de caricias que ambas disfrutaban, ajenas a los gritos de los hombres que ya las rodeaban para gritar como simios, mientras se golpeaban el pecho como machos en la jungla, excitados por el olor de las hembras en celo.

Yo, mareado por la explosión de testosterona, por el estrepitoso bramido de los machos, seguía inmóvil, observándolas, observándolos; imaginándome con un mono juvenil, despojado de la hembra que sentía mía, pero no por un macho viril de los que gemían, saltaban, rugían, sino por otra mujer, cadenciosa, sublime, arrebatadora en su capacidad de mostrar sus artes más sutiles y eróticas de seducción. 

¡No podía creerlo! ¿Era un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Parte y parte?

Entre esa multitud de cuadrúmanos enardecidos de placer apareció Ethan, que amigable me abrazó, en un gesto que yo sentí solidario, hasta que siguió de largo hacia ellas para incorporarse a esa confusión de labios entrecruzados; primero besó los de mandarina y después los rojos de Jessica, en tanto se interponía entre ellas para recibir de ambas las sinuosas caricias del acompañamiento. El rugido de los machos cesó de inmediato, como si con la presencia de otro se hubiese quebrado el flujo de energía que ellas, con sus besos, hacían vibrar hacia ellos. 

Yo seguía perplejo. Era un náufrago que frente a mí tenía la tierra pródiga del placer químicamente puro, neutro en su composición, imposible de forzar dentro de una categoría y que se ejercía en la libertad de la atracción, sin encasillamientos, irrefutable; y al que yo, al situarme en su lejos, me colocaba en el absoluto de la exclusión, de lo incomprensible, de lo ajeno.

Un cambio de música y de luces pudieron al fin sacarme de allí, pero sólo por un momento, porque con esa irrupción lumínico-sónica el trío se descompuso para sumarse a la masividad de quienes bailaban en el centro del lugar; como individuos dispuestos a dejar de serlo para participar de un ente multiforme que se movía al unísono y luego se descomponía en otros varios, formados por dos, por tres, por cuatro seres sin género, sin distinciones, para besarse, acariciarse, dentro de una liturgia incomprensible para mí, excelsa para quienes junto al pudor desechaban sus ropas, para ser cuerpos sin nombres, y entregarse al placer prístino, según la enloquecedora música del momento. Sólo por instantes distinguía a Lulú en fogoso abrazo con uno o dos desconocidos, o con una o dos desconocidas, o siendo arrastrada por un pequeño grupúsculo que se alejaba de la amplia marejada para deslizarse hacia las zonas oscuras y los CoolRooms

No sé cuánto tiempo pasé en ese estado de confusión, observando las figuras de ese caleidoscopio en transición, que se transfiguraba demasiado rápido para que yo pudiese comprenderlo, o tan sólo fijarlo en mi memoria. Tan veloz era el cambio, con tantos colores obscenos, con tan ensordecedora música y con tanto alcohol, que cuando Ethan se me acercó y me jaló para besarme tampoco supe qué hacer. Fue un beso húmedo y fugaz, tal vez porque no pude responderle y en segundos él siguió  un camino más audaz. 

Después de no sé cuántos minutos, entre esa desnuda multitud sin rostros, fue un hombre mayor que yo el que me jaló y yo sin voluntad me dejé llevar hasta la penumbra del corredor del fondo. Sentí sus manos sobre mi virilidad y yo sin fuerzas para resistirme no dije nada;  y él continuaba con la avidez de la seducción anónima… mientras que yo seguía dentro de la pesadilla de sentir su cuerpo pegado al mío y padecer sus manos de gorila peludo que me estrujaban con una fuerza descomunal, mucho mayor a la mía, a mí, pobre macho débil, inferior ante el líder alfa de la manada, que me sujetaba sumiso y ante el cual yo sólo podía salvar mi boca, manteniendo desesperado la cabeza a un lado… Humillado me dejaba hacer como si pagase la culpa de mis prejuicios o de mi falta de apetito en esa bacanal  que se ofertaba.

Entonces el tipo de barba bien cuidada me sujetó del cuello como si quisiera ahogarme, y con fuerza descomunal me arrojó hacia la pared, la cabeza sojuzgada en el muro, mis mejillas sintiendo el frío del cautiverio, mis brazos arañando la pared para no caerme, los labios secos, la confusión de la derrota girando alrededor cual danza tétrica, sus manos desabotonándome el pantalón. Y yo hundido en la ignominia, pasivo como animal en matadero.

Para mi fortuna, antes de que sucediese lo que parecía inevitable, Lulú llegó para salvarme. Me arrancó de aquel funesto abrazo y, tomados de la mano, cruzamos entre esa marabunta enardecidas de bocas y cuerpos codiciosos. 

Afuera nos esperaba el taxi salvador.

Nos subimos a él y durante el trayecto hacia mi departamento nada nos dijimos.

A la mañana siguiente, cuando desperté, ella ya se había ido.

***

Una semana después nos vimos para hablar.

Yo le reiteré mi amor y el compromiso de seguir juntos a pesar del aquelarre, en que yo la había visto transformarse en un ente más de aquella masa ardiente. Con estudiada serenidad le hice saber que para mí no significaban nada los excesos de aquella noche. Después de todo éramos jóvenes y aquellas subversivas escenas no habían sido más que una lección que nos fortalecía como pareja. Me sentí otra vez sabio y maduro.

Ella dulce y tiernamente me miró con un leve toque de nostalgia. Me amaba, era cierto, como cierto era también, me dijo, que aún teníamos mucho por conocer. Y que una probadita de lo que ofrecía la vida la había tenido aquella noche en que pudo adentrarse en otros sabores, distintos a los míos. En fin, que para ella la lección había sido distinta a la mía, porque había descubierto que no estaba en la edad de estacionarse. Entonces, abrió sus deliciosos labios de mandarina, me dio un largo y sentido beso y se marchó.

Yo, dolido, me volví un solitario.

Me alejé de mi grupo, testigo de mis desgracias y, por un poco, de mi deshonra.

Y hasta hoy los veo a todos alrededor de Jessica y Ethan, como si giraran en torno a dos soles incandescentes, dentro de una galaxia inalcanzable para mí, bajo el encierro de mi anacrónico sentido de una masculinidad heterosexual y monógama.  

Volar la noche

Cuando la llamaron bruja le pareció un insulto.
Ahora, mientras se sujeta el pelo para que el
viento no le impida ver,
el apelativo se vuelve un halago compartido.
Son varias las que navegan la noche.
La primera vez los destinatarios de su acoso las
ignoraron,
tan leve era el murmullo de su presencia,
uno más de los que acompañan la nieve al caer.
Ahora aquellos que las escuchan huyen en busca
de refugio.  
Al día siguiente ninguno menciona a las mujeres
que enlutan su virilidad
y los hacen perdedores de su imperio.
Al oscurecer un ahogo insondable se apodera de
ellos.
No reconocen su terror.
Si no se habla de él no existe.
Juegan cartas, se embriagan, cantan, escriben,
hasta que deben irse a dormir.
No logran conciliar el sueño.
Han de permanecer alertas para escudriñar el
silencio
y detectar cuando se acercan las mujeres en
vuelo.
Apenas un susurro.
Un sollozo de ira oculto entre los sonidos de la
noche.
Si fuesen previsibles se facilitaría la espera.
Nunca ocurre así.
Ellas juegan con la veleidad de su acecho.
Disfrutan la sorpresa. Los vuelos ralentí con que
los engañan
y soplan detrás de sus orejas como sollozos
muertos.
“¡Las brujas están aquí!” grita algún horrorizado.
Lo secundan los demás.
Nadie enciende la luz para no delatar el lugar
donde pernoctan.
Se levantan de sus camastros. Los pantalones a
medio poner.
El pelo revuelto. Los ojos ciegos incapaces de
guiarlos en el pavor con que corren.
Los muebles dificultan la huida. Se tropiezan.
Caen. Se arrastran.
Intentan ponerse de pie.
Unos jalan a otros sin solidaridad, con la
ambición de ser ellos quienes han de salvarse.
Atropellan a quienes suplican auxilio.
Los que logran levantarse, liberándose de
aquellos que los sujetan por las piernas, corren a
esconderse.
Los que no pueden, con los pies rotos, las
cabezas sangrantes, se rinden ante el terror, y por
la mañana los delatarán sus cuerpos
destrozados.

***

Katia se viste con la ropa burda y holgada con
que ha de volar.
Mira de nuevo su imagen en el espejo.
Un mechón rubio, rebelde, se asoma por su
frente.
Lo regresa a su sitio y con garbo sacude la
cabeza.
Una vez conforme con su atuendo sale a la noche
y con pasos largos y confiados se monta en su
frágil, leve, casi invisible artefacto.
Lleva la cabeza cubierta por un gorro de piel.
Una bufanda de seda blanca la protege del frío.
El viento fustiga su cara mientras vuela.
Ella lo ignora.
Se concentra en la tenue iluminación de las
estrellas que la guían.
La curvatura del cielo se dibuja azul, casi negro,
en ligero contraste con el horizonte blanquecino
del paisaje nevado.
En algunos sitios observa manchones umbrosos
que delatan a los árboles del bosque.

Faltan dos horas para el amanecer.
Vislumbra la urbe.
La descubre por una lucecilla frágil, un parpadeo
sutil,
perceptible sólo para la mirada diestra.
Nunca falta una luz que traiciona a la ciudad
precavida en su pretensión
de confundirse con otros borrones densos
desperdigados en la noche.
Sonríe.
Aspira el viento frío. 
Contempla el vaporcillo leve de su aliento cálido y
confiado.

***

Ya tiene abajo la ciudad.
La observa.
Se orienta.
Astuta su mano busca en el piso de su biplano de
madera y lona.
Por allí está el rústico mecanismo que le
permitirá soltar las bombas.
Van sujetas con orlas de algodón.
Un proyectil por debajo de cada ala.
Se inclina levemente.
Tantea con la mano derecha.
Con la izquierda controla el equilibrio.
Encuentra el sujetador.
Con agilidad suelta los amarres.
Satisfecha escucha los silbidos.
Sin el lastre se aligera el vuelo.
Siente subir ligeramente su biplano.

Abajo, el resplandor del primer estallido.
De inmediato prorrumpe el segundo.
Ha dado en el blanco.
Quiebra su vuelo para retornar.
Voltea para confirmar el horror del infierno
provocado.

Sonríe otra vez.
Katia está orgullosa de pertenecer al Regimiento
588º de bombardeo nocturno,  
el de las Brujas de la Noche que combate a los
nazis en el sitio de Stalingrado.

*Periodista, editora, escritora y traductora, es editora de Diarios de Covid-19.
Correos: diariosdecovid@gmail.com, iselser@gmail.com, edita@express.yahoo.com.
FB: Irene Selser

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