MIRADOR VIRAL

AFGANISTÁN: MUJERES EN LA MIRA (CUANDO EL TERROR ES PEOR QUE LA PANDEMIA)

Mural de la artista callejera y grafitera afgana Samshia Hassani. De su más reciente colección “Muerte a las tinieblas”

Por Irene Selser*

En medio de la pandemia que en abril de 2020 dio lugar a la creación de nuestra revista digital quincenal, Diarios de Covid-19 (www.diariosdecovid19.com.mx), un espacio abierto al público y hecho por este el cual arriba hoy a su edición no. 50 con casi 60 000 lectores y lectoras de distintas partes del mundo, es difícil soslayar los últimos hechos en Afganistán, un país mucho menos remoto de lo que pensamos pese a su distancia geográfica. Y es que el retorno al poder del Talibán, un movimiento y organización militar fundamentalista islámica conocido por sus restricciones draconianas contra las mujeres y niñas, representa la victoria de la misoginia y el machismo como política de Estado, más allá de las consideraciones de tipo político, religioso o geoestratégico.

Recordemos que el 7 de octubre de 2001 una coalición militar internacional encabezada por Estados Unidos invadió el país de las altas montañas, los Budas gigantes de Bamiyán y la adormidera para expulsar del poder al Talibán en represalia por los atentados terroristas del 11-S contra Nueva York y Washington organizados en Kabul, anfitrión entonces de Osama bin Laden. El multimillonario saudita y líder de Al Qaeda había colaborado con la CIA en los años 80 para expulsar de Afganistán al ejército soviético, que permaneció ahí durante 10 años con los mismos resultados desastrosos que hoy dejan dos décadas de intervención norteamericana y de la OTAN en esa nación enclavada en medio de Irán, Pakistán, Rusia, Turquía y China. Ciertamente, el atentado suicida cometido el pasado 26 de agosto en el aeropuerto de Kabul con saldo de más de 170 muertos y que fue reivindicado por ISIS-K o Estado Islámico de la Provincia de Khorasán (Afganistán y Pakistán) –un grupo afgano fundado en 2015 por talibanes pakistaníes con una visión aún más extrema del islam que los talibanes–, añade un factor de desestabilización en el área centroasiática de cuya seguridad Rusia es el garante, por lo que el nuevo escenario demandará a Moscú grandes recursos, lo mismo que a China e Irán.

Así, el regreso al poder del Talibán, autodenominado Emirato Islámico de Afganistán, fundado en 1999 en la provincia de Kandahar (sur), cierra un capítulo de dos décadas durante los cuales el rostro del país de 38 millones de habitantes en su mayoría pastunes, tayikos, hazaras y uzbekos ha cambiado. En una nación donde el 90% de la población es rural, con una gran influencia de la religión y el patriarcado en la política y la cultura –de ahí la impronta machista de los talibanes–, la sangrienta guerra deja una economía en crecimiento pero muy desigual y un sistema educativo más abierto, en riesgo ahora por el Talibán, compuesto por miles de combatientes de la etnia pastún, una de las sociedades tribales musulmanas más grandes del mundo.

Según expertos, Afganistán es el país más peligroso para las mujeres (https://www.gacetamercantil.com/notas/5067) no solo por la pobreza sino por otros factores como la salud, la violencia sexual y no sexual, la violencia doméstica y la discriminación económica. En 2013 el índice de mortalidad materna era de 1 cada 11 partos, con 87% de las mujeres en situación de analfabetismo y hasta el 80% víctimas de matrimonios forzados. La violación no está penada por la ley.​

Durante el primer gobierno Talibán las mujeres debieron taparse la cara con el burka para poder ver a un hombre que no fuera su marido o su hijo. El burka es una pieza de tela que las cubre de la cabeza a los pies y deja solo una rejilla también de tela a la altura de los ojos para ver. Les está prohibido salir solas de casa y el azote público es el castigo por mostrar los tobillos, usar tacones altos, lavar ropa en público, asomarse al balcón de la casa o viajar en taxi sin su tutor legal (padre, hermano o marido). También son sujeto de castigo si aparecen públicamente ya sea en revistas, libros, televisión, radio o incluso en baños públicos, y por ir a reuniones donde haya varones extraños o estrechar la mano o tocar a un hombre que no sea su marido. Otras prohibiciones incluyen estudiar (excepto la religión), trabajar, hacer tratos comerciales, usar maquillaje, pintarse las uñas, reírse en voz alta, vestirse con colores y ser fotografiadas o filmadas. 

A pesar de que la nueva Constitución afgana de 2004 prohíbe cualquier tipo de discriminación y distinción entre los ciudadanos, para el Talibán las mujeres deben obedecer las exigencias sexuales de sus esposos que tienen el derecho de retirar la manutención básica, incluyendo los alimentos si ella se niega. El matrimonio forzado, el matrimonio de niñas menores de edad y la violencia doméstica también son prácticas muy extendidas y aceptadas entre los talibanes, mientras que ​las mujeres víctimas de violencia sexual están sujetas a la cárcel, acusadas de crímenes contra la moral. Las mujeres que huyen de sus casas por malos tratos también pueden sufrir prisión.

En una balance de los últimos 20 años de guerra desde los primeros bombardeos norteamericanos contra las fuerzas talibanes, el periodista Brice Le Borgne, de la cadena Franceinfo, menciona que el número de muertos entre 1999 y 2021 ligados a los enfrentamientos se estima en más de 171 000, según cifras del Watson Institute for International and Public Affairs, de la universidad Brown (https://www.francetvinfo.fr/monde/afghanistan/infographies-pauvrete-scolarisation-opium).

En 20 años de guerra, iniciada por el entonces presidente republicano George W. Bush, Estados Unidos destinó la astronómica suma de 2 200 millones de dólares y movilizó hasta 100 mil soldados en el territorio afgano en lo más fuerte del conflicto.

Según el Banco Mundial, la tasa de pobreza que era de menos de 37% en 2007 pasó a 54.5% en 2020. Es decir, más de uno de cada dos afganos vive por debajo de la línea de pobreza. Las desigualdades son también geográficas ya que mientras que la capital Kabul cuenta con 34.3% de su población en pobreza, la cifra supera el 80% en algunas provincias.

La intervención militar supuso asimismo un disparo en la producción de opio. La economía afgana descansa en gran parte en el cultivo de la amapola y el opio, siendo el país el primer productor mundial. Principalmente producido en el sudoeste del país, el opio es convertido en heroína, consumida en Afganistán pero también enviada a Europa, principal destino comercial. Y si bien la producción de opio se había mantenido en un nivel relativamente bajo cuando los talibanes estaban en el poder, la superficie cultivada explosionó durante los últimos 20 años. 

Entre las principales víctimas de la guerra se encuentran los policías y militares afganos, pero el conflicto ha dejado también más de 51 600 víctimas entre los civiles. A inicios de 2020, las Naciones Unidos destacaron que 46% de entre ellos eran mujeres y niños.

Al mismo tiempo, dos décadas de guerra forzaron a millones de afganos a dejar su territorio y huir hacia otras provincias o países. Según ACNUR, hasta julio pasado había 2.5 millones de refugiados afganos a través del mundo.

Desde comienzos de este año como consecuencia del anunciado retiro estadunidense, del avance talibán, pero también de la sequía y la epidemia de Covid-19 se registraron más de 270 mil desplazados.

Esta cifra no incluye la estampida de millares de afganos por intentar abandonar el país ante el retorno del Talibán, facilitado por la repentina partida del presidente afgano Ashraf Ghani y sus socios más cercanos que “tomaron sus valijas con dólares y se fueron”, según acaba de denunciar la renombrada activista de derechos humanos Fatima Galiani, una de las autoras de la Constitución de la República Islámica de Afganistán, un texto democrático que será suspendido por los talibanes.  

En entrevista con la agencia Deutsche Welle, Galiani calificó de “traidor” a Ghani ya que “este caos, este colapso, fue definitivamente su culpa ya que podría haber dejado el país en orden y transferir el poder”, en lugar de “salvar su dinero y huir”. Criticó por igual al presidente Joe Biden “por el caos y el desastre” con su salida precipitada después de 11 meses de conversaciones de paz con los talibanes en Doha (Qatar), de las cuales ella fue parte. Galiani es expresidenta de la Media Luna Roja Afgana con una máster en Estudios Islámicos y Jurisprudencia del Colegio Musulmán de Londres  (https://www.dw.com/es/afganist%C3%A1n-ghani-es-un-traidor/a-59009043).

“Muy conmocionada aún porque estuvimos realmente muy cerca de tener una transición ordenada del poder”, Galiani asegura que “las mujeres de Afganistán no pueden ser ignoradas, sabemos que somos afganas y musulmanas. Conocemos nuestros límites, pero también conocemos nuestras libertades. Afganistán no puede seguir adelante sin sus mujeres”.

Mujeres al pie del patíbulo

El regreso del Talibán también es motivo de preocupación entre las artistas, activistas y escritoras afganas en su doble condición de mujeres y de intelectuales, ya que llevan a cabo trabajos que los talibanes consideran como una violación de su estricta interpretación de la ley islámica.

Es el caso de la fallecida poeta y periodista Nadia Anjuman, impulsora de los derechos de las mujeres. En 2005 publicó el libro Gol-e dudi. Nacida en diciembre de 1980 en Herat, fue asesinada a golpes por su esposo y por la familia de este en noviembre de 2005. Tenía 25 años. Aquí uno de sus poemas:

¿Por qué debo hablar de la dulzura?

No tengo ganas de abrir la boca

¿qué debo cantar?

Yo, odiada por la vida,

no hay diferencia entre cantar y no cantar.

cuando siento tanta amargura?

Oh, el festín del opresor

me tocó la boca.

No tengo ni un compañero en esta vida

¿para quién puedo ser dulce?

No hay diferencia entre hablar, reír,

morir, ser.

Yo con mi soledad agotada

con dolor y tristeza.

Nací para nada.

La boca se debe precintar.

Oh, mi corazón, ya sabes que es primavera

y momento para celebrar.

¿Qué debo hacer con un ala atrapada,

que no me deja volar?

He estado callada demasiado tiempo

pero nunca olvido la melodía,

porque cada momento cuchicheo

las canciones de mi corazón

que me recuerdan el

día que voy a romper la jaula.

Volar de esta soledad

y cantar con melancolía.

No soy un débil álamo

Que cualquier viento va a sacudir.

soy una mujer afgana,

así que sólo tiene sentido gemir.

La artista callejera y grafitera Shamsia Hassani es otro ejemplo de valentía. Es célebre en su país y el mundo por darle voz en sus murales a las mujeres afganas víctimas de la violencia.

“Trato de mostrar a las mujeres más grandes de lo que son en realidad, y modernas, felices, en movimiento, tal vez más fuertes. Intento que la gente las mire de manera diferente”, dijo Hassani a la prensa a raíz de su más reciente colección de pinturas titulada Muerte a las tinieblas, publicada el pasado 17 de agosto.

Hassani ha presentado su obra en galerías de numerosos países en Estados Unidos, Europa y Asia utilizando su arte para responder directamente a los ataques de los talibanes y otros grupos extremistas, creando imágenes de dolor y pérdida. 

Nacida en 1988 en Irán de padres afganos refugiados, Hassani comenzó a hacer grafitis y arte callejero en 2010, después de haber estudiado pintura y artes visuales en la Universidad de Kabul.

La precaria situación de las mujeres y las niñas en la sociedad afgana, dominada por los hombres, es el tema que marca su trabajo.

En 2016, en una entrevista en video para The Creators Project, Hassani declaró: “Algunas personas piensan que el arte no está permitido en el islam y luego sienten que deberían detenerme… Si muchas mentes cerradas se unen, serán muy poderosas y podrán hacer cualquier cosa”.

En 2014, la joven artista apareció en la lista de los 100 mejores pensadores globales de la revista Foreign Policy y también fue incluida en el segundo volumen de Goodnight Stories for Rebel Girls, una colección de retratos de mujeres innovadoras de todo el mundo.

Aquí una muestra de su arte.

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