La Merced en tiempos de covid

Por Cinthia Serralde Torrez*

Foto: Facebook – Comerciantes de La Merced

Es un día tranquilo y soleado. En plena pandemia, el fenómeno del Covid-19 se vuelve cada vez más imperceptible al pasar de los meses en las entrañas de la Ciudad de México, específicamente en el mercado La Merced, considerado como uno de los centros minoristas más importantes de la capital mexicana. Un lugar lleno de tradición, repleto de productos que van desde comida de todo tipo hasta plantas, artículos de plástico, juguetes, ropa, zapatos, entre muchas otras cosas. Cada vez se observa con más normalidad la afluencia de los ciudadanos en las calles, esos que día con día salen para ganarse el sustento, los que se ven obligados a salir en busca de las necesidades básicas o ya de plano por el mero gusto, impulsados por la necesidad de escapar del confinamiento.

Las calles cada vez más llenas, vendedores ambulantes tendidos en el piso, puestos metálicos o locales se preparan desde muy tempranas horas para vender un sinfín de mercancías de todo tipo. Se observan filas interminables para el acceso a distintos locales comerciales, clientes impacientes en espera de que les tomen la temperatura y les acerquen gel antibacterial; algunos otros comerciantes tan normales como siempre, sin restricciones ni preocupaciones esperan recibir a la gente así nomás, con la esperanza de hacer sus ventas de la jornada recibiendo a la clientela sin miedo al contagio. En el mercado más grande de esta ciudad la sana distancia no importa mucho; la gente camina una tras otra, la energía en La Merced es tan rica como de costumbre, uno se siente en la normalidad, aunque sea por un momento, y las precauciones dependen de cada persona.

Apenas entras se escucha de fondo música guapachosa, esa pista tan popular de Los Ángeles Azules llamada “Suelta el listón de tu pelo”. A su vez, se perciben infinidad y variedad de aromas provenientes de todos los puestos de comida, esos que te invitan a pasar a degustar de sus mejores platillos entre los que destacan quesadillas, tostadas, sopes, flautas, y muchos otros antojitos. A simple vista se mira a la gente optimista, con ganas de querer salir adelante, la crisis tras lo peor del covid empuja a la sociedad entera a salir, a seguir con sus vidas; es casi imposible estar en cuarentena para algunos; adultos mayores se ven deambulando por las calles vendiendo artículos de todo tipo, cubre bocas, dulces, aguas, etcétera. Esas mismas personas que deberían estar resguardas en sus hogares al ser vulnerables pero que, por la necesidad, se ven orilladas a salir a trabajar diariamente.

El calor se siente cada vez más fuerte, algunas señoras vienen con sus sombreros de palma, otras con gorra y no falta la que quiere entrar con su paraguas a la fuerza entre la multitud; los niños que van de acompañantes ya se miran bien chapeados y cansados. Más adelante está la mamá comprándole un agua fresca de sabor al niño para que se calme y deje de alegar, algunos otros inevitablemente bajan sus cubre bocas a la barbilla por el calor o la incomodidad, despreocupados ante el virus se confían y marchan tan normal como siempre.

Las doñitas con sus bolsas de rafia y costales llenos de mercancía, unas van con acompañantes, pero hay otras que llevan hasta tres bolsas y, aun así miran al pasar los puestos en busca de que más llevar. Entre los pasillos cada vez más angostos por la aglomeración de gente va pasando un carrito vendiendo refrescos preparados; a lo lejos se escucha su chiflido alertando con su peculiar -“voy atrás, voy atrás”-, la gente se arrejunta y espera para pasar, muchos se quedan en medio admirados o en busca de artículos de su interés. Más adelante se observa un pasillo interminable de ropa y calzado de todo tipo, los vendedores gritando “pásele güerita, lo que le agrade, sin compromiso”. Se observan zapatillas, sandalias y hasta zapatitos de bebé, mucha gente deambula observando y preguntando precio, se escucha a un lado a un cliente con dos niños y una chica decirle a un vendedor “¿y cuánto es lo menos?”,  aparentemente comprándole un par de tenis a cada uno de los niños que probablemente fueran sus hijos. El vendedor responde “órale, pues si te animas con los dos te los dejo en quinientos”. El vendedor recibe el dinero y se persigna con él, posiblemente fue su primera venta y como todo buen comerciante bendice su vendimia y la asegura persignándose con el primero de sus clientes.

Foto: Facebook: ¿Cuál pandemia?

En una de las tantas entradas del mercado, en el pasillo de dulces, se encuentra un joven que controla el acceso, toma la temperatura y facilita gel antibacterial, invita a los clientes a transitar en un solo sentido para evitar aglomeraciones. Al entrar se observan infinidad de locales llenos de piñatas, dulces, adornos para fiestas; en fin, el paraíso para cualquier niño. Ya están ahí los vendedores listos para recibirte, algunos desde las afueras de los locales, otros desde el fondo preguntando “¿cómo que buscaba? “Pásele marchanta”. El olor a plástico y azúcar te van invadiendo al seguir con el recorrido, en todo el pasillo hay un sinfín de piñatas de personajes populares como los Minions, Bob esponja, Toy Story o las princesas de Frozen.

Yace en la esquina un puesto de tortas reconocidas por “El güero”, se mira desde lejos entre la muchedumbre, los transeúntes a un lado, en espera de ser atendidos y poder disfrutar de una rica torta luego de un día pesado de compras y de una larga caminata; la hawaiana, la cubana y la argentina son las más pedidas. La gente inevitablemente baja su cubre bocas para poder comer, algunos dudosos y temerosos de hacerlo, otros por el hambre sin pensarlo tanto disfrutan de su comida y eso sí acompañada de una Coca-Cola bien fría como todo buen mexicano. Hay muchos sentados en la banqueta, otros ya han apañando lugar en  sus banquitos y algunos más parados con sus bolsas y compras a un lado disfrutando del deleite.

En la esquina de General Anaya el semáforo se pone en rojo y los transeúntes cruzan de un lado a otro, poco a poco la gente se va encontrando a mitad de la avenida, algunos vienen llegando. otros tantos ya van de salida, así una y otra vez vienen y van todos los visitantes de La Merced. Poco a poco al pasar la tarde, las calles comienzan a vaciarse, pero a su vez el ambiente también ya es otro, empiezan a aparecer las chicas en cada esquina esperando a sus clientes, una morena alta que llama la atención desde lejos por su buen aspecto comienza a platicar con los transeúntes. Más adelante abordan a otra chica preguntándole “¿cuánto la hora?” Ella le responde “$350”. De pronto pasa una pareja, aparentemente un matrimonio y se observa cómo el señor anda de “cusco” o al menos eso le dijo su esposa que iba con él.

Las cortinas poco a poco van bajando, los comerciantes preparan su partida para descansar y empezar de nuevo al día siguiente para seguirle dando. También a las afueras del mercado los puestos se van quitando, el atardecer se aproxima y con mayor razón con la pandemia encima los locatarios deben cerrar un poco antes lo habitual. Ya se ven a todos los visitantes de La Merced partir, bien cargados con el mandado, la mercancía para sus negocios o simplemente aquellos que transitan por el lugar. En la esquina ya muchos en espera de transporte para partir, algunos abordan taxis, otros cuantos prefieren ahorrarse una lanita y deciden esperar la micro, incluso se observan pasar camiones llenos de bolsas y repletos de gente, sin duda alguna los pasajeros de más adelante sabrán que este viene de La Merced.

*Estudiante de periodismo en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

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