Chile, construir un nuevo país no es solo ganar una elección

La pandemia ha agudizado los efectos de la exclusión social en el país, pero se equivocan quienes piensan que lo decisivo ahora es ganar de cualquier forma la próxima elección, poniendo atajo a otro gobierno de derecha que ya no puede gobernar sino acudiendo cada día más a la violencia, la fuerza y la represión.

Por José Miguel Arteaga*

Abriendo un campo apropiado para pensar nuestro país, podríamos comenzar citando a Víctor Hugo cuando dice que el viento de las revoluciones no es manejable.

No es que ya hayamos decidido como calificamos lo que ocurre desde el estallido de octubre de 2019. ¿Motín, rebelión, insurrección, revolución? ¿O simplemente estallido social al interior de una democracia erosionada e interrumpida en algunos puntos de su tejido urbano e institucional por actos aislados de sabotaje, violencia y vandalismo?

Hasta hoy todo transcurre por cauces institucionales reactivados por la presión popular y las contingencias de la pandemia, buscando ajustarse a la emergencia y recuperar alguna legitimidad. Podrían considerarse provisionales y fluidos dado que la nueva Constitución y un nuevo paradigma económico podrían transformarlos en profundidad.

Virtud popular haberlos impactado poderosamente para desentumecerlos, quitándoles el carácter férreo y monolítico con que fueron diseñados y forjados en dictadura.

Están en juego la naturaleza del Estado y las estructuras de dominación. Es una lucha de poder

La apertura de cauces institucionales para cambios profundos es una virtud política nacional reconocida; sin embargo, los nuevos sucesos abren una incógnita nueva y principal. ¿Hasta qué punto esta virtud permitirá una apertura suficiente para dar satisfacción a las aspiraciones populares? ¿La derecha aceptará sus costos políticos y económicos?

Esas aspiraciones están claras, pero son sustancia compleja y divisible; van del todo al poco y nada. El cerrojo de 2/3 para aprobar cambios mayores es una traba difícil de remontar. ¿Qué harán las fuerzas populares si esta traba les impide avanzar? ¿Saltará roto de alguna manera? ¿Dando paso a qué?

Están en juego la naturaleza del Estado y las estructuras de dominación. Es una lucha de poder. Los profundos anclajes del poder conservador pretenden mantenerlas petrificadas, mientras el poder popular lucha por su radical transformación.

Abundantes coberturas mediáticas encubren los propósitos reales de los protagonistas, pero la arremetida popular ha pulverizado gran parte del camuflaje de los poderes en que se sostiene todo. El desnudo abre el espacio de creación más esencial de nuestra historia en muchas décadas, marcando un antes y un después de alta significación.

Se equivocan quienes piensan que lo decisivo ahora es ganar de cualquier forma la próxima elección, en noviembre, poniendo atajo a otro gobierno de derecha.

Si fuera sólo eso, sin un programa para un nuevo país, sólido, bien fundado y mirando con ambición al futuro, sería una óptica miope que no ve la trascendencia del momento y las reales posibilidades de construir un país mejor con gente mejor.

Una óptica que no calibra la hondura de la crisis; no ve el fracaso total de las viejas clases gobernantes; no calibra el agotamiento y el quiebre de la sociedad desigual a que conduce; no ve lo incompatible del actual modelo con las mayorías nacionales que despertaron, luchan por lo suyo y cuentan con los medios para imponer su voluntad. No ve que la derecha ya no puede gobernar sino acudiendo cada día más a la violencia, la fuerza y la represión.

Si se quiere ganar la próxima elección sin haber pensado a fondo el nuevo país que hay que construir, se abren solo dos caminos: o las elecciones se perderán porque la oferta será de nuevo algo más de lo mismo ya ampliamente repudiado, o si se ganan por alguna carambola probabilística será un gobierno débil, dividido y tensionado, con nada fuerte, claro y seguro que ofrecer. La frustración será grande y pronto el descontento popular se volcará contra el gobierno.

Se habrá desaprovechado una oportunidad histórica y será una decepción enorme para millones de chilenos.

Las nuevas herramientas tecnológicas de uso masivo y popular obligan a cambiar la óptica tradicional. Su nuevo poderío las identifica y cohesiona, otorgándoles mayor movilidad y creatividad, reduciendo viejos anclajes y estereotipos ideológicos esclerosados que ya no prestan ninguna utilidad sino más bien apatía, desaliento y confusión.

Las clases dominantes están obligadas a tomar nota y entender esta nueva situación a riesgo de sucumbir sin pena ni gloria. Se corrompe y disgrega su pegamento, se erosiona su tranquilidad y su fe en un supuesto liderazgo partidario y nacional. Se fragiliza su pretensión de mantener un rol hegemónico que mantenga unido y en paz a todo Chile. Los sellos que unen los eslabones de su poder pierden firmeza y el sistema vacila sin dirección.

Nos fuimos quedando atrás como país y estamos despertando. Las grandes mayorías están asumiendo tareas que le son esenciales

La sociedad entra en efervescencia y recrea con mayor facilidad y velocidad sus nuevas formas, transformación social más rápida y potente, basada en revoluciones científicas y tecnológicas, más exigida y expuesta a mayores desafíos. Puesta al día de esenciales tareas postergadas con los mil artilugios de la dominación.

El río que caracteriza en la profundo a toda sociedad fluye con mayor plasticidad y rapidez, disueltos sus componentes rígidos, su arrastre de sólidos, materiales petrificados, anquilosados, escleróticos, de un pasado envejecido, huérfano de soportes, inservible para un presente desafiante, exigente, apremiante. De crisis y dolor.

El mobiliario social se desvanece cuando ya nadie cree en lo establecido con la fe anterior.

Se siente por doquier un viento revolucionario no manejable que Chile pone en evidencia. La revolución tecnológica global hincha las velas de nuestro país poniendo las bases para superar el atraso de una sociedad fracturada, elitista y desigual, que niega el progreso a las grandes mayorías, perpetuando viejas estructuras incapaces de abrir paso y canalizar el progreso con una democracia menos mentirosa.

Nos fuimos quedando atrás como país y estamos despertando. Las grandes mayorías están asumiendo tareas que le son esenciales. Para ellas son irremplazables porque el nuevo mundo es abierto e inclusivo, participativo y sustentable, variado y respetuoso de las diferencias, generoso y solidario, trabajador y asociativo.

Cualidades imposibles para elites egoístas y tramposas, empecinadas, tercas, depredadoras, antipatriotas, violentas, que van donde manda su dinero, moviéndose en los flujos financieros donde el capital es el único soberano.

El camino al futuro lo traza la necesidad histórica del país. Las grandes mayorías movilizadas consiguen romper el cerco en sus pilares más emblemáticos –la Constitución y el modelo Chicago– en un momento de extrema tensión y reagrupación de fuerzas, abriendo paso a cambios mayores.

La pandemia agudiza los efectos de la exclusión de los desfavorecidos potenciando la rebelión, postergando sus expresiones masivas, bajándolas a latencia poderosa.

Las transformaciones históricas han golpeado la puerta sonando las alarmas. El despertar popular que desató el estallido va objetivamente en la dirección a que apunta el desarrollo país, inaugurando un cambio de dirección estratégico en nuestra historia.

La derecha busca impedir al cambio necesario, pero la descomposición de su modelo ya no resiste más. Ya Chile está en marcha, abocado a tareas urgentes y de largo alcance, empezando a poner las primeras piedras de su edificio mayor.

Una sociedad civil rica en intermediaciones y denso tejido social facilita abrir cauces al cambio necesario, pero da pie también a la amortiguación del impacto y la continuación del engaño, a la insidiosa estrategia gatoparda: cambiar todo para que todo siga igual. 

Es la dialéctica de avance del proceso chileno; choque de ideas y fuerzas, metodologías y paradigmas de futuro. Tareas no faltan, pero requieren empuje fuerte y sostenido con claridad de propósitos.

Construir un nuevo país es mucho más que ganar una elección.

Imprescindible fundar en sólido. Hay mucho de qué echar mano mirando lejos. El mundo cambia con rapidez y hay por todos lados mucha información. Hay que dar con lo preciso y necesario. El valor agregado de hoy y de mañana es el factor humano, economías que avanzan incorporando y densificando tecnología, inteligencia y conocimiento. Aquí está el mayor valor, lo que apela a nuestra gente, nuestro pueblo, su bienestar, su seguridad, su salud y educación. Sigamos pues en esta dirección.

*Filósofo y economista chileno, @josemiguelart17

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